II

Cuando una sociedad encalla, se necesitan los choques de la revolución para sacarla de los arrecifes.

El torrente irresistible del siglo destruye y crea al mismo tiempo; por eso vemos al mundo antiguo desaparecer con sus tradiciones, con sus hombres, con su filosofía y si invocamos como un derecho las creencias de nuestros padres, no recordamos las de nuestros mayores.

La independencia de las naciones no trae siempre consigo la idea de la libertad.

México, independiente, cayó bajo el poder del clero, y la sociedad yacía esclava de las prácticas religiosas en su orden político y su construcción administrativa.

Acabó la unción de los reyes; pero el presidente iba á consagrar su cabeza bajo el palio y á arrodillarse en los mármoles de la catedral, y á inclinar la frente agobiada, al resonar en las bóvedas el canto de los Salmos.

El poder civil desaparecía ante la potestad canónica, ante esa vara mágica que abre á su contacto las puertas del cielo y las del abismo.

Desde las aldeas hasta las ciudades, ostentaban, templos y monasterios, sitios de tormento para las vírgenes, foco de pereza y de histérico para los cenobitas, rompiendo de continuo los votos esas cadenas que el ascetismo de los siglos medios ha querido imponer á la naturaleza.

Avasallada la sociedad por el sentimiento religioso, subyugada por el fanatismo y ultrajada por una soldadesca inmoral y desenfrenada, sintió la necesidad del sacudimiento; la prolongación del letargo podía llegar hasta la muerte.

Brotó la idea de la Reforma como una fosforescencia de su cerebro; la idea necesitaba armarse, combatir, triunfar.

Los que habían puesto el dogma de la intolerancia en las cartas políticas, no eran seguramente los hombres de la revolución.

Los que habían combatido al lado del estandarte de la fe, pertenecían al pasado. No quedaba sino la nueva generación para realizar el pensamiento reformador de la sociedad.

Pero la juventud necesitaba una guía en el terreno práctico de sus aspiraciones patrióticas.

Hidalgo había dado el grito de libertad cuando su cabeza estaba cubierta con el hielo de la vejez; era necesario buscar para la Reforma otra organización privilegiada que no cediera á los embates de la revolución, que se presentaría terrible como nunca.

Un antiguo caudillo de la libertad daría con su voz autorizada el prestigio de la revolución. En el mapa de nuestros recuerdos se encuentra señalado con una estrella roja el pueblo de Ayutla, punto de la erupción cuya lava debía extenderse sobre los campos todos de la República.

No seguiremos en esta vez la marcha trabajosa de esa revolución hasta su triunfo definitivo, porque vamos en pos de la huella de un hombre, objeto de nuestro artículo.

El gobierno democrático quedó instalado, y la idea de la Reforma aceptada como una conquista del siglo y de la civilización.

El gigante se sintió herido; alzóse terrible en sus convulsiones; rota su armadura, aun podía empuñar la clava y provocar una reacción momentánea; pero qué diría de sus esfuerzos sobrehumanos antes de declararse vencido y humillado ante sus adversarios.

El motín, la conspiración tenebrosa, la tribuna eclesiástica, la cátedra, todo, todo se puso en juego para falsear los principios victoriosos.

El 11 de Enero de 1858, la reacción tornó á enseñorearse de la capital, comunicando su movimiento á los puntos más distantes de la República.

Juárez, después de una marcha trabajosa y de vicisitudes por el interior del país, se embarcó en el Manzanillo, y atravesando el istmo de Panamá, entró sereno, como la barca que le conducía, á las aguas del Golfo, y estableció su gobierno en Veracruz hasta el triunfo definitivo de la idea progresista.

La revolución tronaba como la tempestad en el cielo de la República.

Se alzaron cien patíbulos, corrió la sangre, se consumaron venganzas inauditas, el clero se arrancó la máscara, y se entró en la lucha más terrible que registran nuestros anales.

Volvamos á nuestra individualidad. Leandro Valle quedó fiel á su bandera, quemó sus últimos cartuchos en las calles de la capital, y marchó después á unirse con el ejército al interior de la República.

La reacción había tenido un éxito inesperado, el ejército del clero ganaba batallas por doquiera, y cosechaba triunfos, de los cuales él mismo se sorprendía.

Estrechos son los márgenes de este artículo para narrar las vicisitudes de los demócratas y sus grandes sacrificios por la causa de la libertad.

Aparecía un hombre empujado por el huracán revolucionario, se hacía célebre por su heroicidad, y desaparecía después en una oleada de muerte y de exterminio.

De esa peregrinación de combates queda una estela de sangre, como una marca de fuego, sobre los campos y las montañas.