III
Víctimas y verdugos duermen ya el sueño eterno; las primeras vestirán en el cielo la túnica de los mártires y empuñarán la palma del sacrificio; los verdugos, rojos con la sangre de sus hermanos, pedirán con labios trémulos misericordia; Dios, sobre la alta justicia de los hombres, pronunciará su inexorable fallo.
Uno solo, el principal autor de la hecatombe, vive expatriado de la sociedad humana, yace como un condenado entre los hombres, con la carga pesada de su existencia, maldito de los suyos, aborrecido de los extraños, y con la marca del asesino sobre su frente.
Huye del castigo humano. ¿Podrá esconderse á la mirada de Dios?
México, Octubre de 1870.
Juan A. Mateos.