IV
El día 3 de Febrero de 1814, en la plaza de Valladolid, iba á ser fusilado un hombre.
Era éste de «pequeña estatura, delgado, rubio, de ojos azules,» y su rostro conservaba las huellas de las viruelas.
Marchando con ademán resuelto colocóse al frente de los soldados; se escuchó luego una descarga;—aquel hombre había dejado de existir.
Matamoros había muerto en el patíbulo; la causa de la Independencia perdía uno de sus más nobles caudillos.
El Sr. Morelos, según su propia expresión, «perdía su brazo derecho.»
México libre, declaró á Matamoros benemérito de la patria, y sus restos mortales se guardaron en la catedral de esta ciudad.
Vicente Riva Palacio.
MORELOS
I
EL VIAJERO
Era uno de los primeros días del mes de Octubre de 1810. El sol descendía lentamente en el horizonte, y sus rayos ardientes bañaban el bosque de ciruelos, entre el cual se levantan el humilde templo y las pobres y dispersas casitas que forman el pequeño pueblo de Nucupétaro.
Nucupétaro está situado en el Sur del Estado de Michoacán, en medio de esa inmensa cadena de montañas que no termina sino hasta las costas del Pacífico.
El pueblo está en medio de un bosque de árboles de ciruela; pero allí el calor excesivo hace á la tierra árida y triste, un sol abrasador seca las plantas, y apenas unos cuantos días, cuando las lluvias caen á torrentes, los campos se visten de verdura, y los árboles se cubren de hojas; después, los árboles no son sino esqueletos, y las llanuras y los montes presentan un aspecto tristísimo.
En Octubre, pues, la naturaleza no se ostentaba allí con sus encantos, un viento abrasador levantaba en las cañadas nubecillas de polvo, y el cielo, sin una sola nube, parecía velarse con una gasa que daba á su fondo azulado un tinte melancólico.
Delante de una de las casitas del pueblo, y á la sombra de un cobertizo de palma, se mecía indolentemente un hombre sentado en una hamaca.
Aquel hombre parecía estar en todo el vigor de su juventud; era de una estatura menos que mediana, pero lleno de carnes; moreno, sus negras y pobladas cejas tenían un fruncimiento tenaz, como indicando que aquel hombre tenía profundas y continuas meditaciones, y en sus ojos obscuros brillaba el rayo de la inteligencia.
El vestido de aquel hombre, de lienzo blanco, era semejante al que usaban los labradores de aquellos rumbos: un ancho calzón y una campana, que es una especie de blusa.
Tenía entre las manos un libro, y sin embargo no leía, meditaba, porque su mirada vaga se perdía en el espacio.
De repente le sacó de su distracción el ruido de una cabalgadura; volvió el rostro; y casi al mismo tiempo se detuvo cerca de allí un anciano que llegaba caballero en una magnífica mula prieta.
—Buenas tardes dé Dios á su merced, señor cura—dijo el recién llegado.
—Muy buenas tardes—contestó el de la hamaca levantándose y dirigiéndose al encuentro de su interlocutor.—¿Qué viento nos trae por aquí al señor Don Rafaél Guedea?
—Aquí vengo de dar una vuelta por Tacámbaro, y á ver si me da posada esta noche su merced.
—Con todo mi gusto—contestó el cura.—Mándese vd. apear.
—Vaya, Dios se lo pague al señor cura Morelos.
Don Rafael entregó su mula á los criados que le acompañaban, se quitó las espuelas y el paño de sol, y abrazando al cura con grande efusión, se entró á sentar con él debajo del cobertizo.
II
GRANDES NOTICIAS
—¿Y qué deja de nuevo mi señor Don Rafael por esos mundos?—preguntó el cura.
—¡Cómo!—exclamó el otro—¿pues aun no sabe su merced las novedades?
—No. ¿Hay algo de nuevo?
—Cuénteme vd., cuénteme vd.
—Pues ¿recuerda su merced al señor bachiller D. Miguel Hidalgo, que estaba en Valladolid en el colegio de......
—Sí, sí, y mucho; ¿le ha sucedido algo?
—¡Pues no digo nada! está su merced para saber, que se ha levantado.
—¿Levantado?
—Levantado contra el virrey y contra los gachupines.
—Pero ¿es cierto? ¿es cosa de importancia?—preguntó Morelos pudiendo contener apenas su emoción.
—Tan cierto, que toda la gente de tierra fría anda ya revuelta; no se dice más, ni se habla de otra cosa, sino del señor Hidalgo, que quiere libertar á la América, y que tan grave es el negocio, que el 16 de Septiembre amaneció ya levantado el señor cura que era de Dolores, y el día 28 había tomado ya Guanajuato, que dicen que hubo mucha mortandad, y que estará ya muy cerca de Valladolid: cuentan, y es seguro, que trae muchísima tropa, y los gachupines están huyendo y cerrando los comercios y dejando sus haciendas; en fin, no sé cómo vuestra merced no sabe nada, porque la novedad es muy grande, y el señor Hidalgo tiene por todas partes muchos que lo aclaman y lo requieren.
Morelos había seguido la narración de su amigo sin perder una sola palabra; sus ojos se abrían desmesuradamente, su rostro se coloreaba, el sudor inundaba su frente, y su pecho se agitaba como si estuviera fatigado por una lucha.
Por fin, cuando Guedea terminó su relación, Morelos no pudo ya contenerse; levantóse trémulo, dejó caer el libro que tenía en las manos, y alzando los brazos y los ojos al cielo, exclamó con un acento profundamente conmovido, mientras dos gruesas lágrimas rodaban por sus tostadas mejillas.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡bendito sea tu nombre!
Después, dejándose caer en la hamaca, apoyó su rostro sobre las palmas de las manos, y parecía que sollozaba en silencio.
Don Rafael Guedea, enternecido también, contemplaba respetuosamente á Morelos, sin atreverse á dirigirle una sola palabra.
Sin duda el viejo hacendado comprendía el choque terrible que debía haber sufrido aquel gran corazón al saber que ya tenía una patria por la que podía sacrificarse.
Morelos se había sentido mexicano por la primera vez; el paria, el esclavo, el colono, escuchaba el grito de Independencia.
Aquel placer era capaz de causar la muerte.
III
EL GUERRILLERO
Pocos días después de esta conversación, Hidalgo con el ejército independiente, salía de Charo (inmediaciones de Valladolid) para dar la célebre batalla de las Cruces, y al mismo tiempo, aunque con opuesta dirección se desprendía de allí Don José María Morelos.
Morelos iba á emprender la campaña por el Sur, y por todo elemento para acometer tan aventurada empresa, el Sr. Hidalgo había dado al cura de Carácuaro un papel con la siguiente orden firmada también por Allende:
«Por el presente comisiono en toda forma á mi lugarteniente el bachiller Don José María Morelos, cura de Carácuaro, para que en las costas del Sur levante tropas, procediendo con arreglo á las instrucciones verbales que le he comunicado.»
En manos de un hombre vulgar aquella autorización quizá no hubiera servido ni para levantar una guerrilla; pero Morelos era un genio.
Sobre aquellas cuantas líneas trazadas en un papel, Morelos iba á fundar una reputación gigantesca; aquella orden era para él la vara mágica con la que iba á levantar ejércitos, á fundir cañones, á dar batallas, á tomar plazas, á formidar por fin á los virreyes y al monarca español.
Durante el camino hasta llegar á su curato, Morelos marchó solo, pero su imaginación le presentaba por donde quiera divisiones en marcha, batallones en movimiento, cargas de caballería, asaltos, combates, escaramuzas, todo el cuadro, en fin, de la terrible campaña que iba á emprender.
Morelos llegó á Carácuaro, y allí reunió 25 hombres mal armados, y comenzó su carrera militar.
Conforme á las instrucciones del Sr. Hidalgo, se dirigió á las costas del Sur.
Saliendo de Carácuaro, llegó á Choromuco, pasó el gran río de Zacatula por las balsas, llegó á Coahuayutla, tomó el camino de Acapulco, siguiendo desde allí toda la costa.
Por último, dos meses después de haberse puesto en campaña con 25 hombres, Morelos contaba ya con 2,000 infantes, gran número de jinetes, cinco cañones y considerable cantidad de pertrechos de guerra.
Casi todo el armamento y todo el parque habían sido quitados al enemigo.
IV
EL CAUDILLO
Desde esa época Morelos fué el caudillo prominente en la guerra de Independencia.
Vencedor unas veces, vencido otras, pero siempre constante, valeroso, inteligente, el humilde cura de Carácuaro era un héroe.
Por todas partes se hacía sentir su poderoso influjo; por todas partes, á su nombre, se levantaban partidas, y se organizaban tropas, y se daban combates.
Y no se contentaba sólo con defender su causa por medio de las armas, sino que sostenía constantemente difíciles polémicas con los curas y las principales personas del clero, que valiéndose de la religión, pretendían apartar al señor Morelos del camino que se había trazado.
La historia de las campañas del héroe, es la historia de todas las poblaciones, de todos los bosques, de todas las llanuras del Sur de nuestra patria, y sus recuerdos viven imperecederos en todos esos lugares.
Pero el apogeo de la gloria de aquel grande hombre está en el sitio de Cuautla.
Reducido Morelos á defenderse en esa ciudad, que hoy lleva con orgullo el nombre del ilustre caudillo, dió pruebas de la grandeza de su genio.
Una ciudad pequeña en una llanura, abierta por todos lados, con unas fortificaciones hechas de prisa y sumamente ligeras: ésta era su posición.
Un ejército bisoño, casi desnudo, con malas armas, con pocas municiones, y constando de un reducido número: éstos eran sus elementos de defensa.
Félix María Calleja, el vencedor de Aculco, de Guanajuato y de Calderón, seguido de un numeroso ejército bien armado, perfectamente disciplinado, orgulloso con sus victorias, provisto de abundantes víveres y municiones, y constantemente reforzado: esto representaba el ataque.
Y sin embargo Morelos resistió sesenta y dos días y aquel sitio mereció con razón el renombre de famoso.
Viéronse allí episodios de valor inauditos para impedir que los sitiadores cortaran el agua; los sitiados hicieron prodigios, y vivieron los que custodiaban la toma, bajo una constante lluvia de proyectiles.
Por fin la situación se hizo desesperada; el hambre obligó á los insurgentes á tomar una resolución extrema, y la noche del 2 de Mayo de 1812, el señor Morelos salió de la plaza, atravesó con su pequeño ejército la línea de circunvalación, abriéndose paso á viva fuerza, y aunque sufriendo grandes pérdidas, y libre ya de aquel peligro, volvió á ser el alma inteligente y guerrera de la lucha de Independencia.
V
EL MARTIR
La suerte abandonó por fin á Morelos, y en la acción de Tesmalaca (5 de Noviembre de 1815) cayó prisionero en manos del general español Concha.—El martirio debía coronar aquella vida llena de gloria, y Morelos marchó al patíbulo lleno de valor.
La inquisición, el clero, el virrey, la audiencia, todos quisieron tener parte en el sacrificio, todos quisieron herir á su víctima, todos hicieron gala de su crueldad con aquel hombre que los había hecho temblar, y á cuyo solo recuerdo palidecían.
Semejantes á una jauría hambrienta que se arroja ladrando y furiosa sobre un león herido, así aquellos hombres organizaron su justicia contra el pobre prisionero de Tesmalaca.
La inquisición le declaró hereje, el clero le degradó del carácter sacerdotal, la audiencia le condenó por traidor al rey, y el virrey se encargó de la ejecución.
Y el hereje, el traidor, el mal sacerdote, el ajusticiado, era sin embargo un héroe, un caudillo en la más santa y más noble de las luchas; era, en fin, el hombre más extraordinario que produjo la guerra de independencia en México.
Morelos fué fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22 de Diciembre de 1815.
Cuando la sangre de aquel noble mártir regó la tierra, cuando su cuerpo acribillado por las balas dejó escapar el grande espíritu que durante cincuenta años le había animado, entonces pasó una cosa extraña que la ciencia aún no explica satisfactoriamente.
Las aguas del lago, tan puras y tan serenas siempre, comenzaron á encresparse y á crecer, y sin que el huracán cruzase sobre ellas, y sin que la tormenta cubriera con sus pardas alas el cielo, aquellas aguas se levantaron y cubrieron las playas por el lado de San Cristóbal, y avanzaron y avanzaron hasta llegar al lugar del suplicio.
Lavaron la sangre del mártir y volvieron majestuosamente á su antiguo curso.
Ni antes ni después se ha observado semejante fenómeno. ¡Allí estaba la mano de Dios!
Vicente Riva Palacio.