IV

Comonfort se hallaba en 1854 de Administrador de la Aduana de Acapulco. Santa-Anna, que gobernaba entonces, le destituyó. He aquí el principio pequeño de una gran revolución social que se llamó de la Reforma, y que se ha enlazado posteriormente con sucesos tan importantes como fueron los de la intervención, y hoy mismo la próxima destrucción de la dinastía de los Bonaparte.

Comonfort fué el verdadero promovedor y autor del Plan que proclamaron en Ayutla los generales Alvarez, Moreno y Villareal, que se reformó en Acapulco, el 11 de Marzo de 1854. Sosteniéndolo con las armas en la mano, se hizo notable Comonfort, no sólo como hombre de valor, sino como caudillo dotado de una gran constancia y de cierta capacidad militar. Fué realmente una aparición repentina en la escena de nuestro gran drama revolucionario, que recordaba aquellas figuras que se levantaban repentinamente de cualquiera parte, en los últimos años de la dominación española.

Santa-Anna, que por política ó por carácter había sido el amigo de todos los partidos y el favorecedor de todos los partidarios, en la última vez que gobernó el país fué perseguidor, vanidoso, vengativo, hasta cruel. Esta tiranía y el aparato monárquico con que revistió su gobierno, chocó generalmente á los mexicanos; así, que en los últimos días del año de 1853, tenía ya la opinión pública enteramente contraria, y su administración sin recursos pecuniarios no contaba con más apoyo que el de la fuerza armada. La revolución de Ayutla era la chispa, pero el reguero de pólvora estaba ya tendido de uno á otro extremo del país. Los gobiernos personales han sido frecuentes en la República: como el gobierno personal ya cansaba al carácter movible de los mexicanos, un plan que prometiese una organización constitucional debía tener eco en toda la República; como en efecto lo tuvo el de Ayutla.

Santa-Anna despreció al principio este movimiento; pero pocos días bastaron para persuadirle que si no le sofocaba, prontamente podría acabar con su gobierno. Como todo gobierno que está para caer, multiplicó sus actos de opresión, y no confiando desde luego en ninguno de sus generales, ó creyendo conquistar fácilmente una gloria militar, se puso á la cabeza de una división de cinco mil hombres y marchó al Sur.

Venciendo las dificultades de un país desprovisto de recursos, y los ataques poco importantes de algunas guerrillas, Santa-Anna llegó frente al puerto de Acapulco el 19 de Abril de 1854.

La gloria de Santa-Anna se apagó para siempre en esta jornada, y Comonfort comenzó á ser el hombre de la revolución y el personaje distinguido de la época. Se encerró con un puñado de hombres en el castillo de San Diego, y de allí no le sacaron ni los cañonazos ni el oro. Santa-Anna llevaba y ofrecía pólvora y oro, y la influencia y dinero de D. Manuel Escandón, no fueron del todo extraños en esta expedición.

Santa-Anna, que temió acabarse de estrellar y perecer con todo su ejército en las ásperas montañas del Sur, levantó el sitio de Acapulco y regresó á la Capital, teniendo que forzar varios pasos y que perder en cada uno un pedazo de su prestigio y algunos de sus soldados.

El dinero que recibió Santa-Anna por el tratado de la Mesilla, prolongó por unos días más su existencia; pero la revolución creció en el Sur y se propagó por Michoacán y Tamaulipas.

Entretanto, Comonfort salió de Acapulco para San Francisco de Californias, donde no pudo conseguir ningunos recursos. De San Francisco pasó á Nueva-York, y allí encontró á D. Gregorio Ajuria. Era hombre especulador y audaz, y jugó un verdadero albur. Prestó á Comonfort sesenta mil pesos, parte en dinero y parte en armas, estipulando que recibiría doscientos cincuenta mil pesos si la revolución triunfaba. La revolución triunfó, y Ajuria fué pagado, y más adelante arrendó, en compañía con otra persona, la Casa de Moneda de México.

El lance fué atrevido, y sea lo que se fuere, Comonfort regresó á Acapulco el 7 de Diciembre de 1854 con algunos recursos, y la revolución tomó un carácter más positivo y más serio. Comonfort pasó al Estado de Michoacán con el carácter de General en Jefe de las tropas de aquel Estado, y Santa-Anna, por su parte, salió también de la capital con un ejército á combatir á su enemigo; pero regresó el 8 de Junio de 1855, sin haber podido obtener sino triunfos efímeros, y dejando en peor estado el resto del país donde cundía el incendio de la revolución.