V

«Luego que cundió la noticia de la llegada del ejército insurgente, la conmoción fué grande; aquellas calles angostas y pendientes de Guanajuato se llenaron de gente que corría en todas direcciones, se atropellaban y preguntaban, temerosos cuál sería la suerte de la población. Muchos españoles que calcularon que las cosas no habían de pasar muy bien, tomaron su resolución definitiva, y recogiendo parte de sus intereses y poniendo en seguridad el resto, se marcharon de la ciudad por los caminos no ocupados por las tropas insurgentes. Esta emigración produjo una consternación difícil de pintar; pero fué forzoso que quedaran los que no tenían posibilidad de huir, ó los que demasiado entusiasmados por la causa del rey creían en la victoria.

Por entonces el conflicto hubiera sido mucho mayor, si un hombre, sobreponiéndose al peligro, y aun á sus opiniones privadas é íntimas, no hubiera, con su actividad y sangre fría, asegurado medianamente á la ciudad. Este era el intendente Riaño, y del cual es forzoso hablar dos palabras. Riaño era uno de esos tipos raros, donde por una feliz concurrencia de circunstancias están reunidas las cualidades más brillantes, tanto físicas como morales. Hombre de instrucción, de experiencia y de buen juicio, comprendía perfectamente que los pueblos, como las familias, es forzoso que, trascurriendo un número dado de años más ó menos corto, se emancipen y formen otra sociedad. Esta reproducción continua, esta indispensable formación es la que ha creado las naciones y ha dividido el mundo en pequeñas porciones. Así, pues, en el fondo de su conciencia no sólo opinaba por la causa de la Independencia, sino que calculaba que una vez encendido el fuego, sólo se apagaría con los escombros y las ruinas del gobierno colonial; más español y caballero, y leal ante todo, como esos soldados casi fabulosos é increíbles que seguían á Gonzalo de Córdoba, en los momentos de peligro acalló la voz de su corazón, y no escuchando más que el grito del deber, que como primer funcionario público, le obligaba á defender al gobierno, se preparó á una obstinada resistencia, calculando que el resultado no podía ser otro sino sucumbir. Así sucedió: Riaño trazó el plan para fortificar el fuerte de Granaditas, sin pensar que erigía su sepulcro. Siempre es un dolor que el destino reserve un fin trágico á esos hombres que, cualquiera que sea su creencia política, son un modelo de honor y de virtudes. Mas volvamos á nuestra narración.

Riaño, con una actividad increíble, mandó abrir fosos en las calles, construir trincheras, animó á los moradores ya decaídos y abatidos, y puso sobre las armas cuanta fuerza le fué posible. Ejecutadas estas medidas, en las que empleó tres días y tres noches, sin dedicar ni una sola al descanso, pasó revista á sus tropas y aguardó más tranquilo los acontecimientos. Una circunstancia vino á alarmar al jefe y á los propietarios. Pensaron, y racionalmente, que la fuerza era muy corta para defender la ciudad, y que en este concepto las tropas insurgentes se derramarían por algunas calles, entregándose á la matanza y al saqueo. La cosa era urgente; así es que, después de un largo debate entre los personajes de más categoría y Riaño, se decidió que los caudales del gobierno y los de los particulares que quisieran, se encerrarían en el fuerte de Granaditas, y allí la defensa se haría con éxito. La medida no hubiera sido del todo mala, si Granaditas no se hallara dominado por el cerro del Cuarto y otros edificios; pero como ya no era posible más dilación, se adoptó la medida que va referida. Inmediatamente comenzó á trasportarse dinero, plata y oro en pasta, baúles de efectos preciosos, alhajas, ropa, y, en una palabra, cuanto tenían de más valor y estima los riquísimos comerciantes, mineros y propietarios de la ciudad. En los días 25 y 26 una cadena no interrumpida de cargadores estuvo entrando al fuerte y depositando los tesoros en las salas más cómodas y seguras del edificio. Esta tarea concluída, ya que no había más tesoros que encerrar, se introdujo maíz y otros víveres, y los dueños, con sus armas y municiones, entraron en el edificio, cerraron con dobles cerrojos y con fuertes trancas las puertas, y esperaron al enemigo.

Este no se hizo aguardar. En cuanto al pueblo, no era difícil pensar lo que haría, tanto más cuanto que también tenía un caudillo esforzado que lo guiara. Este era un muchachillo de poco más de 21 años, pelo rubio, ojos azules y fisonomía inteligente y picaresca. Había sido peón en las minas, y después barretero; poseía, como toda esta gente ocupada en recios y peligrosos trabajos, un grado de valor y de audacia casi prodigiosos. Luego que el cura Hidalgo se aproximó á Guanajuato, el atrevido muchacho salió á reconocer la clase y número de gente de que se componía el ejército invasor, y con aquel instinto natural que muchas veces excede á los cálculos de la ciencia y de la política, pensó que el negocio iba á ser funesto á los guanajuatenses. En consecuencia, el muchacho se dirigió á Mellado, allí tomó una tea, y descendiendo rápidamente por aquellas lóbregas cavernas, comenzó á gritar «afuera, muchachos; ya tenemos independencia y libertad». Los barreteros no comprendían absolutamente el sentido de estas palabras; mas el muchacho les añadió: «que una vez entrado el cura Hidalgo, como de facto entraría vencedor en Guanajuato, los tesoros encerrados en Granaditas serían del pueblo.» Desde aquel momento no hubo más que una voz: afuera, muchachos: á Granaditas. Aquellos hombres, ya preparados á la furia y á la matanza abandonaron sus trabajos, desoyeron la voz de los capataces y salieron de las minas vociferando palabras de muerte y de exterminio. Algunas bandadas de hombres se dirigieron al cerro del Cuarto, al de San Miguel y á diversas alturas, y otros se desparramaron por las calles de Guanajuato y cercanías de Granaditas, formando grupos silenciosos y afectando una especie de indiferencia fría y terrible. Riaño, que había contado con el auxilio de la plebe, miró con pavor estas masas de gentes que lo amenazaban con su silencio, y se convenció que no tenía ya que esperar más auxilio que el de Dios.

El 28 se presentaron como comisionados de Hidalgo el coronel Camargo y el teniente coronel Abasolo. En la trinchera de la calle de Belén fueron detenidos, y habiendo manifestado el primero que deseaba entrar al fuerte y hablar verbalmente á Riaño, se le vendaron los ojos y en esta forma se le condujo hasta la sala, donde reunida una especie de junta de guerra, se discutía lo que sería conveniente resolver. Abasolo no quiso aguardar, y se retiró al campo insurgente.

—¿Estáis en disposición de hablar, señor coronel? dijo Riaño á Camargo con voz afable y serena; decid el objeto de vuestra comisión.

Camargo sacó un pliego cerrado, y sin contestar palabra lo entregó á Riaño; éste lo abrió, lo recorrió rápidamente con la vista, y luego, volviéndose á los que componían la junta les dijo:

—El cura Hidalgo me manifiesta que habiéndose pronunciado por la libertad, un numeroso pueblo lo sigue......

Un rumor sordo circuló entre los circunstantes: Riaño, que lo advirtió, prosiguió con calma:

—Hidalgo quiere evitar la efusión de sangre, y nos amonesta para que nos rindamos; garantizando nuestras vidas y propiedades: leed:

El oficio se leyó en voz alta por un individuo; un silencio profundo sucedió; ni el aleteo de una mosca se escuchaba, y si acaso sólo se oía el ténue ruido que provenía del latido del corazón de aquellos hombres cuyos rostros lívidos y descompuestos, cuyas miradas tristes y descarriadas anunciaban que estaban poseídos de espanto y de pavor.

Riaño, que notó estos sentimientos, continuó con voz tan tranquila y dulce como si estuviera en una conversación familiar:

—Mi deber como magistrado me ha obligado á tomar algunas medidas de defensa; pero esto no quiere decir que Udes. deban sacrificarse á mis ideas, á mis caprichos. El ejército de Hidalgo puede ser muy numeroso; traerá sin duda artillería, y en este caso la resistencia es inútil, y pereceremos......

—Es verdad, dijeron dos ó tres voces.

—En ese caso vale más rendirse que no hacer una necia resistencia......

Hubo un silencio de algunos instantes, durante los cuales Riaño y Camargo cambiaron una mirada de alegría, hasta que una voz ronca y firme gritó:

—No, nada de capitulación, nada: vencer ó morir.

—Sí, vencer ó morir, clamaron también los demás, animándose súbitamente......

—¿Conque estáis decididos? preguntó Riaño tristemente......

—Sí, enteramente......

—Entonces, como español y como jefe, veréis que sé cumplir con mi deber. Una vez que sé vuestra opinión, no tendréis que quejaros de mí. Al decir esto sentóse en una mesa y escribió la contestación negativa, y levantándose la dió al coronel Camargo, sin que una sola facción de su rastro se alterara; sin que su voz perdiera ni su firmeza ni su dulzura, sin que una sola de sus miradas pudiese revelar lo que pasaba dentro de aquel hombre que veía ya el sacrificio muy cercano.

—¿No habrá ya medio de allanar estas cosas mejor? dijo Camargo.

—Ninguno: esta gente no vuelve atrás, y yo no puedo tampoco hacerles más instancias: dirían que soy un cobarde. Camargo fué llamado á almorzar en compañía de Iriarte y de algunos otros españoles; cuando hubo concluido se dirigió á Riaño:

—Conque por fin.........

—Está ya dada la respuesta, le dijo Riaño; pero añadid á Hidalgo, que á pesar de la desgraciada posición en que nos encontramos, por la diferencia de nuestras opiniones, le agradezco en mi corazón su amistad, y acaso aceptaré más tarde su protección y asilo.

Camargo y Riaño se estrecharon la mano; después vendaron los ojos al primero y lo condujeron así hasta afuera de la trinchera.

—Ahora, dijo Riaño con voz de trueno y mirando que todos permanecían en la inacción, es menester defenderse; y pues no hay otro remedio, morir como buenos españoles. Inmediatamente dió sus disposiciones y formó á toda la tropa disciplinada en la plazoleta de la Alhóndiga; á los que tenían mejores armas los colocó en las troneras del edificio, y otra porción la destinó á la noria y azotea de la hacienda de Dolores que se comunicaba con Granaditas y dominaba la calzada.

En cuanto al ejército insurgente, luego que llegó Camargo con la contestación negativa, un solo grito se dejó oír, y fué el de «mueran los gachupines,» y aquella masa enorme de hombres armados con picas, palos y machetes comenzó á moverse. Era una larga serpiente la que retorciéndose por los cerros y por el camino se dirigía a Granaditas. A la una del día ya la multitud había ocupado todas las alturas que dominan á Guanajuato, y los sitiados podían oír los gritos de furor que de vez en cuando lanzaban los enemigos, y ver las banderolas azules, amarillas y encarnadas formadas con mascadas, y que eran los estandartes á cuyo rededor se agrupaba todo el populacho. Los españoles de la hacienda de Dolores dispararon algunos tiros y mataron á tres indios. Esta sangre fué como la chispa que necesitaba esta inmensa cantidad de combustible. Un clamor tremendo se escuchó, que fué reproduciéndose desde las cercanías del fuerte hasta la vanguardia de los insurgentes, y una lluvia de piedras cayó inmediatamente sobre los sitiados.

El ejército se dividió en dos trozos: uno de ellos se dirigió al cerro del Cuarto y á las azoteas y alturas vecinas, y otro al cerro de San Miguel. Los grupos de barreteros que habían aguardado inmóviles y silenciosos el principio de este sangriento festín, se levantaron como impulsados por una máquina, y corrieron á reunirse con los insurgentes y á hacer altísimas trincheras de piedras. Un trozo de caballería, se dirigió a las prisiones, puso á los criminales en libertad, y recorriendo las calles, rompiendo puertas y arrollando cuanto encontraba á su paso, volvió finalmente, aumentado con mucha plebe, al lugar del combate. A las dos de la tarde todo el pueblo de Guanajuato se había hecho insurgente: los únicos realistas eran los que estaban en la Alhóndiga. En cuanto á las gentes temerosas y pacíficas, se habían encerrado en sus casas, asegurando las puertas con los colchones y trastos, y esperaban, con la agonía en el corazón, el desenlace de este horrible drama.

Puede asegurarse que desde la conquista hasta hoy, el único movimiento verdaderamente popular que ha habido en México, es el de Guanajuato. Quiero que por un momento el lector se figure colocado en un punto dominante de Guanajuato, y trasladándose con la imaginación al momento en que estos sucesos pasaban, contemple aquellas masas enormes de gente, gritando furiosas, conmoviéndose agitadas como las olas de un mar tempestuoso, cayendo en un profundo y momentáneo silencio, para tronar después de la explosión de las armas de fuego que disparaban los enemigos, como las nubes que con el contacto eléctrico revientan lanzando mil rayos........................................

En efecto, aquellas montañas se movían, aquellos edificios tenían voz, de aquellas profundas grutas salían aullidos horribles, aquellas calzadas parecían agitarse, levantarse y estrellarse contra el punto defendido por los españoles. Eran los elementos, eran las materias inertes las que se animaban; eran los peñascos los que pretendían lanzarse solos en el aire y caer sobre los enemigos. Cualquiera que á sangre fría hubiera visto estas escenas, habríase creído presa de un vértigo, al contemplar una visión que tenía mucho de sobrenatural y de fantástico...... A las dos de la tarde el ataque estaba en toda su fuerza: las descargas de piedras no cesaban y contínuamente se veía en el aire una nube de pequeños peñascos que caía en la azotea de Granaditas, como si los cerros hubieran estado haciendo una erupción. En cuanto á los sitiados, no recibían mucho daño físico, por estar á cubierto en las troneras y bardas. De tiempo en tiempo se suspendía instantáneamente la lucha, y sitiados y sitiadores guardaban un silencio profundo: un casco de fierro de azogue hendía los aires y caía sobre la multitud, que se apartaba, se postraba en tierra; después, cuando el frasco relleno de pólvora reventaba y hacía un estrago espantoso, rompiendo el cráneo y los brazos y piernas de los desgraciados que estaban cerca, aquella masa infinita se oprimía, se lanzaba hasta las trincheras, arrojando alaridos de venganza. En estos momentos, los españoles, aterrorizados, no tenían fuerza ni para mover el gatillo de sus fusiles. A poco, el ruidoso estruendo de la fusilería, los gritos y algazara se aumentaban de una manera tal, que se oía en todo Guanajuato. Riaño, entretanto, con la serenidad y sangre fría que le caracterizaban, recorría los puntos de mayor peligro, animaba á los defensores del fuerte, y hacía escuchar su voz de trueno para dar sus disposiciones: su valor llegó al grado que, habiendo visto que un centinela había abandonado el puesto y dejado el fusil, lo tomó y comenzó á hacer fuego. Allí terminó la existencia de este leal español: una bala certera le atravesó la frente, y cayó moribundo y cubierto de sangre.

El cuerpo de Riaño fué conducido al interior del fuerte, y retirándose también la tropa situada en la plazoleta, cerraron la puerta y la atrincheraron cuanto fué posible. El hijo de Riaño estaba en el fuerte. Luego que vió el cuerpo de su padre desfigurado y cubierto de sangre, se arrojó á abrazarlo, lo regó con sus lágrimas y exhaló las más dolorosas quejas, y luego, acometido de un furor inaudito, quiso esprimirse una pistola en el cráneo.

—¿Qué hacéis? le dijo uno: vale más que antes de morir venguéis á vuestro padre. Cerca están los enemigos; id, la sangre y la matanza calmarán vuestro dolor.

—Decís bien, decís bien, contestó soltando la arma: necesito sangre, necesito venganza. Al acabar estas palabras se dirigió á la azotea, desde donde continuamente arrojaba frascos de azogue llenos de pólvora.

El generalísimo Hidalgo miraba pasmado esta conmoción horrible del pueblo, en que todas las pasiones hervían, ardientes é imponentes en los corazones, y conocía que no podían concluirse estas escenas sino con la toma del fuerte; así, dirigiéndose al leperillo vivaracho de que se ha hablado al principio, le dijo:

—Sería bueno quemar la puerta de la Alhóndiga, Pípila.

—Ya se vé que sí, contestó el muchacho, dejando asomar una sonrisa en sus labios.

—Pues la patria necesita de tu valor.......

Pípila, sin contestar una palabra, tomó una gran losa, y poniéndola en sus espaldas cogió una tea en las manos, y así se fué acercando á la puerta. Los espectadores contuvieron el resuello, y todos los ojos se fijaron en el atrevido muchacho. En cuanto á los del fuerte, hicieron caer una lluvia de balas sobre Pípila; pero todas se estrellaban en la losa, de suerte que llegó á la puerta y arrimó la tea.

En este momento una bandera blanca flotó en lo alto de las almenas, y varias voces gritaron: «se han rendido; paz, paz»; pero algunos de los que guarnecían la hacienda de Dolores, ignorando esto hicieron fuego. Entonces un grito terrible de «traición» se hizo oír, y los insurgentes se agolparon á la puerta, que ya incendiada, no tardó en arder y caer á pedazos.

Por en medio de las llamas y de los escombros se precipitó el pueblo con puñales y hachas en la mano, y derramándose por patios, escaleras y salones, comenzó á ejecutar una horrible matanza. Unos se defendían obstinadamente; otros, abrazados de las rodillas de algunos sacerdotes, pedían á Dios misericordia y sucumbían traspasados á puñaladas. Los que guarnecían la hacienda de Dolores, viendo que los enemigos habían destruído un puente de madera de la puerta falsa, se replegaron á la noria, y allí se defendieron desesperadamente; pero acosados y oprimidos por la multitud, tuvieron que sucumbir, arrojándose muchos en el pozo.

A las cinco de la tarde un río de sangre corría por las escaleras y patios de Granaditas, y uno que otro había escapado ocultándose debajo de los cadáveres. En cuanto á las riquezas que había encerradas, fácil es concebir lo que sucedería con ellas. En una hora desapareció el inmenso caudal aglomerado durante muchos años por los propietarios de Guanajuato.

En la noche, toda esta multitud frenética se desbandó por las calles que recorría con teas y puñales en la mano, saqueando las casas, sacando de las tiendas los barriles de licores y entregándose á todo género de excesos.

Hidalgo y Allende tuvieron mucho trabajo para contener estos desórdenes con que se anunció la Independencia de México. Como si el pueblo en aquella vez hubiera tenido presentes los tiempos primeros de la conquista, la matanza de Santiago y el asesinato de Guatimoc, se vengaba de una manera inaudita.»