VI
Hidalgo y Allende, después de permanecer en Guanajuato algunos días, salieron para Valladolid y se posesionaron de la ciudad sin dificultad ninguna. Allí aumentaron y organizaron su tropa tanto como fué posible, y en el mes de Octubre todo ese grande ejército independiente, que en su mayor parte se componía de indígenas mal armados, se dirigió á la capital tomando el rumbo de Maravatío, la Jordana. Ixtlahuaca y Toluca.
En México reinaba no sólo la consternación sino el terror. El virrey Venegas creyó en su última hora; pero haciendo un esfuerzo, logró reunir una división de tres mil hombres que puso al mando de D. Torcuato Trujillo, el que salió al encuentro de los insurgentes; pero su número sólo le agobiaba, y á medida que Hidalgo avanzaba, el jefe español retrocedía, hasta que en el monte de las Cruces tomó posiciones que la naturaleza hacía inexpugnables, y se resolvió á esperar.
Fué en esta célebre batalla donde Allende mostró todo su valor personal. Comenzó la acción por el encuentro y tiroteo de las caballerías, y á poco fué ya haciéndose general en toda la montaña. Las masas desorganizadas de indios, formando una algazara terrible, que recordaba los días de la conquista, se arrojaban sobre las tropas españolas, y eran destrozadas por la fusilería y la metralla. Las tropas de Trujillo eran pocas, como hemos dicho, pero disciplinadas, resueltas y bien situadas en alturas, y cubiertas con la misma fragosidad del terreno y con los árboles y malezas del bosque. Sin embargo de esto, se repetían las cargas confusas, y la muerte y la sangre no hacía más efecto sino irritar y hacer más tenaz á la raza indígena. Era, á poco más ó menos, el mismo ataque que sufría Cortés en los cuarteles de la ciudad de México en 1521. Es un hecho bien averiguado que los indios de Hidalgo llegaban hasta las baterías españolas y pretendían tapar con sus sombreros de palma las bocas de los cañones.
Allende, al recorrer los puntos de más peligro, tratando, aunque en vano, de organizar el ataque y de reducirlo á las reglas de la táctica española, observó que los enemigos habían enmascarado unas piezas de artillería con unas ramas, de manera que las columnas que atacaban llegaban hasta cierta distancia, y allí eran desbaratadas por la metralla.
En el instante, sin calcular el peligro ni los obstáculos, dice á los que le rodean:
—«Es menester quitar esas piezas, y la batalla será nuestra: seguidme:»
Desata el lazo que llevaba en la grupa, pone las espuelas á su caballo, y seguido de algunos rancheros corre sobre aquel horno de fuego que cubría la verdura de los árboles.
Se oye una detonación que reproducen los ecos de las montañas, y el intrépido caballero y los que le seguían quedan envueltos en una nube rojiza de humo. ¡Todo se ha perdido!
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