VII
Comonfort fué la víctima. Su carácter, su posición y los acontecimientos, de que él no era el dueño ni el regulador, le condujeron al destierro.
Salió tranquilamente de entre las bayonetas de sus enemigos, tomó el camino de Veracruz, y allí, la buena amistad del gobernador D. Manuel Gutiérrez Zamora proporcionó un asilo al proscrito. Embarcóse, y en breve se encontró en los Estados Unidos, en esa tierra única donde encuentran asilo y seguridad los desgraciados y los proscritos de todo el globo.
Todo el tiempo de la tenaz y larga guerra que se llamó de la Reforma, vivió Comonfort en el extranjero. Restaurada la República, Comonfort trató de volver á su país, de abrirse camino con nuevos servicios á la patria, y de borrar con la brava conducta el error personal que como Presidente había cometido, sin apercibirse acaso de que no había sido más que un medio, un instrumento necesario para el desarrollo de una revolución social. No es el ingeniero que comienza un camino de fierro, el que suele recorrer toda la linea concluída. Así, en la política, el que inició el movimiento progresista, no recogió más que los peligros, las amarguras y los desengaños, y otros fueron los que recogieron la fama, los honores y el poder.
El Sr. Juárez, siempre amigo de Comonfort, le abrió completamente las puertas de la patria, por donde ya el infortunado Don Santiago Vidaurri le había dejado entrar. Comonfort con su familia residió en Monterrey algún tiempo, inspirando celos y temores al partido exaltado, que veía en su residencia en la Frontera, una nueva revolución y un amago á la constitución restaurada. Nada de eso era: Comonfort no quería más que una rehabilitación, y la guerra extranjera le abrió el camino de la Capital.
Comonfort llegó con una corta fuerza compuesta de esos hombres del desierto, fuertes y atrevidos, acostumbrados á luchar en la frontera con los filibusteros y con los indios salvajes. A estas buenas tropas se agregaron otras, y se formó un corto ejército que se llamó del centro, y se colocó en la línea de México á Puebla.
Cerca de dos meses de un sitio riguroso puesto por las tropas francesas á la Plaza, de Puebla, habían necesariamente agotado los víveres y municiones. Se necesitaba á toda costa introducir un convoy, y esta operación imposible se encargó al General Comonfort, y en verdad, de los que la sugirieron los unos obraron por patriotismo y otros por venganza. La muerte ó la derrota eran inevitables. Comonfort no podía tener ni la más remota probabilidad de vencer á un número más que triple de las tropas regulares y bien armadas que mandaba el General Bazaine. Con efecto, el día 8 de Mayo de 1863, en poco más de dos horas, las columnas de zuavos y de feroces argelinos pusieron en desórden á nuestras tropas acabadas de reclutar y de organizar, y ni la muerte de Miguel López, ni la bravura de muchos de los jefes mexicanos, ni la intrepidez de Comonfort que se arrojó en lo más recio de la pelea y buscó desesperado la muerte, ni el sacrificio de muchos infelices soldados que fueron materialmente asesinados por los árabes, fueron bastantes para restablecer la acción que definitivamente fué ganada por el mismo Mariscal que hoy ha dado pruebas en Metz de no haber olvidado las lecciones de constancia, de tenacidad y de desesperada resistencia que aprendió en sus campañas de México. Comonfort había ya recibido un nuevo bautismo, y se presentó en la capital todavía con el polvo y la sangre de la batalla. Puebla, como consecuencia forzosa de la desgraciada batalla de San Lorenzo, fué ocupada por los franceses cuyo general era el memorable Forey, que permaneció todo el tiempo del sitio en el cerro de San Juan, y no se atrevió á entrar á Puebla sino cuando ya habían ocupado todas las calles y fortines las columnas de Bazaine. Forey, que merecía ser destituído y condenado lo menos por diez años á un castillo, recibió sin embargo el bastón de Mariscal.
Cuando los franceses emprendieron la marcha para la capital, se pensó en una nueva defensa; pero, en verdad, pocos elementos existían para esto, y al fin, sin un ejército auxiliar competente para medirse con el enemigo, la suerte hubiera sido igual á la de Puebla, donde la historia no podrá negar que hubo una resistencia, que sin exageración se puede llamar heróica. El Gobierno, pues, salió de la capital, y Comonfort comenzó la larga peregrinación que no había de terminar sino el Sr. Juárez. El 16 de Octubre de 1863 fué nombrado Comonfort general en jefe del ejército que se trataba de reorganizar para resistir sin descanso á la intervención. Este honor, dispensado no sólo por la amistad que profesaban los Sres. Juárez, Lerdo y Núñez á Comonfort, sino porque reconocían en él valor, abnegación y las cualidades militares con que le había dotado la naturaleza, fué el origen conocido y visible de su fin trágico, y de que por uno de esos designios de la Providencia, que escapan á la indagación de la inteligencia humana, muriese obscuramente á manos de unos bandidos, en vez de acabar gloriosamente delante del enemigo extranjero, empuñando la bandera de la Independencia y de la Libertad.
No pudiendo nosotros describir tan minuciosamente ni mejor, los últimos sucesos que acabaron con la existencia de este mexicano distinguido y valiente; copiamos lo que el General Rangel, que fué siempre su íntimo y fiel amigo, escribió con este motivo, haciéndole sólo una ligera variación.
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El general Comonfort fué nombrado general en jefe del ejército, como por el 16 de Octubre, y el 26 marchó para Querétaro, con tan amplias facultades como las que tenía el Presidente de la República, excepto las que se cifraban en ciertas restricciones, impuestas por este mismo magistrado. Establecidas las bases para el plan de operaciones, y las de regimentación de todo el ejército con que se contaba entonces, para su movilidad conforme á dichas bases, faltaban únicamente los caudales necesarios, que se estaban reuniendo en San Luis bajo la influencia del C. Presidente Juárez y por las agencias de su ministro el C. H. Núñez.
El día 8 salió de Querétaro para San Luis el General Comonfort, en compañía del Sr. Cañedo, que acababa de llegar allí de Guanajuato; de un oficial del Ministerio, el Teniente Coronel Vergara; de su ayudante de campo, que estaba ese día de guardia, el Coronel Cerda, y de un empleado de la secretaría particular del Sr. Comonfort, el Comandante Velázquez. El día 9 llegó á San Luis, alojándose en la casa del Sr. Lerdo, y el día 10 recibió libranzas por valor de sesenta y tres mil pesos.
El día 11 salió por la diligencia para Querétaro, con todo el séquito que había traído, y además el C. Coronel Rul, ayudante del C. Presidente.
Poco antes de llegar á la Quemada, alcanzó á la diligencia un extraordinario, por medio del cual el C. Presidente mandaba decir al General Comonfort que se cuidara mucho, porque se decía que en el camino se hallaba una contraguerrilla que le quería salir al encuentro.
El día 12 llegaron á comer á San Miguel de Allende, siempre por la diligencia de Querétaro. Allí determinó el Sr. Comonfort tomar caballos, para continuar por el camino de Chamacuero para Celaya; éstos fueron proporcionados por la autoridad, y se tomaron tantos como eran necesarios para su séquito, que era el mismo con que salió de Querétaro para San Luis, y además un ayudante del C. Presidente, el C. Coronel Rul.
En San Miguel tuvo aviso el General Comonfort, de que los Troncosos, bandidos de profesión, merodeaban por cuenta de Mejía, desde las inmediaciones de Querétaro hasta las de Guanajuato, donde días antes habían asesinado en Burras á un oficial de policía.
El día 13, el General Comonfort salió de San Miguel como á las ocho de la mañana, por el camino de Chamacuero, con su repetido séquito y una escolta de menos de 80 caballos.
Entre San Miguel y Chamacuero encontraron un batallón que iba en marcha para el primer punto, cuyo jefe manifestó al Señor Comonfort hallarse en el camino algunas fuerzas bandálicas, y le propuso escoltarlo, pero él lo rehusó, porque el informe que le habían dado de estas fuerzas, era considerándolas muy despreciables y mal armadas, y porque el mismo jefe le aseguró que había otro batallón situado en Chamacuero.
A esta población llegó como á las once del día, en ella almorzó y recibió detalles más minuciosos del enemigo.
Desde allí mandó un correo extraordinario al C. Ignacio Echagaray, avisándole de que esa misma tarde llegaría á Celaya.
Este extraordinario fué interceptado en el monte de San Juan de la Vega, por una de las contraguerrillas de Mejía, al mando de Aguirre, que se titulaba Comandante, quitándole la comunicación que llevaba y exigiéndole declarase si venía allí Comonfort, con qué fuerza y cuál era la calidad de ésta, á fin de sorprenderlo, dejando entretanto prisionero al correo.
Como á las dos de la tarde salió de Chamacuero el Sr. Comonfort en su carretela, que casualmente había encontrado en San Miguel, con dirección á Querétaro. El Coronel Cerda se ofreció á montar en el pescante, con el fin de dirigir mejor las mulas para el caso de que ocurriese algún ataque.
Los demás señores del séquito montaron á caballo, colocándose el Sr. Cañedo junto á la carretela al lado del Sr. Comonfort, del otro lado el Sr. Velázquez, y en seguida los señores Vergara y Rul. A poco andar llegaron al Molino de Soria, adonde sus dueños dieron la bienvenida al Sr. Comonfort, ofreciéndole su casa con el mayor afecto, pues creyeron que era su ánimo pernoctar en ella; pero grande fué su sorpresa cuando les dijo que seguía para Celaya, porque les pareció poca la fuerza que le escoltaba. Con este motivo le hicieron presente que á poca distancia se encontraban en acecho fuerzas enemigas, que podrían verse desde la azotea. El general despreció estos avisos porque le parecieron temores infundados, pues las fuerzas que se le anunciaban eran de rancheros mal armados con lanzas y machetes, para las que creía por lo mismo suficiente su fuerza, para contenerlos ó para batirlos si era necesario.
Los dueños del molino, interesándose por la seguridad del General, le indicaron que había una vereda á la izquierda del camino, por donde se podía evitar una emboscada, saliendo al llano, á donde podría defenderse con éxito y cargar la caballería, por ser de esta arma la fuerza que escoltaba el General. Este aceptó el consejo, y emprendió la marcha con su comitiva y escolta en el mismo orden en que había llegado allí.
El Comandante de la escolta dispuso que el Alférez C. José María Lara, se adelantase con cuatro exploradores á formar la descubierta, á cien pasos del carruaje, para no ocasionar polvareda.
El Coronel Cerda, que empuñaba las riendas, se pasó algún trecho de la entrada de la vereda, la cual no era muy ancha; pero cuando lo advirtió, lo comunicó al General, proponiéndole volverse para entrar en ella, quien lo rehusó para no perder tiempo.
A poco andar, se oyeron unos tiros, y en seguida se advirtió que eran de los exploradores que se batían contra la emboscada. El Coronel Cerda detuvo el carruaje; el General montó á caballo, mandó cargar á la escolta, y después de dar esta orden, mandó al general Cañedo que avanzasen los infantes que venían á retaguardia para que apoyados en los árboles, hiciesen fuego protegiendo el paso de la caballería. A este mismo tiempo, y habiendo deshecho la corta descubierta, cargaron los contraguerrilleros, que eran muchos, y envolvieron á los jefes y á la escolta, haciéndola sucumbir, á pesar de la superioridad de sus fuegos, cayendo muertos alderredor del General Comonfort, el Comandante Velázquez, el Teniente Coronel Vergara, y el Coronel Cerda, gravemente herido.
El General Comonfort, no obstante haber sido cubierto por su séquito y por su escolta, había recibido un machetazo en la cara, desde el ojo, que le había dividido el carrillo, y conservaba aún su pistola, ya descargada, para intimidar á los muchos cosacos que le acometían; cuando se le presentó delante el famoso capitancillo Sebastián Aguirre, en un brioso caballo tordillo que bailaba aún, alborotado por las detonaciones de las armas de los carabineros de la escolta, que casi habían cesado. El dicho capitancillo traía su lanza en ristre, arma común á toda su fuerza, y deteniéndose delante del General Comonfort, bien fuera por el respeto que éste infundía, ó por asestarle un golpe seguro, le dió lugar para dirigirle la palabra, y le dijo: «Amigo, no me mate vd., y le ofrezco hacerle una bonita fortuna.» Aguirre, lejos de aplacarse, le contestó: «Que no venía á robar sino á cumplir con las órdenes de su general,» dándole al mismo tiempo una lanzada que le dividió el corazón, cayendo consiguientemente en tierra, inmóvil, el General Comonfort.
En seguida los bandidos de Aguirre no se ocuparon de otra cosa que de desvalijar el carruaje y aun á los muertos que habían quedado en el campo.
El General Cañedo se encontraba á alguna distancia queriendo someter á los llamados infantes para que fueran á batirse, conforme á las órdenes del General Comonfort, y que hasta allí habían venido custodiando las cargas de fusiles; éstos no quisieron obedecer, y corrieron para el monte.
Al día siguiente fué conducido á Chamacuero el cadáver del General Comonfort.
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Cualesquiera que hayan sido los errores que como gobernante cometió Comonfort, su memoria debe ser grata para los mexicanos, porque era valiente, honrado, sencillo, afectuoso, franco, generoso y bien intencionado; y representaba en conjunto la parte buena, amable y noble de la raza mexicana.
Manuel Payno.