VI
El general Alvarez, patriarca centenario del inexpugnable Sur, fué también el jefe de una revolución. Vino á Cuernavaca, y allí una junta, como era de esperarse, lo eligió Presidente. Alvarez eligió á Comonfort para su Ministro de la Guerra, y con este carácter vino á la capital, después de derrocado Santa-Anna. La revolución era en el sentido liberal, pero no progresista. El partido moderado, teniendo por principio no hacer peligrosas innovaciones, era en ese sentido antagonista del partido rojo. Comonfort, representante de esa revolución y de ese partido moderado, fué elegido Presidente substituto el 12 de Diciembre de 1855, no sin haber tratado de impedirlo el partido liberal exaltado.
A los pocos días y cuando apenas acababa la revolución llamada de Ayutla, brotó otra nueva en Zacapoaxtla. Todas las tropas de que podía disponer el gobierno, le abandonaron; mientras que los pronunciados, á cuya cabeza estaba D. Antonio Haro, se posesionaron de Puebla con una gran fuerza, y amagaban la capital.
Fué necesario reclutar nuevas tropas, armarlas, vestirlas y enseñarles hasta los primeros rudimentos del arte militar; pero con la actividad y energía que desplegó la administración en esos momentos supremos, se vencieron todos los obstáculos, y en el mes de Marzo de 1856, Comonfort se hallaba frente de Puebla con cerca de 16 mil hombres.
Dotado Comonfort, como se dice vulgarmente, de un buen ojo militar y de un valor sereno é inalterable, arriesga una batalla en Ocotlán, contra los mejores jefes del ejército de línea, que mandaban las fuerzas contrarias, y triunfa completamente el 8 de Marzo; estrecha sus operaciones sobre Puebla, toma la plaza, y habiendo dominado la más formidable de todas las revoluciones que han estallado contra los gobiernos de México, regresa triunfante á la capital, donde es recibido con unas festividades y unos banquetes populares nunca vistos hasta entonces.
Aunque las fiestas que se hicieron se llamaron de la paz, la paz no duró sino unos cuantos días. En Puebla hubo otra sublevación y otro sitio, y en San Luis estalló otro pronunciamiento. De todos estos peligros salió Comonfort airoso, y logró vencer y tener en su poder á todos sus enemigos.
Las tendencias progresistas se hicieron sentir forzosamente en la administración, y la reforma tenía que comenzar. D. Miguel Lerdo de Tejada ocupó el Ministerio de Hacienda con ese designio, y la ley de 25 de Junio continuó la reforma civil que se había ya comenzado sin éxito, hacía algunos años, por D. Valentín Gómez Farías, el Dr. Mora y el Lic. D. Juan José Espinosa de los Monteros.
Comonfort, no sólo por opinión sino por carácter, era moderado. Enemigo de la violencia, lleno de bondad no sólo con sus amigos sino con sus enemigos, nada de lo que se le pedía negaba, y pasaba por falso cuando no le era posible contentar todas las aspiraciones ni llenar todas las exigencias de los que siempre solicitan favores del hombre que gobierna. Con un fondo tal de carácter, los choques que debía producir en su espíritu y en la ejecución material todo lo que era necesario hacer para llevar á cabo lo que el partido progresista exigía, eran demasiado fuertes y superiores á su organización. Valiente por naturaleza, ni el temor de ser asesinado, ni las balas, ni los cañones le amedrentaban; pero vacilaba ante las observaciones de los hombres notables del partido conservador, á quienes siempre trató con una grande consideración. Lo que labraba en su ánimo en el día el partido progresista, lo destruía en la noche el partido conservador, y venía á quedar en ese término moderado; quizá bueno en unas circunstancias normales y ordinarias, pero peligroso é inútil en las crisis políticas, que tienen forzosamente que sufrir á su vez y en determinado tiempo todas las naciones. Quería la reforma, pero gradual, filosófica, sin violencia y sin sangre. Esto era imposible; tanto más, cuanto que el clero, después de la ley de 25 de Junio, tenía ya que defender sus cuantiosos bienes materiales y su eterno principio de administración de esos bienes, sin ninguna ingerencia de la autoridad civil!
Así combatido, como la nave por las olas entre dos escollos, su vida era una verdadera tortura, y las medidas del gobierno parecían algunas veces enérgicas y decisivas, y otras débiles é ineficaces. El 5 de Febrero de 1857 se promulgó la Constitución.
La Constitución era una base que se trataba de hacer normal y permanente para el orden de la sociedad. La Reforma tenía que ir más adelante. ¿Cómo habían de conciliarse estas dos fuerzas morales que luchaban en el seno mismo del Congreso? La solución tenía que ser violenta y revolucionaria. Este fué el golpe de Estado, y sin él, la Reforma, tal cual se realizó, habría sido imposible, como habría sido también imposible, sin el golpe de Estado de Chihuahua, el completo y definitivo triunfo sobre la intervención europea. El tiempo, la experiencia, y los hechos hacen que los hombres sean más indulgentes, y poco á poco la justicia se hace lugar en la historia de las debilidades y de las pasiones de la humanidad. Hoy se puede presentar el ejemplo patente, vivo é innegable. Si pudiéramos colocarnos en la época de Diciembre de 1857, tendríamos la constitución republicana, pero no tendríamos la Reforma. Hoy existen unidas estas dos cosas, contradictorias entre sí, y el golpe de Estado hizo sobrevivir la Constitución y realizó la Reforma. Que por los medios lentos que el mismo Código señala se hubiera hecho todo lo que hizo el Gobierno de Veracruz, y estaríamos en las primeras letras de este abecedario, que las naciones de Europa no han aprendido sino á costa de los mayores y más terribles desastres. No hay más que recordar los tiempos de Enrique VIII, de Lutero y de la Convención francesa. Clero y aristocracia, moderados y progresistas, comparad, y todos quedaréis contentos de cuán poco ha costado entre nosotros lo que en este momento todavía tiene que comenzar la Francia republicana.