CAPÍTULO VII.

En el que se ve que una persona muy principal le pide a la gitana cierta cosa que el lector sabrá leyendo este capítulo.

Dirigiose efectivamente el rey, tan luego como amaneció, y según dejamos dicho en el capítulo anterior, a la morada de su físico Aben-Ahlamar, a conocer, o mejor dicho, a saber si la acusadora del poderoso conde de Haro era la siempre para él encantadora Piedad. El enamorado monarca sabía que el judío vivía en su mismo alcázar, pero ignoraba completamente en qué parte de él. No había pensado en esta circunstancia, y se paró sin saber qué partido tomar en tal aprieto.

En aquel momento llegó a su oído la estridente voz de un soldado que le decía, al mismo tiempo que preparaba su ballesta:

—¿Quién sois? ¡Alto!

Si bien don Fernando se alegró de haber dado con un centinela, que al instante le diría en qué lado del alcázar moraba su médico, vaciló en responderle, temiendo ser conocido.

—¡Voto a tal, don Bellaco, o don Demonio —dijo el soldado amostazado—, que si no me decís quién sois y a dónde vais, os haré probar mi ballesta!

—Soy —repuso don Fernando, cubriéndose el rostro cuanto pudo con la capucha de su ropón— un paje de su alteza el rey, que llevo órdenes suyas para...

—¡Engañado vivís, pajecico, si creéis haberme convencido! ¡Buena hora es, en verdad, para que su alteza os mande a ninguna parte, cuando no hay un alma viviente que haya dejado el lecho aún! Vaya, vaya, dejaos de conversación y volveos por donde habéis venido.

—Ya os he dicho...

—¡Atrás! —repuso el ballestero haciendo ademán de herir a Don Fernando.

—¡Mirad lo qué decís! —replicó el hijo de doña María replegándose y echando mano a su espada.

—¡Voto va! —exclamó el soldado riéndose estrepitosamente—. ¿Qué he de hacer sino quitar a un villano de en medio?

No pudo sufrir más el impaciente joven. Cogió por el cuello al soldado y le dijo descubriéndose el rostro con la mayor ligereza:

—¿Conoceisme, don Bellaco, conoceisme ahora?

—¡El rey! —exclamó el pobre soldado anonadado.

—¡Chito!

—¡Perdón! —repuso cayendo de rodillas.

—Está bien, pero cuida de no decir que me has visto, porque te mando colgar del árbol más alto de Burgos.

—Señor...

—Bien, alza y condúceme, si sabes, a la habitación del judío Aben-Ahlamar.

Levantose el ballestero loco de alegría, y echó a andar, seguido del rey, con dirección a una puerta que se veía al extremo de la galería donde tuvo lugar la escena que, a fuer de exactos cronistas, no hemos querido dejar de referir.

—Toma y retírate —dijo don Fernando a su guía, entregándole así que hubieron llegado a la misma puerta que daba entrada a la morada del nigromántico, una moneda de plata.

Hubiérase echado de nuevo el soldado a los pies del monarca, si este no se apresurase a decir:

—Vete, vete cuanto antes de aquí.

El soldado desapareció, y don Fernando dio tres golpes con suavidad en la claveteada puerta.

Refunfuñando la abrió el judío, y con mal talante y peor modo dijo al joven monarca:

—No os conozco. ¿Qué queréis a esta hora?

—Soy... Pero pasemos adentro —repuso el rey— y entonces me descubriré.

—Si antes no me decís quién sois, no os dejaré penetrar en mi morada —dijo el judío impidiendo la entrada al señor de Castilla y de León.

—¡Vive Cristo, Aben-Ahlamar, que estáis por demás imprudente! —replicó don Fernando entrando, a pesar de los esfuerzos del judío, en la vivienda de este, y cerrando la puerta tras sí.

Estupefacto quedó Juffep en vista de la osadía del misterioso personaje que tan temprano y de una manera tan brusca le visitaba. Conocía la voz de su huésped pero no se acordaba a quién pertenecía.

El rey se apresuró a decir, así que hubo penetrado en la estancia donde su médico confeccionaba las medicinas y brevajes que se hacía pagar a peso de oro:

—Dispensad, Aben-Ahlamar, si antes no os he dicho quién era; pero temía ser conocido por alguien.

Y al mismo tiempo se echó el monarca sobre los hombros la capucha de su rico y elegante ropón.

Si grande fue la sorpresa del ballestero cuando reconoció al rey, no fue menor la del judío. Inclinose, hasta besar la fimbria del traje del joven, diciéndole al mismo tiempo con el mayor respeto:

—No me levanto, muy poderoso señor, hasta que tu alteza se digne perdonarme.

—Alzad, Aben-Ahlamar, alzad, que yo en vuestro caso hubiera hecho lo mismo.

—Esperaba, noble rey, tamaño beneficio de tu magnanimidad y...

—Basta, basta, no hablemos más de eso —repuso el monarca interrumpiendo a su físico y tomando posesión del colosal sillón de este.

Hubo un momento de silencio que fue interrumpido por Juffep, el cual ardía en deseos de saber el objeto de la visita del rey en aquella hora intempestiva. Así es que aparentando la mayor timidez, dijo a su ilustre huésped:

—Puede saber, señor, este tu más fiel vasallo y servidor, a qué debe la muy alta honra de que le visite el poderoso e ínclito rey de Castilla.

—¿Es esta, por ventura, la primera vez que vengo a vuestra morada?

—Creo que sí, gran señor.

—¡Cómo la primera! Pues qué, ¿no os acordáis ya, cuando...?

—Perdona, rey don Fernando —repuso el judío interrumpiendo al monarca—, perdona; pero de nada me acuerdo.

—Frágil sois de memoria, en verdad; dijo el rey con tono bromista.

—Tengo efectivamente esa desgracia, señor, y lo siento en este momento por tu alteza.

—¿Os acordáis —continuó don Fernando— cuando en Castrojeriz fui a veros a causa de que una sobrina vuestra...?

—¡Ah!, recuerdo, señor, recuerdo ahora perfectamente.

—¿Veis, señor desmemoriado, veis? —repuso el rey con alegría.

Pero antes de seguir escuchando la conversación del rey y de su físico, fuerza es referir la primera visita que hizo el monarca a Aben-Ahlamar, y que, como acabamos de observar, el primero ha recordado al segundo.

En el capítulo segundo de la introducción de este relato, tuvimos ocasión de ver al rey víctima de los encantos y hechizos de la gitana Piedad. ¿Y a qué persona no subyugaría una belleza tan perfecta como la de aquella mujer? No es de extrañar, pues, que el rey, joven entonces de dieciséis años, quedase altamente prendado de la sobrina de Aben-Ahlamar, verdadero tipo de las hijas del Guadalquivir. Joven, muy joven era, en verdad, don Fernando para haber concebido una pasión como la que le inclinaba a Piedad. Pero tenemos que advertir que era también el joven monarca castellano hijo de la hermosa Rómula. Y allí, en la dichosa patria de los Teodosios y Trajanos; en la pequeña Roma, llamada así por Julio César; en la ciudad que tantos varones ilustres ha dado a la altiva España y que tantas bellezas y maravillas encierra; en la sin par Sevilla, cuyas murallas y praderas están bañadas por el delicioso y nunca bien ponderado Betis, el de las arenas de oro, y cuyas aguas son tan mansas como la sonrisa de sus hijas, allí, decimos, todo es precoz, todo, hasta el amor mismo...

Al día siguiente de haber conocido don Fernando en Castrojeriz a la que pasaba por sobrina de su físico, dirigiose a la misma hora en que le hemos visto la segunda vez, a la habitación de este.

Omitiremos, contando con la benevolencia del lector, la sorpresa del judío al encontrar al rey en su vivienda, sus impertinentes cumplimientos y las adulaciones y lisonjas con que salpicaba las palabras que dirigía al nieto de San Fernando.

Don Fernando interrogó en estos términos a su siempre interesado y codicioso médico:

—Decidme, Aben-Ahlamar, ¿no tenéis en vuestro poder a una joven, asaz hermosa por cierto?

—¿Habláis de una —repuso el judío con intención— cuyos hermosos ojos negros parece que despiden fuego?

—¡Sí, sí, esa misma es! —exclamó el rey loco de alegría.

—Pues esa joven, señor, es mi sobrina.

—¿De veras?

—¡Dudáis!

—Perdona. ¿Y cómo se llama?

—Piedad.

—¡Oh, oh, hasta el nombre!...

—Su corazón, don Fernando, es tan puro como el de un ángel.

—¡Sí, tanto mejor, Aben-Ahlamar, tanto mejor! ¿Ese será un nuevo motivo para que yo... pudiera verla?

—Señor...

—Mirad que la amo frenéticamente, mirad...

—¡A una gitana! —exclamó el judío con gozo y aparentando sorpresa.

—¡Gitana decís!

—Con efecto.

—¡Eh, qué me importa si es hermosa!

—Pero ¿es cierto que amáis a la sobrina de un judío?

—¡Oh, callaos, callaos por Dios, no me recordéis esas cosas! Yo la amo, Aben-Ahlamar, la amo mucho, mucho, ¡más que a mi corona! Para mí no es gitana, Aben-Ahlamar; para mí no es judía, solo es un ángel, una diosa... ¿Pudiera verla? —insistió el joven con impaciencia.

—Quisiera complacer a tu alteza, pero en este momento...

—¡Fatalidad, fatalidad! —exclamó el rey con desesperación—. ¿Qué hace ahora?

—Descansa, señor. Pero si tu alteza quiere...

—Oh, pues entonces déjala, deja que duerma, Aben-Ahlamar; pero ofréceme en cambio que le has de hablar de mí... Dile que un joven de su misma edad la ama mucho..., con delirio... Haz por que me conozca, mas no le digas que ciñe mis sienes una corona real, porque entonces tal vez no haya en su amor toda la abnegación que yo apetezco. ¡Oh, cuánto diera en este momento por no ser rey! Escucha, Juffep, si inclinas a tu sobrina a que me ame..., te ofrezco..., te doy mi palabra real de que has de quedar contento: ¿entiendes?

Y el enamorado joven salió de la habitación de su médico, el cual sin perder tiempo buscó al infante don Juan y le dijo:

—Señor, el pájaro ha caído por sí solo en la red.

—Explícate.

—Quiero, decir, gran señor, que el rey está ya muerto de amor por esa muchacha que tú has querido hacer pasar por sobrina mía.

—No me dices nada nuevo.

—¡Cómo!, ¿lo sabíais? ¿Y sabes también que acaba de estar ahora mismo en mi morada?

—Tanto... Pero ¿qué os ha dicho?

—Que si hago porque esa aventurera llegue a amarle, me recompensará más que suficientemente. ¡Cuerpo de Cristo, y qué enamorado está el rapazuelo!

—Reíos, Aben-Ahlamar, de las promesas de los reyes.

—Sin embargo...

—Más positivas son las mías.

—Ya te he dicho, magnánimo príncipe, que puedes disponer eternamente de mí, de mi ciencia y de todo cuanto me pertenece.

—Lo sé, Juffep —repuso el infante—. Lo que conviene ahora —continuó—, es que tú te desentiendas de todo, y dejes a mi cargo ese negocio. ¿Me comprendes?

—Perfectamente.

El infante y Aben-Ahlamar lograron su deseado intento. El primero pasó con el monarca por el protector, por el medianero de sus ilegítimos amores. Con esto consiguió que el joven Fernando le tomara un cariño grande y le entregase el mando absoluto del reino, que el perverso infante repartía con su amigo el conde de Lara; pero sin revelarle ni explicarle nunca les medios de que se había valido para que el rey le dispensase segunda vez su confianza y amistad. El segundo, Aben-Ahlamar, fiel a la palabra dada a don Juan de no tomar cartas en el asunto de los amores del rey, recibía a manos llenas del infante cuantiosas sumas que atesoraba con insaciable avaricia.

Permítanos ahora el lector que digamos algo de los amores de Piedad con el raptor de doña Beatriz de Robledo.

Instruida estaba perfectísimamente la gitana por el judío Aben-Ahlamar del papel que en aquella escena le tocaba representar y de la manera que debía de conducirse con el joven e inexperto monarca. Cumpliolo todo al pie de la letra y a las mil maravillas. Jamás sintió por don Fernando ni un cariño fraternal siquiera; pero no por eso dejaban de ser ardientes sus miradas cuando iban dirigidas al joven que con loco desvarío la amaba; no por eso dejaban de ser sus besos abrasadores, siempre que los estampaba en la tersa frente o en los finísimos labios de su augusto amante. Sus amorosas palabras no las hubiera pronunciado acaso la mujer más frenética por el objeto querido de su corazón.

En este estado vivió la bella gitana por espacio de tres meses poco más o menos. Al cabo de este tiempo se cansó de fingir, por haber visto un día en la corte a un mancebo que tanto tenía de hermoso como de perverso y cruel. Este joven vino a arrebatarle su sosiego, y su bella imagen quedó esculpida con caladeros de fuego en el alma apasionada de Piedad. Huyó a poco la aventurera del lado de Aben-Ahlamar, dejando por consiguiente al rey huérfano de sus caricias, que un advenedizo recibía sin comprender la ternura de que estaban impregnadas. Don Lope, según afirman las crónicas, nunca amó a la gitana, sin embargo de figurarse él todo lo contrario. Llegó por fin un día en que el amor que el conde creía tener a Piedad, y cuyos cimientos se iban desmoronando a fuerza de dudas, se hundió para siempre en el abismo del olvido a vista de otra belleza que, sin quererlo, robó a la supuesta sobrina de Aben-Ahlamar el corazón de su pérfido e insconstante amante. Justa expiación de la conducta que la nieta de Simeona siguió con el joven don Fernando. No supo apreciar el verdadero afecto del monarca, y puso sus ojos en un hombre que la desairó completamente, y aun llegó a odiarla tan pronto como tuvo ocasión de conocer a la linda y pudorosa dama de la reina doña María Alfonsa.

Repetidas veces dijo Aben-Ahlamar a su antigua pupila que el conde de Haro no la amaba. Repetidas veces le hizo ver que el rey siempre la recibiría gustoso, y que de ser la querida del conde de Haro no ganaba tanto como de ser la favorita de Fernando IV de Castilla. Piedad nunca hizo caso de las palabras del judío. Era el suyo un amor demasiado profundo para que pudieran destruirlo el brillo de una regia corona y el fausto de una corte selecta y poderosa.

—Cesad —decía la amante de don Lope cuando Aben-Ahlamar le hablaba de él.

—Y si yo te dijera, hija mía, que el conde de Haro jamás te ha querido, ¿qué me dirías?

—Que mentíais —le contestaba desesperada la gitana.

—¿Y si te dijese que ese hombre por quien eres desgraciada te aborrece de todo corazón?

—Callad, viejo maldito, callad, o haréis estallar mi enojo.

Pero el judío, a quien tenía más cuenta fuese la gitana amante del rey que del conde, reponía sin que le arredrasen las palabras amenazadoras de Piedad.

—¿Quieres cerciorarte de lo que te digo?

—No, porque es falso.

—Déjate de cuentas, y si quieres desengañarte por tus mismos ojos, mañana mismo...

—¿A qué hora? —repuso la gitana fuera de sí.

—Por la mañana y en mi habitación.

—Bien, iré; pero ¡pobre de ti si me engañas!...

Volvamos al rey y a su infame médico, que hace rato nos esperan en el alcázar puesto que ya conoce el lector y ha visto en el capítulo IV de esta crónica la escena anunciada arriba por Aben-Ahlamar.

El rey continuó de esta suerte:

—Me dijisteis cuando desapareció de vuestro lado aquella joven...

—¿Mi sobrina, señor?

—Justamente. Me dijisteis que había muerto a poco tiempo de salir de Valladolid, donde os hallabais conmigo a la sazón.

—Con efecto, gran rey, esa noticia llego a mí por conducto de una mujer que acompañaba siempre a la joven, cuya temprana muerte todos lamentamos.

—Tal vez os riais de mí, Aben-Ahlamar; pero abrigo la creencia de que la hermosa Piedad fue la que ayer se presentó a acusar al conde de Haro de raptor de la dama de mi querida madre.

—¡Qué dices, señor! Por Dios que sería maravilloso que debajo del antifaz y de las tocas que cubrían la cabeza de la reverenda dueña que acusó al conde encontrásemos la calavera de la hermosa Piedad.

—Mirad —repuso el rey— que su voz la conocí de tal manera que creo muy difícil me haya equivocado.

—No obstante, rey de Castilla, esa joven ha muerto, desgraciadamente.

Don Fernando escondió el rostro entre sus manos, para dejar salir de su agitado pecho un prolongado suspiro. Largo rato se mantuvo en esta posición, sin pronunciar una sola palabra y sin dar señales de que vivía, hasta que incorporándose de repente dijo con aire de indiferencia.

—¿Supongo tendréis en vuestro poder a la acusadora?

—Sí, señor.

—Hanme dicho que es joven y hermosa —repuso don Fernando clavando al mismo tiempo sus ojos en el venerable rostro del nigromántico.

—Pues te han engañado, porque permanece cubierta de la misma manera que tu alteza tuvo lugar de verla ayer.

—¿Os habla con agrado?

—Ni con agrado ni sin él, porque, si no la hubiera oído cuando acusó al hijo del último señor de Vizcaya, la creyera muda.

—¿Se niega a contestaros?

—Completamente.

—Ganas me están dando de hacer una visita a vuestra prisionera.

Aben-Ahlamar se turbó de tal manera que su cara y la cera corrían parejas.

—Sí, sí —continuó el rey—, id a donde esté y decidle que necesito verla ahora mismo.

—Por la hora, señor, conocerá tu alteza que el sueño será todavía con ella.

—No importa, marchad a donde se halle.

—Atended, señor...

—¡Basta de objeciones, Aben-Ahlamar!

—Perdona...

—Decidle que el rey quiere interrogarla sobre la acusación de don Lope.

Inclinose el judío respetuosamente y desapareció de la presencia del monarca. Echose después este por los hombros el ropón con que venía cubierto, y se puso a examinar con detenimiento las retortas, alquitaras y demás instrumentos que había en la morada del alquimista judío.

Subió Juffep una estrecha escalinata que conducía a un piso entresuelo, y dio con suavidad un golpe en una puerta de no muy grande dimensión.

—¿Qué queréis a esta hora? —preguntó al judío una joven no mal parecida, dejándolo entrar al mismo tiempo.

—¿Se ha levantado vuestra ama?

—Sí.

—Necesito verla al instante.

—Entrad por ahí.

Siguió el nigromántico la dirección indicada por la doncella de Piedad, y a los pocos pasos se encontró con esta, que se entretenía en concluir una labor de su sexo.

—¡Cómo, tan temprano y trabajando! —le dijo Aben-Ahlamar con cariño.

—Sí, lo hago por mero pasatiempo; no puedo sufrir el lecho en cuanto asoma el día. Pero ¿a qué venís aquí a esta hora?

—Vengo a anunciarte una visita.

—¿Una visita? Buena hora es en verdad. ¿Quién es?

—Oh, una persona que vale mucho y puede más —contestó el judío en tono de broma.

—Acabad.

—El rey.

—¡El rey! ¿Qué habéis dicho? Pues qué, ¿sabe su alteza que yo vivo?...

—Sin duda, cuando...

—Habreisle dicho algo —replicó furiosa Piedad.

—Te juro por el Dios de Abraham, que nos está escuchando, que mi boca no se ha abierto sino para decir al rey veinte veces que habías muerto. Pero su alteza, que se conoce te ama aun después de muerta, no se ha quedado completamente satisfecho y quiere hacerte una visita.

—Bien está, traed al rey cuando gustéis, Aben-Ahlamar; pero dadme tiempo para vestirme de la misma manera que ayer fui a la corte.

—¿Te vas a cubrir el rostro?

—¡Espero al rey, Juffep!

Así que se hubo marchado Aben-Ahlamar, se apresuró Piedad a ponerse el mismo traje y antifaz que llevaba cuando delató al señor de Santa Olalla. Sentose después en una poltrona y apoyando la frente en su mano derecha esperó en esta posición a que entrase la persona anunciada por el judío. No tuvo que aguardar mucho la bella gitana, pues un instante después de haber salido Juffep presentose de nuevo seguido de un joven hermoso y elegante, diciendo al entrar con la mayor sumisión e inclinando la cabeza:

—Aquí tenéis a su alteza el rey.

El rey y Piedad

—¡Ah, señor, cuánta bondad! —exclamó Piedad echándose a los pies del monarca y desfigurando cuanto pudo la voz.

—Alzad, señora, y sentaos —repuso don Fernando dando una mano a la gitana.

Aben-Ahlamar salió de la estancia y cerró la puerta que daba entrada a ella.

—¿No me esperabais, señora? —dijo el rey después de haberse sentado enfrente de Piedad.

—No esperaba verdaderamente —repuso esta, aparentando agradecimiento— que el rey de Castilla viniera a verme, a mí, pobre, sola, desvalida, y lo que es más, señor, prisionera.

—¡Eh, dejaos de cumplimientos! Tenía ganas de conoceros y por eso he venido.

—¡A mí, gran señor! ¿Y por qué?

—Porque la franqueza con que me hablasteis, la manera que tuvisteis de insultar a los grandes de mi corte y de acusar al conde de Haro ha despertado en mí vivos deseos de conoceros.

—Perdonadme: pero es fuerza que yo permanezca cubierta mientras esté en vuestra corte.

—Conque según eso...

—Me es absolutamente imposible complacer a tu alteza.

—Lo siento como hay Dios. Pero decidme, hermosa desconocida, ¿qué motivo o causa os ha movido a acusar al conde de Haro de un crimen que no se atrevería a cometer el más villano de los hombres?

—Supe por una casualidad ese suceso, conocía a la víctima y creyendo que en tu corte se podía pedir justicia, me determiné a implorarla por una mujer tan sola y desamparada como yo.

—Pues permitidme que os diga, señora, que no creo capaz al conde del delito que le imputáis.

—¿No? El cielo lo revelará el día del combate —dijo Piedad reprimiéndose a pesar suyo.

—Tenéis razón: esperemos.

—Esperemos, sí, esperemos ese día, y verá tu alteza en el hombre a quien defiende, el autor del atentado que ha traído ocupada a tu corte en estos días.

—Imposible, enlutada, imposible —repuso el rey por lo bajo—, el conde de Haro es un caballero de los más nobles de Castilla...

—¡El conde de Haro es un villano! —exclamó Piedad fuera de sí.

—Y vos, una impostora.

—¡Ah, yo impostora!

La gitana llevose ambas manos al rostro. En aquel momento se desprendió el antifaz y cayó a los pies del monarca. La noticia de que todos los moros de España habían invadido Castilla no hubiera sorprendido tanto al joven Fernando como lo que en aquel momento veía. Pasose una mano por los ojos para convencerse de que no soñaba, y exclamó al fin entre frenético y admirado:

—¡¡Piedad!!...

El rostro de esta estaba en aquel momento sublime, encantador: sus mejillas encendidas como la grana, prestaban a su color una gracia particular; sus hermosos ojos, entonces amortiguados, parecían que imploraban misericordia; su boca entreabierta despedía de vez en cuando sonidos inarticulados, y sus cejas pobladas y negras seguían el mismo movimiento de sus ojos de azabache. El rey la contempló largo rato como extasiado, y le dijo lleno de alegría:

—¡Ah, te vuelvo a ver, ángel mío! Dime, ¿me amas aún?

La contestación de la gitana fue precipitarse en los brazos del monarca.