CAPÍTULO VIII.

Síguese tratando el mismo asunto del capítulo anterior.

Reinó el silencio por largo rato en la estancia. Don Fernando fue el primero que lo interrumpió, cogiendo a Piedad las manos con cariño, y diciéndole en tono de queja:

—Dime, querida mía, ¿por qué me abandonaste? ¿Te ofendí en algo, o te cansaste de mi amor?

—¡Oh, nada de eso, señor! —exclamó Piedad reclinando su cabeza en el pecho de don Fernando.

—¿Pues entonces...?

—Te amaba demasiado para poder sufrir que otra...

—¡Oh, explícate!

—¿Cómo querías, señor, que pudiese vivir tranquila, cuando otra mujer venía a robarme tu amor?[3]

[3] A los pocos días de conocer el rey en Castrojeriz a la gitana, contrajo matrimonio con la hija del rey de Portugal.

—El amor que te tenía y te tengo, querida mía, no lo puede extinguir nadie...

—Sin embargo, ¡es tu esposa! —repuso Piedad con aparente amargura.

—¿Qué te importa?

—Me importa, señor, porque cuando amo, quiero ser sola.

—Eh, ¿qué le hace que yo reparta mi lecho y mi corona con doña Constanza, si tú sola reinas en mi corazón?

—¿De veras?

—¿Dudas aún, hermosa Piedad? —repuso el rey estampando en la diestra de la gitana un sonoro y prolongado beso.

—Dudar de tu amor, no; pero tengo celos.

—¿Y por eso me abandonaste?

—Sí.

—¡Cielos!

—Además, don Fernando —se apresuró a decir Piedad—, yo no quería que sufriese la reina por mi causa si llegaba a saber...

—¡Oh, cuán buena eres!

—Porque ella, al fin —continuó la gitana—, era vuestra esposa e igual a vos, al paso que yo, ¿quién soy?

—¿Que quién eres, preguntas? —replicó el rey fuera de sí—; eres mi ángel tutelar; eres mi paz, mis delicias y mi consuelo... ¿Qué me importa mi corona ni mi reino si poseo tu cariño, que es el colmo de mi ventura?

—Sin embargo, señor...

—Pues qué, ¿no te basta mi amor?, ¿no te basta mi cariño?

—Oh, sí, sí, dueño mío; pero al fin soy una criatura sola, desvalida; pertenezco a una raza odiada y maldecida de todos..., porque yo creo, señor, que no habréis olvidado que soy gitana...

—¡Oh, cállalo, cállalo siempre, por Dios!

—Es cierto —prosiguió Piedad— que soy la amante del rey de Castilla; pero ¡cuán fecundo en amargura es para mí ese amor!...

—¡¡Piedad!!...

—Tenéis razón, callaré.

Y el bello rostro de la interesante gitana fue inundado por un torrente de lágrimas, que el rey se apresuró a contener con sus apasionadas caricias.

—¿Te pesa, ángel mío, lo que has hecho por tu amante? —dijo don Fernando, oprimiendo entre las suyas las manos de la gitana.

—-No, rey de Castilla, no me pesa.

Hubo un momento de sepulcral silencio: don Fernando contemplaba ensimismado a la encantadora andaluza. Esta incorporose en la poltrona y dijo al estupefacto monarca:

—¿Cuándo fijaréis, señor, el día del combate? Porque tu alteza no habrá olvidado que estoy aquí en clase de detenida.

—Queda a tu elección, querida Piedad. Pero qué, ¿insistes todavía en acusar al conde de Haro?

—¿Me retracto yo jamás, señor, de lo que digo o hago?

—¡Oh, calla, por Dios, calla! ¿No ves que si sale vencido don Juan Alonso Carvajal, serás puesta en tormento y...?

—¡Cielos! —exclamó la gitana asustada—. Y si vos mandaseis...

—¡Ay, hermosa mía, mi autoridad no alcanza a tanto! —repuso el rey con amargura.

—¡Dios mío, Dios mío!...

—Si queréis libraros del horroroso suplicio que os amaga, solo un medio os queda.

—¿Cuál es?

—El de retractaros de todo cuanto habéis dicho.

—¡Jamás, rey, jamás!

—¿Y permitiréis que yo os vea morir sin poder salvaros? ¡Oh, hacedlo por mí, tened compasión de vuestro amante!

—Conque, según eso, ¿creéis una impostura mi acusación?

—¡Impostura! No, ciertamente.

—Pues entonces, ¿qué teméis?

—Tienes razón: nada temo ya; ¿estás contenta? Y dime —repuso el rey así que vio asomar la alegría al rostro de su amante—: ¿por qué tienes tanto empeño en que se efectúe el combate?

Mas conviniendo a Piedad variar de asunto, se acercó a una de las ventanas que daban vista a la entrada principal del alcázar y dijo a don Fernando:

—¿Entran, señor, todos aquellos caballeros a saludarte?

—Sí, y esa es la causa de que me separe de ti por ahora —contestó el monarca, acercándose a la ventana para ver a la multitud de caballeros que en el alcázar penetraban.

—¡Tan pronto!

—Sí, hermosa mía; voy a recibir los enojosos saludos de esos hombres, que el que menos es mi más mortal enemigo.

—¡Tenéis razón! ¿Y hasta cuándo?

—Pronto volveré.

—Oh, sí, venid pronto.

—Adiós, Piedad.

—Él os guarde, señor —contestó la gitana acompañando al rey hasta la salida.