CAPÍTULO XVI.

En el que verá el lector la conversación que tuvieron dos antiguos personajes de nuestra historia.

Es una verdad inconcusa y asaz vulgar que el corazón humano jamás está contento con lo que posee. Esto sucedía a la reina madre, que después de haber conseguido que no se efectuara el combate entre el conde de Haro y don Juan Alonso Carvajal; después de conseguir también que el infante don Juan volviese a la gracia de su hijo, y de ver hasta cierto punto tranquilo el reino, y decimos hasta cierto punto porque las turbulencias y guerras que hubo en Castilla, durante el reinado de Fernando IV solo con la muerte de este tuvieron fin; a pesar, decimos, de todo lo que había conseguido de su hijo la viuda de Sancho el bravo, no se hallaba todavía contenta. Pretendía ahora la reina que don Fernando concediese a la grandeza todo aquello que le pidiese, y con eso estaría a cubierto de enemigos tan poderosos como eran los grandes de aquella época. La política de doña María era en extremo conciliadora y en otra época hubiera producido felices resultados para la corona; porque como conocía bien a fondo el carácter y las ideas de los señores feudales de aquellos tiempos, estaba convencida que el mejor medio de atraerlos a su partido era halagándolos con honores y títulos, y ampliar sus fueros y prerrogativas. Pero, por desgracia, había llegado la corte de Fernando IV a tal estado de corrupción que ya no servía la política de concesiones ni la de tolerancia. Disculpable era, pues, si doña María, aun después de alcanzar de su hijo todo aquello que creía conveniente para la completa pacificación de Castilla, no se hallaba todavía satisfecha, porque su leal corazón le presagiaba de continuo males sin cuento y sucesos a cual más funestos. Así es que no descansaba ni un solo instante: en todas partes se encontraba, y siempre, siempre vigilando a su hijo, siempre sofocando sediciones y perdonando a los revoltosos, porque doña María se horrorizaba a la idea de derramar sangre. Ella tenía espías cerca del conde de Haro, del infante, y de aquellos que por su carácter revoltoso y por su conocida ambición pudieran hacer desgraciado el reinado del hijo de sus entrañas.

Pero trasladémonos a la habitación de doña María y oigamos la conferencia de esta con su venerable confesor.

—No lo dudéis, señora —decía el anciano abad de San Andrés—; vuestra política no puede ser de ningún modo provechosa a nuestros fines. Y si no mirad al infante don Juan; ahí tenéis una prueba bien clara de lo que os digo. Se le perdona la vida, se le devuelven sus títulos y bienes; y el rey, por último, lo recibe en su corte de la misma manera que pudiera hacerlo con el más fiel y querido vasallo de sus reinos. ¿Cuál ha sido, señora, el agradecimiento de tantos y tan repetidos favores? Coaligarse con el conde de Haro para...

—¡Oh, callad, por Dios, no lo digáis! ¡Qué horror, qué horror!...

—Bien; pero decidme, reina, por ese que acabáis de nombrar, qué clase de política es la vuestra.

—Padre mío, evitar que se derrame sangre.

—Mal tenida es esa compasión, señora; porque redunda en perjuicio vuestro, del rey, y hasta de Castilla. Sí, sí, contemporizad, contemporizad con esos revoltosos y veréis el pago que os dan. Haced caso de mí, doña María; delatad a todo aquel que falte a sus deberes, decid a vuestro hijo que su tío y el de Haro conspiran contra él porque quieren ceñir a sus sienes la corona que don Fernando ha heredado de sus mayores, ¡y caiga sobre el malvado y el criminal la mano de la justicia! Hacedlo, hacedlo así y os veréis libre pronto de tantos infames y malos caballeros como cercan el trono del monarca castellano. Además, señora, que es contra todas las leyes de la conciencia, de la naturaleza y de la sociedad, dejar sin castigo al delincuente.

—¿De qué sirve, padre mío, que se castigue al conde y a todos los revoltosos que tanto nos inquietan, si después quedan sus familias y sus deudos para vengarlos? ¿Cuánto más vale que frustremos todos sus proyectos, que sofoquemos como hasta aquí todas sus asonadas y motines? No lo dudéis, señor, llegará día, viendo que sus mejores proyectos fracasan, que todo lo olvidarán y se dejarán de todo. Ahora bien, si desgraciadamente persisten, si continúan siendo hijos espúreos de la patria, ¡oh, entonces se hará un ejemplar! Pero lo que es ahora, temo, temo extraordinariamente las consecuencias de cualquier determinación fuerte que se tomase.

—Bien, bien, señora, es tu voluntad y lo es mía también, aunque conozca lo contrario.

—Lo que os pido, padre mío, por todo lo más sagrado del mundo, es que no perdáis de vista ni un solo instante al conde de Haro, ahora que se halla bueno de su herida. Todo cuanto sepáis de su proyecto de venganza venid a decírmelo para que obremos de consuno. Yo no perderé de vista tampoco al infante y a los demás enemigos del rey. ¡En mal hora naciste, pobre hijo mío! —exclamó la reina arrasándosele los ojos en lágrimas—. ¿Por qué es tan desgraciado, Dios mío?, ¿por qué es tan poco querido de esos orgullosos grandes, cuando su alma es tan hermosa, su sonrisa tan dulce y su carácter tan amable? ¿Está decretado, señor, que mientras dure su peregrinación en este valle de desgracia y lágrimas, ha de estar siempre amenazado?

—Tranquilizaos, reina, tranquilizaos, y tened confianza en Dios.

—¡Ah, padre mío, si se efectuase el pronóstico de los astrólogos, sí doña Constanza diese a luz un varón, oh, entonces sí que descansaría, entonces sí que se ahogaría para siempre ese funesto deseo de reinar que abrigan la mayor parte de los revoltosos! ¡Dadme este gusto, Dios mío!

—Creo que lo tendréis, doña María, porque Dios no consentirá que triunfe el malvado; y porque ya es tiempo de que la justicia divina levante el entredicho que sobre este desgraciado país lanzó en tiempo de vuestro suegro, don Alfonso X.

—¡Siempre lo mismo! —exclamó doña María con amargura.

—Mientras dure, señora, la maldición que pesa sobre los reyes de Castilla, será este país desgraciado —repuso el anciano con tono grave.

Y dando a besar el abad su diestra a la reina, salió de la estancia.