CAPÍTULO XVII.

En el que verá el lector lo que hizo el conde de Haro, así que se vio bueno.

Los gritos y exclamaciones de Piedad lamentando la muerte del conde de Haro, hirieron que Aben-Ahlamar, única persona que podía acudir en socorro de la gitana, bajase al subterráneo donde tuvo lugar el duelo entre don Lope y el de Carvajal. Cuál sería la sorpresa del judío al encontrar al famoso conde de Haro en aquella situación y solo en el subterráneo con Piedad, que no cesó de decir:

—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!

—¡Maldición, maldición, don Juan! —volvió a decir la gitana al ver al judío.

Pasose el nigromántico una mano por los ojos como dudando de la realidad de lo que veía, y repitió al cabo de un rato, haciéndose cruces con ambas manos:

—¡Gran Dios de Abraham, qué es lo que veo!

—¡Sálvalo, Aben-Ahlamar, sálvalo! —dijo la gitana medio frenética y procurando atajar con sus manos la sangre que de la herida salía a borbotones.

Juffep pulsó a don Lope y meneó la cabeza en señal de que ya era tarde. Pero como Dios es dueño absoluto de los hombres y dispone a su arbitrio de la vida de estos, dio un solemne mentís a la ciencia y sabiduría de Aben-Ahlamar. El conde de Haro curó completamente y volvió, luego de restablecido, a su vida de infamia.

Digamos ahora algo de lo que Piedad hizo con don Lope, durante la enfermedad de este.

Aquella infeliz mujer, que cada día le amaba con más delirio, fue para el conde más que una madre cariñosa. Ni un momento se apartó del lecho del que había sido su amante, y con su mucho cuidado y esmero le tornó a la vida. Pero este hombre, que aun en la agonía hablaba de sangre, se acordó, cuando bueno, de que la mujer que con su tierna solicitud le había asistido estaba señalada en el libro de sus venganzas. Piedad lo había acusado y ultrajado a presencia del rey y de toda la corte; Piedad había librado a doña Beatriz de su venganza; Piedad le había quitado, durante la enfermedad, su hijo, el único ser a quien el conde de Haro amaba verdaderamente. Por consiguiente Piedad debía morir; al menos así lo creía don Lope.

—Pero no —decía con feroz alegría—; sería para ella demasiada felicidad morir pronto..., ¡padecerá, padecerá un poco antes!

Y un día que estaba sediento de sangre, se dirigió a la habitación del judío, donde vivía Piedad con su hijo.

El conde penetró en la morada del sabio a la sazón en que este había salido. Solo estaba la gitana, que le dijo con buen modo al verlo:

—¿Buscabais a Juffep, señor?

—¡No, que te busco a ti! —repuso don Lope cogiéndole con fuerza un brazo, y echando fuego por sus ojos de hiena.

—¡Ah, soltadme, soltadme, que me hacéis daño!... Yo no os he hecho mal...

—¡Dame, dame mi hijo, villana, el hijo que me has quitado! —dijo furioso el de Haro sin hacer caso de las exclamaciones de su antigua amante.

—¡Vuestro hijo! Vuestro hijo lo es mío también.

—¡Dámelo, dámelo pronto!

—¡Volvedme mi honra, perjuro, volvédmela y entonces os daré vuestro hijo! —repuso Piedad tan altiva y hermosa como la célebre Judit.

—¡Tiembla, miserable, tiembla, que ahora vas a pagarme la deuda que conmigo tienes! ¡Venganza, venganza! —exclamó el conde, sacando su daga y haciéndola brillar en el aire.

—¡Misericordia, don Lope, misericordia para la madre de vuestro hijo, misericordia para la mujer que todavía os ama con el mayor delirio! ¡Oh, misericordia, misericordia!

—¡Me amas aún, necia! —repuso don Lope con sarcasmo—. ¿Y para qué quiero yo tu amor?

—Sin embargo, señor, en otro tiempo...

—¡Mientes, villana, mientes!

—¡Infame!

El conde alzó de nuevo el brazo para herir a su amante. Esta exclamó, cayendo de rodillas:

—¡Ah, perdón..., perdón, noble conde de Haro!

—Dame mi hijo y te perdono.

—Matadme entonces, matadme; pero lo que es mi hijo no vuelve más a vuestro poder.

El de Haro no contestó ni palabra. Dirigió su vista al horno donde Aben-Ahlamar hacía sus experimentos químicos, y vio que estaba ardiendo. Sus ojos brillaron de alegría. Había concebido una idea terrible.

—¿Me das mi hijo, Piedad? —le dijo con más dulzura.

—No, repuso esta con entereza.

El conde se acercó al hornillo y metió en el fuego las tenazas con que el judío movía el combustible. La gitana no comprendió el siniestro designio de don Lope.

—Dame mi hijo —insistió este.

—Tomad antes mi vida.

El hijo del último señor de Vizcaya cogió las tenazas, que ya estaban hechas un ascua por la punta, y se acercó a Piedad. Esta palideció de temor, y exclamó en actitud suplicante:

—¡Perdón..., perdón!...

—Vuélveme mi hijo.

—¡Ah, dejádmelo, señor; es el único consuelo que tengo en mi desgracia! ¡Sed compasivo con la que en algún tiempo amasteis! ¡Conceded este favor a la que estuvo próxima a ser vuestra esposa!

—¡Ja, ja, ja, mi esposa tú, tú, miserable aventurera!

—¡Malvado!

—Por la última vez, ¿me das mi hijo?

—No, aunque sepa que muero aquí mismo.

Don Lope acercó al rostro de su antigua amante la punta de las tenazas.

Aquel hierro candente señaló para siempre la tersa mejilla de Piedad. Esta exhaló un agudo y doloroso grito que hubiera infundido compasión a otro que no fuese el conde. Acto continuo, prorrumpió en estas palabras:

—¡Venganza y odio eterno, infame don Lope! ¡Temblad, temblad ahora vos!

El conde salió de la morada del judío, riéndose desdeñosamente.

La gitana lo aborreció desde aquel momento.