CAPÍTULO XVIII.
De cómo el lector, sin moverse de donde se halle, viene con nosotros a la antigua ciudad de Palencia.
Es fuerza, queridísimo lector, que nos traslademos a Palencia, a donde marchó el rey después de los sucesos que dejamos ya descritos. Nada nos dice la historia del objeto de su alteza al dirigirse a dicho punto; pero sí nos cuenta que a poco de llegar a él, estuvo don Fernando a las puertas de la muerte.
El conde de Haro y el infante don Juan siguieron al rey, porque, separado de su madre, les era más fácil sacar el partido que quisiesen, y aun llevar a cabo su proyectada venganza. Pero la previsora doña María no se había olvidado de que acompañase a su hijo el anciano abad de San Andrés, con el encargo de no perder de vista ni un solo momento a los revoltosos y conspiradores, que esperaban a que el rey se separase de su madre un solo día para poner en ejecución sus proyectos.
Don Fernando, desde su llegada a Palencia, no dejaba de padecer físicamente; y aun llegó a tal punto la gravedad de su mal que temieron muchos por su vida. Multitud de caballeros y altos personajes, entre ellos el conde de Haro y el infante don Juan, hallábanse reunidos una mañana en un salón del palacio de Palencia, esperando con avidez a que saliese de la cámara real un médico o un fraile, únicas personas que cuidaban al rey, para que les diesen noticias del estado de este. De vez en cuando se oían en la estancia donde estaba la grandeza los quejidos del paciente y las oraciones que los sacerdotes dirigían al Altísimo, pidiendo la vida del hijo de doña María Alfonsa. Esta madre tierna y cariñosa ignoraba completamente la triste situación en que su hijo se encontraba. Por eso permanecía en Burgos al cuidado de su dama, doña Beatriz de Robledo, que bien necesitaba de todo aquel particular esmero.
La puerta que daba entrada a la habitación del rey abriose lo suficiente para dejar paso a un hombre que conocemos, el cual dijo a los caballeros, aparentando contento y satisfacción.
—Nobles caballeros, bendecid a Dios: ¡el rey se ha salvado!
Don Juan y el conde de Haro se miraron asombrados.
—Hablad, hablad —dijeron todos con interés.
—La enfermedad que aquejaba a su alteza —repuso Aben-Ahlamar— ha hecho crisis. Su alteza duerme tranquilamente. ¡Bendigamos a Dios!
Don Lope y su digno amigo, se separaron del círculo que habían formado los cortesanos para oír mejor al judío.
—¿Qué opináis de esto? —dijo don Juan al conde.
—¡Cuerpo de tal!, ¿qué he de opinar sino que todo se lo ha llevado la trampa? Vos os habéis quedado, con esta mejoría, sin la corona de León y yo sin vengar a mis mayores.
—Ya os dije —repuso el infante— que era demasiado suave... ¡Oh!, si hubiese bebido el agua que os di antes de salir de Burgos emigrado, ya estaría yo ungido y coronado rey y vos suficientemente vengado.
—El caso es —dijo don Lope pensativo— que si se desperdicia esta ocasión... Nada, nada, ya está decidido.
Y el de Haro hizo seña al judío para que se acercara a ellos. Aben-Ahlamar obedeció al instante.
—Dime, ¿eres capaz...?
El conde calló porque temía que alguien le escuchase.
—¿Es cierto que está mejor mi sobrino? —preguntó el infante.
—Sí, cierto.
Entonces don Lope sacó de su escarcela un pomo de cristal, lleno de agua clara, y dijo al judío con el mayor sigilo:
—Cien escudos de oro si das a beber este agua a don Fernando.
Aben-Ahlamar abrió los ojos extraordinariamente. Creía ya tener el dinero en sus manos.
—¿Qué respondes?
—Que acepto.
—¿Nos dará ese chasco?
—¡Diablo! —exclamó el judío llevándose el pomo a la nariz—. El olor solamente...
—¡Oh, bien, bien! ¿Te toca velar esta noche al rey?
—Sí.
—Ya sabes, cien escudos te ganas.
—¡Oh, oh! —exclamó Juffep, como soñando—; ¡cien escudos!, ¡cien escudos de oro!
La mejoría de don Fernando fue momentánea. A los dos días de anunciarla Aben-Ahlamar a la grandeza, fue el rey desahuciado de nuevo por los médicos de cámara.
El anciano abad de San Andrés vertió mas de una lágrima de sentimiento. Oigamos lo que decía a mosén Diego Valera, médico cristiano:
—¡Ay, amigo, y qué desgracia tan grande! ¿Qué será de su madre cuando sepa que el hijo por quien tanto ha padecido, el hijo que con tanto esmero guardara desde que nació, ha muerto, y muerto lejos de ella? ¿Qué será de este pobre país? ¡Infeliz Castilla que otra vez vas a ser víctima de esa guerra de sucesión que va a conmoverte hasta en tus cimientos, de esa guerra que todo lo tala, todo lo destroza y aniquila! ¿Y lo habéis de permitir, Dios mío? ¿Habéis de permitir que triunfen esos hombres tan inicuos y malvados? ¡Danos, señor, una nueva prueba de tu justicia y caiga sobre ellos tu mano omnipotente! Pero decidme, mosén Diego, ¿no hay ninguna esperanza? Su edad, su robustez no basta...
—Nada basta, padre mío, nada absolutamente —repuso el personaje interpelado.
—¡Señor, tened piedad de nosotros! —exclamó el sacerdote alzando las manos al cielo—. ¿Conque debemos perder toda esperanza, mosén?
—Toda, señor, ya os lo he dicho. La enfermedad que aqueja al rey es incurable. ¿Queréis saberla?
—¡Oh!, sí, sí, al momento.
—Pues bien: el rey está envenenado.
—¡Santísima Virgen del Romeral!, ¿qué es lo que escucho? —exclamó el anciano sacerdote cruzando las manos—. ¡Envenenado, envenenado!, ¿y por quién?
El sabio médico se encogió de hombros.
—¡Ah, salvadlo, mosén Diego, salvadlo! ¡Inventad un contraveneno bastante eficaz..., nada omitáis, nada absolutamente! ¡Oh, infames, infames asesinos!
—Ya os he dicho que todo es inútil. El veneno es de los más activos que he conocido, y ya hace tiempo que se lo han dado. Además, la naturaleza del paciente no resistiría la bebida que yo pudiese darle. Un contraveneno en el estado en que se halla el rey no haría más que acelerar su muerte.
—Sin embargo, mosén Diego, hacedlo, y hacedlo pronto. ¿No decís que no tiene remedio?, pues hagamos un último y desesperado esfuerzo.
—Bien, bien, señor. Dentro de un momento tendréis aquí el contraveneno. Yo me marcho inmediatamente a Burgos, porque la reina me necesita. Ya sabréis que está próxima a parir. Dadle de una vez toda la cantidad que yo os traiga. Pero tened entendido que si a la media hora de haber tomado mi medicina no se presenta un sudor copiosísimo y un sueño profundo, a poco, todo se habrá perdido: el rey morirá indefectiblemente a las tres o cuatro horas.
—¡Oh, temblad, temblad, infante don Juan y conde de Haro! —exclamó el confesor de doña María, así que hubo salido el de Valera—. ¡Temblad si el rey muere!
Desde que Aben-Ahlamar hizo tomar a don Fernando el veneno que recibiera de don Lope, padecía el rey de una manera cruel. Su poca edad y la robustez habían trabado con la muerte una lucha terrible, encarnizada. Pero era tal la fuerza del brebaje que no pudiendo arrancarle la vida al instante, lo redujo al estado más triste y deplorable.
La reducida habitación de don Fernando hallábase herméticamente cerrada. La única luz que había en ella, así de noche como de día, era la que despedía una lámpara manuable colocada sobre una mesa de piedra, en un ángulo de la estancia. La respiración del rey era agitadísima, y sus quejidos, sordos y lúgubres. Su rostro, antes tan hermoso, se había desfigurado horriblemente; sus ojos estaban desencajados; sus facciones, contraídas; y sus labios, cárdenos y secos.
A la cabecera del lecho encontrábase constantemente un personaje de rostro grave y lleno al mismo tiempo de mansedumbre, de mirada dulce y de sonrisa apacible. Cualquiera al verlo en aquellas tinieblas, y cerca de un lecho de agonía, diría que era un santo patriarca enviado por el cielo para ahuyentar con su presencia al espíritu infernal cuando el rey de Castilla entregase a Dios su alma.
Don Fernando hizo un esfuerzo supremo para decir con voz casi apagada:
—¡Es posible, Dios mío, que un hombre pueda sufrir tanto! ¡Oh, compadeceos de mí, señor!
El personaje de la luenga cabellera pulsó al monarca, y murmuró con feroz alegría:
—¡Oh, esto marcha, ya apenas tiene pulso!
—¡Agua, agua, que me abraso! —gritó con voz suplicante el hijo de doña María.
Aben-Ahlamar sacó el frasco que le diera el conde de Haro y lo acercó a los labios del enfermo. Pero antes de que el rey sorbiese el poco líquido que aquel contenía, entró precipitadamente el anciano abad, diciendo:
—Teneos, teneos; que aquí traigo una medicina preparada por mosén Diego, y que calmará en algún tanto los dolores que sufre su alteza.
—Bien —repuso el judío—, pero no le apagará como esta, la sed que le devora.
—¡Oh, también quita la sed, también! Separad, separad pronto ese frasco de los labios del rey.
El judío obedeció, riéndose malignamente.
Entonces el anciano sacerdote se acercó al monarca y le hizo beber toda el agua que llevaba en un gran pomo de cristal. Después se hincó de rodillas cerca del lecho y se puso a hacer oración. Aben-Ahlamar examinaba con la mayor atención todos los movimientos de don Fernando. Este, a la media hora escasa de haber tomado el brebaje presentado por el canciller de su madre, comenzó a sudar copiosísimamente. El abad exclamó lleno de alegría:
—Mirad, Aben-Ahlamar, mirad cómo suda el rey...
—Esa es precisamente nuestra desgracia, señor.
—¡Nuestra desgracia!
—Sin duda, porque ese sudor que tanto júbilo causa a vuestra reverencia es el sudor de la muerte. Y si no, observad ese semblante..., contemplad esa vista ya quebrada... y decidme si podremos concebir ni la más remota esperanza.
El rey dejó de pronto de quejarse y de sudar. Había quedado sin respiración y sin pulso. Diríase que ya no existía.
El abad continuaba orando.
—Cesad, padre mío —dijo el judío disimulando mal su gozo—; cesad, que vuestras exhortaciones son ya inútiles. El rey acaba de expirar en este momento. ¡Descansa en paz, rey de Castilla! ¡Séate la tierra ligera!
—¡¡Cielos!! —exclamó el sacerdote cayendo nuevamente de rodillas.
Aben-Ahlamar se apresuró a dar tan infausta noticia a la grandeza.
—Caballeros —dijo el judío al salir de la estancia mortuoria—: rogad todos a Dios por vuestro rey y señor don Fernando IV.
A la mayor parte de los caballeros se le arrasaron los ojos en lágrimas.
El conde de Haro puso en manos de Aben-Ahlamar cien escudos de oro, y se creyó rey de Castilla.