CAPÍTULO XIX.

En el que se ve bien a las claras que Dios, cuando le place, hace milagros.

Doña Beatriz no arribaba, sin embargo de encontrarse en el mismo lugar donde, antes de lo ocurrido con el famoso conde de Haro, era tan feliz. A pesar de estar al lado de la reina doña María, a quien quería como una madre; a pesar de hallarse cerca del hombre que amaba con delirio, era su palidez cada día mayor, su tristeza cada vez más creciente y su mirada menos alegre. ¿Qué pasaba en el corazón de aquella pobre niña? Ella misma no sabía darse cuenta. A doña Beatriz le sucedía lo que a la flor que muerde su tallo un insecto venenoso. Había padecido tanto, precisamente en la edad de las impresiones, había vertido tantas lágrimas y sufrido tantos dolores, que no era extraño que aquella débil flor se agostase insensiblemente.

Era una hermosa mañana de primavera. La reina doña María Alfonsa y su dama Beatriz de Robledo paseaban asidas del brazo por un jardín lleno de preciosas flores y corpulentos árboles, pertenecientes al alcázar real.

El semblante de la reina madre estaba radiante de alegría. Sus ojos brillaban extraordinariamente; sus labios se entreabrían de vez en cuando para dejar salir una sonrisa de gracia. El rey estaba completamente bueno. Su hijo querido regresaba a Burgos, después de haber estado a las puertas de la muerte. Pero Dios había escuchado las plegarias del santo abad de San Andrés, y don Fernando tornó a la vida. ¿No era este suficiente motivo de alegría para una madre tan tierna y cariñosa como la de Molina?

Una palidez, que se asemejaba mucho a la de la muerte, cubría por el contrario el rostro de Beatriz. Sus ojos estaban mustios; su nariz, afilada; y sus dientes, transparentes. Apoyábase en la reina porque sus piernas se negaban a veces a sostenerla, y su cabeza se desvanecía con frecuencia.

—¡Oh, Dios mío, qué cansada estoy! —dijo la joven a doña María con voz espirituosa.

—Pues sentémonos aquí, querida mía; sentémonos y descansa —repuso la reina acercándose con la joven a un banco de piedra que no muy distante de ellas había.

—¡Oh, gracias, gracias! —exclamó Beatriz cayendo como desplomada en el asiento—. Ahora, hablemos si os place, señora.

—Bueno, ocupémonos de la felicidad que te aguarda después de que estés buena.

—¡Oh, esa felicidad no la llegaré a alcanzar nunca!... —repuso la joven sonriéndose con amargura.

—¡Deliras, hija mía! ¿Conque no llegarás a unirte con tu amante, que cada día está más loco de amor por ti? ¿Quién lo impedirá, Beatriz? ¿Temes, acaso todavía, al conde de Haro? ¡Oh, desecha, desecha, por Dios, esas imaginaciones, querida mía, y procura animarte!

—¡Ah, señora, yo estoy muy enferma!... Yo debo de vivir muy poco..., muy poco..., sí. ¡Me siento tan mala, doña María!

—Desecha ese temor, hija mía: mosén Diego, que tan sabio es, te curará como ha curado al rey. Y cuidado, que mi hijo ha estado punto menos que cadáver.

—¿Y está ya bueno?

—¡Oh, completamente! Como que yo lo espero de un momento a otro en Burgos.

—Contadme, si gustáis, pormenores de su enfermedad.

—De buen grado, hija mía. Me escribió mi confesor que el rey, después de un sudor copiosísimo que tuvo a poco de desahuciarlo los médicos, quedó sin respiración, sin pulso, y sin que nada en él indicase vida. Aben-Ahlamar lo dio por muerto. Con efecto, así lo creyeron todos; tanto que hasta lo vistieron con el traje que había de llevar a la tierra. Pero cuando estaban en esta operación, abrió los ojos y exclamó con doloroso acento: «¡Madre mía!». ¡Hijo de mis entrañas! ¡Cómo era posible que si yo hubiese sabido su estado no hubiera volado a morir con él de dolor! Pero, a Dios gracias, ha salido de esta. La mejoría iba creciendo por momentos. A los cinco días de lo que os acabo de contar, estaba su alteza fuera de peligro.

—¡Milagro, milagro patente! ¿No es verdad, señora?

—¡Oh, sí, es indudable! Milagro que pagaremos a la Majestad divina con una solemne función en la catedral, costeada por mí, y en la que se hallará mi hijo y toda la grandeza. Además, he escrito al arzobispo de Toledo para que dé orden se cante un Tedeum en todas las iglesias de estos reinos. ¡Oh, todo es poco, muy poco para el inmenso bien que del cielo hemos recibido!

Doña Beatriz pidió permiso a la reina para retirarse. Se había puesto peor y deseaba la soledad, porque la de Robledo, desde que se hallaba enferma, no quería hablar con nadie. Los médicos habían prohibido que viese a su amante, temerosos de que una impresión fuerte hiciese perder en un momento todo lo ganado durante un mes de constantes desvelos y cuidados. Así es que doña Beatriz no veía a don Juan hacía mucho tiempo, ni don Juan a esta. Semejante situación era en extremo terrible para unos amantes como aquellos. El joven Carvajal se conformó al principio con aquella prohibición, porque redundaba en bien de su amada. Pero considerando que se prolongaba demasiado, llegó a desesperarse y aun a sospechar si sería todo fingido. El enamorado caballero creyó en sus dudas que Beatriz ya no le amaba, o que la reina madre se oponía al enlace concertado; enlace que doña María trataba de efectuar tan luego como su protegida se restableciese en algún tanto de las dolencias que le aquejaban. Lo cierto es que para unos amantes tan tiernos y apasionados era insoportable vivir cerca el uno del otro y no poder verse. A doña Beatriz la reducía esto a la desesperación, y a don Juan le arrastraba a sospechar, como dijimos antes, cosas que realmente no existían.

El caballero de Carvajal pasaba todo el día rondando el alcázar real con la esperanza de ver a su amante asomada a alguna ventana o rendija de este. Pero previendo esto doña María, colocó a su dama en un departamento que solo tenía vista al jardín, donde las hemos encontrado paseándose. La reina madre creyó que las flores alegrarían a su hija adoptiva y serían parte a distraerla de su habitual melancolía; mas a pesar de todo Doña Beatriz no arribaba, como dijimos al principio de este capítulo, y su estado era tan crítico que si hubiese hablado o visto a su amante, forzosamente hubiera empeorado; y no viéndole, andaba triste y se iba marchitando lentamente aquella delicada existencia.

El rey así que se vio bueno trató de mover sus armas contra la morisma del reino de Granada. Para el efecto se dispuso un crecido ejército, y este emprendió la marcha inmediatamente hacia dicho punto. Los hermanos Carvajales iban en el ejército expedicionario como infanzones del rey de Castilla.

El momento de marchar se acercaba y don Juan no quería salir de Burgos sin ver a su amante, sin estrechar acaso por la última vez su mano. El caballero se resolvió a pedir a Beatriz una cita. La de Robledo accedió gustosa, y quedó concertado que fuese en el jardín del alcázar.

La noche señalada por los dos amantes era sumamente apacible: era una de esas noches de primavera en que parece que naturaleza se complace en ostentar todas sus galas, y en poner de manifiesto la suprema sabiduría de su autor. La luna enviaba su luz de plata; el ambiente era suave y embalsamado; y las plantas despedían deliciosos y aromáticos perfumes.

El jardín del alcázar real tenía también algo de poético y de grande. Formaban sus calles corpulentos y espesos árboles que, entretejiendo sus ramas en forma de bóveda, impedían que la luna penetrase por ellas; las flores de tallo flexible se mecían suavemente impelidas por la leve brisa que soplaba de la parte de poniente. El agua de las fuentes y cascadas corría haciendo un agradable murmurio. Por último, algún que otro ruiseñor que lloraba la pérdida de su consorte completaba aquel cuadro encantador y poético.

Una mujer joven y hermosa, pero pálida y abatida, deslizábase silenciosamente por una de las bellas calles de cipreses y lilas. Su paso era tardío, mas en cambio su impaciencia era grande. Llegó al pie del muro que circundaba el jardín y, recostándose en él a falta de asiento, aguardó a que apareciese una persona en lo alto de la pared. Esta no se hizo esperar mucho, pues al poco tiempo oyose ruido de espuelas por la parte exterior del muro, y bien pronto los rayos de la luna hicieron brillar el acero de una armadura más elegante que lujosa.

—¡Don Juan! —dijo la joven, separándose de la pared.

El armado dejose caer de lo alto del muro. Nada había oído.

—¡Don Juan! —volvió a decir la joven con marcado temor, y con voz desfallecida.

—¡Sí, yo soy, ángel mío; yo, que no puedo vivir sin verte!

—Ni yo... Pero, ¡oh, socorredme, socorredme!...

Don Juan se apresuró a sostener a su amante. Era ya tarde. La de Robledo dio consigo en tierra. Estaba desmayada.

Merced al agua que don Juan echó en el rostro a Beatriz, y merced también a la brisa que corría, volvió pronto en sí la dama de doña María Alfonsa.

—¡Beatriz, Beatriz! —exclamó Carvajal loco de alegría. ¡Ah, vuelves, vuelves!... ¡Gracias, Dios mío, gracias por tanto bien como me hacéis!

—¡Oh, yo no debí de acceder a vuestra cita! —dijo la de Robledo reclinando su cabeza en el pecho de su amante—. ¿Lo veis? ¡Me he matado..., me he matado, don Juan!...

—¡Calla, calla, por Dios, ídolo mío! —repuso este tomando con cariño una mano a su querida.

—Bien, os daré gusto. ¡Pero tened entendido que yo no seré vuestra!

—¡No serás mía! Y ¿por qué?, ¿quién lo impide? ¡Habla, habla pronto! ¿Acaso no me amas ya?...

Beatriz se sonrió con amargura.

—¡No amarte —repuso—, cuando tu amor es el que me sostiene! ¡Tu amor solo, dueño mío! Pero escúchame: yo estoy muy enferma..., yo debo morir muy en breve...

—¡Oh, no digas tal cosa porque me despedazas el corazón, Beatriz! ¿Qué sería de mí, si murieses? ¡Oh, qué horror! No profieras otra vez palabras tan tristes y crueles. Piensa, piensa en la vida, ángel mío; piensa en la felicidad que nos guarda en este mundo. ¡Oh, qué dichosos seremos cuando nos veamos unidos para siempre! ¿No deseas tú también que llegue ese momento?

—¡Dichoso tú, que todo lo ves risueño y placentero!

—Y tú, ¿cómo ves el porvenir?

—¡Oh!, yo... creo que será esta la última vez que nos hablemos.

—¡La última! ¿Deliras? ¡Oh, Dios mío, volvedle, volvedle su razón!

—¿No os marcháis a la guerra que don Fernando va a hacer a los moros de Granada? —repuso Beatriz, fija en su idea.

—Sí; es mi deber.

—¿Y creéis que yo viviré hasta que volváis? ¡Oh, mal entendido, mal entendido! ¡Yo no puedo vivir tanto..., imposible, imposible..., y separada de vos, mucho menos!

—¡Qué idea tan cruel te tiene preocupada!... ¡Deséchala, deséchala por Cristo, si es que me amas!

—¡Si te amo!, ¿qué escucho, Dios eterno? ¿Te imaginas, acaso, que el temor que yo tengo de perder la vida sea por mí? ¡Oh, no, no lo creas! ¡Si tiemblo, es por ti, por ti solamente!

—¡Ah, vive, vive para amarme, ángel mío!

Y don Juan acercó sus labios a los de Beatriz.

—¡Dejadme, dejadme, que padezco atrozmente!..., vuestras caricias me hacen mal... Yo os amo, sí; os amo mucho, mucho..., pero dejadme, ¡ah, dejadme! —exclamó la de Robledo llevándose ambas manos a la boca.

—¡Sangre! —dijo Carvajal admirado.

Doña Beatriz cayó desmayada otra vez en los brazos de su amante. De su boca salía un torrente de sangre. Su pecho hervía interiormente.

Don Juan condujo a Beatriz a la habitación que ocupaba cerca del jardín, y depositó su preciosa carga en un cómodo lecho que en la estancia había.

—Sobrado imprudente habéis estado, don Juan —exclamó doña María Alfonsa, corriendo al socorro de su hija adoptiva—. Vos, vos solo habéis acelerado su muerte.

Doña Beatriz desmayada

—¡Ah!..., señora...

—No os disculpéis, porque todo lo he oído y visto. Hacedme el favor de dejarme sola con ella.

—¡Arrancadme antes el corazón, señora! —exclamó el joven implorando a la reina.

—Bien, quedaos; pero os prevengo que si vuelve en sí, vuestra presencia podrá hacerle mucho mal. Haced ahora lo que os plazca.

Don Juan dirigió una triste mirada al lecho de su amante, y salió de la estancia dominado por un profundo y amargo pesar.