CAPÍTULO XX.
En el que se ve que Aben-Ahlamar, el judío, se vio en camino de ganar otros cien escudos de oro.
Asaz mohíno y cabizbajo quedó el conde de Haro cuando tuvo noticia de que el rey había sanado completamente. Bramó al principio de coraje y juró vengarse de Aben-Ahlamar, que con tanto descaro le había engañado. Pero se tranquilizó a la idea de que si aquella vez no había logrado sus intentos, otra ocasión se presentaría para realizarlos.
Supo don Lope que un caballero, de los muchos que estaban en palacio el día en que él propuso al judío el envenenamiento del rey, había escuchado toda la conversación que tuvo con el nigromántico, y que por consiguiente poseía el secreto que tanto importaba guardar. Dicho caballero, llamado don Juan Alonso Benavides, noble de gran valía y muy estimado del rey, fue asesinado aquel mismo día en el palacio real por mandado de don Lope. Con él murió el secreto que tuvo la imprudencia de sorprender.
Este suceso irritó de tal manera al hijo de doña María Alfonsa que juró castigar al asesino cualquiera que fuese su clase, aun cuando perteneciera a la más encumbrada nobleza.
El de Haro hizo poco caso del juramento del rey, pero temía a la gitana que, deseosa de vengarse, no dejaría de acusarle como matador del señor de Benavides. Porque desde que Piedad juró al conde odio eterno y venganza, cuantas acciones feas y asesinatos se cometían en la corte, otros tantos achacaba a su antiguo amante, que en su concepto era el único hombre capaz de llevar a cabo tales maldades. El éxito, según pensó el conde, y con razón, debía ser esta vez más seguro por parte de Piedad, pues que también era muy distinta la posición de esta. Cuando le acusó de raptor de doña Beatriz, era una mujer cualquiera, una desconocida que se presentaba al rey demandando justicia; mas ahora se trataba de la favorita de un rey débil, de un rey que a nadie negaba nada y mucho menos a su amada. Esta sabía positivamente, por el avaro Juffep, que su examante había sido el asesino del señor de la casa de Benavides.
El rey y su amante hallábanse sentados uno enfrente del otro, en la vivienda que la gitana tenía en el departamento perteneciente al judío.
Oigamos lo que Piedad decía a don Fernando:
—¿Queréis darme una nueva prueba de cariño, señor?
—¡Una nueva prueba! Pues qué, ¿no estáis todavía convencida de lo mucho que os amo?
—Sí, sí, lo estoy; no me cabe duda de que me amáis tanto como yo deseaba; pero esta prueba..., francamente, esta no es más que de galantería.
—Vamos, hablad, ¿qué queréis de mí?
—A vuestra noticia llegaría el asesinato que tuvo lugar en el palacio de Palencia...
—¡Oh, sí, sí! Y esa muerte, cometida en el mejor hombre de mi corte, he jurado vengarla. ¿Sabéis, acaso, el nombre del matador?
—En este momento, no; pero fácil me será averiguarlo.
—¡Fácil! ¡Oh!, pues en ese caso procurad saberlo pronto, y en ello me haréis un gran servicio.
—Descuidad, rey de Castilla; pero ¿me dais vuestra palabra real de que sea quien fuere el asesino habrá de sufrir la última pena?
—Te la doy, aunque pertenezca a mi misma familia.
—¿Lo juráis?
—Por Dios y su madre.
—¡Venganza y odio eterno, don Lope! —murmuró la gitana por lo bajo.
Y alzando la voz, dijo a don Fernando:
—Bien, bien, señor; entonces firmad este pergamino. Yo os ofrezco que el nombre del asesino, que ahora está en blanco, lo veréis escrito dentro de pocos días.
El pergamino que Piedad entregó al rey y que este se apresuró a coger, decía:
«El matador de don Juan Alonso Benavides, llamado ... ... ... ... ..., sufrirá la última pena».
El monarca estampó al pie el sello real.
Aquello solo bastaba entonces para que un hombre subiese al cadalso.
Aben-Ahlamar, que se hallaba escondido escuchando toda la conversación, no daba en aquel momento ni un quilate por la vida del conde de Haro.
A poco de lo que acabamos de referir, salió el rey de la morada de su amante. Esta, como lo tenía de costumbre, fue a despedirlo hasta la puerta.
La sentencia de muerte de don Lope había quedado en la poltrona que ocupó el rey. Aben-Ahlamar se apresuró a salir de su escondite para coger el pergamino; escondite practicado en la pared, y que tenía comunicación con su cuarto.
—¡Oh, oh!, esto —exclamó con sonrisa infernal— desenfadará al conde y me valdrá, por lo menos, otros cien escudos. ¡Gran negocio..., gran negocio, a fe mía!
Piedad volvió a su aposento y exclamó llena de alegría al entrar:
—Conde de Haro, esta mujer a quien has ofendido tanto, esta mujer, que está sellada por tu mano y ultrajada por tu lengua, tiene a su disposición tu vida. ¡Oh, cómo gozaré cuando el verdugo muestre a la muchedumbre tu pálida y ensangrentada cabeza!... ¡Oh, oh, qué placer! ¡Qué dulce es la venganza!... Pero ¿qué digo, Dios mío? ¡Yo deliro, yo he estado ciega cuando he consentido que el rey firme la sentencia de muerte de don Lope..., del padre de mi hijo! ¡Ah, perdón, perdón!... Yo te perdono, conde de Haro..., vive, vive...
Y Piedad buscó el pergamino con intención de hacerlo pedazos. Pero fue en vano, porque, como sabe el lector, había ya desaparecido...
El momento de marchar el ejército expedicionario se acercaba, y los hermanos Carvajales debían marchar con el rey, como asimismo todos los caballeros y grandes que con sus mesnadas y tropas podían aumentar el ejército real.
Don Juan no cesaba de rondar el alcázar donde moraba su amante. Era terrible para el caballero marcharse sin ver a su amada, sin despedirse de ella, sin darle un adiós que acaso sería el postrero. Desde su entrevista con ella en el jardín no había vuelto a verla, ni aun a tener noticias del estado de su salud, para él tan importante. Así es que se decidió a penetrar en el alcázar, y si le era posible en la misma habitación de su prometida. Llegó sin contratiempo alguno hasta la puerta de la morada de Beatriz. Don Juan se paró en el dintel un tanto indeciso, y dio un golpe con suavidad en la puerta.
—¿Quién sois? —dijo una joven apareciendo en el umbral.
—La reina... —repuso Carvajal con timidez y valiéndose de este pretexto.
—No sé si la podréis ver, caballero; pero de todos modos, entrad.
Don Juan no se hizo rogar. Penetró con resolución en la estancia, y a poco que hubo andado se encontró con doña María y su confesor, que sentados cerca del lecho de su amante mantenían con ella una agradable conversación. Los ojos de Beatriz se animaron extraordinariamente, y sus mejillas se tiñeron de pronto de un ligero carmín.
—¡Caballero! —dijo doña María sorprendida.
—¡Ah, perdonadme, gran reina, perdonadme! ¡La amo tanto!... Y luego, ¿no hubiera sido demasiada crueldad el que me hubiese marchado a la guerra sin despedirme de ella, sin dar un triste adiós a la que debía ser mi esposa?
—Lo será, lo será, Dios mediante.
—Y si en la guerra...
—¡Ah, callad, callad, don Juan! —exclamó Beatriz palideciendo de horror.
La reina y su confesor se miraron a un mismo tiempo.
—¡Ah, señora —repuso don Juan, comprendiendo la significación de aquella mirada—, con cuánto valor y gusto pelearía contra los enemigos de Dios, si fuese a la guerra siendo esposo de Beatriz! Con solo el nombre me contento, señora, consentid y labráis mi eterna felicidad. Une tus votos a los míos, querida Beatriz, para que tengamos el placer de llamarnos esposos el poco tiempo que me resta de estar en Burgos. ¡Padre mío, unidnos, unidnos para siempre!
Poco tiempo después, el sol, que penetraba en la estancia por las ventanas que correspondían al jardín, iluminaba la escena más interesante y patética, doña Beatriz incorporada en el lecho y su amante arrodillado cerca de él, asidos fuertemente de la mano, escuchaban con religioso respeto las oraciones que el anciano abad de San Andrés leía en un gran libro con relieves de plata. La reina doña María Alfonsa y la joven que abriera al de Carvajal la puerta, arrodilladas también y con una vela en la mano, presenciaban el enlace de doña Beatriz de Robledo con don Juan Alonso Carvajal. Todos lloraban conmovidos.
—Hijos míos, sed felices, y que la bendición del cielo caiga sobre vosotros —exclamó el confesor de la reina después de terminada la ceremonia.
—¡¡Esposa mía!!
—¡¡Esposo mío!!
Exclamaron a un tiempo los amantes abrazándose tiernamente.
La hora de marchar el ejército conquistador se acercaba. Así lo comprendió don Juan al escuchar el ruido de los pífanos y atambores y el piafar de los impacientes corceles.
—¡Adiós, adorada esposa mía; adiós hasta la vuelta! —dijo don Juan a Beatriz, estampando en los finos labios de esta un beso que resonó en toda la estancia.
—¡Velad, velad por él, Dios mío! —exclamó la de Robledo alzando sus preciosos ojos al cielo, y cayendo después desfallecida sobre la almohada.
Media hora después salía de Burgos el ejército real, con dirección a la provincia de Jaén.
Don Fernando y multitud de caballeros, entre ellos el conde de Haro y el infante Don Juan, se detuvieron unos días más en Castilla.