CAPÍTULO XXI.

De cómo el conde de Haro no hizo lo que tenía intenciones de hacer.

Tan luego como el avaro Juffep bajó a su habitación, después de escuchar la conversación que Piedad con el rey tuvo, y de hacerse con la sentencia en blanco destinada para don Lope, se acercó a una de las ventanas del aposento y, desliando el pergamino con el mayor cuidado, lo leyó rápidamente. Sus facciones se contrajeron a impulso de una sonrisa de alegría y satisfacción que asomó a sus labios: sus pequeños ojos brillaron de la misma manera espantosa que los del tigre cuando se va a arrojar sobre su presa para devorarla; y todo él, por último, sintió un estremecimiento involuntario de placer, que probaba bien a las claras en lo mucho que tenía Aben-Ahlamar el precioso documento que había quitado a la amante de don Fernando.

Y con efecto, el perverso judío pensaba conseguir dos cosas para él en extremo importantes, con la adquisición que acababa de hacer de la manera inicua y repugnante que ya conoce el lector. La primera y más principal, tendía a ganar oro, mucho oro, tanto como podía valer en aquella época la vida de un personaje de tanta importancia como el conde de Haro, y en caso de no ganar nada, conseguiría, con entregar la sentencia en blanco a don Lope, desenfadarle, librarle de una muerte afrentosa y humillante que deshonraría para siempre a su ilustre casa, y de que sus enemigos y contrarios se vanagloriasen en su derrota. Estas pruebas de adhesión y cariño no serían desatendidas del de Haro. No dejaría de apreciar don Lope toda la abnegación y afecto que el judío le demostraba, afecto demasiadamente probado con solo entregarle la sentencia en blanco, firmada por el rey, sentencia que más de cuatro cortesanos, de los de más valía y prestigio, hubieran deseado obtener a cualquier precio.

Pero Aben-Ahlamar tenía el suficiente talento para conocer que aquel documento, dado al conde en tiempo y lugar oportuno, sería magníficamente recompensado, y de ningún resultado favorable para él si no se aguardaba una ocasión oportuna. Así es que se decidió a guardarlo en el arcón que contenía su tesoro, porque para el judío representaba aquel documento un capital nominal en extremo considerable.

Apenas lo hubo guardado, apenas tiró del resorte para que desapareciera su querido arcón, cuando dieron con estrépito dos golpes en la puerta que daba a la galería. Aben-Ahlamar palideció de temor. Había reconocido en el que llamaba al conde de Haro, y el conde de Haro vendría a pedirle cuenta sobre el repentino alivio y curación del rey. En el concepto del conde, Aben-Ahlamar le había infamemente engañado: lo que se debió a la voluntad del cielo y a la sabiduría de mosén Diego de Valera, lo atribuía don Lope a engaño y perfidia por parte del nigromántico. Y aunque no se inquietó mucho, porque ya tendría otra ocasión de lograr sus intentos y deseos, no quiso dejar de amenazar o castigar al judío para que con tan eficaz correctivo fuese otra vez más fiel y exacto en sus promesas.

Aben-Ahlamar conocía el objeto de la visita del conde y sus no muy buenas intenciones, y por eso palideció, por eso tardó en abrir, porque el infame judío era tan cobarde como malvado. Pero don Lope, impaciente y cansado de esperar, dio otros dos golpes que hicieron vacilar a la maciza puerta.

Y entonces el judío se dirigió a ella.

—¿Dormíais, don Bellaco? —dijo el conde penetrando en la morada del nigromántico, con aire altivo y socarrón a la vez.

—Señor... —repuso este inclinándose con humildad.

—Decidme, señor tunante; ¿no os parece ya tiempo de que me deis cuenta acerca de...?

—¿Acerca de qué, señor?

—¡Oh, oh!... El rey vive, señor mío —contestó el conde montando en cólera—, el rey vive y se os dio cien escudos de oro para que muriese. ¿Qué tenéis que decir a esto?

—No niego ni puedo negar, gran señor, repuso Juffep alzando la voz, que recibí de tu misma mano cien escudos para lo que dices, pero...

—¡Miserable!

—¡Oh!, descuida, conde de Haro; aquí no hay miedo de que nos oigan.

—Pues bien, ya os he dicho que el rey vive: ¿qué me contestáis?

—Señor, yo hice cuanto estuvo de mi parte.

—¡Mientes, miserable!

—Te aseguro...

—Escuchadme, Aben-Ahlamar: si no me dais una contestación clara, categórica, me veré en la dura necesidad de retorceros el pescuezo como a un villano.

—Tu grandeza puede hacer de este tu esclavo lo que más te plazca y parezca; pero ¿te convencerás si te enseño el frasco que contenía el veneno, que en la actualidad está casi vacío?

—No.

—Pues entonces te diré que no contamos con un inconveniente.

—¿Cuál era?

—Inconveniente que ha dado por resultado lo que sabes.

—Acaba, acaba pronto.

—Señor, no contamos con la sabiduría de mosén Diego de Valera.

—No creo tenga que ver nada mosén Diego con lo que nos ocupa.

—Mosén Diego, magnánimo señor, halló un magnífico antídoto para el mal que aquejaba al rey, que como sabes provenía del veneno que yo le administraba en toda bebida y alimento.

—No sería bastante eficaz —contestó don Lope con horrible sangre fría.

—¿No? Una gota por pequeña que sea, el olor solamente causa un daño atroz.

Y aquellos dos hombres a cual más perverso y sanguinario, guardaron silencio por un momento. El conde reflexionaba, y el judío seguía con la vista todos los menores movimientos de don Lope.

—¿Queréis darme una prueba de que todavía puedo contar con vos? —dijo el conde dando a su voz un tono menos acre que el que había usado hasta entonces.

—Si te digo, señor, que puedes contar conmigo eternamente, como ya te he dicho varias veces, no me creerás, pero mis hechos responderán a tu grandeza. Habla, si te place.

—Pues bien: ¿sabréis, supongo, mis antiguos amores con la que hoy es amante del rey?

—¿Con Piedad, señor?

—Justamente.

—Los conozco efectivamente, señor; y Piedad se queja de ti amargamente.

—Pues ¿cómo sabes...?

—Muy fácilmente. En las distintas veces que la he espiado por el secreto que tengo en su habitación, secreto que tu grandeza conoce, la he visto loca, frenética, con el cabello esparcido en desorden por su espalda, los ojos desencajados, y maldiciéndote unas veces y otras llamándote con loco arrebato: la infeliz te ama con delirio, a pesar de los ultrajes que de ti ha recibido. En mi concepto, señor, Piedad es digna de otro trato por parte de tu grandeza.

—Piedad, Aben Ahlamar, es una mujer sin corazón, sin sentimientos, una prostituta hedionda que merece el castigo que le he dado.

—Señor, Piedad es más desgraciada que otra cosa.

—¿De cuándo acá os habéis vuelto tan humano y compasivo, señor bribón? Por Cristo, que si volvéis otra vez a entrometeros en mis asuntos sin que yo os lo mande, lo vais a pasar mal, Aben-Ahlamar, muy mal.

—Señor —repuso el judío temblando de nuevo, y separándose un poco del conde—, me abstendré de hacerlo, a fin de no desagradarte. Pero escucha, y perdóname por esta vez. ¿Ves esa mujer a quien has maltratado y desprecias, la ves triste, abatida, y llena de amor hacia ti, aunque lo niega y procura disimularlo? Pues de esa mujer, conde de Haro, recibirás algún día palabras dulces y consoladoras que, cual otras tantas gotas de benéfico bálsamo, caerán sobre tu ulcerado corazón. La buscarás lleno de esperanza, porque solo sus divinas palabras serán capaces de cerrar por un momento las llagas que...

—Basta de cuentos propios para niños y mujeres, Juffep.

—¡Lo crees un cuento! Pues bien, el tiempo lo dirá, conde de Haro. Mira que yo rara vez me suelo equivocar en mis pronósticos.

—Ni por esa lograréis embaucarme, querido pícaro. Vuelvo a mi asunto. De los amores que con esa mujer tuve resultó un hijo, un hijo que es mi dicha y mi esperanza... Pues bien, ese niño lo tiene Piedad, y yo lo quiero poseer a toda costa, ¿me entiendes? Un tesoro inmenso pasará de mis arcas a las tuyas, y a más de esto mi perdón y mi eterno agradecimiento. Si no consigues desenfadarme con esto, me responderás clara, categóricamente, a los cargos que anteriormente te he hecho. ¿Aceptas?

—Acepto sin vacilar, señor.

—¡Oh, bien, bien!

—Y después que te entregue a tu hijo, te daré una cosa para ti mucho más importante.

—¡Más importante que la adquisición de un hijo perdido!

—Más todavía.

—¡Oh, veamos, veamos!...

—Perdona, pero obraría con muy poca prudencia si te lo dijera ahora. Conde de Haro, estamos en el alcázar de Burgos y las paredes oyen para contárselo todo después a doña María. El rey va a mover sus armas contra los moros de Granada, tu irás en el ejército con tu mesnada, y yo en calidad de físico de su alteza. Pues bien, en Martos o en Jaén, donde ya no tendremos los enemigos que aquí nos cercan, te doy mi palabra de dártelo, y aun de indicarte el uso que, en mi pobre entender, creo debes hacer de él.

—Me conformo.

Y el conde a poco de esto salió de la habitación del perverso nigromántico, en extremo satisfecho de él.

Así que Aben-Ahlamar se vio libre de don Lope, respiró con más libertad y dio gracias al cielo por haberle librado de su ira.

Llegose después al resorte practicado en la pared y que por una escalera de caracol se llegaba al departamento de Piedad, y así que hubo cerrado la trampilla por la parte de adentro, comenzó a subir los peldaños con paso firme y seguro. A poco oyó ruido en el aposento de la gitana y prestó atento oído. Pero Aben-Ahlamar necesitaba ver, y para el efecto sus ojillos de lince, pequeños y vivos cual dos chispas, se vieron brillar por dos agujeros tan grandes como ellos, perfectamente hechos en el arabesco de la pared.

El judío ahogó un grito de alegría: había visto lo que deseaba.

Piedad, la amante del rey, la infeliz víctima del conde de Haro, creyéndose sola, acariciaba con loco arrebato el hermoso rostro de un niño de dos a tres años, rubio, blanco y de ojos azules, que había echado en un precioso lecho primorosamente adornado. Sus pequeñas y preciosas manos de cera jugaban sin cesar con los espesos y negros rizos de la gitana.

—¡Enrique, hijo mío! —decía esta estampando en las delicadas facciones de la criatura multitud de besos que producían en la estancia un sonido agradable—. ¡Oh, cuán feliz soy! Un hijo..., un hijo que será mi dicha, un hijo que me recompensará con su cariño los amargos ratos que he sufrido y sufro..., pero ¿qué será de él, Dios mío? ¿Qué porvenir le tenéis reservado?... ¿Qué será de esta pobre criatura, nacida en la desgracia y condenada a vivir en la oscuridad? En la oscuridad, sí; porque este ángel, esta parte de mi alma, debe ignorar siempre a quién debe su existencia. ¡Oh!, si llegara a saber algún día..., ¡jamás, jamás, hijo querido, nunca, porque renegarías de tus padres y te maldecirás tú! ¡Oh, Señor, haced porque siempre lo ignore! socorredle, amparadle en su desgracia que harto infortunado es con haber nacido... Pero no, mientras yo viva..., ¡oh!, ¿quién se atrevería a ofender a mi hijo? ¡Nadie, oh, estoy segura, nadie!

De repente una idea repentina vino a llenarla de inquietud.

—¡Y si me lo quita ese malvado, indigno de ser su padre! —exclamó asiéndolo fuertemente con ambas manos—. ¡Oh!, entonces moriría de dolor..., no tiene ese derecho, es mentira..., ¡soy su madre, y nadie podrá arrancármelo de mis brazos, nadie, ni el mismo Dios!... ¡Oh, qué he dicho, Señor! Blasfemo, perdón; vos sois el único, el único solamente, vos me lo disteis, vos me lo podéis quitar. Pero ¿cómo sufriría yo que pasase de mi regazo al vuestro? El alma se me despedazaría de dolor. Perderlo para siempre, ¡oh, qué terribles palabras!

Y Piedad volvió a besarlo y a estrecharlo contra su pecho. Enrique no jugaba ya con los hermosos rizos de Piedad; sus preciosas manos de nácar no se veían resaltar como antes, sobre el negro azabache del cabello de la gitana; sus ojos se habían cerrado. Estaba dormido.

—¡Dormido! —dijo Piedad, y cerrando con cuidado las ventanas, a fin de que la claridad no le molestase en su sueño infantil, desapareció de la estancia cerrando la puerta tras sí.

Entonces Aben-Ahlamar tocó el resorte, y la pared se abrió para dejarle paso. Y aquel hombre, alto, de barba larga y blanca, cadavérico, que en medio de aquella oscuridad parecía el genio del mal, se acercó al lecho del infante y lo contempló largo rato. El niño hizo un movimiento y Aben-Ahlamar, antes que despertara, lo cogió con cuidado y envolviéndolo en su largo ropón morado desapareció con él por el caracol que conducía a su habitación.

La desesperación de Piedad al notar la falta de su hijo no tuvo limites. En vano lo buscó por todas partes, en vano lo llamó multitud de veces, todo en vano, su hijo querido había desaparecido. El cómo, lo ignoraba la infeliz. En su desesperación sospechó del judío, del conde, de todo el mundo. Pero algo más tranquila después, se convenció de que era imposible. ¿Por dónde habían entrado aquellos hombres, si ella no se separó un solo instante de la puerta del cuarto donde su hijo dormía? Piedad pensó después en el cielo, y cayendo desplomada sobre sus rodillas, exclamó con acento dolorido y desgarrador:

—¡No cabe duda, Señor, he sido culpable y he aquí mi castigo! Os he ofendido y necesito llorar; pero llorar lágrimas de sangre para lavar mis culpas... ¡Ese hijo no debí tenerlo, y me lo arrebatáis! Señor, Señor, no cabe duda, llegó la hora de la expiación... ¿Se podrá negar tu existencia? ¡Oh, imposible..., misericordia, misericordia!

Por disposición de don Lope, el niño Enrique fue entregado a Simeona para que esta lo cuidase mientras duraba la campaña que don Fernando con tantas esperanzas iba a comenzar.

Pero en la segunda parte de esta crónica, que con el título de «Alfonso el Onceno, o quince años después» se publicará muy en breve, tendremos lugar de hablar larga y extensamente del hijo de Piedad y del conde de Haro.