CAPÍTULO XXIV.

En el que se ve que el conde de Haro, ayudado sin duda por el demonio, se salió con la suya.

El día 7 de agosto del año de 1312 amaneció triste y nebuloso. No parecía sino que la naturaleza tomaba parte en la tragedia que se iba a representar en la villa de Martos. El sol no podía alumbrar con sus esplendentes rayos la escena que tanto afea el reinado de Fernando IV. Este monarca, cuya dulce condición y benigno carácter fueron causa de las mayores alteraciones de Castilla y del poco respeto que los grandes de aquella época le tenían, tornábase a las veces inexorable, y su excesiva cólera le arrastraba a cometer desaciertos. Los cortesanos que conocían (como dicen el erudito Mariana y otros escritores célebres) que el joven e inexperto don Fernando no sabía refrenarse en la saña, se aprovechaban de las ocasiones para librarse de los que pudiesen estorbarlos, o para vengarse de aquellos de quienes habían recibido agravios. Lo cierto es, amados lectores, que el conde de Haro, deseoso de tomar venganza de los hermanos Carvajales por las razones ya referidas, puso en la sentencia para él dispuesta el nombre de estos dos inocentes caballeros.

El justicia de la villa de Martos, según orden que recibió del rey, sin permitir que los acusados se defendiesen, sin oír sus descargos y protestas, los mandó arrojar por la peña que allí existe, célebre por su elevación y por lo escabroso de su declive.

En vano fue que los grandes y el ejército intercediesen por las inocentes víctimas; en vano que estas protestasen en nombre de Dios y de su Madre que era falso el delito de que les acusaban; nada bastó ni satisfizo a don Fernando. Había jurado vengar la muerte de su privado, y ofrecido a Piedad que el que llevase el nombre escrito en el pergamino que ella le presentó sufriría la última pena, sin distinción de clase ni categoría, y estaba firmemente resuelto a cumplir su promesa.

La cima de la famosa peña de Martos hallábase ocupada por multitud de soldados y gentes del pueblo en la mañana del 7 de agosto de 1312. El espectáculo que iban a presenciar no podía ser más notable y nuevo. Dos hermanos, infanzones del ejército real, debían ser despeñados, en castigo del asesinato que habían cometido en la persona del señor de Benavides, privado de Fernando IV de Castilla.

Los hermanos Carvajales caminando al suplicio

El sol, como hemos dicho, se negó a iluminar aquella escena de sangre y de lágrimas, y permaneció oculto bajo un tupido velo de densas y apiñadas nubes.

Todo estaba ya dispuesto. Los acusados llegaron a la cumbre de la peña, atados codo con codo y seguidos por multitud de soldados, de hombres, niños y mujeres que lloraban a lágrima viva. Los hermanos Carvajales eran precisamente naturales del pueblo donde fueron ejecutados por asesinos.

Los sentenciados se mostraban serenos y tranquilos, y su andar era firme. Sin embargo, una palidez mortal cubría el rostro de entrambos. Al llegar a la superficie de la peña vacilaron las piernas de don Juan, y exclamó sin poder contener una lágrima que bien pronto fue a esconderse en su espeso bigote:

—¡Beatriz..., Beatriz...!

Los sacerdotes que acompañaban a los sentenciados comenzaron a prodigarles los auxilios espirituales.

La hora del sacrificio se acercaba. Los verdugos movían grandes palas y barrotes de madera con que habían de empujar a los sentenciados. Don Juan no cesaba de pronunciar el nombre de su bella esposa; don Pedro oraba por sí y por su hermano. Uno y otro, atados de pies y manos, fueron puestos al borde del precipicio. Las mujeres lloraban y pedían a Dios y a Santa Marta, patrona de la villa, que hiciesen un milagro. Los soldados apartaban sus ojos de aquella escena de horror.

Los verdugos, a una señal que les hizo el justicia, acercaron a los caballeros las palas y barrotes.

—¡Beatriz..., Beatriz...! —exclamaba don Juan—. Dadle, Dios mío, valor. Acompañadla, ya que a mí me habéis abandonado...

—«Rey don Fernando —decía don Pedro—, puesto que tus oídos se han hecho sordos a nuestros clamores, te emplazamos para que en el término de treinta días comparezcas ante el Tribunal divino a dar cuenta de este acto».

Los verdugos empujaron con todas sus fuerzas a los caballeros.

—Señor —exclamaron estos a un tiempo—, tened misericordia de nosotros.

Y rodaron con tanta velocidad que dejaron la mayor parte de sus vestidos y de sus carnes en las breñas y picos de las piedras.

La muchedumbre horrorizada lanzó un grito de espanto.

Don Juan no cesó un momento de decir, mientras tuvo vida:

—¡Beatriz, esposa mía! Adiós para siempre... Amparadla, Dios mío, amparadla. ¡Es tan joven y tan desgraciada! ¡Adiós, adiós!...

Poco tiempo después los cuerpos de los dos hermanos Carvajales quedaron convertidos en pequeños fragmentos.

Así que supo el conde de Haro el emplazamiento hecho al rey por el hermano de su rival, se dirigió a la habitación del Aben-Ahlamar y le dijo, vaciando sobre una mesa un saco lleno hasta arriba de monedas de oro y plata:

—Todo este dinero es tuyo, Aben-Ahlamar, si das un veneno al rey, para que muera precisamente a los treinta días después que los hermanos Carvajales. ¿Aceptas?

—¡Oh, cuánto oro..., cuánto oro...!

—¿Aceptas? —volvió a decir don Lope.

—¡Cuánto oro!

—Pues todo es tuyo, todo.

—¿Mío?...

—Si envenenas al rey de modo que muera justamente el 6 de septiembre, todo es tuyo: ¿lo oyes?

—¡Oh..., sí, sí! Acepto, acepto gustoso tu proposición en cambio de todo ese oro.

El conde no podía elegir mejor ocasión para deshacerse del rey. Don Fernando estaba emplazado por dos víctimas inocentes, y la Justicia divina debía de cumplirse.

Así lo haría él ver y creer al vulgo. La corona de Castilla estaba próxima a pasar a la casa de Haro. Esta idea tenía loco de alegría a don Lope.

En el momento de estar recogiendo Aben-Ahlamar todo el dinero que el conde desparramó sobre la mesa apareció Simeona, que había seguido como siempre al judío, y dijo abriendo tanto ojo como este:

—¡Oh, cuánto dinero, cuánto dinero!... ¿Es todo tuyo, querido?

—Todo, todo este oro es mío —repuso el nigromántico, sin dejar de recogerlo con ambas manos.

—¿Y yo tengo algo ahí?

—Nada, nada. Todo este oro es mío, solamente mío.

—Sin embargo, yo quiero también dinero; dame la mitad de ese que ahí tienes.

—¡Extraña petición! ¡La mitad de este oro!... Primero la vida. Este oro lo he ganado yo...

—Dame la mitad, nada más que la mitad —dijo Simeona cogiendo un puñado de monedas.

—¡Oh, vuélveme mi dinero, mi dinero...! —exclamó el judío, golpeando con todas sus fuerzas a la abuela de Piedad.

—¿Conque no quieres repartir ese dinero conmigo que tanto te he ayudado en todo?

—¡Oh, no! Todo es mío, mío exclusivamente.

—Te va a pesar —repuso Simeona saliendo de la estancia.

—¡Pesarme, pesarme, cuando tanto oro tengo! —dijo Aben-Ahlamar, sin dejar su avaro estribillo.

Acto continuo la abuela de la gitana fue a buscar al infante don Juan.

Después de la muerte de los hermanos Carvajales emprendió el ejército real la marcha a Alcaudete. Don Fernando tuvo que quedarse en Jaén, porque el mal estado de su salud no le permitía que fuese a la cabeza de las tropas. El rey había sido envenenado por Aben-Ahlamar antes de salir de Martos. Esta vez no había remedio para el hijo de doña María Alfonsa.

La dolencia y malestar del rey iban en aumento, hasta que el 6 de septiembre, día treinteno del emplazamiento de los Carvajales, le encontraron muerto en su lecho.

La Justicia divina, como dijo la mayor parte de la gente, se había cumplido.

Muerto el rey, proclamaron sucesor suyo en la corona de Castilla y León a su hijo don Alfonso XI, niño de solos diez meses.

Don Lope, abandonado y despreciado de los suyos, en vista de su inicuo proceder, huyó despavorido y lleno de remordimientos. Todo lugar, por apartado y escondido que fuese, le pareció poco solitario para ocultar sus lágrimas y su vergüenza. Dice la crónica que no se le volvió a ver más en la corte.