CAPÍTULO XXV.
En el que se ve el gran negocio que hizo el judío Aben-Ahlamar.
Huyó despavorido el rebaño con la muerte del pastor. El ejército se deshizo, sin haber hecho más en beneficio de la religión y de Castilla que tomar a los moros la villa de Alcaudete. Soldados y caballeros volviéronse a su tierra, y la corte toda, reunida y vestida de riguroso luto, regresó a Burgos, en donde seguían la reina madre y la viuda del infortunado Fernando.
Así que Aben-Ahlamar entró en su antigua morada del alcázar de Burgos, fue su primera diligencia ir a visitar su tesoro, escondido en la pared, como sabe el lector. Cuando estaba el judío dulcemente entretenido en contar y recontar sus escudos, para cerciorarse de que no le faltaba ninguno, se apareció en la estancia el infante don Juan.
—Dios te guarde, Juffep —dijo el caballero al judío con la mayor afabilidad.
—A ti también, señor —repuso este—. ¿En qué tienes que ocuparme?
—Escúchame. Tú no debes ignorar que en mis mocedades tuve amores con una villana de Sevilla. Esta infeliz mujer, creyéndome su igual, y en la confianza de que sería mi esposa, accedió a mis ruegos, y la hice para siempre desgraciada. Antes de que la pobre diese a luz el fruto de mi engaño, la abandoné, y con ella al hijo que guardaba en sus entrañas. Más de una vez, Aben-Ahlamar, he deseado encontrar a ese ser infortunado que me debe la vida, y no he podido hallarlo a pesar de las diligencias practicadas en el espacio de veinticuatro años que hace de esto. Había perdido toda esperanza cuando el otro día se me presentó una mujer anciana, llamada Simeona, y me dijo que tú solo sabías el paradero de mi hija, porque la conociste desde muy pequeña. ¡Oh, dime, dime dónde está, qué es de ella, y labraré tu felicidad! ¡Te daré oro, mucho oro!
El nigromántico palideció y tembló a un tiempo. ¿Cómo decía al infante que la hija que con tanto afán buscaba era precisamente la misma con quien los dos habían especulado? Así es que repuso encogiéndose de hombros:
—Señor, no conozco a tu hija, ni conocía la historia que acabas de contarme.
—Mientes, brujo maldito, mientes miserablemente.
—Te juro por lo más sagrado...
—¡Mi hija, yo quiero mi hija! ¿Qué has hecho de ella? ¿Qué sabes de ella? —exclamó el infante sacando un agudo puñal.
—Te juro...
—¿Dónde está? ¡Habla, habla, o vas a morir al punto! —repuso don Juan acercando su daga al pecho del avaro judío.
Este retrocedió espantado, y con voz balbuciente dijo:
—Detente, detente, y escúchame.
—Habla, habla...
—Tu hija..., tu hija... no la conozco.
—¡Ah, te diviertes en atormentarme! ¡No la conoces! ¿Y estos papeles que por largo tiempo has conservado? —dijo don Juan presentando al judío el legajo que este había entregado a Simeona, y que la vieja, sedienta de venganza, depositó últimamente en manos del infante.
—¡Oh, perdóname, Señor, que todo, todo te lo diré!
—Bien está; habla.
—A tu hija la conoces tanto como yo.
—¿Quién es?
—La querida del difunto rey de Castilla.
—¡¡Piedad!!...
—La misma.
—¡Oh! —exclamó el infante dándose golpes en la cabeza—. Conque es mi hija la que a mí me sirvió en Castrojeriz para... ¡Oh, qué horror, qué horror! ¡Mientes, Aben-Ahlamar, mientes! ¡Mi hija no puede ser la mujer a quien yo he deshonrado, la mujer que por mi causa y la tuya fue la querida del rey! ¡Y tú, viejo maldito, tú lo sabías y no me dijiste nada!... ¿Conque tú, sediento de oro y de riquezas, dejaste por el vil interés que un padre sacrificase a su hija de la manera que yo lo hice con la mía? ¡Oh, paga, paga tu maldad, aborto del infierno, paga todos tus crímenes de una vez!
Y el infante, furioso como una hiena, se precipitó sobre el judío, y le clavó en el pecho hasta el mango su afilado puñal.
Aben-Ahlamar cayó al suelo, anegado en sangre, y dando fuertes y prolongados alaridos.
—¡Perdón, perdón! —exclamaba con lastimero acento.
—¡Págalo todo de una vez! —volvió a decir don Juan, golpeándole el rostro con los pies.
—¡Ah, perdón, perdón!... ¡Mi tesoro..., mi tesoro..., dejádmelo ver..., no me lo quitéis..., es mío..., únicamente mío..., yo lo he ganado todo, todo!... ¡Ah!..., perdón, perdón, don Fernando... ¡Quitadme de delante esa fantasma que miro ahí envuelta en un manto de púrpura! ¡Apartadla de mi vista y os entrego todo mi tesoro!... ¡Oh!..., no, mi tesoro es mucho..., la mitad..., la mitad...
El judío hizo un esfuerzo y se puso de pie. Pero a poco cayó de nuevo, diciendo con voz casi apagada:
—¡Oh, me muero..., me muero! ¡Favor..., favor...!
¡Quitadme la visión que otra vez se me aparece! ¡Quitádmela pronto, que viene por mí..., ya me coge..., ya..., oh, perdón, rey don Fernando..., perdón..., perdón...!
Y Aben-Ahlamar exhaló su último suspiro en medio de los dolores más crueles y de las más horribles convulsiones, sin dejar de nombrar al difunto monarca.