CONCLUSIÓN.


Piedad, sola en su habitación, lloraba con amargura y desconsuelo en el momento que el judío físico de Fernando IV pagaba de una vez todas sus infamias y maldades, exhalando el último suspiro en medio de las mayores angustias y sufriendo terriblemente así en lo moral como en lo físico. Piedad dijimos que lloraba con desconsuelo, y dijimos bien; porque el ejército que entrara poco antes en Burgos de regreso de la campaña que apenas se comenzó, fue el que trajo la noticia de la temprana muerte del rey y de los hermanos Carvajales. La infeliz lloraba y se maldecía porque no dudaba que todo era obra del infame conde de Haro, y ella se creía culpable al menos en la muerte de los Carvajales, porque supo casualmente no solo que Aben-Ahlamar le había quitado la sentencia en blanco, firmada por don Fernando, sino hasta el uso que don Lope había hecho de ella en su nombre.

De modo que la desesperación de la nieta de Simeona era tan intensa, y tan intenso también su dolor y su amargura, que no cesaba de llorar y gemir, y de pedir a Dios la llevase cuanto antes a otra vida, donde no volvería a sentir los terribles dolores que sufría en aquel momento.

—¡Dios mío, Dios mío! —decía juntando las manos y alzándolas al cielo—. ¿Cuándo dejaré de padecer? ¿Cuándo dejaréis de castigar a esta pobre mujer que harto desgraciada es con solo haber nacido? ¡Ah, señor..., tened misericordia de mí! Ya me faltan las fuerzas; ya no puedo sufrir más... ¡Oh, perdón!, conozco que os he ofendido, conozco..., pero para castigar mi vida pasada ¿no os bastaba haberme arrancado mi hijo... que, aunque niño, me consolaba? ¿No os basta que llore noche y día? ¡Ah, no me hagáis sufrir más, Dios mío! ¿Por qué le pedí yo al rey, desgraciada de mí, que firmara aquella sentencia? ¿Para que subieran al cadalso dos personas inocentes, y para hacer desgraciada a la más santa y más cándida de las mujeres? ¡Oh, también necesito vuestro perdón, doña Beatriz! ¡Yo os he hecho desgraciada; yo he sido quien ha adornado vuestro lecho nupcial con el negro crespón de la muerte!... ¡Perdón, amiga mía! ¡Perdón, Dios santo, justo y bueno!... Derramad, Señor, sobre mi corazón ese bálsamo salutífero y benéfico que destiláis desde el cielo gota a gota sobre el que sufre en esta tierra... Pero, yo deliro... No es Dios quien me castiga, no; no es él quien tanto me hace sufrir; ¡imposible! Dios es demasiado grande y liberal para descargar toda su ira contra una pobre mujer, que, cual otra Magdalena, gime y suspira bendiciendo a cada momento su sacrosanto nombre. ¡Ah, ya lo he adivinado..., sí, no hay duda..., es el destino! ¡Oh, maldito sea!, y maldita sea también la hora en que...

—¡Desgraciada, detente! —exclamó un hombre penetrando en la estancia, con el rostro lívido, los ojos desencajados y todo trémulo y balbuciente—. ¡Detente, hija querida, detente y no maldigas la hora en que naciste! ¡Oh, te lo suplico, te lo ruego por ese Dios a quien invocabas! ¡Piedad, hija mía, te lo pide tu padre!...

—¡Ah!

—¡Sí, tu padre, que viene a implorar tu perdón, porque es un monstruo abominable! Tu padre, ángel divino, que no conociéndote y creyéndote una villana, vagabunda y aventurera, te...

—¡Padre!...

—¡Ah!, soy un monstruo, lo conozco; y un monstruo digno de sufrir los dolores que sufro. ¡Mi hija..., mi hija deshonrada por mí! ¡Oh, esto es horrible! ¡Infame Aben-Ahlamar! ¡Y lo sabía, y me dejó que sacrificara a mi hija, porque de ello le resultaba provecho! ¡Oh!, ya has llevado tu merecido, infame judío; ya has expiado tus crímenes...

—¡Mi padre!... —volvió a decir Piedad cada vez más sorprendida.

—Sí, hija mía, sí, soy tu padre... ¿Qué, dudas? ¿O te avergüenzas de que lo sea? ¡Oh, cielos!, y yo que necesito su perdón, y yo que venía a pedírselo de rodillas; llorando, porque... Piedad, ¿me perdonas?, ¿me amas?, ¡ah!, dímelo, mira que padezco atrozmente, mira...

—¡Padre mío! —exclamó la joven precipitándose en los brazos del infante don Juan.

—¡Ah, repite esas palabras, repítelas, hija querida; no sabes lo que me hacen gozar! ¿Me amas, Piedad?, ¿me perdonas? ¡Oh, habla, habla!...

—Padre mío..., yo he sido muy desgraciada...

—¡Ah, lo sé, lo sé, y la culpa la he tenido yo..., tu padre! ¡Oh, esto es horrible, pero perdóname! Necesito tu perdón, Piedad; porque tengo un peso..., un dolor tan grande, que...

—Sí, padre mío, os perdono, y quisiera devolveros la calma y la tranquilidad que vuestra alma necesita. ¡Oh!, pero no puedo, porque a mí también, como a vos, me hace falta... Sin embargo, si logro con mi amor...

—¡Oh, cuán buena eres, ángel mío!..., pero ¿y el recuerdo de lo pasado?, ¿y el remordimiento de haberte hecho desgraciada?

—¡Callad, padre mío, callad, vuestras palabras me hacen padecer atrozmente! ¡Oh, no evoquéis recuerdos que me despedazan el alma!

—Tienes razón, callaré, hija mía, callaré y procuraré ahora hacer tu felicidad.

—¡Mi felicidad, padre mío!

—Sí, tu felicidad, Piedad. Desde hoy serás la primera dama de Castilla, desde hoy serás el encanto y la admiración de la corte; y si no te basta esto, tu padre sabrá quitar al rey su corona para dártela a ti.

—¡Padre mío! ¡Yo... jamás!, se reirán de mí..., ¿y lo pasado?

—¡Que se reirán de ti! ¡Oh!, ¿quién se atrevería a ello, quién? ¡Desgraciado el que osase ofenderte!...

—Perdonad, señor; pero yo no seré feliz en la corte..., yo no podré vivir como queréis sin ser más desgraciada de lo que soy en la actualidad. Mi alma necesita el reposo y mi cuerpo la soledad y el silencio... Señor, para ser feliz vuestra hija necesita la tranquilidad y la oración..., mi determinación, padre mío, está ya tomada..., solo hay una parte en este mundo donde encontraré lo que apetezco y necesito... Allí rogaré a Dios por vos, por mi hijo, y le pediré constantemente me envíe esa felicidad dulce y santa que necesita mi pobre corazón, tan cruelmente herido y lastimado...

—¿Y en dónde encontrarás esa felicidad, hija mía?

—¿En dónde? ¡En el claustro, padre mío! En el claustro o en el campo en medio de los bosques y de los árboles.

—¡Oh, calla, por Dios!

—Sí, padre mío, sí; solo en el claustro o con el sayal de la penitencia es donde encontraré los consuelos que ciertamente no he hallado en la corte ni en su bullicio. Perdonadme, pero mi determinación está tomada. Señor, en esto solo encontraré mi felicidad, y yo creo que no se la negaréis a vuestra hija.

—¡Piedad, hija mía!

—Ah, señor, ¿cuento con vuestro permiso?

—¡Mi permiso! ¿Y cómo me separo de ti, cómo vivo sin verte?... ¡Ah, ten piedad de tu padre..., yo soy ya anciano y necesito los consuelos y caricias de una hija, y de una hija tan dulce y tan buena como tú!

Dos días después de esto, se cumplieron los deseos de Piedad. La infeliz hija del infante don Juan se retiró a una ermita que había no muy lejos de Burgos. El resto de sus días los pasó en la oración y en la penitencia.

La infausta noticia de la temprana muerte del rey y de los hermanos Carvajales llegó bien pronto a oídos de la reina madre y de su dama doña Beatriz de Robledo. Así que supo esta joven el desgraciado fin de su amado esposo, se separó para siempre de doña María, sin que de sus ojos brotase una sola lágrima, sin proferir ni una palabra.

El real Monasterio de las Huelgas de Burgos fue el sitio que eligió la joven y desgraciada Beatriz para llorar y orar continuamente por su infortunado esposo. Sus justas y sentidas quejas no tuvieron eco en aquella mansión lúgubre y glacial, en donde hasta el cántico divino de las religiosas se perdían en las inmensas bóvedas.

—Y nosotros, ¿qué haremos, señora? —preguntó a la reina madre el anciano abad de San Andrés, cuando Beatriz entró en el convento.

—¿Qué hemos de hacer, padre mío, sino llorar, llorar eternamente?

Con efecto, los ojos de doña María Alfonsa no se enjugaron ni un solo día en los ocho años que sobrevivió a su querido e infortunado hijo.

FIN