ESCENA II
MARIO y ANGELOTTI
Mario
Nos encontramos, como habréis podido ver al resplandor de la luna, entre las termas de Caracalla y la tumba de Escipión, rodeados de ruinas y en la soledad más absoluta.
Angelotti
¿Vivís aquí?
Mario
Ordinariamente no. Mi habitación está situada en el centro de Roma. Esta es mi casa de campo, mi villa, como decimos los romanos. Fue edificada por uno de mis antepasados, Luis Cavaradossi. Solo Floria me ha acompañado algunas veces, de manera que a ninguna otra persona se le puede ocurrir la idea de venir a buscarme aquí y mucho menos a vos. ¿Quién habrá de sospechar siquiera que yo os conozco? En la iglesia nadie nos ha podido ver, en la calle nadie nos ha observado tampoco, de manera que podemos estar tranquilos, absolutamente tranquilos. Y en último término, aunque vinieran, aunque rodearan la casa los más finos sabuesos de Scarpia, aún tendría medio de salvaros.
Angelotti
¿Cómo?
Mario
En esta casa, fabricada sobre las ruinas de una antigua aldea romana, hay un refugio secreto del cual solo las personas de mi familia y el honrado Cecco tienen noticia. (Se dirige hacia el arco del fondo.) ¿Veis allí, iluminadas por el resplandor de la luna aquellas dos columnas de mármol blanco?
Angelotti
¿Unidas por un travesaño del cual pende una polea?
Mario
Precisamente.
Angelotti
¿Es un pozo?
Mario
Un viejo pozo, de la antigua aldea. Mi antepasado, tratando de cegarle, encontró a doce pies del suelo, entre la pared, una especie de covacha en la cual no se podía entrar sino arrastrándose, pero después el agujero se ensanchaba bastante hasta el punto de poder estar en él un hombre cómodamente sentado. Cavaradossi se guardó bien de destruir esta galería subterránea; al contrario, la hizo limpiar, porque en un país como el nuestro siempre es conveniente tener un sitio secreto donde refugiarse. Yo lo he visitado muchas veces deslizándome por el pozo que está oculto por la maleza, y por los cipreses. Ya veis, amigo mío, que aún puedo ofreceros asilo más seguro que mi casa.
Angelotti
No sé como expresaros mi gratitud. Hace aún pocas horas, no me conocíais siquiera y ahora encuentro en vos la ayuda y la protección que pudiera esperar de un hermano.
Mario
Tengo en ello mucho gusto... Además, soy por naturaleza arriesgado y las aventuras peligrosas me divierten.
Angelotti
¡Corazón generoso! (Dándole la mano.) Demasiado sabéis que al protegerme y ampararme en mi huida, arriesgáis vuestra propia existencia.
Mario
¡Bah, bah! ¿Quién se acuerda de eso? La partida está empeñada y hay que jugarla hasta el fin. Pensemos, pues, en los recursos que hay que poner en práctica para libraros de las garras de vuestros perseguidores. Scarpia habrá mandado a estas horas a todos sus sabuesos en persecución vuestra, las puertas de la ciudad estarán también muy vigiladas, de manera que no se me ocurre más que un solo medio de salvación. ¿Sois buen nadador?
Angelotti
Excelente.
Mario
Entonces podréis atravesar el Tíber.
Angelotti
Sin duda.
Mario
Corriente. Hablaremos de eso cenando. Entretanto venid conmigo a ver el pozo.
Angelotti
Vamos. (En el momento de salir Mario oye un ruido.)
Mario
¡Silencio! (Angelotti se para cerca de los arcos del fondo.)
Angelotti
¿Qué sucede?
Mario
(Atraviesa la escena y escucha por el ventanillo de la derecha.) He oído abrir una puerta de la cual solo Floria tiene la llave.
Angelotti
¿Luego es ella?
Mario
Indudablemente.
Angelotti
¿Qué hacemos?
Mario
Tened la bondad de ir solo. Veré qué es lo que la trae. Si ocurre algo imprevisto yo os llamaré. (Angelotti desaparece en el jardín por la derecha. Mario vuelve a acercarse al ventanillo.)