ESCENA IV
MARIO y FLORIA, esta entra elegantemente vestida y con un ramo de flores en la mano.
Floria
¡Cuánto has tardado en abrirme!
Mario
El tiempo indispensable para bajar del andamio.
Floria
(Mirando alrededor con desconfianza.) ¿Por qué corres el candado de la puerta?
Mario
Es el Padre Eusebio quien lo echa.
Floria
¿No está Genarino?
Mario
Le di permiso para que se fuera. Pero, ¿qué pasa? ¿Parece que estás inquieta?
Floria
¿Con quién hablabas?
Mario
No hablaba; cantaba.
Floria
¡No es cierto! Yo te oí hablar en voz baja.
Mario
¡Qué disparate! ¿Quién podía estar aquí?
Floria
Acaso alguna devota.
Mario
¿Celos? ¿Una escena de celos en este sitio? ¡Bah, no seas tonta! (Cogiéndole las manos.) ¿Un ramo de flores?
Floria
Para la Virgen. Tengo que implorar su perdón.
Mario
¿Por qué?
Floria
Por lo que tú haces.
Mario
Nada de malo hago.
Floria
¿Que no? ¿Y tus ideas? (Mario va a cogerla la mano y ella la retira.) No, permíteme que antes salude a Nuestra Señora.
Mario
¡Como gustes!
Floria
(Se dirige a la imagen que está en la columna central y pone las flores en un búcaro. Se arrodilla y reza. Entretanto Cavaradossi hace señas a Angelotti que asoma la cabeza para que se retire.) Cumplí mi deber con la Santísima Virgen.
Mario
(Besándole las manos apasionadamente.) ¡Y ahora yo!
Floria
¡Si vieras qué disgusto tan grande tengo!
Mario
¿Qué ocurre?
Floria
Que hasta mañana no podemos vernos.
Mario
¿La fiesta?
Floria
Sí, tendré que pasar la noche en el palacio de Farnesio. Hay concierto y tomo en él mucha parte.
Mario
Bueno, pero después...
Floria
Después se celebra un baile.
Mario
¿Y asistirás a él?
Floria
La reina me ha invitado.
Mario
¡Gran honor!
Floria
Su Majestad es muy buena para mí. Me colma de atenciones, pero las de esta noche me entristecen, porque hasta mañana no volveré a verte.
Mario
¡Qué le hemos de hacer! ¡Habrá que resignarse!
Floria
¡Con qué calma lo dices! ¿No te contraría? ¿Verdad?
Mario
Yo no he dicho eso.
Floria
Los hombres amáis con demasiada filosofía. La mujer se entrega a la pasión con el alma entera. Para nosotras no hay más que este sentimiento en nuestra vida. (Mirando al cuadro.) ¿Quién es aquella mujer?
Mario
(Mirando a su alrededor.) ¿Cuál mujer?
Floria
La del cuadro.
Mario
¡Ah! ¿Esa rubia? Pues es una María Magdalena. ¿Qué te parece?
Floria
Demasiado hermosa.
Mario
¿Demasiado?
Floria
No me gusta que pintes mujeres tan bellas.
Mario
(Riéndose.) ¿Vas a tener celos de las mujeres que dibujo en los cuadros como si fueran de carne y hueso?
Floria
¿Y por qué no? ¿Crees que no sé lo que ocurre entre el artista y las figuras que traza con sus pinceles? Cuando pintas unos ojos hermosos, te extasías contemplándolos; cuando dibujas unos labios que incitan al beso, gozas, admirándolos, y te recreas en la hermosura del rostro trazado por tu misma mano, en un momento de inspiración.
Mario
(Riéndose.) Es gracioso. Graciosísimo. (Poniéndose a trabajar.)
Floria
Y pienso, a veces, que tus contemplaciones más apasionadas, son para las figuras a las cuales das vida con tu arte. (Se sube al andamio y contempla el cuadro.) ¡A ver! Déjame contemplar a tu Magdalena. (Pausa.) Sí, no hay duda; esos cabellos rubios y esos ojos grises azulados, me recuerdan los de alguna mujer a quien conozco. Juraría haberlos visto muchas veces.
Mario
Es posible.
Floria
¡Ah, vamos! ¿Es un retrato? ¿Existe el original?
Mario
Existe. ¡Ea! esfuerza tu memoria a ver si recuerdas.
Floria
Espera. Es... ¡Ya caigo! La de Atavantti. No hay otra romana con cabellera igual a la de tu Magdalena.
Mario
Confieso que has adivinado.
Floria
¿Luego conoces a la Marquesa? ¿Luego la ves? ¿Dónde? ¿En su casa? ¿Aquí? ¿En tu estudio? Responde. Pronto, respóndeme sin mentir.
Mario
¡Pero, mujer!
Floria
Responde de una vez.
Mario
Si no me dejas hablar... Pues bien, declaro que he visto a la Marquesa, aquí, una sola vez y por casualidad.
Floria
¡Por casualidad! ¿eh?
Mario
Te repito que por casualidad. Mientras yo pintaba en este sitio, llegó ella hasta esa imagen y se puso a rezar, levantando sus ojos azules al cielo, con los cabellos rubios que caían, en bucles, sobre su frente.
Floria
Rubios no; rojos.
Mario
Que un rayo de sol convertía en hebras doradas y con la cara tranquila de quien se pone en comunicación con Dios. Pareciome ver en su rostro la imagen de la Magdalena y copié el modelo en unas cuantas pinceladas, sin que nadie lo advirtiera.
Floria
¿No te servía yo como modelo?
Mario
Tú no tienes el aspecto de santa... y sobre todo ahora, en que el enojo descompone tu semblante.
Floria
¿Y ella sí? ¿La marquesa de Atavantti puede servir de modelo para la Magdalena? Será antes del arrepentimiento, porque la tal señora engaña a su marido y tiene la desfachatez de presentarse en público con su amante.
Mario
Perdona, no es un amante; es un importuno.
Floria
Pues yo, que no tengo ni marido a quien engañar, ni importunos que me sigan a todas partes, no me cambio por ella, ¿entiendes?
Mario
(Con ternura.) ¡Si sabes que te adoro! ¡Si no pienso más que en ti, celosa incorregible!
Floria
¡Buscarte!
Mario
¡Ea, basta, dejemos en paz a la marquesa!
Floria
Mejor hiciera en convertir a su hermano.
Mario
¡Su hermano!
Floria
Sí, un perverso, un demagogo, un ateo como tú.
Mario
(Mirando hacia la capilla.) ¿Quieres convertirme a mí también?
Floria
No eches a broma mis palabras. ¡Tú no sabes el pesar que me produce esto! ¡Un hombre que lee a Voltaire! ¿Sabes lo que me ha dicho de ti el padre Carafa?
Mario
¿Tu confesor? ¿Acaso le confiesas mis pecados?
Floria
Le confieso los míos... ¡Son los mismos!
Mario
Pues de seguro habrá dicho que soy un desalmado.
Floria
Dice algo peor. Dice que eres un impío y y que te condenarás.
Mario
¿Contigo? Entonces no me importa. (Abrazándola.)
Floria
El padre Carafa me ha repetido muchas veces: «Hija mía, si queréis que Dios os perdone vuestros pecados, procurad por la salvación del hombre a quien amáis. El amor sagrado purificará el amor profano.» ¿A que no aciertas lo que me ha aconsejado que alcance de ti?
Mario
¡Quién lo sabe!
Floria
Que te quites la barba.
Mario
¿La barba? ¿Y por qué?
Floria
Porque es emblema revolucionario.
Mario
¡Vaya un capricho!
Floria
Por eso, porque es un capricho mío, habrás de complacerme. ¿Qué trabajo te cuesta? ¡Tus ideas me amargan el amor que te tengo! Mira, algunas veces no me atrevo a ponerme a los pies del confesor, por si me exige que te abandone, y otras veces me espanta el pensar en lo que me sucedería si, encontrándome en pecado mortal, muriese de repente.
Mario
Pues ya se sabe; al infierno los dos.
Floria
¿Morirías tú también?
Mario
Está claro... ¿Cómo iba yo a vivir sin ti, sin mi Tosca? (Llaman a la puerta.)
Floria
¡Silencio!
Mario
¿Qué?
Floria
Han llamado.
Luciana
(Desde fuera.) ¡Señora!... ¡Señora!
Floria
Es mi camarera. (Bajando del andamio.) Abre la puerta. (Mario descorre el cerrojo.)