ESCENA III

MARIO y ANGELOTTI

Mario

(Después de colocar la tela coge la paleta y se pone a pintar, poniéndose una blusa larga. En este momento aparece Angelotti por la izquierda, mira a todas partes con desconfianza y va hacia la puerta de la derecha para escuchar. El pintor se vuelve y le ve.) ¿Un hombre?

Angelotti

Os suplico que no alcéis la voz. ¿Estamos solos?

Mario

Solos estamos.

Angelotti

¿No vendrá nadie?

Mario

¡Cuántas precauciones! ¿Sois algún malhechor?

Angelotti

¡Para algunos, sí! Para vos, espero que no.

Mario

(Bajando del andamio.) Ahorremos palabras inútiles ¿Quién sois?

Angelotti

A vos me confío. Soy un prisionero fugado del castillo de Santángelo.

Mario

¿Un fugitivo?

Angelotti

Y quizá no desconocido para vos. Fui en Nápoles uno de los más ardientes defensores de la vencida república partenopea. Mi nombre está en las listas de los proscritos. Me llamo César...

Mario

(Interrumpiéndole.) ¿Angelotti?

Angelotti

El mismo.

Mario

(Corriendo hacia la puerta de la derecha y echando el candado.) ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no os habéis apresurado a declarar vuestro nombre? ¿Cómo os habéis refugiado en esta iglesia?

Angelotti

Os lo explicaré todo. Pero antes, caballero, dadme algo con que reponga mis abatidas fuerzas. La sed y el hambre me agobian.

Mario

(Escanciándole un vaso de vino.) Tomad; este licor os confortará.

Angelotti

(Bebiendo con ansia.) ¡Gracias a Dios que hallo una mano generosa que me socorra! ¡He pasado tantos días luchando con esbirros y carceleros!

Mario

Comed. (Le acerca las viandas.) ¿Cómo lograsteis evadiros?

Angelotti

Nada hice para conseguirlo. (Mirando hacia la puerta.) Pero ¿estáis seguro de nuestra soledad?

Mario

Segurísimo. Todas las puertas están cerradas. (Angelotti se pone a comer ansiosamente.) Podemos disponer de una hora para que repongáis vuestras fuerzas. ¿Y decís que en la evasión nada habéis puesto de vuestra parte?...

Angelotti

Absolutamente nada. Mi fuga la preparó mi hermana la marquesa de Atavantti. ¿La conocéis?

Mario

De vista.

Angelotti

Ella me proporcionó este vestido para disfrazarme; ella me franqueó la salida de mi prisión. Conseguido esto, advertí con espanto que las puertas de la ciudad estaban cerradas. ¿Dónde refugiarme? En casa de mi hermana era imposible, porque su marido es un defensor fanático del altar y del trono. Entonces pensamos en esta capilla, que es propiedad de mis antepasados, y aquí permanecí, esperando a Travelli, el único de mis amigos que conoce el lugar donde me he refugiado, y que debía auxiliarme hasta salir fuera de los Estados romanos. Pero Travelli no llega; y ya angustiado me decido a salir de mi escondite. ¿Se habrá descubierto mi fuga? ¿Estará preso Travelli?

Mario

Si hubiesen descubierto la fuga, se habría anunciado a la ciudad con un cañonazo.

Angelotti

Cierto.

Mario

La tardanza de vuestro amigo estará motivada por un accidente cualquiera. Tranquilizaos; si él no viene yo me encargo de poneros en salvo.

Angelotti

¡Gracias con toda mi alma, caballero! Pero mi hermana estará impaciente.

Mario

No hay medio de avisarla. Y por cierto que ahora me explico la visita que hizo ayer a esta capilla la Marquesa.

Angelotti

¿La visteis?

Mario

La vi y la contemplé el tiempo suficiente para dejar sobre la tela recuerdos de su peregrina belleza. (Señalando el cuadro.) ¡Mirad!

Angelotti

(Acercándose para mirarlo.) Admirable parecido.

Mario

No es más que un boceto.

Angelotti

¡Qué bien han copiado vuestros pinceles la dulce expresión de los ojos azules de mi hermana! ¡Pobre Julia! ¡Cuánto se esfuerza por salvarme! Pero, ¡ay de mí!, que el cariño de una mujer es menos poderoso que el odio de otra.

Mario

¡El odio de una mujer!

Angelotti

Es el origen de mis infortunios. Hace veinte años conocí en Londres a una de esas desdichadas que venden sus encantos al mejor postor. Me cautivó su belleza y seguí la aventura unos cuantos días, los precisos para que se extinguiera el capricho. Pasó el tiempo, y hallándome de regreso en Nápoles, me presentaron en la Embajada de Inglaterra, donde se celebraba un baile. ¡La esposa del embajador era la misma mujer con quien había trabado amores pasajeros en Londres!

Mario

Conozco la historia de Lady Hamilton, la famosa Emma Liona, chicuela abandonada, criada de una fonda, que pasó por todos los lugares de la degradación para concluir en embajadora del Reino Unido de Inglaterra.

Angelotti

No supe disimular mi sorpresa. Lady Hamilton comprendió que la había reconocido. En la mesa, senteme a su lado; pero entre ambos hubo un invitado más, el odio. Ya sabéis que la Hamilton ejerce un verdadero imperio sobre la reina y sobre el almirante Nelson, y que todos juntos persiguen a los partidarios de la revolución. Molestado por la hostilidad de la embajadora, cometí la imprudencia de revelar el secreto de nuestros amores, y dos días después los esbirros asaltaron mi casa, acusándome de auxiliar a los republicanos. Me encerraron en una prisión donde cumplí dos años de condena en Nápoles, y después me trasladaron a Roma. En este tiempo fueron confiscadas mis propiedades, y para colmo de males la corte envía aquí como Regente de policía a un italiano, a un miserable que se rodea de una legión feroz de verdugos.

Mario

El barón Scarpia.

Angelotti

Sí, un hombre implacable que de seguro no me olvida.

Mario

¡Infame! ¡Cubre con apariencias de cortesía y de ferviente devoción instintos perversos! ¡Cuántas esposas, hijas o hermanas de infelices acusados pueden ser testigos de la crueldad lasciva de Scarpia!

Angelotti

¿Quién mejor que yo para corroborar lo que decís? Mi hermana tuvo que huir horrorizada de tal monstruo de corrupción. De no haberme fugado, Scarpia me habría enviado a Nápoles para entregarme a Lady Hamilton, mi antigua amante. Pero ni ella ni él gozarán con el espectáculo de mi suplicio. En este anillo puedo encontrar el remedio para eludir los tormentos.

Mario

(Escuchando.) ¡Silencio!

Angelotti

¿Llaman?

Mario

No... Alguien que habrá pasado... No hay peligro.

Angelotti

¡Cuánto me apena mezclaros en mis inquietudes! Nunca os pagaré el favor que reciba de vos, cuyo nombre aún no conozco.

Mario

Mario Cavaradossi, romano como vos.

Angelotti

Creí que vuestra familia se había extinguido.

Mario

Estuvo alejada de Roma. Mi padre se casó con una francesa y yo estudié en París con el famoso pintor David, durante el período de la revolución.

Angelotti

¿Y habéis vuelto a Roma?

Mario

Por azar. Tengo que resolver algunos asuntos en esta ciudad, y además encuentro en ella un ambiente muy a propósito para mi profesión de artista.

Angelotti

¿Solo por el arte?

Mario

No quiero engañaros. Lo que principalmente me retiene en Roma es el cariño de una mujer.

Angelotti

Siempre fue privilegio de la hermosura el de encadenar la voluntad de los hombres. ¿Y se puede saber?

Mario

¿Su nombre? Floria Tosca.

Angelotti

¿La Tosca? ¿La célebre cantante?

Mario

Sí. ¿La conocéis?

Angelotti

Por su fama, solamente.

Mario

¡Su fama de cantante! Es grande, incomparable. ¡Pero la mujer vale más, mucho más que la artista!... ¡Quién creería que la que hoy escucha aclamaciones y recibe tributos del más ardiente entusiasmo fuese hace pocos años una pobre muchacha sin educación, recogida por las monjas de un convento! El organista que la enseñó el solfeo se quedó maravillado al notar sus adelantos y a los diez y seis años iba la gente al templo para extasiarse oyéndola cantar. Cimarrosa, atraído por la celebridad de su nombre, quiso oírla, y después de una lucha empeñada con las religiosas, consiguió llevarla al teatro. A los cuatro años los triunfos de la Tosca ensordecían a Roma, y desde aquel instante fue la artista más celebrada del mundo y en Milán, en Venecia, en Viena, se aclamaba su nombre. En este último punto conocí a la Tosca.

Angelotti

¿Y ella os ama?

Mario

Sí, me ama. Llena mi nombre su corazón y solo me disputan su albedrío dos cosas: los celos y el fervor religioso. Por ella permanezco en Roma, expuesto a grandes peligros, pues mi traje despierta sospechas, mi barba es revolucionaria y de fijo que Scarpia habría dado buena cuenta de mi persona si yo no me hubiese valido de una estratagema.

Angelotti

¿Cuál?

Mario

La de brindarme al Capítulo de esta iglesia para restaurar varios cuadros sin pedir retribución alguna por mi trabajo. Mis pinceles conjuran el peligro que me amenazaba y en Roma estaré, mientras en ella permanezca Floria, y con Floria partiré para Venecia, donde podremos amarnos sin sobresalto.

Angelotti

Y con entera libertad.

Mario

Yo no oculto mi amor. Al palacio Cavaradossi va la Tosca y aun a este templo viene a buscarme. De no retenerla el ensayo para la fiesta de esta noche, la habríais encontrado aquí y por cierto que lo hubiera sentido.

Angelotti

¿Por qué? A ella como a vos le hubiese confiado mi secreto.

Mario

Por lo mismo. No quiero mezclar en estas aventuras a ninguna mujer.

Angelotti

¿Ni siquiera a la que os ama?

Mario

A esa menos que a las demás. El concurso de Floria no nos es necesario, y con solo mezclarla en este asunto podríamos exponerla a peligros ciertos.

Floria

(Desde la puerta.) ¡Mario! (Llamando.)

Mario

¡Ella! (Alto y dirigiéndose a la puerta.) ¿Eres tú? (A Angelotti.) Pronto, escondeos. Procuraré que la visita sea breve.

Floria

(Llamando más fuerte.) ¿Pero no abres?

Mario

(Oculta a Angelotti, después coge los pinceles y la paleta y descorre el candado.) Aguarda. Ya voy... Pasa.