ESCENA PRIMERA

GENARINO y el PADRE EUSEBIO. El primero está dormido sobre el andamio y el segundo le despierta haciendo ruido con el manojo de llaves que trae en la mano.

P. Eusebio

¡Eh! ¡Genarino, Genarino!

Genarino

(Despertándose sobresaltado.) ¿Qué ocurre?

P. Eusebio

¡Durmiendo!

Genarino

(Frotándose los ojos.) Sí, me quedé traspuesto.

P. Eusebio

¡Holgazán!... Por de contado que yo voy a hacer lo mismo en seguida. Han dado las doce y es hora de cerrar las puertas; y el maestro ¿dónde está?

Genarino

Ha ido a buscar una tela que le hace falta para el cuadro.

P. Eusebio

Sí; el cuadro del francés.

Genarino

(Bajando.) El señor Mario Cavaradossi no es francés, padre Eusebio, sino romano como nosotros y de antigua familia patricia.

P. Eusebio

Su padre era romano, verdad, pero la madre nació en Francia y al cabo y al fin el carácter de la madre se adquiere. Si fuera romano de pura sangre no trabajaría a la hora de la siesta, que es hora de descanso.

Genarino

(Preparando la mesa.) Dice el maestro que las horas mejores para pintar son, en este tiempo, las del centro del día. Cerrada la iglesia no pueden distraerle ni curiosos ni visitantes, y el templo solitario excita su inspiración y acrecienta su fantasía.

P. Eusebio

(Con malicia.) Y además a solas puede recibir la visita de alguna señora.

Genarino

¿Qué decís?

P. Eusebio

Nada, cosas mías... pero, en fin, lo que yo siento es que tu maestro sea poco religioso.

Genarino

¿Poco? Nada.

P. Eusebio

No se le ha visto asistir a las ceremonias del culto. En París frecuentaba el trato de los impíos revolucionarios. Cuida, hijo mío, de que la compañía de tu maestro no te lleve derechamente al infierno.

Genarino

¿Se duerme en el infierno?

P. Eusebio

No lo sé a punto fijo; pero me imagino que uno de los mayores tormentos de los condenados ha de ser el del insomnio.

Genarino

¡Tal creo!

P. Eusebio

Y por si acaso, procura conducir a tu maestro por el buen camino; sugiérele ideas santas y hasta si es posible inclínale a que nos ofrezca para el culto de la misa una de esas botellas de Marsala que veo sobre la mesa.

Genarino

No es Marsala, es Gargnano, padre Eusebio.

P. Eusebio

(Cogiendo la botella y mirándola.) ¡A ver! Por el color apostaría a que es Marsala.

Genarino

Pues perderíais si apostaseis.

P. Eusebio

(Escanciando un vaso y bebiéndoselo con delicia.) Por mi salud que he de convencerme.

Genarino

(Quitándole la botella.) ¡Padre Eusebio!

P. Eusebio

(Paladeando el vino.) Es Gargnano y del más exquisito.

Genarino

No veis que el maestro creerá...

P. Eusebio

Quita, tonto. El maestro no se entera de nada y además de algún modo he de cobrarme su tardanza.

Genarino

Le retendrán los preparativos de la fiesta que ha de celebrarse en el palacio de Farnesio, esta misma noche.

P. Eusebio

Pues poco ha de agradarle porque se celebra en honor del nuevo triunfo que han conseguido las armas austriacas sobre las francesas. Oye lo que dice la Gaceta: (Saca un impreso y lee.) «Recibimos nuevas noticias acerca de la lucha sostenida en Génova. El general Masena ha huido de la ciudad, Soult está prisionero y gravemente herido. El desastre es tremendo para las indisciplinadas fuerzas que pomposamente se llaman el ejército francés.» Y más adelante añade: «S. M. María Carolina ha dispuesto que se celebre una gran fiesta para honrar la victoria de las tropas austriacas.» Ya lo ves, Genarino; la cosa marcha y el general Melas dará buena cuenta de Bonaparte el falso.

Genarino

¿El falso?

P. Eusebio

¡Del falso, sí! (Con misterio.) Sé de muy buena tinta que el auténtico general Bonaparte murió en Egipto, ahogado en el mar Rojo como Faraón. Ahora le suplanta su hermano José. ¿Verdad que da risa?

Genarino

¡El maestro! (Viendo a Cavaradossi que viene por la puerta de la derecha trayendo un rollo de tela en la mano.)