ESCENA V
FLORIA y SCARPIA
Floria
(Al ruido que hace el cerrojo, Floria se estremece y se levanta pálida y vacilante.)
Scarpia
(Acercándose a ella.) ¿Estás satisfecha?
Floria
(Con voz débil y temblando.) Aún no.
Scarpia
¿Tienes más que pedirme todavía?
Floria
(Haciendo un esfuerzo.) Quiero un salvoconducto, autorizándome para abandonar libremente los Estados Romanos.
Scarpia
Es muy justo. (Va hacia la escribanía y se pone a a escribir vuelto de espaldas. Floria se acerca a la mesa y toma el vaso en que Scarpia le sirvió vino al principio del acto. Al acercarlo a sus labios, se fija en el cuchillo de trinchar, de hoja muy afilada, que está sobre la mesa y se iluminan sus ojos con brillo siniestro, volviéndose en el acto a mirar a Scarpia que sigue escribiendo. Deja el vaso sobre la mesa y aproxima hacia sí el cuchillo. Después se quita, rápidamente, el guante de la mano derecha y lo coloca encima del cuchillo. Scarpia, que ha concluido de escribir, lee en alta voz.) «Se ordena a todas las autoridades civiles y militares, que dejen salir libremente de la ciudad de Roma y de todos los Estados romanos a la artista Floria, llamada La Tosca, y al caballero que la acompaña, encargándoles además que les presten protección y ayuda si la necesitasen. Tal es nuestra voluntad.— Roma, diez y ocho de junio de mil ochocientos.— Vitelio Scarpia, director general de Policía.— Por mandado de su majestad Católica el rey Fernando.» (Se acerca a Floria, la cual vuelve a coger el vaso, apurando de una vez su contenido.) Está bien así, ¿no es cierto? (Entrega el salvoconducto a Floria que lee en pie, rozando casi su espalda con el rostro de Scarpia, que está inclinado sobre ella, devorándola con los ojos. Floria, después de leer, coloca el vaso sobre la mesa, procurando que su mano esté casi encima del cuchillo.) Y ahora, ¿qué me darás tú en cambio? (La estrecha por la cintura con un brazo, mientras la besa ardientemente en la espalda.)
Floria
¡Esto! (Se vuelve rápidamente y le clava el cuchillo en el corazón.)
Scarpia
(Cayendo sobre el sofá.) ¡Ah... maldita!
Floria
(Prorrumpiendo en una carcajada de alegría salvaje.) ¡Por fin!... ¡por fin! ¡Estás en mi poder!
Scarpia
¡Socorro!... ¡A mí!...
Floria
¡Grita, grita si puedes! ¡Miserable!... ¡Ah!... ¡Dios ha oído mis súplicas! (Arroja el cuchillo sobre la mesa.) ¡Verdugo! ¡Me has torturado durante toda una noche! ¡Te has reído de mi desesperación y de mis lágrimas, has pisoteado sin piedad las fibras más delicadas de mi alma! ¿Y no había de tener yo mi desquite? (Se encorva y se acerca a él.) Mírame bien, infame... Mira el regocijo que siento ante tu agonía... mira el placer con que contemplo tu muerte... ¡Cobarde!... Y mueres por mano de una mujer, aborto del infierno. Sí, y mueres desesperado, blasfemando de rabia como los réprobos, ¡como lo que eres!... ¡Muere, demonio! ¡Muere, monstruo!... ¡Muere condenado por toda la eternidad!
Scarpia
(Tratando de incorporarse, sobre el respaldo del sofá.) ¡Favor!... ¡Yo muero!
Floria
(Va hacia la puerta de salida a escuchar, pero sin dejar de mirar a Scarpia.) ¡No llames en tu auxilio! ¡Nadie vendrá!... Tu propia sangre te ahoga la voz en la garganta, ¡miserable! (Scarpia, por un último y supremo esfuerzo, logra ponerse casi de pie y Floria, al verlo, va hacia la mesa, empuñando de nuevo el cuchillo. Ambos están, uno frente al otro, unos instantes; ella, amenazadora, y él, sofocado por el estertor de la agonía y sin poder hablar hasta que por fin, cae sobre el sofá lanzando un gemido, y del sofá vuelve a caer en tierra. Floria deja el cuchillo sobre la mesa y dice con frialdad.) ¡Más vale así! (Toma el candelero que está sobre la mesa y lo acerca al rostro de Scarpia que en este instante expira.) ¡Ahora estamos en paz! (Sin volver a mirar el cadáver, coloca el candelabro, en su sitio y se limpia, tranquilamente, la mano con el mantel. Después ve una mancha de sangre en el vestido y moja una punta de la servilleta en la botella de agua y se frota con ella el vestido, estruja la servilleta y la tira en la alcoba. Anda alrededor de la mesa y se va hacia el espejo, coge el candelabro que está sobre la consola y lo enciende y vuelve a dejarlo en su sitio. En seguida se arregla los cabellos, recoge el guante, se lo calza, y al abrochárselo, ve el cadáver.) ¿Y era eso lo que hacía temblar a toda una ciudad? (En este, instante empieza a oírse el redoble lejano de tambores.) ¡La diana! ¿Ya? (Sigue el ruido de los tambores que no cesa hasta que cae el telón. Floria toma, sobre la mesa, el salvoconducto y se lo guarda en el pecho. Escucha hacia la puerta, después se acuerda de que ha encendido el candelabro y se dirige a apagarlo, pero de pronto cambia de idea y vuelve a encenderlo con el que está sobre la mesa, colocando los dos candelabros a ambos lados del cadáver. Mira en torno suyo, ve el crucifijo que está sobre el reclinatorio, lo coge y lo pone sobre el pecho de Scarpia. Por último, se dirige a la puerta, descorre el cerrojo, la abre con precaución y mira hacia el corredor que está muy oscuro. Permanece un momento escuchando y sale, cerrando la puerta detrás de sí, mientras los tambores redoblan con mayor fuerza.)
TELÓN
ACTO CUARTO
CUADRO PRIMERO
La capilla de los condenados a muerte en el castillo de Santángelo. Ventana con fuertes rejas de hierro al fondo, un altar a la derecha y la puerta de entrada a la izquierda.