CLXIV.
Silba el dardo en el viento. En ese instante
Todos los Volscos con espanto mudo
Fijan de su señora en el semblante
Ojos y mente. Ella saber no pudo
De viento, silbo, ni asta amenazante,
¡Ay! hasta que llegó bajo el desnudo
Izquierdo pecho á hincarse el hierro aleve,
Y la virgínea sangre entrando bebe.