XXXIII.

»¡Ay! que mis votos y mis preces nada

Me valieron. Y tú, bendita esposa,

No á tan fieros dolores reservada,

¡Cuánto fuiste, muriendo, venturosa!

Por modo opuesto, yo de mi jornada

He vencido la senda trabajosa,

De las pruebas triunfé del hado esquivo,

Y ya ¡padre infeliz! me sobrevivo.