I

Don Alonso de Borja, Obispo de Valencia, viene a Italia acompañando al Rey D. Alfonso V de Aragón.—Cúmplese la profecía de San Vicente Ferrer y es elegido Papa, como Calixto III, a la muerte de Nicolás V.—Su Pontificado.—El disculpable nepotismo.—Los hijos de su hermana Isabel: Pedro Luis, Prefecto de Roma, y Rodrigo, Cardenal Vicecanciller de la Iglesia.—Los Borjas.—Antigüedad de su linaje.—La política de Calixto III.—La cruzada contra los turcos.—La batalla de Belgrado.—Su disputa con el Rey D. Alfonso.—Su fallecimiento.—Estalla el odio de los romanos contra los catalanes.—Huye y muere en Civitavecchia Pedro Luis.—Regresa a Roma Rodrigo.—Su influencia en la elección de Pablo II, de Sixto IV y de Inocencio VIII.—Su carrera eclesiástica.—Cursa el Derecho en la Universidad de Bolonia.—Es nombrado Cardenal a los veinticinco años y al siguiente Vicecanciller de la Iglesia.—Pasa a España, en 1472, como Legado a latere de Sixto IV.—Su riqueza.—Elección simoníaca de Alejandro VI.—Elogios que del nuevo Papa hacen los Prelados españoles.—La inmoralidad de Rodrigo de Borja y la del Renacimiento en Italia.—El uomo carnalesco que era el Papa.—Sus amores con Julia Farnesio.—Su hija Laura Orsini casa con el sobrino de Julio II.—D. Juan, el infante romano.—Los hijos de la Vannozza y de Rodrigo de Borja.

El primer Borja que vino a Italia en 1420, acompañando a D. Alfonso V de Aragón, el Magnánimo, Rey de Nápoles, fué D. Alonso, hijo de Domingo de Borja, Señor del lugar y de la Torre de Canals, cerca de Játiba, calificado de Mosén y de Doncel, que casó con Francina o Francisca Martí. Nació D. Alonso en dicha Torre de Canals el 31 de Diciembre de 1378, y fué estudiante y luego profesor de Derecho en la Universidad de Lérida y uno de los más reputados jurisperitos de su tiempo. Siendo todavía un modesto clérigo se encontró con San Vicente Ferrer, el cual le dijo que «sería un día ornamento de su patria y de su familia y se vería revestido de la más alta autoridad que puede alcanzar un mortal»; profecía que, andando el tiempo, se cumplió y no la olvidó el Papa Calixto III, que canonizó al elocuente predicador dominicano. Era don Alonso, no sólo peritísimo en jurisprudencia, sino también especialmente apto para la diplomacia, y habiéndose de ello percatado el Rey D. Alfonso de Aragón, lo tomó a su servicio como secretario y consejero, y pudo apreciar su gran capacidad y su destreza en cuantos asuntos puso mano, tanto eclesiásticos como políticos y civiles. A él se debió la renuncia del antipapa Clemente VIII[2], que premió Martino V con el Obispado de Valencia[3], y obra suya fué también la reconciliación del Rey D. Alfonso con Eugenio IV, que le valió la púrpura, asignándosele como iglesia titular la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados. Vino entonces a establecerse en Roma desde Nápoles, donde había estado ayudando muy eficazmente a su soberano a reorganizar aquel reino, y a la muerte del Papa Nicolás V, no habiéndose podido poner de acuerdo los Cardenales italianos, por la rivalidad entre los Orsini y los Colonna, recayó la elección del Cónclave, el 8 de Abril de 1455, en D. Alonso de Borja, a cuya amistad con el Rey de Nápoles, muy digna de tenerse en cuenta, uníanse los muchos años y los muchos achaques, que prometían un brevísimo Pontificado.

El nuevo Papa, que tomó el nombre de Calixto III, era un respetable anciano probo y recto, ducho en negocios, erudito en leyes y cánones, afable en su trato, de vida honesta y buena fama, sin que la pública maledicencia pudiera echarle en cara, en punto a castidad, ningún pecado de los que eran a la sazón harto frecuentes en la Corte de Roma y de los que no se vieron exentos muchos Cardenales y aun algunos Papas[4]. Pero con todas estas excelentes cualidades faltábale a Calixto III, para su popularidad, una condición esencialísima: la de ser italiano. Y no sólo era extranjero, sino español o catalán, que así llamaban a cuantos, atraídos por el esplendor de la tiara y el nepotismo del Pontífice español, su ilustre compatriota cuando no pariente, acudieron a Roma para engrandecerse, según Escolano, a costa de la bolsa de San Pedro y con apetitos tales que para satisfacerlos hubiéranse necesitado diez pontificados. Malquistos y temidos eran estos catalanes, gente soberbia, batalladora y prepotente, con sentada reputación de avara[5], cuya dominación en Sicilia y Nápoles llegó a hacerse insoportable y odiosa. El nepotismo del Papa tenía fácil explicación, y de haberse mantenido dentro de prudentes límites no hubiesen sido justificadas las censuras e indignación de los romanos. La avanzada edad y precaria salud de Calixto III moviéronle a buscar en los suyos los instrumentos necesarios para el gobierno de la Iglesia, que confió a sus sobrinos, y principalmente a los hijos de su hermana Isabel, casada con Jofre de Borja, hijo de Rodrigo Gil de Borja y de la catalana Sibila D’Oms o Doms. Fué Isabel madre de Pedro Luis, Príncipe Nepote, Capitán general, Prefecto de Roma y Duque de Spoleto; y del Cardenal Rodrigo, Obispo de Valencia y Vicecanciller de la Iglesia, sobre el que derramó el Pontífice las más altas dignidades y los más pingües beneficios eclesiásticos y seculares[6]. Otras tres hermanas tuvo el Papa: Juana, que casó con Mateo Martí y no tuvo sucesión; Catalina, mujer de Juan del Milán o Milá, cuarto Barón y Señor de Masalavés, y madre de Pedro del Milá, Camarero mayor del Rey D. Alfonso V, de cuya hija Adriana, casada con Ludovico Orsini, Señor de Bassanello, hemos de hablar más adelante, y de Luis Juan del Milá, que llegó tempranamente a Cardenal y a Obispo de Segorbe y luego de Lérida, y al fallecimiento de su tío regresó a España, donde vivió oscurecido y murió casi octogenario; y Francisca, que hizo en su casa vida religiosa y gozó fama de beata.

Fué la Naturaleza con los Borjas pródiga en extremo, dotándoles de todas aquellas cualidades en que estriba el secreto de la irresistible influencia que ejercen algunos seres privilegiados, hembras y varones, en el ánimo de los demás mortales. Eran de cuerpos bien trazados, de sangre alborotada y ardentísima, de despierta inteligencia, de valor temerario y de una voluntad férrea que les hacía aptos para las grandes empresas a que la desmedida ambición les empujaba. Presumían de ilustre y antiquísima prosapia, que hacían remontar hasta el siglo XI, pretendiendo entroncar con la Casa Real de Aragón en Don Ramiro I, quien tuvo, fuera de matrimonio, a D. Sancho, primer Señor de Aybar y abuelo de Pedro de Atarés, el insigne caudillo que acompañó a su pariente D. Alfonso el Batallador en la conquista de la tierra baja, y al ganarse la villa de Borja fué su primer Señor, y en su palacio residió y descansó de las fatigas bélicas, habiendo contraído matrimonio con D.ª Garcenda de Bearne y rehusado la Corona de Aragón, que los navarros y aragoneses le ofrecieron a la muerte de el Batallador. Pero descendieran o no de Pedro de Atarés, lo cual no aparece suficientemente probado, ello es que hallamos a los Borjas heredados en Játiba, después de la conquista de Valencia, en cuyo repartimiento figuraron en 1240, y los vemos dos veces elevados a la Silla de San Pedro, primero con Calixto III, Alonso de Borja, en 1455, y luego, en 1492, con su sobrino Rodrigo de Borja, que fué Alejandro VI.

Pero no debió ciertamente Alonso de Borja a la antigüedad de su linaje y a los méritos de sus antepasados: primero, el Obispado de Valencia; luego, la púrpura, y por último, la tiara. Cuando con él se enemistó su antiguo soberano y protector el Rey D. Alfonso, por no haber hallado en el Papa la ductilidad y sumisión que esperaba del Secretario a quien tanto había favorecido, recordóle, por boca del enviado napolitano en Roma, su humilde origen y el haber enseñado a leer en el pueblecillo de Canals y cantado la epístola en la iglesia de San Antonio; como si no fuera razón de más para sentirse ufano y satisfecho el llegar, por el propio valer y los servicios prestados a su Rey y a la Iglesia, a la alta autoridad que San Vicente Ferrer habíale predicho.

Tres años duró el Pontificado de Calixto III, y su principal preocupación fué la política oriental y la cruzada que promovió contra los turcos, los cuales, apoderados de Constantinopla, constituían una seria amenaza para la Europa. El ánimo esforzado y varonil del Papa no decayó un instante, a pesar de las trabas que a su actividad ponían los quebrantos de su gastada naturaleza y la poca ayuda que encontró en los Príncipes de quienes más la esperaba. Oriundo de una nación en que el puñar con infieles había sido durante siete siglos la cotidiana labor de todo buen cristiano[7], creía que la voz del Papa sería por todos escuchada y que bastarían las bendiciones e indulgencias, juntamente con el producto de los diezmos, para alistar un ejército poderoso al que Dios daría la victoria; habiendo hecho voto solemne de reconquistar Constantinopla y siendo esta reconquista, según frecuentemente repetía, la cosa que, después de su salvación eterna, más ardientemente deseaba. No logró Calixto ver a los turcos expulsados de Constantinopla, ni parece probable que hayamos de verlo en nuestros días por las mismas razones que entonces lo frustraron, o sea por el desacuerdo entre las Potencias europeas; pero sí tuvo el Papa la satisfacción, que fué la mayor de su vida, de ver contenida en Belgrado la avanzada turca y deshechas las huestes de Mohamed por un puñado de húngaros y cruzados y por obra de tres Juanes, de quienes se dijo, como del vencedor de Lepanto, que habían sido enviados por Dios: el héroe húngaro Hunyadi, que levantó a su costa un ejército de siete mil hombres y dirigió la batalla; el septuagenario fraile Capistrano, que capitaneó y alentó a los cruzados, y el Cardenal Carvajal, Legado y compatriota del Papa, uno de los más grandes purpurados de su tiempo, que fué el alma de la empresa y el organizador de la victoria, y si de ella no se sacó mayor partido no fué por culpa del Papa y su Legado.

Faltóle desde luego el eficaz apoyo de los Príncipes a quienes acudió, y sobre todo el del poderoso Rey de Aragón, que lo era entonces de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y cuyas disputas con el Papa amargaron el Pontificado de Calixto III. A tal punto se agriaron las relaciones entre el Rey y el Papa, que éste le dirigió un Breve en que le decía: «Sepa Vuestra Majestad que el Papa puede deponer al Rey»; a lo que contestó el aragonés: «Sepa Su Santidad que si el Rey quiere, encontrará los medios para deponer al Papa». Así las cosas, llegó a Roma, con un numeroso y lucido séquito, la hermosa Lucrecia de Alagno, que la voz pública tenía por manceba del Rey, aunque D. Alfonso pretendiera que no pasaban de platónicas sus amorosas relaciones con la dama. Recibióla el Papa con gran agasajo; pero se negó a la anulación del matrimonio que el Rey solicitaba, fundado en la esterilidad de la Reina María, para poder contraer segundas nupcias; con lo cual, lejos de haber servido el viaje para suavizar asperezas, contribuyó a hacerlas mayores. Causa principal de la enemistad era la negativa del Papa a reconocer como heredero de Nápoles al Infante D. Fernando, hijo natural de D. Alfonso[8], que en 1436 vino a Italia con el futuro Calixto III, que fué también su maestro. Al fin vióse libre el Papa de su acérrimo enemigo, que murió el 27 de Junio de 1458; mas no le sobrevivió mucho Calixto, que después de haber luchado tenazmente con la muerte durante quince días, entregó su alma a Dios el 6 de Agosto.

La exagerada afición a los suyos, llamáranse Borjas o fueran simplemente catalanes, única debilidad de Calixto III, suscitóle la animadversión de los romanos, y como quiera que se hablase del matrimonio del Prefecto de Roma, D. Pedro Luis de Borja, con una Colonna, bastó esto para que se echaran al campo en guerra abierta contra el Papa los Orsini. Un historiador moderno compara a los nepotes Borjas con los Claudios de la Roma Imperial, y pudiera decirse de Calixto III lo que de Napoleón dijo Stendhal: que hubiese sido una suerte para él no tener familia. Corría por las venas de los Borjas sangre de conquistadores. Calixto III españolizó la Curia y Alejandro VI y su hijo César intentaron crear para el Papado el poder temporal a que después dió vida Julio II; mas su dominación fué efímera en Italia, y a la muerte de Calixto estalló fragoroso y potente el odio amasado contra aquellos catalanes que habían sido, durante tres años, señores de Roma. En la madrugada del día en que expiró el Papa huyó el nepote Prefecto, temeroso de caer en manos de los Orsini, y se refugió en Civitavecchia, en cuyo castillo falleció de la malaria el 26 de Septiembre siguiente. Y no le faltó razón a D. Pedro Luis para temer el odio popular que se sació en los españoles, muriendo asesinados no pocos de los que ejercían mando. Saqueó la plebe el palacio del Cardenal D. Rodrigo de Borja, a la sazón ausente, y las casas de muchos españoles que se habían puesto en salvo, y aun las de algunos romanos afectos a los Borjas. Dió entonces el Cardenal D. Rodrigo prueba de valor, pues después de haber favorecido la fuga de su hermano el Prefecto, regresó a Roma y aquí permaneció sin que le intimidara la cólera de sus enemigos, ni le afligiera el desamparo en que le dejaron sus antes numerosos amigos. Debióle su elección Pío II, Eneas Silvio Piccolomini, de Siena, e intervino también muy principalmente en la de sus sucesores, el veneciano Pedro Barbo, Pablo II; Francisco de la Rovère, Sixto IV, y el genovés Cibo, Inocencio VIII, hasta que, al fin, llegó su hora, y como era el Cardenal que tenía más que dar, sea con buenos medios, sea con malos, salió del Cónclave con la tiara adjudicada al mejor postor, como se dijo en Roma.

Apenas puso el pie en Italia tuvo Rodrigo de Borja por amiga a la fortuna, que le otorgó con largueza y sin tasa sus favores. Dedicado casi desde la infancia a la carrera eclesiástica, entonces una de las más conspicuas y lucrativas, sobre todo para los parientes del Papa, que gracias al imperante nepotismo se ennoblecían y enriquecían a su sombra, cuidó Calixto III de prepararlo para los más altos destinos dándole por preceptor de Humanidades a Gaspar de Verona y enviándole luego a Bolonia con su primo Luis Juan del Milá, que iba a encargarse del gobierno de aquella ciudad, donde residió Rodrigo quince meses en el Colegio de San Clemente, fundado por el Cardenal Gil de Albornoz para estudiantes españoles, y cursó el Derecho canónico en aquella Universidad, no menos reputada que la de Salamanca. Durante su ausencia, y en un Consistorio secreto, confirió el Papa el capelo a sus dos sobrinos, el 20 de Febrero de 1456, y el joven Cardenal, que apenas contaba veinticinco años[9], fué enviado como Legado a Ancona, y al año siguiente, con escándalo de toda la Curia, obtuvo el codiciado cargo de Vicecanciller, que era la primera dignidad eclesiástica después del Papa. En él proveyó también Calixto III, en cuanto falleció el Rey D. Alfonso, el Arzobispado de Valencia, que desde su elevación al Pontificado había quedado vacante por no haberse rendido el Papa a los apremios del Rey, que lo pretendía para su hijo bastardo D. Fernando.

Con la muerte del Papa Calixto padeció un eclipse la estrella de los Borjas, mas no así la del Cardenal Vicecanciller, que continuó en su puesto y sin menoscabo de su influencia en los Cónclaves y en la Curia. Como Legado a latere, para preparar la cruzada contra los turcos que proyectaba Sixto IV, pasó a España en 1472, desembarcando el 20 de Junio en el Grao de Valencia.

Salió a recibirle, por encargo del Rey de Castilla don Enrique IV, el Obispo de Sigüenza D. Pedro González de Mendoza, que andaba harto desabrido por la tardanza del Papa en darle el capelo que pretendía y que esperaba ahora lograr por medio del Cardenal Legado. Fué éste muy festejado en Valencia, si bien no plugo a sus paisanos, que le habían conocido apenas sacristán de Játiba, la excesiva ostentación de su riqueza, de la que daba muestra su lujosamente ataviada comitiva. De Valencia pasó por tierra a Tarragona para hablar con el Rey de Sicilia, D. Fernando, y luego a Barcelona para avistarse con el Rey D. Juan II, partiendo de aquellos Estados para Castilla el 29 de Octubre. Recibiéronle en Madrid con gran acompañamiento, debajo de palio: los Grandes y Prelados iban delante y el Rey le llevaba a su mano derecha, costumbre de España de mucha honra. No sabemos si con los agasajos y festejos pudo el Legado darse cuenta de que la ignorancia estaba apoderada de los eclesiásticos en España en tanto grado, según dice Mariana, que muy pocos se hallaban que supiesen latín, dados de ordinario a la gula y a la deshonestidad, y lo menos mal a las armas. En cuanto a la simonía, muy común y reputada mera granjería en España, no podía sorprender a quien venía de Roma y de ella había luego de valerse para llegar a la Silla de San Pedro. Fué portador de la dispensa del Papa para el matrimonio que D. Fernando había contraído tres años antes con la Princesa D.ª Isabel, hermana del Rey de Castilla, y aunque usó de gran diligencia para apaciguar y sosegar aquel Reino, no pudo conseguirlo por estar las voluntades enconadas y ser él mismo más aficionado, como era natural, al partido de D. Fernando, que con todas sus fuerzas pretendía adelantar. Con este intento pasó a Alcalá de Henares, donde estaban D. Fernando y D.ª Isabel, y de allí a Guadalajara, sin otro objeto que el de granjearse la Casa de Mendoza y apartarlos del Rey y del Maestre de Santiago. No olvidó D. Fernando los servicios que el Legado prestara a su causa, y comprendió, desde luego, la importancia y conveniencia de contar en la Curia con un Cardenal tan hábil, tan influyente y tan español como el de Borja, amistándose con él estrechamente. Apadrinó el Cardenal al Príncipe D. Juan, primogénito de D. Fernando y D.ª Isabel, nacido en 1478, y cuando tuvo noticia de la toma de Granada, hecho glorioso y fausto para la Cristiandad y para España, lo celebró con una fiesta genuínamente española y nunca vista en Roma, a saber: con una corrida de toros. Y siendo ya Papa otorgó a los Reyes de España el título de Católicos, y en las tres famosas Bulas de 3 y 4 de Mayo de 1493 reconoció nuestra soberanía en América y fijó la línea de demarcación entre las posesiones españolas y portuguesas. Era la Italia entonces teatro de intrigas y de guerras en que cupo parte principal y muy lucida al astuto D. Fernando. La sangre aragonesa de Alejandro VI movíale a seguir la política de aquel gran Rey, cuyas altas dotes había tenido ocasión de apreciar como Legado del Papa en España. Durante veinticinco años mantúvose fiel a la política española, y cuando en los últimos de su vida se apartó de ella, no por propia convicción, sino rendida su voluntad a la de su hijo, el prepotente César, los hechos probaron que el afrancesamiento había sido para los Borjas una lamentable y desastrosa equivocación.

Ya hemos dicho, con Mariana, que como el Cardenal Borja era el que tenía más que dar, sea con buenos medios o con malos, salió del Cónclave con el Pontificado. Superaba en riqueza, según Giacomo de Volterra, a todos los Cardenales, excepto a Estouteville. Las rentas que percibía de numerosos beneficios eclesiásticos, de muchas Abadías en Italia y España y de sus tres Obispados de Valencia, Porto y Cartagena, además de su oficio de Vicecanciller, que producía 8.000 ducados de oro al año, eran enormes. Grande era también la cantidad de su vajilla de oro y plata, de sus perlas y joyas, de sus trajes, de sus ornamentos de seda y oro, de sus libros de varia disciplina, y todo de tan fastuosa magnificencia, que sería digna de un Rey o de un Papa.

El palacio que edificó entre el puente de Sant’Angelo y el Campo dei Fiori, y que regaló, al ser elegido Papa, al Cardenal Ascanio Sforza, hoy propiedad del Duque Sforza Cesarini, con cuyo nombre se conoce, estaba alhajado con extraordinario lujo, del que podemos darnos cuenta por una carta que el Cardenal Ascanio Sforza escribió a su hermano Ludovico el Moro, el 22 de Octubre de 1484, y en la que al hablarle de una cena con que le obsequió aquel día el Vicecanciller, en unión de otros tres Cardenales, describía la magnificencia de la decoración interior del palacio. Las paredes de la primera sala estaban todas cubiertas con tapices de asuntos históricos. De allí se pasaba a otra sala más pequeña, cubierta también con preciosos tapices las paredes y con alfombras el pavimento, en armonía con los demás adornos de la sala, en la que había una cama con dosel de raso carmesí y un aparador en que lucía la vajilla de oro y plata con piezas primorosamente labradas que eran una maravilla. Seguían dos salas: la una con tapices y alfombras y una cama de parada con dosel de terciopelo alejandrino, y la otra, aún más rica, con cama de aparato con dosel de brocado de oro y en el centro una mesa con un tapete de terciopelo alejandrino, rodeada de unas sillas de madera de finísima talla.

No es, pues, extraño que cuando a la muerte de Inocencio VIII se reunió el Cónclave, entre los aspirantes a la tiara se contara el Cardenal Borja, que si bien como español era malquisto, poseía tan cuantiosa riqueza, que podía ser ésta la que decidiera la elección en su favor, según acertadamente preveía el enviado de Ferrara Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena. Con siete votos seguros y cuatro probables contaba Sforza, y no pasaban de nueve los de Julián de la Rovère, que era el candidato de Francia y de Génova[10]. El 6 de Agosto empezó el Cónclave, y cuando el día 10, después de varias votaciones, se convenció Sforza de que no tenía ninguna probabilidad de sentarse en la Silla de San Pedro, prestó oídos a las tentadoras promesas de Borja, que le ofreció, no sólo el Vicecancillerato y su palacio de Roma, sino también el castillo de Nepi, el Obispado de Erlau y otros beneficios. Al Cardenal Orsini le aseguraron las importantes ciudades de Monticelli y Soriano, la Legación de la Marca y el Obispado de Cartagena; al Cardenal Colonna, la Abadía de Subiaco con todos los castillos adyacentes; al Savielli Cività Castellana y el Obispado de Mallorca; al Pallavicino, el de Pamplona; al Michiel, el de Porto; a los demás, ricas Abadías y pingües beneficios, llegando así a reunir catorce votos. Faltábale uno, y con el soborno de sus familiares se obtuvo el del Cardenal Gherardo, anciano de noventa y cinco años cumplidos y notoriamente desmemoriado que decidió la elección. Esta fué anunciada al rayar el día 11 de Agosto de 1492.

Cuantos conocieron al Papa Alejandro VI están conformes en pintarlo como hombre de gallarda presencia, alto, fornido y bien trazado, reconociéndole todos grandes dotes de inteligencia, siquiera fuese mediocre su cultura, una astucia natural y una vasta pericia en el manejo de los negocios, sobre todo cuando había en ellos dinero de por medio. El Obispo español Bernardino López de Carvajal, creado Cardenal de Santa Cruz en Jerusalén, encomiaba, en 1493, la soberana belleza y la fuerza física del nuevo Pontífice, belleza que, por los retratos que de él se conocen, y especialmente por el del Pinturicchio, en el famoso fresco del apartamento de los Borjas, en el Vaticano, no sería hoy igualmente apreciada. Otro prelado español, Juan López, el futuro Cardenal de Capua, Secretario del Papa, escribía, el 28 de Marzo de aquel mismo año, a don Enrique Enríquez, padre de la Duquesa de Gandía: «Estos otros Pontífices antepasados ninguno ovo de tan sublime natura, ni tan temido cuanto Papa Alejandro por su luenga experiencia, acertísimo ingenio y vehemencia en las acciones... Se viésedes, Señor, y contemplásedes como nosotros acá vemos en su regimiento y gobierno Su Beatitud, con qué gracia y suavidia fabla, con qué justicia y clemencia donde conviene se tempra, con qué devoción religiosa y liberalidad en las cosas pías se porta, vos maravillaríades por cierto. Da sus audiencias públicas speso (a menudo) fasta a las pobres vegezuelas, y con qué paciencia y sufrimiento. Espende y gasta lo que tiene en justos y buenos usos la mayor parte; e dá y dará tal razón delante Dios y el mundo de su gloriosa vida que todos devemos de estar contentos y asombrados.»

Era natural que esto pensasen y escribiesen del Papa los prelados españoles que habían de ser por él agraciados con la púrpura, y que el advenimiento de Alejandro VI fuese saludado con júbilo por los catalanes, parientes y conterráneos de Su Santidad, que a Roma acudieron de nuevo, atraídos por el dinero de San Pedro y con ánimo de recobrar el menoscabado señorío. De la inmoralidad de Rodrigo de Borja nada nos dicen los escritores, sus contemporáneos, italianos y españoles, porque era cosa común y corriente, no sólo en Italia, sino en España, donde abundaban, en los más ilustres linajes, los hijos fornecinos, y no era óbice la bastardía para llegar a los más altos puestos, incluso el trono. No podía, por tanto, causar sorpresa la vida licenciosa del Cardenal Borja y de sus hijos bastardos, porque así vivían los Príncipes italianos de su tiempo, los eclesiásticos como los seglares. Siete Príncipes, ninguno de ellos fruto de legítimo matrimonio, recibieron, en Ferrara, a Pío II, y en el mismo caso se encontraban, según escribió aquel Papa, la mayor parte de los que, a la sazón, gobernaban la Italia: Fernando de Aragón, en Nápoles; Francisco Sforza, en Milán; Borso de Este, en Ferrara; Segismundo Malatesta, en Rimini.

El Renacimiento con el culto de la antigüedad pagana, que resurgió en las letras y las artes, hizo que también resurgieran vicios y costumbres que al amparo de la filosofía florecieron en Grecia, patria de pensadores y de estetas. La prostitución vulgar del siglo XV, aceptada como mal menor y tenida por oficio vil, y aunque necesario, despreciable, pasó a ser a principios del siglo XVI artículo, no sólo de necesidad, sino de lujo, y adquirió formas más afinadas y atractivas. Las que se llamaban simplemente pecadoras se convirtieron, a imitación de las heteras griegas, en cortesanas, nombre que, según Burchard, se daba a las meretrices honestas, las cuales vivían suntuosamente en Roma y no se contentaban con poseer todos los secretos del arte para conservar, realzar y adornar la corporal belleza, haciéndola más seductora y lucrativa, sino que también nutrían con provechosa enseñanza su entendimiento para que la plática, culta y amena, fuera un encanto más que les captara el ánimo de los Príncipes de la Iglesia y de los grandes señores que las frecuentaban. Una de las más famosas entre las romanas, la Imperia, tuvo por amigo al banquero Agustín Chigi[11], y por maestro al Strascino de Siena[12], y esmaltaba sus cartas con citas griegas y latinas, y sólo otorgaba a escogidos primates sus codiciados favores. Tulia de Aragón[13] se distinguió como cortesana y poetisa, y también Verónica Franco[14]. Bandello conoció en Milán a la majestuosa Catalina de San Celso, que tañía y cantaba maravillosamente y recitaba poesías, y acaso fuera ella la cortesana de quien dice Aretino que se sabía de memoria a Petrarca y Bocaccio e innumerables versos latinos de Virgilio, Horacio y Ovidio, y por su amena conversación, tenía fama la española Isabel de Luna, mezcla bizarra de bondad de corazón y de procaz e impudente malignidad.

Mas no bastó a los humanistas para su solaz el renacimiento de aquellas ilustres cortesanas. No les bastaron los placeres a que naturalmente nos inclina la flaqueza humana. Parecióles digno de imitación y de encomio el ejemplo de los filósofos helenos, y ensalzaron y practicaron el pecado nefando a que los griegos dieron nombre. Ya desde principios del siglo XIV se conocía en Venecia, en Nápoles, en Siena. Dante tropezó en el Infierno con estos pecadores, entre los cuales estaba su propio maestro, Brunetto Latini, y el Obispo de Florencia, Andrés de Mozzi, y otros que fueron todos clérigos o letrados insignes de gran fama, y San Bernardino de Siena los amenazó en sus sermones con todas las iras y castigos del cielo. No se puede decir, como Ariosto, que de este vicio estaban infestados todos los humanistas; pero es indudable que en el número de los que por ahí pecaron figuró Angel Poliziano, cabeza de los humanistas en la Corte de Lorenzo de Médicis, y el cronista veneciano Sanuto, y el Embajador de Venecia cerca de Inocencio VIII, Antonio Loredano, que por el escándalo perdió su puesto, caso que pudiera en nuestros días repetirse, si el nefando pecado, público y notorio ya en varias residencias, llegase alguna vez a cometerse en forma que, traspasando los límites de la maledicencia diplomática, adquiriese las proporciones del manifiesto escándalo.

Consideróse entonces como uno de los castigos del cielo, anunciados por San Bernardino, un mal que causó aún mayores estragos que la peste, y que los italianos llamaron francés por suponerlo importado de Francia por el ejército de Carlos VIII, que ocupó a Nápoles y allí vivió entregado a Baco y a Venus; mientras que los franceses lo bautizaron de napolitano, teniéndolo por enfermedad propia de aquel reino.

No respetó el terrible mal ni aun a los que habían de sentarse en la Silla de San Pedro. No era, a la verdad, ejemplar la vida de aquellos Cardenales mundanos como Ascanio Sforza, Riario, Orsini, Balue, Savelli, Sanseverino, Julián de la Rovère, que nada tenían que echar en cara a Rodrigo de Borja. Vivían todos como príncipes seculares, en regios palacios, con centenares de servidores, los más de ellos armados, y paseaban por la ciudad a caballo, ataviados militarmente y con la espada al cinto, y acompañados de lucida escolta. Cazaban, jugaban, banqueteaban, cortejaban a casadas y doncellas, tomaban parte en las fiestas del Carnaval y se permitían toda clase de desenfrenos, sin desdeñar el meretricio. Profundamente mundana era la personalidad más importante del Sacro Colegio, el Cardenal Julián de la Rovère, que fué luego el Papa Julio II, verdadero hombre del siglo XV por la fuerza de la voluntad, la impetuosidad de la acción y la grandeza de sus proyectos e ideas, el cual tampoco guardó el celibato, pero sí cierta decorosa seriedad.

Hubo ésta de echarse de menos en Rodrigo de Borja, a quien nadie pudo disputar la palma de mujeriego y lujuriante. El Papa Pío II, que profesaba al Cardenal Vicecanciller un verdadero afecto, hubo de amonestarle por cierta fiesta que dió en Siena, de la que excluyó a padres, hermanos y maridos, para que no presenciaran cosas que el pudor obligaba a callar y no permitía llamar por su nombre[15]. Pero las amonestaciones y consejos, siquiera fuesen tan autorizados y prudentes, de poco sirvieron para morigerar a aquel uomo carnalesco, que de mozo como de viejo, de Cardenal como de Papa, amó con pasión y hasta el fin a las mujeres, a quienes atraía como el imán al hierro[16].

Frisaba en los sesenta cuando empezaron sus amores con Julia Farnesio, que apenas contaba quince abriles, y de cuya peregrina hermosura se hicieron lengua los romanos, que por antonomasia llamábanla la Bella y también, impíamente, la esposa de Cristo. Lorenzo Pucci, el Embajador florentino, que la vió un día en casa de Adriana Milá, calentándose al fuego con Madonna Lucrecia, la hija de Nuestro Señor, después de haberse lavado la cabeza, operación frecuente y necesaria para las que, como Lucrecia, se enrubiaban a la veneciana, dice que parecía Julia un sol con la dorada cabellera que le llegaba hasta los pies. No tuvo la fortuna de pasar a la posteridad retratada por un gran artista, como le sucedió a Laura di Dianti, la amiga del Duque de Ferrara, Alfonso del Este, cuya belleza fijó en el lienzo el famoso Tiziano. Pretende el Vasari que Pinturicchio la pintó en una sobrepuerta del apartamento de los Borgias, en el Vaticano, como una Virgen a quien adora el Papa Alejandro VI; pero ni la Virgen que está en la sobrepuerta de la Sala de la Vida de los Santos se parece en nada a Julia, por los retratos que de ella trazaron con la pluma sus contemporáneos, ni está ante ella en adoración el Papa, maravillosamente retratado en el fresco de la Resurrección, en la Sala de los Misterios. Hay quien supone que es Julia, y no Lucrecia Borja, como hasta ahora se ha creído, la protagonista de la Disputa de Santa Catalina, la joven que, ricamente vestida de azul y rojo y suelta la dorada y copiosa cabellera, aparece ante el trono del Emperador; porque Julia Farnesio, que tenía entonces diecinueve años, gozaba en la Corte Pontificia de lugar preeminente como favorita oficial de Alejandro VI[17].

En ella tuvo el Papa una hija que se llamó Laura, y cuyo indecente parecido proclamaba a voces su paternidad, la cual tampoco ocultaban los Farnesios, que en el lenocinio fundaron su grandeza, ni podía ignorarla el apartado y pacientísimo marido, Orsino Orsini, el Tuerto, que para el caso resultaba ciego, emparentado asimismo con el Papa por su madre Adriana Milá, sobrina de Alejandro VI, y zurcidora del matrimonio de su hija y del adulterio de su nuera.

Esta Laura Orsini, apenas cumplidos los trece años y declarada núbil a ojo y fe de notario[18], casó el 16 de Noviembre de 1505 con Nicolás de la Rovère, sobrino del reinante Julio II, enemigo declarado de Alejandro VI, a quien públicamente llamaba Marrano, nombre con que se designaba a los judíos conversos. Celebróse la boda con gran pompa en el Vaticano, y a la ceremonia y al banquete de familia, presididos por el Papa, asistió la madre de la novia, doblemente viuda[19], llamando la atención por su gran dignidad y espléndida belleza, no afectada por los años ni por los escrúpulos de una conciencia estrecha. La sobrina de Su Santidad pasó a Urbino en compañía de la Duquesa Leonor de Gonzaga, mujer de intachable reputación; mas no pudo decirse lo mismo de la de Donna Laura, que sin duda heredó de sus padres descomedidos apetitos que no bastaba a satisfacer el cuitado marido. Ello es que pocos años después escribía el poeta Tebaldeo al Conde Baltasar Castiglione, que era D.ª Laura mujer de quien se debía huir, pues por haberla él servido quince días, temía que le durara quince años el recuerdo de aquella intimidad, por lo que aconsejaba al árbitro de las elegancias del Renacimiento que añadiera a sus letanías: A consuetudine Lauræ, libera nos Domine.

Casada su hija, desapareció Julia Farnesio de Roma, y a principios de 1509 contrajo segundas nupcias con un napolitano oscuro, que si bien tenía escasos medios de fortuna, poseía, al decir de las mujeres, inestimables prendas naturales que despertaron la curiosidad y la afición de Madonna Julia, la cual se hallaba a los treinta y cinco años solicitada por el recuerdo de las pasadas concupiscencias, seniles y sacrílegas, y por el ansia de arder, sin asomo alguno de pecado, al fuego de una sangre moza, que se le antojaba dispuesta a cumplir espontáneamente y con largueza todos sus deberes. Apartóse de las gentes para que no le robasen, las siempre envidiosas amigas, el tesoro de que quería gozar a solas, y cuando llegó su hora, antes de los cincuenta[20], pudo estimarse dichosísima por no haber conocido los desmedros y achaques de la vejez, que son en este mundo el mayor padecer y castigo de la mujer hermosa.

Yriarte cree[21] que no fué Laura Orsini el único fruto de los amores de Alejandro VI con la bella Julia, y pretende que en ellos tuvo a un D. Juan, infante romano, nacido en 1498 y reconocido por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, primero como hijo de César y de mujer soltera, y luego por hijo suyo y de la dicha mujer, que se ignora quién fuese. Otorgóle el Papa el Ducado de Nepi y después el de Camerino, y túvolo a su lado en el Vaticano, donde se crió con Rodrigo, el hijo de Lucrecia y de Alfonso de Aragón, demostrando Alejandro VI una especial predilección por ambos pequeñuelos. Esto dió lugar a que la maledicencia pública propalara la voz, que acogieron los poetas Sannazzaro y Pontano, y los historiadores y políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Guicciardini y otros, de que el Papa tuvo a D. Juan en su propia hija Lucrecia, separada a la sazón de su marido Juan Sforza, cuyo matrimonio se anuló por impotencia; pero el Tribunal de la Historia, por falta de pruebas, ha absuelto a Alejandro VI del nefando incesto, reputándolo calumniosa especie a que no fué extraño el despedido y despechado Sforza. Del infante romano habremos de tratar más adelante.

Otros bastardos tuvo el Cardenal Borja en diferentes y desconocidas mujeres. De Jerónima de Borja tenemos noticia, por su contrato de boda con Juan Andrés Cesarini, de 24 de Enero de 1482, en el que la reconoce el Cardenal por hija y la llama hermana del noble adolescente Pedro Luis y del infante Juan. Otra hija, Isabel, casó el 1.º de Abril de 1483 con el noble romano Pedro Juan Mattuzi, y cuando a la muerte de Alejandro VI se derramaron por Roma los Orsini clamando venganza, entraron en casa de Mattuzi y se llevaron a su mujer y a una bellísima hija casada para vengar en ellas los ultrajes de que habían sido víctimas, por parte de los Borjas, las mujeres de la familia Orsini.

Pero los bastardos más famosos fueron los que engendró Rodrigo en la romana Vannozza de Cattaneis, con quien mantuvo amorosas relaciones durante veinte años, siendo de ellas fruto, según rezaba la lápida, ya desaparecida, que cubría su sepultura en la Iglesia de Santa María del Popolo, en Roma, César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y Lucrecia, Duquesa de Ferrara.

No se cita en la lápida, obra del fideicomisario y albacea Jerónimo Pico, a Pedro Luis, a quien tuvo Mariana por primogénito de la Vannozza, y cree Gregorovius muy probable que lo fuera, y lo mismo opinan Oliver[22] y Höfler[23]. Debió nacer en 1463, porque en la Bula de su legitimación, de 5 de Noviembre de 1481, le llama Sixto IV adolescente romano, hijo tunc Diacono Cardenali et soluta, y al ser nombrado tutor de su hermano menor, Juan, en 29 de Enero de 1483, debía tener al menos veinte años. El Rey Fernando el Católico le concedió privilegio de legitimación y naturalización el 9 de Octubre de 1481, y en 20 de Mayo de 1485, el título de Egregius, extensivo a sus hermanos, a quienes nombra por este orden: a César, a Juan y a otro, cuyo nombre está en blanco, que debe ser Jofre; fundándose este título en los méritos que contrajo en la conquista de Ronda, en cuyo arrabal entró el primero por la fuerza de las armas, según afirma el Rey haberlo visto por sus propios ojos. En igual año y con fecha 3 de Diciembre, en Alcalá de Henares, le vendió el Rey en 63.121 timbres, tres sueldos y nueve dineros, la villa de Gandía, y como había sido ya vendida el 4 de Junio de 1470 a la ciudad de Valencia por su padre don Juan II de Aragón, que fué Duque de Gandía, le impuso D. Fernando la obligación de satisfacer a la ciudad las cantidades entregadas por ella y de depositar las sobrantes en la Tesorería Real, como se hizo el 14 de Diciembre, y el día 20 le hizo el Rey merced del título de Duque perpetuo y hereditario, que continuó en la Casa de Borja hasta su extinción, por línea directa y varonil, de esta famosa raza en 1748[24].

Tanto por el afecto que profesaba a su antiguo Camarlengo, como por el interés de atraerse la benevolencia del Cardenal Vicecanciller, arregló el Rey Fernando el matrimonio del Duque de Gandía con D.ª María Enríquez y Luna, hija de D. Enrique Enríquez de Quiñones, hermano de la Reina de Aragón D.ª Juana, y Mayordomo mayor de su sobrino el Rey D. Fernando; pero D. Pedro Luis murió en Roma, en Agosto de 1488[25], sin haber consumado el matrimonio y dejando por heredero del Ducado de Gandía y demás bienes a su hermano Juan, aún menor de edad, según testamento otorgado el 14 del mismo mes y año, en el cual legó 11.000 timbres como dote a su hermana Lucrecia. El Ducado de Gandía dejado a Juan, la dote legada a Lucrecia y la fecha del nacimiento de Pedro Luis, cuando ya habían empezado las relaciones de la Vannozza con el Cardenal Rodrigo, son datos que confirman la opinión de Mariana y la de los autores que la siguen.

Entre los recientes apologistas de Alejandro VI, que para rehabilitarle han apelado, según Pastor, a la indigna alteración de la verdad histórica, figuran el dominicano Ollivier[26] y el escolapio Leonetti[27]. Niega el primero la autenticidad del epitafio, mientras el segundo, haciendo caso omiso de Bulas de legitimación, despachos de diplomáticos y testimonios contemporáneos, pretende que los hijos de Vannozza no lo fueron del Papa, sino de un su hermano que quedó rezagado en España o de un hijo del Prefecto de Roma, Pedro Luis, hermano de Rodrigo, que murió soltero y sin conocida sucesión en 1458 o del padre del Cardenal Juan de Borja el joven, porque César le llamó hermano al participar su fallecimiento, o de cualquiera de los treinta Borjas que se encontraban en Roma. Compadecido el Papa de aquellos hijos de la Vannozza, engendrados por un Borja que se contentó con darles su apellido, sin que esto conste en documento alguno, viéndolos condenados a padecer varios padrastros, los recogió, los educó, los casó, los encumbró y los quiso como si fueran sus propios hijos, dando así lugar a que muchos los tuvieran por tales. ¡Hipótesis peregrina la de que estos hijos de la Vannozza, que Alejandro VI reconoció por suyos y carnales en documentos fehacientes, tuvieran por padre a un hermano de Rodrigo, hasta ahora desconocido, que quedó en España y desde allí los procreó en una romana que no salió de Roma!