II

Quién era la Vannozza.—Sus maridos.—Domenico d’Arignano.—Jorge de Croce.—Carlos Canale.—A la muerte de Alejandro VI estalla de nuevo en Roma, y con más fuerza, el odio contra los Borjas y los españoles.—Elección de Francisco Piccolomini, Pío III, y de Julián de la Rovère, Julio II.—Negociaciones y disputas del Papa con César Borja.—Capitulación de las fortalezas de la Romaña.—César pasa a Nápoles con un salvoconducto del Gran Capitán, que lo prende y envía a España.—Se evade del castillo de la Mota, de Medina del Campo, y muere frente a Viana peleando al servicio de su cuñado, el Rey Juan de Navarra.—Los últimos y devotos años de la Vannozza.—Sus hijos.—Juan II, Duque de Gandía, casa con D.ª María Enríquez, viuda de su hermano Pedro Luis.—El retrato del Pinturicchio en el apartamento de los Borjas.—Se desacredita como Gonfaloniero de la Iglesia, derrotado por los Orsini en la batalla de Soriano.—César, el Duque Valentino.—Su ambición.—Su carrera eclesiástica.—A la muerte de su hermano Juan cuelga los hábitos, aunque no le estorbaban en sus aventuras amorosas.—Casa en Francia con Carlota de Albret.—Jofre, Príncipe de Squillace.—Destinado primeramente a la Iglesia, contrae después matrimonio con Sancha de Aragón, hija natural de Alfonso II de Nápoles y se resigna a la constante infidelidad de su mujer.—Muere ésta y pasa a segundas nupcias con María Milá de Aragón.

¿Quién era esta Vannozza, durante largos años fiel amiga del Cardenal Rodrigo de Borja y la feliz e infeliz madre de sus ilustres hijos, según la antefirma de las cartas que les escribía? Sábese que se llamaba Vannozza, diminutivo de Juana, y que su apellido era de Cataneis, aunque usaba en sus cartas familiares el de Borja[28]; que era romana y vivía en la Plaza Pizzo di Merlo, llamada hoy Sforza Cesarini, en una casa de su propiedad cercana al palacio del Cardenal; que fué madre de cuatro de sus hijos, según rezaba su epitafio; que tuvo dos o tres maridos, de los cuales había ya enviudado antes de que muriera Alejandro VI; que alcanzó después tres Pontificados y murió en el de León X en avanzada edad y gozando fama de respetable, piadosa y benéfica señora, habiendo repartido, en vida y en muerte, su fortuna entre iglesias, hospitales y cofradías.

No fué una de tantas famosas cortesanas de las que entonces pululaban en Roma y entre las que descollaron, por cantidad y calidad, las españolas, según el testimonio de la Lozana Andaluza, de Francisco Delicado, digna compañera de la Nanna, protagonista de los Ragionamenti, de Pedro Aretino. Debió ser, en su mocedad, doncella honesta, y figúrasela Gregorovius como una de esas hermosas romanas, recias y voluptuosas, que tienen algo de la grandeza de Roma y en las que se juntan y acoplan Venus y Juno. Pero no pudo sustraerse a los ultrajes del tiempo, para las mujeres hermosas tan sensibles, y cuando pasaron los cuarenta no fué la costumbre, a pesar de su fuerza de atar, bastante poderosa para retener al ya maduro amante que por ley fatal de la edad se refocilaba y creía remozarse con el íntimo trato de las apenas núbiles doncellas. Una de éstas, la Bella, Julia Farnesio, vino a ocupar el puesto que durante veinte años había fecundamente usufructuado la Vannozza, la cual se jubiló con honores de madre, por serlo de los hijos predilectos de Alejandro VI, y continuó el Papa dispensándole a título, por decirlo así, familiar y en forma menos íntima, su bondadosa protección.

Tuvo, según Pastor, tres maridos: el primero de ellos un tal Domenico d’Arignano, con quien la casó el Papa en 1474. Cuando Alejandro VI quiso, en 1493, dar el capelo a su hijo César, Arzobispo ya de Valencia, al que para poder ordenarlo había dispensado Sixto IV, el 1.º de Octubre de 1480, del impedimento canónico, por defecto de nacimiento honesto, como nacido de Cardenal Obispo y de mujer casada[29], «salió nombrado Cardenal con probanza de muchos testigos, que juraron no ser hijo del Papa, sino de Dominico Ariñano, marido que era de la Zanozia; probanza que pasó por Rota y por el Consistorio, sin que casi persona se atreviese a hacer contradicción; tal era el poco miramiento de aquel tiempo». Esto dice Mariana, siguiendo en este punto al cronista Infessura; pero Gregorovius pone en duda que existiera este marido o que el matrimonio fuera legalmente reconocido, y se funda en que el contrato de boda con Carlos Canale expresa que pasa con éste a segundas nupcias, y en una donación a la iglesia de Santa María del Popolo, en que se declara viuda del dicho Canale y llama a Jorge de Croce su primer marido, obligándose los Agustinos a decir una misa en el aniversario del fallecimiento de cada uno de ellos, sin hacer mención del Arignano, de quien dice no hay más noticia que la del Infessura. Pero no conoció, sin duda, Gregorovius la Bula de 19 de Septiembre de 1493 en que se dice a César que había nacido del legítimo y constante matrimonio de Domenico d’Arignano, militar y doctor en leyes, y de Vanotia de Cathaneis, mujer romana, y habiendo fallecido el Domenico y quedado viuda, en ella procreamos a nuestro querido hijo el noble varón Juan de Borja, Duque de Gandía.

Después de haber sido Vannozza por largo tiempo la amiga del Cardenal Borja, dióla éste por marido, en 1480, al milanés Jorge de Croce, para encubrir así unas relaciones que continuaron, sin embargo, a ciencia y paciencia del elegido esposo. De éste tuvo un hijo, o al menos pasó por tal, el llamado Octaviano, que murió en 1486, el mismo año que su padre, y en 1481 dió a luz Vannozza otro, a quien pusieron por nombre el de su abuelo paterno, Jofre, y el Papa lo reconoció, el 6 de Agosto de 1493, por hijo suyo y de mujer viuda[30]. Para Croce obtuvo el Cardenal, del Papa Sixto IV, un empleo de Secretario apostólico, y era natural que con el aumento de familia y la paternal munificencia del Vicecanciller fuera Vannozza adquiriendo casas y viñas y las tres conocidas hosterías el León, la Vaca y el Gallo, y se enriqueciera a la par el predestinado y bonísimo marido, que fundó para él y los suyos una capilla en la iglesia de Santa María del Popolo.

No le parecía al Cardenal que la viudez fuese estado que conviniese a la Vannozza, por lo que la instó para que tomara nuevo marido que pudiera defenderla, administrar su fortuna y mantener el decoro de la casa. Y por complacerle, a los pocos meses de enterrado Croce, casó, el 8 de Junio de 1486, con el mantuano Carlos Canale, conocido como humanista en su ciudad natal, donde estuvo al servicio del Cardenal Francisco Gonzaga, y a la muerte de éste pasó a Roma con el Cardenal Sclafetano, de Parma. Habíalo conocido Borja en casa de ambos Cardenales y parecióle que, como hombre de ingenio y bien relacionado, sería para la Vannozza un buen marido. No le había servido, sin embargo, su ingenio para hacer fortuna, por lo que si aceptó la mano que le ofrecían, fué con ánimo y esperanza de que tuvieran la merecida recompensa los servicios que pudiera prestar a un Cardenal de la pujanza y largueza de Rodrigo Borja. No se sabe si Vannozza llegó a tener sucesión del Canale como del Croce; pero síntomas hubo de ella, puesto que Ludovico Gonzaga, Obispo de Mantua, dió poder a su agente en Roma para que le representara como padrino. Lo que sí se sabe es que Canale se mostraba muy satisfecho de haber emparentado, por conducto de la Vannozza, con el Papa, y de tener por hijastros[31] a los que con un elegante eufemismo llamaban los romanos «sobrinos de un hermano de Su Santidad». Canale, cuyas armas cuartelaba Vannozza con la de los Borjas, según puede verse en una pila de agua bendita donada a la iglesia de Santa María del Popolo, que se conserva en la sacristía, murió antes que el Papa[32], de suerte que al fallecimiento de éste buscó la viuda la protección de la gente de armas de su hijo César, a cuyo frente, por la enfermedad del Valentino, estaba el Príncipe de Squillace, Jofre, con el valenciano Miguel Corella, el Don Michelotto, de siniestra memoria, ejecutor de las justicias del Duque. Envió César a su madre, a su cuñada D.ª Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo, a Cività Castellana, y de allí pasó con ellas a Nepi, hasta que por enfermo, y a instancias de los Cardenales españoles, obtuvo, del bondadoso y compasivo Pío III, permiso para regresar a Roma y vino entonces a habitar con su madre el Palacio del Cardenal de San Clemente, en el Borgo, que había el Papa Alejandro dado al de Squillace; pero no considerándose en él seguro, trasladóse luego con los suyos al castillo de Sant’Angelo.

Contra los Borjas y los españoles desatóse por segunda vez, con más fuerza, la cólera de los romanos, exacerbada por la mayor duración del Pontificado. Era natural que Alejandro VI, como Calixto III, ateniéndose al consejo de «a los tuyos con razón o sin ella», favoreciese en primer término a sus parientes y luego a sus conterráneos. De los cuarenta y tres Cardenales que creó Alejandro, diecinueve eran españoles, no menos merecedores de la púrpura que los italianos. Españoles fueron sus médicos, Pedro Pintor, autor de un tratado De morbo gallico dedicado al Papa, y el valenciano Gaspar Torella; su bibliotecario, el catalán Pacell, que obtuvo el puesto que pretendía Poliziano; su camarero, Pedro Calderón, el Perotto, asesinado, según la leyenda, por el propio César en presencia del Papa; su bufón, Gabrielleto, y los soldados que formaban su guardia, capitaneada por su sobrino Rodrigo Borja, mercenarios reclutados en España, de donde vino también una legión de pecadoras, igualmente mercenarias, dispuestas siempre a entrar en la amorosa lid y a señorear, como el soldado español, la tierra extranjera que pisaban. Y fué tan grande el número de ellas[33], que se dijo había más en Roma que frailes en Venecia. Pero cuando llegó el fin del Pontificado de Alejandro VI, que las tales tuvieron por su mejor tiempo, a duras penas se salvaron los españoles de la sañuda persecución de los romanos; distinguiéndose en aquella ocasión, por la acogida que dispensó en su casa a sus perseguidos compatriotas, el Cardenal Carvajal, según lo atestiguó Alonso Hernández, de Sevilla, paniaguado de su Eminencia y autor del poema Historia parthenopea, escrito en honor del Gran Capitán[34].

César puso todas sus esperanzas en el Cardenal d’Amboise, Ministro y privado de Luis XII, que aspiraba a la tiara, y a quien prometió los votos de los once Cardenales españoles; pero éstos, manteniéndose unidos, se atuvieron a las instrucciones del Rey Católico, y se negaron a votar al francés. No era, sin embargo, posible sacar triunfante a ningún español, siquiera tuviese las dotes del Cardenal Carvajal, por lo que aceptaron al anciano y achacoso Francisco Piccolomini, propuesto por Julián de la Rovère como Papa depósito, según se llamó después al elegido sólo para poco tiempo. En efecto, no duró un mes el Pontificado de Pío III.

Aspiraba Julián de la Rovère hacía ya mucho, y con hartos méritos, a la tiara, que no había obtenido en el último Cónclave por la oposición de Ascanio Sforza, y para que no se malograran de nuevo sus deseos, que dependían de la voluntad de los Cardenales españoles, hechuras de los Borjas, abocóse con ellos y con César, y se los ganó, prometiendo al Duque el nombramiento de Gonfaloniero de la Iglesia y otras mercedes. Para obtener los votos restantes hasta el número necesario para asegurar la elección, no tuvo Julián más escrúpulos que Rodrigo, y adonde no llegaron las promesas alcanzaron las dádivas. Así es que del Cónclave, que fué el más breve en la larga historia del Papado, puesto que no duró más que un día, salió Papa, con el nombre de Julio II, Julián de la Rovère.

No eran hombres que pudieran entenderse César y el Papa, siendo igualmente grandes e irreconciliables las ambiciones del uno y del otro; pero como la fortuna, cansada de proteger al primero, se hubiera puesto de parte del segundo, era fácil de prever el fin de la dominación de los Borjas en Italia. Concertó César con el Papa que le entregaría las fortalezas que en la Romaña presidiaban sus gentes, y con este intento enviaron, de común acuerdo, a Pedro de Oviedo, cubiculario del Papa y Ministro que fué del Duque; pero arrepentido éste de lo concertado, escribió al alcaide que tenía en Cesena y se llamaba Diego de Quiñones, que prendiese y ahorcase a Oviedo, e hízolo así; lo cual tuvo el Papa por gran desacato, y mandó detener al Duque en Palacio hasta que se entregaran Cesena, Forli y Bertinoro. Entre tanto que esto se cumplía, acordaron estuviera el Duque detenido en Ostia, en poder del Cardenal Carvajal, el cual, cuando se entregaran las fuerzas, le pondría en libertad y le daría dos galeras para pasar a Francia. Luego que supo estos conciertos el Gran Capitán, envió a Ostia a Lezcano para que tratara con el Cardenal y le advirtiese que sería de grande importancia si pudiese persuadir al Duque se fuese a Nápoles, por excusar que aquel tizón no pasase a otra parte donde hiciese más daño, y le dejó para el efecto un salvoconducto del Gran Capitán. Entregáronse sin dificultad Cesena y Bertinoro; pero el alcaide de Forli, Gonzalo de Mirafuentes, navarro, no quiso entregar aquel castillo si no se le contaban quince mil ducados, que el Duque libró en Venecia. Púsole en libertad el Cardenal, y a su persuasión tomó César el camino de Nápoles, yendo a alojarse en casa del Cardenal Borja. Recibióle muy bien y agasajóle el Virrey; pero enterado éste de que el Duque, arrepentido ya de su resolución de ir a Nápoles, intentaba salirse del Reino por la posta, lo detuvo algún tiempo en Castelnovo, donde entregó su espada a Núñez Docampo, Gobernador del castillo, y después de haber alcanzado de él, con buenas palabras y la promesa de ponerlo en libertad, que se entregara Forli al Papa, acordó que don Antonio de Cardona y Lezcano lo llevaran a España, como se verificó el 20 de Agosto de 1504. Echóse en cara al Gran Capitán que hubiese faltado a su palabra, por lo que, al saberlo, dijo el Rey de Francia que «de aquí en adelante la palabra de españoles y la fe cartaginesa corrían parejas»; pero, a juicio de Mariana, el Gran Capitán, como tan prudente que era, tuvo en cuenta que los grandes Príncipes deben obrar lo que conviene y es justo sin mirar mucho a su fama y qué dirán.

Estuvo el Duque Valentino preso en España, primero en Chinchilla y luego en Medina del Campo, hasta el 20 de Octubre de 1506 en que logró evadirse, no sin peligro de su vida y harto maltrecho. Presentóse a su cuñado el Rey de Navarra, Juan de Albret, y peleando a sus órdenes, contra el Conde de Lerín, halló frente a Viana la muerte honrosa del soldado.

Muerto César, refugiado en Nápoles Jofre y reinante Lucrecia en Ferrara, donde nunca se atrevió Vannozza a presentarse, la feliz e infeliz madre de los Borjas quedó en Roma y volvió a su casa de la plaza Branca, hoy Cairoli, contando con la protección de los Farnesios, emparentados con el Papa por la boda de Laura Orsini, la hija de Alejandro VI y de la Bella. Para salvar su fortuna donó, el 4 de Diciembre de 1503, a su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, las casas que poseía en la plaza Pizzo di Merlo, reservándose el usufructo vitalicio y comprometiéndose los Padres Agustinos a decir una misa el 24 de Marzo por el alma de Carlos Canale, otra el 13 de Octubre por la de Jorge de Croce, y otra el día en que ella muriera. Los últimos quince años de su vida fueron para Vannozza de apacible y digno reposo. Gozó de la grandeza de los hijos, que alcanza refleja a los que tuvieron la fortuna de engendrarlos, y en ella no vieron ya los romanos a la concubina de Alejandro VI, sino a la magnifica e nobile Madonna Vannozza, que Paulo Jovio llamó donna dabene; es decir: señora honrada, madre de la Duquesa de Ferrara, que cantó Ariosto en su Orlando furioso, y del famoso César que fué el Príncipe ideal de Maquiavelo. Contaba con medios bastantes de fortuna para que no le faltasen amigos en el Sacro Colegio, aunque de él hubiesen ya desaparecido los Cardenales hechuras de los Borjas. A la vida devota la inclinaban, naturalmente, sus muchos años; los recuerdos de la lejana mocedad, alborotada y pecadora; la muerte del potente protector y de los hijos y maridos, y el ambiente romano con sus iglesias, que pasaban entonces de trescientas, sus poblados conventos de frailes y de monjas y sus innumerables hermandades y obras pías, que servían para que el alma adormida despertase a tiempo, y la descarriada oveja, que abundaba en Roma, cansada de triscar por montes y por valles, se restituyera al redil con las primeras sombras de la noche. La vida devota y la frecuentación del confesor en busca de absolución y de consejo, no la obligó a apartarse del trato de las gentes que gustó de cultivar, no sólo en edad propicia a tentaciones, sino cuando después de haber a ellas sucumbido estaba ya harta y satisfecha.

Murió a los setenta y seis años, el 26 de Noviembre de 1518, y fué su fallecimiento anunciado, según la costumbre romana, por un pregonero que gritó: «El Señor Pablo participa que ha muerto Madonna Vannozza, madre del Duque de Gandía. La difunta pertenecía a la Hermandad del Gonfalone.» Fué enterrada con gran pompa, como si fuera un Cardenal, en su capilla gentilicia de Santa María del Popolo, junto a su hijo D. Juan, el Duque de Gandía, y a sus honras acudió la aristocracia y burguesía romana, que formaba parte del Gonfalone, y el Papa León X se hizo representar, cosa nunca vista, por dos de sus camareros.

Siete años después, Marcantonio Altieri, guardián del Gonfalone, haciendo el inventario de los bienes de la Hermandad, enumeraba los valiosos donativos de joyas y otros socorros de la Vannozza que habían permitido cancelar obligaciones y alimentar crecido número de pobres y niños, por lo que la Hermandad acordó por unanimidad, no sólo solemnizar sus exequias con toda esplendidez de honores y pompa, sino también recordar su memoria con un magnífico y grandioso monumento, que no se llevó a efecto. Por pública aclamación se resolvió igualmente festejar en adelante el día de las exequias en Santa María del Popolo, donde estaba enterrada, con misas, concurso de hermanos, profusión de cirios y hachas y toda clase de devociones, y esto, no sólo para recomendar su alma a Dios, sino para demostrar al mundo que odiaban la ingratitud.

Dijéronse, por los Padres Agustinos de Santa María del Popolo, las convenidas misas durante doscientos años, al cabo de los cuales, según Gregorovius, las suprimió la autoridad eclesiástica, bien fuera porque las estimara bastantes para sacar de penas el alma de Vannozza, si estaba aún purgando en el otro mundo sus pecados, bien porque empezaba a levantar cabeza una conciencia crítica e histórica. Más tarde, añade, un sentimiento de odio, y quizá de vergüenza, hizo desaparecer la lápida sepulcral con su epitafio. Creemos, sin embargo, que esta desaparición no se debió a un sentimiento de odio, harto tardío, sino simplemente a la acción destructora del tiempo que acabó por borrar el epitafio y por gastar la piedra, como sucedió con otras tumbas que sin motivo alguno corrieron igual suerte que la de Vannozza en Santa María del Popolo.

Según el tal epitafio, era Vannozza madre de los Duques César de Valencia, Juan de Gandía, Jofre de Squillace y de la Duquesa Lucrecia de Ferrara. ¿Quiere esto decir que el mayor de los cuatro fuese César? No andan los autores de acuerdo respecto de la fecha de su nacimiento, que varía de 1474 a 1476. Gregorovius sostiene que nació en 1476, fundándose en los despachos de los Embajadores del Duque Hércules de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio y Saracini; el primero de los cuales, en Febrero y Marzo de 1493, daba a César dieciséis o diecisiete años, y el segundo, en 26 de Octubre de 1501, refería una conversación que había tenido con el Papa, quien le dijo que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en Abril veintidós años y el Duque de Romaña veintiséis. De mayor peso son las razones, basadas en Bulas pontificias, en favor de la fecha de 1474, que es la asignada por Burchard. En la primera Bula de legitimación, de 1.º de Octubre de 1480, se dice que tenía seis años cumplidos y no había llegado al séptimo, y en otra Bula de Inocencio VIII, de 12 de Septiembre de 1484, se dice que estaba en el nono; de suerte que, según Oliver, la época de su nacimiento queda reducida al espacio que hay entre el 13 de Septiembre y el 1.º de Octubre de 1475. Esta es la fecha que fija Pastor, teniendo a la vista un documento por él hallado en el Archivo Vaticano, y es el nombramiento de César para el Arzobispado de Valencia en 31 de Agosto de 1492, en el que le dice el Papa que, nombrado por Inocencio VIII Obispo de Pamplona a los diecisiete años, había desempeñado laudablemente el cargo y tenía ya unos dieciocho años[35]. Tanto de esta Bula como de las otras dos citadas por Oliver se deduce que César nació en 1474 y no 1475, puesto que el 1.º de Octubre de 1480 tenía seis años cumplidos y dieciocho el 31 de Agosto de 1492.

En cuanto a la cuestión de la primogenitura, a pesar de la respetable opinión del Barón Pastor[36], que es la de Gregorovius, Oliver, Höfler, el Marqués de Laurencín y la generalidad de los historiadores, que tienen por mayor a Juan, creemos, con el Sr. Sanchís, que lo fué César. Además del epitafio de Vannozza y del orden en que el Rey Católico los nombra al hacer a ellos extensivo el título de Egregio concedido a Pedro Luis de Borja, hay en abono de esta opinión, no sólo la de Burchard[37], que es terminante, sino varias pruebas documentales, como el instrumento de tutela a favor de Pedro Luis, hecho en 29 de Enero de 1483, en que se llama a Juan infante, el testamento otorgado por Pedro Luis el 14 de Agosto de 1488, en que al nombrar a Juan su heredero le sujeta a curadoría hasta que llegue a los veinte, y, en fin, la dispensa ex defectu ætatis, dada el 28 del propio mes y año por el Papa Inocencio VIII al segundo Duque de Gandía para las capitulaciones matrimoniales con D.ª María Enríquez, por no haber cumplido los catorce años, contando entonces sólo doce, según el Breve de dispensa, por lo que debió nacer en 1476. Por último, la antes citada Bula del 19 de Septiembre de 1493, que declara a César hijo legítimo, dice que Juan fué procreado después, cuando Vannozza era ya viuda.

Heredó D. Juan de su hermano Pedro Luis el Ducado de Gandía, y por su enlace con D.ª María Enríquez emparentó con el Rey Católico. Del de Nápoles obtuvo, al casarse Jofre, el Principado de Tricarico, y luego el de Teano y el Ducado de Sessa, que su viuda vendió en 1506 al Rey Católico y éste hizo de él merced al Gran Capitán. Era Gandía el predilecto de su padre, el ojo de Su Santidad, según decía Canale. Dedicáronlo a la carrera de las armas para que fuera estirpe de un linaje que había de ser, tal como Alejandro lo soñaba, uno de los más ilustres en Italia y España. César y Jofre se vieron, sin vocación, destinados a la Iglesia. Al de Gandía lo retrató Pinturicchio en el fresco de la Disputa de Santa Catalina, siendo el gallardo mozo, jinete en un caballo blanco y tocado con un turbante, porque gustaba mucho de vestir a la turca en competencia con el Príncipe Djem, que también figura en el fresco[38]. En punto a costumbres, pecaba de enamorado y mujeriego, como el padre, y tenía además la pasión del juego y la afición al vino, sin que estos vicios se vieran compensados por virtudes o calidades que los hicieran disculpables; siendo justificada la opinión de los españoles que, según Bernáldez[39], le tenían por un muy mal hombre, soberbio, muy enlodado de grandeza e de mal pensamiento, muy cruel y muy fuera de razón. Ansiaba el Papa tener a su lado a aquel hijo predilecto, a quien suponía grandes dotes militares, y para apresurar su regreso de España nombróle Capitán general de la Iglesia, aun reconociendo su poca edad e inexperiencia, pero dando como razón del nombramiento el haberlo pedido el Rey D. Alfonso y los principales condotieros, el Señor de Pesaro (su yerno), el de Piombino, D. Próspero Colonna y otros Señores y Barones que no querían estar a las órdenes de un Capitán que no fuera de la sangre del Papa. Puesto al frente de las tropas pontificias destinadas a castigar a los Orsini, quedó en la batalla de Soriano derrotado su ejército y demostrada su incapacidad, viéndose obligado Alejandro a hacer las paces con aquellos poderosos Barones romanos, émulos de los Colonnas. Y para rescatar a Ostia, que había quedado en poder de los franceses, apeló el Papa a la amistad de Gonzalo de Córdoba, que con mil infantes y seiscientos caballos se apoderó en ocho días de la plaza. Hizo su entrada en Roma el Gran Capitán acompañado del Duque de Gandía, y allí se vió la diferencia entre un verdadero General, hombre de Estado, y un Príncipe de teatro, cubierto de oro y alhajas.

Cuentan los historiadores aragoneses Abarca y Zurita que le recibió el Papa sentado en su solio y rodeado de su familia, de los Cardenales y de la Corte, y que cuando se inclinó Gonzalo para besarle el pie se levantó Alejandro y le besó en la frente, manifestándole su gratitud por el servicio que le había hecho y dándole por su mano la rosa de oro con que solían los Papas premiar cada año a los beneméritos de la Santa Sede. Mas como al despedirse le diese el Papa algunas quejas de los Reyes Católicos, que él mejor que nadie conocía, respondióle el Gran Capitán con libertad y rudeza de soldado, llegando a decirle «que le valía más no poner la Iglesia en peligro con sus escándalos, profanando las cosas sagradas, teniendo con tanta publicidad cerca de sí y en tanto favor sus hijos, y que le requería reformase su persona, su casa y su Corte, que bien lo necesitaba la cristiandad». Enmudeció el Papa, asombrado de que supiese apretar tanto con palabras un soldado, y que así hablara al Pontífice, en punto de reformas, un hombre no aparecido del cielo.

Muy otro era César; no porque tuviera menos vicios que su hermano, sino porque estaba dotado de mucho mayor entendimiento y sagacidad. Animoso condotiero y astuto político, desleal y falso, según era entonces uso, león y raposo a la par, como debía ser, a juicio de Maquiavelo, el perfecto Príncipe, había heredado del padre la jocunda serenidad propia de la familia; pero era terrible en sus odios y venganzas, y su crueldad pareció, aun en aquellos tiempos, excesiva. Su desmedida ambición no conocía obstáculos ni escrúpulos, y fiel a su lema aut Cesar aut nihil, después de haber sido señor potísimo en Italia, murió en España oscuramente, no como Capitán, sino como soldado al servicio de una causa mezquina e ingloriosa. Claro es que no le llamaba Dios por el camino de la Iglesia, aunque lo recorrió en breve tiempo, sin pararse en barras. A los siete años era Protonotario Apostólico; diez años después, Obispo de Pamplona; al siguiente, Arzobispo de Valencia, y al otro, Cardenal. Para que pudiera ordenarse le dispensó Sixto IV el impedimento de honestidad por ser hijo de Cardenal y de mujer casada, y para hacerlo Cardenal lo declaró Alejandro VI hijo legítimo de la Vannozza y de su marido Domenico d’Arignano. Harto sabía César que en la carrera eclesiástica no podría llegar a la meta, o sea al papado, y como no bastara a su ambición la púrpura cardenalicia, aspirando a más altas grandezas mundanas y aun a coronas reales, colgó en cuanto pudo los rojos hábitos talares. No le estorbaron, sin embargo, para sus aventuras amorosas, que tempranamente empezaron con la Fiammetta y siguieron después con honestas meretrices y deshonestas damas, demostrando en ellas que al heredado apetito acompañaban las dotes necesarias para dejar satisfechas a cuantas invitaba a compartirlo. Entre las damas figuró durante algún tiempo su cuñada D.ª Sancha de Aragón, mujer de su hermano Jofre, y la leyenda, que ha hecho de estos Borjas unos monstruos de crueldad y de concupiscencia, no se ha detenido ante el incesto, acusando a Lucrecia de haberlo cometido con su padre y con su hermano.

César, que tenía puestos los ojos en la corona de Nápoles, aspiró a enlazarse con Carlota de Aragón; pero ni ésta ni el Rey Fadrique, su padre, prestáronse a la boda, y Luis XII, deseoso de ganárselo, hízolo Duque de Valencia, en Francia, y cuando fué a Chinon como portador del capelo para Amboise y de la dispensa para que pudiera el Rey casarse con Ana de Bretaña, ofrecióle la mano de la bellísima Carlota de Albret, hermana del Rey Juan de Navarra. El 12 de Mayo de 1499 celebróse en Chinon, con gran pompa, el matrimonio; que aquel mismo día y noche quedó ocho veces consumado, según lo participó César a su padre por medio de un correo despachado al efecto[40]. Escribió también Carlota a Su Santidad, muy contenta con el marido, que la había dejado satisfecha. Mas duró poco la luna de miel, pues a los cuatro meses partió el Duque Valentino para Italia, y su azarosa vida y temprana muerte le impidieron volver a reunirse con su esposa y conocer a su hija, fruto de su efímera temporada conyugal[41].

Jofre, Príncipe de Squillace en el Reino de Nápoles, el menor de los hijos que tuvo Rodrigo de Borja en la Vannozza, y a quien, por Bula de 6 de Agosto de 1493, reconoció como hijo suyo y de mujer viuda[42], estaba destinado a seguir, como César, la carrera eclesiástica que empezó tempranamente, puesto que era ya canónigo de Valencia a los diez años; pero razones políticas movieron al Papa a cambiar de parecer y a casarlo con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey D. Alfonso II de Nápoles; habiéndose celebrado el matrimonio por poder, en Roma, el 16 de Agosto de 1493, y representando a la novia su tío Fadrique, Príncipe de Altamura, que recibió el anillo nupcial con risa de los asistentes y del Papa, que lo abrazó. El 11 de Mayo del año siguiente se casaron de presente en Nápoles, cuando Jofre sólo contaba trece años. Dos más tenía Sancha, que a los ocho se había desposado con Honorato de Gaetani, desposorios anulados por una Bula de 17 de Septiembre de 1493, casando Gaetani el 8 de Diciembre con Lucrecia, hija natural del Rey Fernando.

Era Sancha mujer de gran belleza, como su madre Trusia, hija de Ursula Caraffa, de Gaeta, y de Antonio Gazella, Señor de Campello, Secretario de Fernando y su Embajador en Milán y en Roma. La sangre real aragonesa que corría por sus venas, al mezclarse con la napolitana, resultó ferventísima e hízola por demás enamorada y pecadora, sin que para su salacidad hallase freno ni remedio el cuitado marido, que apenas varón la noche de la boda tuvo que habérselas con aquella hembra harto viripotente[43]. Jofre, que según decía su hermano César era hombre para poco, resignóse a la constante infidelidad de su mujer, y mientras ésta llamaba la atención de los romanos por su hermosura y sus amores, y pasaba de los brazos del Cardenal de Valencia a los del Duque de Gandía, causa, según se dijo, del fratricidio atribuido a César, buscaba el pacientísimo marido el venal consuelo que en su infortunio le ofrecían las menos honestas meretrices y andaba con otros españoles a caza de nocturnas aventuras, en una de las cuales tuvo un encuentro con los esbirros y quedó malherido, con gran disgusto de Su Santidad. A la muerte de Alejandro VI púsose al lado de César y le acompañó a Nepi, mientras D.ª Sancha, a quien, para mayor seguridad, dejó en el Castillo con los dos pequeñuelos Rodrigo y Juan, tomó el camino de Nápoles con Próspero Colonna para tratar de recuperar sus bienes en aquel reino. Reuniósele el marido cuando fué con César a Nápoles; pero no duró la unión más que una semana y tuvo que volverse el Príncipe con su hermano a casa del Cardenal Borja, cuyos esfuerzos, así como los del Gran Capitán y los de la Reina de Hungría y la Duquesa de Milán, resultaron vanos para reconciliar a los mal avenidos cónyuges. No es cierto que Jofre corriera la misma suerte que César y estuviera con él preso. Veíasele todos los días con el Gran Capitán, con quien cabalgaba y triunfaba, faltándole solamente para colmar su felicidad, según escribía Pandolfini, recobrar a su mujer, que no quería saber nada con él. Un año después[44], y en edad tempranísima, falleció sin sucesión D.ª Sancha, y pasó el viudo a segundas nupcias con doña María Milán de Aragón, de los Condes de Albaida por su padre, y Villahermosa por su madre, en quien tuvo descendientes, siendo la última D.ª Ana de Borja, que a principios del siglo XVII trajo a la Casa de Gandía el principado de Squillace por su matrimonio con D. Francisco de Borja. Dice Gregorovius que no se sabe el fin que tuvo Jofre; pero en una carta de 2 de Enero de 1517 daba Lucrecia al Marqués Francisco Gonzaga la noticia del fallecimiento de su querido hermano el Príncipe de Squillace, que le había sido comunicada por un correo enviado por don Francisco de Borja, hijo del difunto.