III

Nacimiento de Lucrecia.—Su educación encargada a Adriana Milá.—La religión.—Las lenguas y letras clásicas.—Las mujeres italianas del Renacimiento.—Las Claras Mujeres de Jacobo de Bérgamo.—Los conocimientos de Lucrecia según el biógrafo de Bayard.—Sus retratos.—Las medallas de Filippino Lippi y Caradosso.—Los cuatro retratos que Yriarte supone reproducción del único retrato de Lucrecia, obra de Dossi.—La placa de plata del arca de San Maurelio.—La Schiavona, del Tiziano.—La Santa Catalina, del Pinturicchio.—Lucrecia según la describieron sus contemporáneos.—Los áureos cabellos de Lucrecia.—Su dulzura y su gracia.—La alegría de los Borjas.—Sus dos pasiones, según Catalano: el flirt y las fiestas.—Su afición a los trajes y las joyas, y su rivalidad con Isabel de Este.—Carácter opuesto de las dos cuñadas.—Las fiestas y diversiones de la Corte de Ferrara.

Nació Lucrecia en Roma, el 18 de Abril de 1480, según el documento valenciano de sus esponsales con don Cherubín Joan de Centelles, hermano del Conde de Oliva[45], fecho el 26 de Febrero de 1491, en el cual se expresa que el matrimonio se llevaría a cabo en el mes de Abril del año 1492, en que cumplía Lucrecia, el día 18, los doce años. Y el Papa Alejandro VI, en una conversación que tuvo con el agente del Duque Hércules de Ferrara, y que éste refiere en despacho de 26 de Octubre de 1501, díjole que la Duquesa (Lucrecia) cumpliría en el siguiente Abril veintidós años. Esto no obstante, Pastor, siguiendo a L’Epinois y a Citadella, le echa un par de años más, dándola por nacida en 1478.

Educóse en casa de Adriana Milá, hija de Pedro Milá, primo hermano del Cardenal Borja, y mujer de Ludovico Orsini, señor de Bassanello, de quien tuvo a Orsino Orsini, el Tuerto, marido de Julia Farnesio. Gozó Adriana de gran valimiento con su tío el Cardenal, aun antes de ser suegra de la Bella, y lo atribuye Gregorovius a que había ya mediado en otras intrigas y aventuras de Rodrigo y estaba al tanto de sus secretos y pecados. Pero la razón de que le confiara la educación de su hija predilecta debió ser porque Vannozza, concubina y madre ejemplar, no era mujer de letras ni había todavía adquirido, con el íntimo trato cardenalicio, esa culta gracia natural femenina, desenvuelta y perfeccionada, que se designaba entonces con la palabra latina pudor, y que hubo de poseer Lucrecia en alto grado.

No hay ningún dato que permita afirmar o suponer que estuvo de educanda en el convento de San Sixto, en la vía Appia, pues sólo se sabe que a él se retiró en 1498, cuando, separada de su primer marido, dió a luz un hijo cuya paternidad se atribuyó a Pedro Calderón, el primer Camarero de Su Santidad, y que pudo ser el infante romano Juan, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501 como hijo de César y del Papa.

En la educación de toda mujer italiana entraba entonces, como ahora, en primer término, la religión, cuyas prácticas se consideraban esenciales y se guardaban ostensiblemente hasta por las más grandes y empedernidas pecadoras. Es, pues, seguro que tanto Vannozza como Adriana cuidarían de que conociese Lucrecia, desde su más tierna infancia, las verdades de nuestra santa religión y cumpliera todos los preceptos de la Iglesia. En esto mostróse Lucrecia siempre puntualísima, y mereció los elogios del Embajador de Ferrara en Roma, quien escribía al Duque que era no menos católica, temerosa de Dios e iba a confesarse en Nochebuena para comulgar el día de la Natividad.

Además de la religión, era base de la enseñanza, común a ambos sexos, el conocimiento de las lenguas clásicas y de los tesoros literarios, griegos y latinos, cultivando también las mujeres la elocuencia y la poesía, la música y el dibujo, a que, naturalmente, las convidaba el florecimiento de las Bellas Artes. Brillaron las mujeres italianas del Renacimiento por su superior cultura en varias disciplinas, siendo tanto más admiradas cuanto que no andaban reñidos el entendimiento y el saber con la belleza y con la gracia. Jacobo de Bérgamo, en el libro que escribió en 1496 sobre Las Claras Mujeres, cita, entre otras, a la veneciana Casandra Fedeli, que era a fines del siglo XV maravilla de su tiempo y tan maestra en Filosofía y Teología, que competía con los más doctos varones, y con ellos discutía públicamente en presencia del Dux Agustín Barbarigo, suscitando con su elocuencia y con su gracia el entusiasmo del auditorio. La bella mujer de Alejandro Sforza, de Pesaro, Constanza Varano, era también muy versada en poesía, elocuencia y Filosofía, trayendo siempre entre manos a San Agustín y San Ambrosio, San Jerónimo y San Gregorio y a Séneca y Cicerón. No fué menos erudita su hija Bautista Sforza, que casó con Federico de Urbino. La famosa Isotta Nugarola de Verona estaba también muy familiarizada con los Santos Padres, que tampoco les eran desconocidos a Isabel de Este y a Isabel Gonzaga. De Hipólita Sforza, la mujer de Alfonso II de Aragón, Rey de Nápoles, dice el de Bérgamo que reunía una cultura finísima, una maravillosa elocuencia, una belleza rara y un nobilísimo pudor femenino. Gran renombre alcanzó como poetisa Vittoria Colonna y de la Trivulzia, de Milán, que a los catorce años llamaba la atención por su elocuencia; dícese que cuando los padres se dieron cuenta de las extraordinarias dotes de la niña, que tenía apenas siete años, la dedicaron a las Musas para que éstas la educaran.

LUCRECIA BORJA
Medalla de Filippino Lippi.

ANVERSO

REVERSO

En la pléyade de Las Claras Mujeres del Renacimiento no tiene derecho a figurar Lucrecia Borja. Había aprendido lenguas, música y dibujo en Roma, y más tarde, en Ferrara, admiráronse mucho sus bordados de seda y oro, para los que debió tener por maestro al bordador de Leonor de Aragón, el español Jorba[46] famosísimo en su arte. El biógrafo de Bayard decía de ella, en 1512, que «hablaba español, griego, francés y un poquito también correctamente el latín, y en todas estas lenguas escribía y hacía versos». Tenía Lucrecia tanto de española como de italiana, y no es extraño que ambas lenguas le fueran igualmente familiares, y sobre todo, el valenciano, que era la lengua materna que hablaba siempre el Papa con los suyos. Sus cartas a Bembo, dos en español y siete en italiano, muestran algún sentimiento, pero ninguna profundidad espiritual. La caligrafía es desigual: a veces los trazos enérgicos y duros recuerdan la del padre, otras veces la escritura clara y menuda se asemeja a la de Vittoria Colonna. En ninguna de sus cartas se ve que poseyera el latín; mas algo debía entenderlo puesto que el Papa la dejó en el Vaticano como representante suyo, con facultad de abrir sus cartas. Muy somero debía ser también su conocimiento del griego, que es posible aprendiera con Ludovico Podocatharo, médico de Inocencio VIII y secretario de Rodrigo Borja, que lo hizo Obispo y Cardenal. Y aunque en alguna Historia de la Literatura italiana figura Lucrecia como poetisa, ni sintió el estro divino, ni de sus versos se conoce más que una canción española en una de sus cartas a Bembo, canción que debió tomar de alguno de los cancioneros españoles que poseía[47], como las que se tuvieron por poesías de Bembo, compuestas en español para Lucrecia, y fueron simplemente copias que hizo para su uso, de estrofas de Alonso de Cartagena, Juan de Tapia, Juan Alvarez Gato y Diego López de Haro. Verdad es que el enamorado Bembo, en una poesía latina dedicada a Lucrecia, la llama poetisa y dice que cuando declama versos en lengua vulgar parece nacida en tierra italiana, y cuando toma la pluma y compone versos y poemas, son versos y poemas que emanan de las Musas. Pero ni los Strozzi, ni Ariosto, ni Aldo, ni otros muchos de sus contemporáneos, que no anduvieron parcos en el elogio de Lucrecia, no hubieran dejado de otorgarle las palmas de la poesía de haber sabido que también la cultivaba la Duquesa de Ferrara, y aun hubiera salido a relucir su tía D.ª Tecla de Borja, hermana de Alejandro VI, poetisa muy loada por el gran poeta Mosén Ausias March. Para lo que sí tenía dotes y gracia especialísimas era para el baile y, sobre todo, para las danzas españolas. El Prete que informaba a la Marquesa de Mantua de cuanto pasaba en la Corte de Ferrara, le escribió que tenía la Duquesa dos bufones españoles que cuando bailaba iban gritando por la sala: «Miren la gran señora, qué linda es de cara y qué bien baila: poco y bueno.»

De Lucrecia no existe, según Gregorovius, más retrato que el de las dos conocidas medallas. La de Filippino Lippi (reproducida en este libro), modelada en cera en Bolonia en 1502 y ejecutada en 1505, cuando ya era Duquesa de Ferrara[48], es una de las más bellas del Renacimiento. En ésta, que llama Yriarte la medalla heroica, Lucrecia está con el cabello suelto, sin adorno ni detalle ninguno indumentario. En el reverso, que es precioso, hay un amorcillo atado a un laurel, teniendo a sus pies un violín y un papel de música: del árbol pende, rota, la aljaba, y en el suelo está el arco con la cuerda rota; alrededor se lee la siguiente inscripción: Virtuti ac forma pudicitia prœciosissimum, que quería decir que había pasado el tiempo de los amores libres, estando ya atada al laurel, que simbolizaba la Casa de Este. La otra medalla, atribuída a Caradosso y llamada la de la redecilla por el peinado, tiene más carácter de retrato y sus detalles coinciden con los que Yriarte cree retratos de Lucrecia, si bien, en punto a traje y peinado, existe igual coincidencia con los de otras damas de su época. El cabello, aplastado en ondas regulares, que cubren parcialmente la frente y baja en cocas que ocultan por completo las orejas, está recogido por detrás en una coleta, que llamaban cuazzone las milanesas, dejando libres dos rizos o tirabuzones que caen a ambos lados de la cara. La lenza o hilo que ciñe la cabeza y la bordada redecilla en la parte posterior del cráneo, completan el peinado. Esta descripción del de Lucrecia es la del de Beatriz de Este en el busto de Cristóforo Romano, que se conserva hoy en el Louvre.

Crowe y Cavalcaselle, después de discutir los supuestos retratos de Lucrecia, creen, como Gregorovius, que no existe ninguno auténtico y que hay que atenerse a las medallas, y de la misma opinión es el Marqués Campori. Pero si no se ha podido encontrar ningún retrato de mano de un gran artista contemporáneo, hay cuatro, a juicio de Yriarte, que son la reproducción del único retrato de Lucrecia. Uno es el de Ferrara, que poseía Mgr. Antonelli; otro, el del Museo de Nimes; el tercero, el de Florencia, de Mr. Spence, y el último, reproducido en color por Yriarte en su libro Autour des Borgia, el del Sr. Gugenheim, de Venecia. Estas cuatro Lucrecias, dice, vistas por el mismo artista el mismo día, con la misma redecilla, el mismo collar, el mismo traje del dibujo de Dosso Dossi, representan el mismo personaje que fué, probablemente, retratado por un hermano de este artista, pintor oficial de la Corte de Ferrara[49].

Los demás supuestos retratos, el del Tiziano, de la Galería Doria, de Roma; el de Giorgione, del Museo de Dresde, y el de Dosso Dossi, de Londres, de Mr. Henry Doetsche, no tienen el menor parecido con Lucrecia. El de la Galería Doria, y el del Museo Nacional de Stockholmo, son réplicas o copias del que hoy está en la Galería de Sir Herbert Cook, en Richmond. De Venecia pasó a Praga a poder del Emperador Rodolfo II; de allí a Stockholmo, como botín de guerra; vino a Roma con la Reina Cristina de Suecia; a su muerte pasó a la familia Azzolini, de quien lo adquirió el Príncipe Livio Odescalchi, y luego a la Galería del Duque de Orleans, en el Palacio Real, en 1721; vendiólo Felipe Igualdad a un banquero de Bruselas, y fué, por último, a parar a Londres; lo compró allí el Conde de Suffolk en 52.000 francos, y de otras manos pasó a las de su actual poseedor. Lo grabó Sadeler, en Praga, y le dió el nombre de Lucrecia Borgia; pero Malœvre, que lo grabó, en 1786, para la Galerie du Palais Royal, lo cambió por el de La Esclavona, con el que figuraba en el catálogo de Roma[50]. Aunque esta Esclavona en nada se asemeja a Lucrecia, un autor italiano, Portigliotti, que recientemente ha maltratado a los Borgias[51], cree, sin embargo, inducido a error por Sadler y por Ridolfi, que éste es el retrato de la Duquesa de Ferrara, que pintó Tiziano al mismo tiempo que el del Duque, que se encuentra en el Museo del Prado. En cuanto al del Duque, ya probó cumplidamente Justi que no es Alfonso de Este el retratado, e intentó, equivocadamente, demostrar, por semejanza con unas medallas, que era Hércules II, el hijo de Alfonso y de Lucrecia. Los Sres. Allendesalazar y Sánchez Cantón[52] identifican, con fehacientes datos, el personaje, que es Federico Gonzaga, primer Duque de Mantua, hijo de Isabel de Este, a quien retrató Tiziano, en Mantua, en 1530.

Se ha dicho, y se ha repetido tantas veces, que el Pinturicchio retrató a Lucrecia, y que ésta es la Santa Catalina de Alejandría, del famoso fresco de la Sala de los Santos, del apartamento de los Borjas en el Vaticano, reproducida al frente de este libro, que ha llegado a tenerse por cosa cierta, aunque para afirmarlo no haya ningún dato ni fundamento serio. No hay autor contemporáneo que lo diga. El propio Vasari, que ha creído ver a Julia Farnesio en una Virgen, que está, según ya queda dicho, en una sobrepuerta de la Sala de los Santos, no hubiera dejado de hacernos saber que la protagonista de la disputa de Santa Catalina era la hija de Alejandro VI. En nuestros días surgió la idea de que Pinturicchio no se había contentado con retratar al Papa, sino que había querido dejar a la posteridad el recuerdo de la prole y de la Corte de Alejandro VI, retratándola en sus frescos de las salas de los Borjas. Y el Conde Lemmo Rossi Scotti, que había pasado largas horas contemplando y copiando estos frescos, se persuadió de ello y quedó convencido de que la Santa Catalina de Alejandría no era otra que la propia Lucrecia, siquiera no se pareciese a la Lucrecia de las medallas y de los cuatro retratos que Yriarte tiene por reproducciones del perdido de Dossi; mas hay que tener en cuenta la diferencia de edad, pues apenas contaba trece años cuando pintó su fresco el Pinturicchio[53].

No podía competir Lucrecia con Julia Farnesio en hermosura. Los que la miraron con enamorados ojos la tuvieron por la propia Venus, y puestos en el caso de Paris no hubieran vacilado en darle la fatal manzana. Pero si no reunió el conjunto de perfecciones físicas, que valieron a Julia Farnesio el ser llamada la Bella por antonomasia, y si, a juicio de la Marquesa de Cotrone, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara: Isabel de Este, Isabel Gonzaga y Lucrecia Borja, llevábase la palma de la belleza la primera; reconocía la Marquesa que Lucrecia, sin ser una hermosura, tenía una dolce ciera, frase italiana que, literalmente traducida, sería una cara dulce, pero que expresa algo intraducible, un especial encanto, que seducía a cuantos la veían y trataban, y cuyos efectos se hacían sentir con más fuerza en los hombres, a quienes, por natural instinto de femenina coquetería, se complacía en someter dulcemente a sus antojos y mandatos.

El primer documento diplomático que cita Yriarte para darnos a conocer a Lucrecia, tal como la vieron y pintaron sus contemporáneos, es la carta que escribió el 23-24 de Diciembre de 1493 a su hermano Giannozzo, Lorenzo Pucci, Embajador florentino cerca del Papa, que vió a Lucrecia con Julia Farnesio y Adriana Milá calentándose al fuego de la chimenea en el Palacio de Santa María dei Portici. Dice Yriarte, incurriendo en grave error, que Pucci encontró a Lucrecia parecida al Papa, adeo ut vere ex ejus semine orta dici possit. Mas no era a Lucrecia a quien se refería Pucci, sino a Laura, la hija de Julia Farnesio, la cual Julia, dice, «quiso que viese yo a la niña, que ya es grande, et ut mihi videtur est simili Pontifici». Dió suelta Julia a la rubia cabellera, que le llegaba hasta los pies, para que la peinaran, y parecióle a Pucci un verdadero sol. De Lucrecia sólo dice que se fué a quitar un peinador que tenía a la napolitana y volvió al poco rato lujosamente ataviada.

No sabemos si Julia era naturalmente rubia o si debía la dorada cabellera a alguna lexía para enruviar, como la que recomendaba Celestina, o a alguna de las recetas a far capelli biondi come oro de las que juntó en sus Experimenti Catalina Sforza, la señora de Forli. En cuanto a los decantados áureos cabellos de Lucrecia, aunque los autores del libro Les femmes blondes selon les peintres de l’école de Venise, los Sres. Baschet y Feuillet de Conches[54], la citen con Beatriz de Este y Juana de Aragón, como las tres únicas rubias verdaderas, no cabe duda de que había nacido morena, como era natural lo fuera, siendo hija de un valenciano[55] y una transteverina, y de que se teñía el pelo cada cinco días por lo menos, y cuando dejaba pasar una semana sin lavarse la cabeza quejábase de dolores que pudieran atribuirse a la mala condición del tinte. Cada cinco días tuvo que detenerse en su viaje de Roma a Ferrara, que duró veintisiete, y porque una vez transcurrió una semana sin haberse lavado la cabeza, hubo de dolerle, y se retrasó con este motivo la llegada a Ferrara.

Bernardo Zambotto, que la vió en Roma el día de su boda con Alfonso de Este, escribía: «Tiene veinticuatro años (tenía dos menos), es bella de cara, tiene hermosos ojos despiertos, es derecha de cuerpo y de estatura regular.» Cagnolo, que aquel día asistió a la ceremonia en representación de Parma, la describe: «De estatura mediana, esbelta; la cara más bien larga, la nariz bella y bien perfilada, los cabellos dorados, los ojos blancos, la boca un poco grande, los dientes relucientes, el pecho firme y blanco, ornato con decente valore: todo respiraba en ella la alegría y la sonrisa.» Si Cagnolo calificó de blancos los ojos de Lucrecia fué porque el blanco del ojo debió llamarle más la atención que el color de la pupila, pues hubiera dicho que eran azules o negros si hubiesen sido decididamente de uno u otro color. El preferido de los griegos y de los italianos, según el florentino Firenzuola en su tratado Della perfetta bellezza di una donna, eran los ojos blancos con la pupila castaña. El color de los ojos de Lucrecia acaso fuera gris, pero desde luego no muy marcado, porque ninguno de los muchos poetas que cantaron en Ferrara su dulce mirar hizo mención del color de sus ojos[56]. Fijándose Yriarte en estas descripciones y en los retratos que tiene por auténticas copias del de Dossi, nos la pinta así: «La cara era llena, sin rasgos bien definidos; los ojos grandes, blancos, muy abiertos y distantes de las cejas, y almendrados de forma; la frente lisa y muy descubierta; el mentón entrante, que fué redondeándose cuando engordó con los años. En lo físico, como en lo moral, resulta algo dulce, blando, sin voluntad ni arranques, sin exaltadas alegrías y sin cóleras terribles, una mujer sin nervios, incapaz de oponerse al destino que la hace, en manos de Alejandro y de César, un instrumento demasiado dócil.»

La dulzura y la gracia constituían el principal encanto de Lucrecia, además de la ingénita alegría heredada del padre, que caracterizaba a todos los Borjas. No heredó la lujuria paterna, que hubiera hecho de ella una ménade; pero mujer, al fin y al cabo, flaca de voluntad y no desprovista de temperamento, no pudo resistir a las tentaciones y a ellas sucumbió, debiendo parecerle sus amorosos lances pecadillos de poca monta, acostumbrada a los que cometían sin recato alguno cuantos la rodeaban.

La escasa fortuna que tuvo en sus dos primeros enlaces matrimoniales, disuelto el de Sforza por la supuesta impotencia del marido, y el segundo por el asesinato de D. Alfonso de Aragón, obra de César, no turbó en ella la alegría de vivir y pasó a terceras nupcias con Alfonso de Este, sonriente y regocijada, sin que la amedrentara la suerte que cupo en la Corte de Ferrara a la infeliz y enamorada Parisina. Y tanto bailó la noche que se publicó en Roma la noticia de la concertada boda, que tuvo un acceso de fiebre que la obligó a guardar cama el día siguiente.

Tampoco la afligió grandemente la muerte del Duque de Gandía ni la de Pedro Calderón, el Perotto, Camarero de Su Santidad, asesinados ambos por orden o por mano del Cardenal de Valencia. Otras eran o debían ser, en aquellos momentos, sus preocupaciones, porque anulado ya su matrimonio con Sforza, de quien estaba hacía tiempo separada, dió a luz un hijo que tuvo, según se dijo, por obra del tal Perotto y que creemos fuera el infante romano Juan, reconocido, cuando tenía tres años, por dos Bulas del 1.º de Septiembre de 1501, como hijo primero de César y luego del propio Papa habido en mujer soltera.

Gregorovius y los ferrareses pretenden hacer de Lucrecia dos mujeres distintas: la Lucrecia romana, que viviendo en la Corte de Alejandro VI fué acaso pecadora, sin que de sus pecados haya noticia cierta, y la Lucrecia, Duquesa de Ferrara, dechado de virtudes, que vivió adorada por sus vasallos y murió casi en olor de santidad.

Las dos pasiones de Lucrecia, dice Catalano, fueron el flirt y las fiestas. Respecto al flirt cree que las relaciones amorosas de la Duquesa con el veneciano Bembo y con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, acreditadas por cartas fehacientes, fueron pecados de pensamiento y de palabra, que no llegaron a ser obras; pero fuera o no un mero flirt, que de ello hablaremos en su lugar, resulta desde luego evidente que Lucrecia era naturalmente enamoradiza y que en Ferrara dió al corazón, por lo menos, lo suyo, cuidando de no comprometer su reputación y la honra del marido, porque si bien éste, como joven, anduviese de día buscando su placer en varias partes, y hacía muy bien, según decía Su Santidad, era hombre capaz, si se creía afrentado, de tomar cruenta y cruelísima venganza.

La otra pasión de Lucrecia, no menos femenina, pero mucho más inocente, era la de los trajes, las joyas y las fiestas. En Roma competía en el vestir con su cuñada Sancha; pero en Ferrara la competencia fué más seria, porque la entabló con otra cuñada, Isabel de Este, que pasaba por ser la mujer más elegante de Italia y por tal se la tenía también en Francia, donde la moda no había todavía sentado sus reales para ejercer desde allí, sobre todas las partes del mundo, un perdurable imperio.

Isabel, como mujer honrada a carta cabal, y religiosa, había visto con malos ojos la boda de su hermano Alfonso con la hija del Papa, sobre cuyas costumbres llegaron hasta Ferrara y Mantua las voces poco halagüeñas que corrían en Roma. Mas se resignó, sabiendo que obedecía a la razón de Estado que aconseja tales enlaces entre Príncipes, soliendo los italianos mitigar sus rigores con alguna bella y complaciente amiga, que les ayudaba a soportar el matrimonio y contribuía al aumento de la familia con una abundante prole de reconocidos bastardos, y esto sucedía en todas partes, en Roma y en Nápoles, y en Milán, y en Florencia, y en Ferrara. Las relaciones de Isabel de Este y Lucrecia Borja fueron siempre corteses, pero nunca llegaron a ser amistosas, porque lo estorbaba el opuesto carácter de las dos cuñadas. La Marquesa de Mantua era la encarnación del Renacimiento triunfante. Su prodigiosa actividad se ejercitaba en múltiples y variadas esferas. Poseída de una insaciable curiosidad, quería saberlo todo, verlo todo, hacerlo todo. Ocupábase en los negocios de Estado, supliendo las deficiencias del marido y concibiendo la política, como se practicaba entonces en Italia, para vivir al día, que no era poco, dados los revueltos tiempos que alcanzó, desde la invasión francesa de Carlos VIII hasta el saqueo de Roma por las tropas del Emperador Carlos V, coronado después en Bolonia por el Papa Clemente VII. No sintió el arte, pero protegió a los artistas, que se llamaban Mantegna y Francia, Miguel Angel y Rafael, Lorenzo Costa y Perugino, Tiziano y Correggio, y con sus obras adornó el Paradiso y los Camerini del palacio de Mantua. Fué ardiente coleccionista de antigüedades y viajera infatigable, y cantó acompañándose con el laúd, e inventó trajes y cofias y empeñó a menudo sus joyas para sufragar las empresas bélicas del versátil Marqués o los caprichos artísticos de la Marquesa, y no dió a su espíritu ni a su cuerpo instante de reposo, ni dejó que el amor le robara momento alguno de su atareada vida. Y como era, además de amable, hermosa, tuvo muchos amigos y pocos enemigos, y la cantaron los poetas, y de ella hizo el Ariosto honrosa mención en su Orlando furioso.

Claro es que también obtuvo Lucrecia puesto no menos honroso en el poema del poeta ferrarés; pero desde luego se comprende que no congeniara ni pudiera competir con su cuñada de Mantua. No atraían a la hija de Alejandro las letras ni las artes: su biblioteca era exigua y copioso el inventario de sus ropas y alhajas. Su perezosa actividad no traspasaba los límites del cuidado de su persona y del cultivo de aquellas artes que, como la danza, contribuían a realzar su ingénita gracia y a conquistarle la admiración y el aplauso cortesano. Los trajes y las joyas eran su principal preocupación, y fué su mayor afán el empuñar el cetro de la moda, que estaba entonces en manos de la Marquesa de Mantua. En cuanto a las alhajas, túvolas en abundancia y muy valiosas, siendo su especial predilección las perlas. Su padre había dicho a los enviados del Duque de Ferrara, mostrándoles un cofrecillo lleno de perlas: Quiero que mi hija sea la princesa que en Italia tenga más perlas y las más hermosas. Y, por su parte, díjole el Duque de Ferrara que aunque no era tan rico como el de Saboya, podría enviar a su futura nuera joyas tan bellas como las de éste, y que tendría Lucrecia piedras preciosas más valiosas y en mayor número que las que había poseído la Duquesa su esposa. Y entre las alhajas que le regaló, cumpliendo lo ofrecido, figuró un collar de gruesas perlas que había sido de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón[57]. Otro collar de brillantes y rubíes, también de su madre, lo vió Isabel, con tanto disgusto como envidia, ciñendo el cuello de su cuñada el día de su entrada en Ferrara.

Acostumbrada Lucrecia a las fiestas de la Corte pontificia, quiso renovarlas en la de Ferrara, tan luego como por el fallecimiento del Duque Hércules heredó sus Estados D. Alfonso. Encantaban a la nueva Soberana los saraos y los bailes, que le permitían lucir sus naturales gracias y sus trajes y joyas y recibir los homenajes y agasajos de sus amartelados admiradores, entre los que se encontraban, en primer término, Pedro Bembo y sus dos cuñados el Cardenal Hipólito de Este, que había cortejado también a D.ª Sancha, y por temor a César había huído de Roma, y el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Con estas diversiones alternaban otras más groseras que para entretenerla le ofrecía el Duque, una de las cuales era la de mantear a unos cuantos infelices cortesanos, y para que el espectáculo resultara más regocijado, quiso una vez que se hiciera lo propio, no con hombres, sino con mujeres, y mandó traer a tres deshonestas meretrices, quienes al verse por los aires vigorosamente manteadas, lejos de atender al pudor y de pensar en arroparse, mostraron gratuitamente y sin el menor recato, a la escogida concurrencia, las herramientas de su oficio. Mas no se escandalizó la Duquesa de Ferrara, que cosas peores había visto en Roma.