IV

Las proyectadas bodas españolas de Lucrecia Borja con don Cherubín de Centelles y D. Gaspar de Prócida.—Su matrimonio con el Señor de Pesaro, Juan Sforza.—La ceremonia nupcial.—La boda del Duque de Gandía, D. Juan, con su cuñada Doña María Enríquez, viuda del primer Duque.—Consejos que le dió el Papa.—Celébrase la boda en Barcelona.—La de D. Jofre de Borja con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey Alfonso II de Nápoles.—Los Sforza.—Relaciones de la Corte de Milán con las demás de Italia.—El Señorío de Pesaro.—Lucrecia en Pesaro.—Ludovico el Moro abre las puertas de Italia a Carlos VIII de Francia.—Caen en poder de los franceses Julia Farnesio, su hermana Jerónima y su suegra Adriana Milá, y las rescata el Papa.—Carlos VIII en Roma.—Encamínase a Nápoles.—Fuga de César y muerte de Djem.—Fácil conquista de Nápoles y sus desastrosos efectos para el ejército francés.—La Liga contra Francia.—La batalla de Fornovo.—Regresa a Roma a fines de Octubre de 1495 Lucrecia, y en Mayo de 1496 hacen su entrada Jofre y Sancha.—Tres meses después llega de España el Duque de Gandía para capitanear el ejército pontificio en la campaña contra los Orsini, y es derrotado en la batalla de Soriano.—Asesinato del Duque de Gandía.—Dolor del Papa.—¿Quién fué el asesino?—Aunque no probada, parece probable la culpabilidad de César.—Cae en desgracia en el Vaticano el Señor de Pesaro.—Se declara nulo, por impotencia, su no consumado matrimonio con Lucrecia.—Del ofendido marido parte la acusación de incesto contra el Papa.

El grande amor que Alejandro VI profesó a los hijos que tuvo en la Vannozza, y especialmente a Lucrecia, hízole procurar, por toda clase de medios, el engrandecimiento y encumbramiento de los varones, al par que el de la hija predilecta, a quien buscó marido desde su más tierna edad, y sin que en el matrimonio contara para nada la voluntad de la contrayente. Trató primero de casarla en España con un D. Cherubín Joan de Centelles, Señor del valle de Ayora, en el Reino de Valencia, y hermano del Conde de Oliva[58], firmándose el contrato en Roma el 26 de Febrero de 1491, y como hasta el 18 de Abril de 1492 no cumplía ella los doce años, en el mes de Junio siguiente debía confirmarlo por palabras de presente. Ignórase el motivo de que quedara sin efecto este contrato; pero pocos meses después, el 30 de Abril de 1491, concertóse la boda de Lucrecia con otro noble español, don Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, hijo del Conde de Aversa D. Juan Francisco y nieto de D.ª Leonor de Prócida y de Castelleta, familia que vino con la Casa de Aragón a Nápoles, donde afincó. El advenimiento de Rodrigo Borja al solio pontificio hizo que le pareciera don Gaspar poco partido para la hija del Papa, y el 8 de Noviembre de 1492 quedó disuelto el concertado enlace y anulado el 10 de Junio de 1498 por Breve de Su Santidad, en que se consideraba ilegal la disolución que por error y sin la suficiente dispensa indujo a Lucrecia a unirse en matrimonio con Juan Sforza; matrimonio que tampoco se había consumado y había sido declarado nulo; pero el Breve se expedía a solicitud de Lucrecia, para evitar escándalo, por haberse casado D. Gaspar con otra mujer de quien tenía sucesión.

El primer marido de Lucrecia fué el Señor de Pesaro, Juan Sforza de Aragón[59], hijo natural de Constanzo y nieto de Alejandro, hermano de Francisco, Duque de Milán, que en 1445 compró en 20.000 florines de oro el Señorío de Pesaro a Galeazzo Malatesta[60]. En 1490 había enviudado Juan de Magdalena Gonzaga, hermana del Marqués de Mantua Francisco I, y su tío el Cardenal Ascanio sugirió al Papa esta boda, que por los apellidos y parentescos del novio parecía ventajosa, y fué aceptada. Firmóse el contrato el 2 de Febrero de 1493, y el 9 de Junio hizo su entrada en Roma el Señor de Pesaro con una lucida comitiva, en la que figuraba el indispensable bufón Pedro Mambrino. La ceremonia nupcial se celebró el día 12 siguiente en el Vaticano, y están esencialmente de acuerdo en su descripción el Embajador del Duque de Ferrara, Juan Andrés Bocaccio, Obispo de Módena, y Pier Gentile de Varano, uno de los muchos corresponsales que hoy llamaríamos reporteros, de la Marquesa de Mantua, Isabel de Este. No asistieron más Embajadores que el dicho de Ferrara, el veneciano, el milanés y uno del Rey de Francia. La novia estaba lujosamente vestida y se adornaba con muchas joyas; pero quien entre las mujeres llamóles más la atención por su belleza fué Julia Farnesio, «de la que tanto se habla», dice Bocaccio; y el Varano, al nombrarla, añade: la quale invero e una bella cosa da vedere e dicessi essere la favorita del Papa. A la ceremonia religiosa siguió una égloga pastoral en honor del Papa, obra de Seraphin, y la comedia de Plauto Menechmes, «Los gemelos», en latín, que no gustó a Su Santidad y no dejó que se acabara. Bailaron luego las damas, «y con asistencia del Papa y de todos nosotros, dice el Obispo de Módena, se pasó la noche: si bien o mal, queda a juicio de Vuestra Señoría».

Apenas falleció D. Pedro Luis de Borja, primer Duque de Gandía, cuando el 28 de Agosto de 1488, según ya queda dicho, el Deán de Valencia D. Juan López, como Notario apostólico, otorgó poder a D. Francisco Prats para que, en nombre de D. Juan de Borja y como procurador suyo, se trasladase a España y firmase las capitulaciones matrimoniales con su cuñada D.ª María Enríquez, y en la propia fecha dispensaba el Papa Inocencio VIII los impedimentos de edad y parentesco. El 13 de Diciembre de aquel año se firmaron en Valladolid las nuevas capitulaciones, debiendo celebrarse el matrimonio in facie Ecclesiæ tres años después y obligándose los padres de doña María Enríquez a pagar la dote pasados treinta días de la consumación del matrimonio. Pasaron, sin embargo, cuatro años sin que el concertado enlace se llevase a cabo, por razones políticas o particulares del Rey D. Fernando; pero con la elevación de Rodrigo de Borja al solio pontificio cambiaron las cosas de aspecto. Pocos días después de la boda de Lucrecia, el 19 de Junio de 1493, llegó a Roma, para prestar la obediencia como Embajador de los Reyes Católicos, D. Diego López de Haro, «caballero de mucho valor y de los más señalados que hubo en su tiempo», según Zurita, el cual manifestó a Su Santidad que el nuevo Duque de Gandía sería bien recibido en la Corte de España y que le harían graciosa donación de un buen Estado. Regocijó esto al Papa, y el 2 de Agosto embarcó D. Juan en Civitavecchia, colmado de regalos, obra de los mejores orífices italianos y con el equipaje de un magnate, como se ve en el inventario escrito por Ginés Fira, de sus alhajas, ropas y otros objetos, que se conserva en el archivo de la Catedral de Valencia y ha sido publicado por el Sr. Sanchís y Sivera con otros interesantes Documentos y cartas privadas que pertenecieron al segundo Duque de Gandía[61]. Igualmente numeroso y escogido eran el personal y servidumbre que le acompañaba, compuesto de gentiles-hombres, pajes, mayordomos, camareros, escuderos, músicos, burberestador (desbravador) y el patje que porta les camises a la senyoria.

Entrególe el Papa a mano una carta llena de excelentes consejos y encargos, que reiteró en las instrucciones que hizo redactar a Mosén Fira, que como secretario había de acompañar al Duque. Debía oír misa todos los días; no ser mentiroso ni chismoso; servir con asiduidad y diligencia al Rey, la Reina, el Príncipe y los Infantes, ganándose sobre todo la voluntad de la Reina; guardarse de cualquier clase de juegos, especialmente el de dados, pues si los tocaba para jugar jamás volvería a verle la cara. Encargábale en las instrucciones que al llegar a Valencia fuese a besar las manos a su tía D.ª Beatriz de Arenós, guardándole cuantas atenciones pudiese, por ser dicha tía la única hermana de Su Santidad y persona de tanta virtud y merecer, y que tratase de granjearse su voluntad, porque tenía muchos bienes y no era cosa de que fuera a disponer de ellos en favor de alguna otra persona. Y siendo la intención de Su Santidad que regresase el Duque a Roma lo más pronto posible para servirle, consultaría con el Papa respecto a cuándo debía venir y si debía traer a la Duquesa si no estuviese preñada, pudiendo venir con ella D.ª Beatriz. Y en otra carta dábale instrucciones respecto al traje y joyas con que debía hacer su entrada en Barcelona, y le recomendaba que no se quitase los guantes hasta que llegase a Barcelona, pues la mar estropeaba las manos y debía cuidárselas, porque era cosa que en nuestra tierra se miraba mucho.

El 24 de Agosto se celebró la boda en Barcelona, y de ella daba cuenta Carlos Canale a un su amigo en los siguientes términos:

«Esperaban la llegada del Duque los más altos dignatarios de la Corte, e hizo su entrada en una mula parda, que le estaba preparada, guarnecida toda de brocado, y él suntuosamente vestido con un valioso collar de rubíes y un hermosísimo diamante en la gorra. Cabalgó entre el Infante de Granada y el Duque de Cardona, que lo acompañaron por la calle que llaman Larga hasta el palacio donde estaban el Rey y la Reina y el Príncipe su hijo. Cuando llegaron ante Sus Majestades se puso el Rey en pie y el Duque se arrodilló y le besó la mano, e hizo lo mismo con la Reina y habló a Sus Majestades dignamente. Y hecho esto, vino el Príncipe, que estaba en otra cámara del palacio, trayendo de la mano a la novia. El Duque se desposó con ella ante Sus Majestades, y no la besó, porque no es costumbre el besar, como se hace entre nosotros.»

De los consejos del Papa no hizo gran caso D. Juan, mozo a la sazón de diecisiete años, jugador, bebedor y mujeriego, y cuando llegó a noticia de Su Santidad que de los 2.600 ducados que llevara el Duque a mano había gastado 2.000 en el juego y en ribalderías, y que, lejos de haber consumado el matrimonio, en lo que ponía Alejandro gran empeño, había tenido abandonada a la Duquesa para andar de noche por la ciudad matando perros y gatos, acaso en compañía del Príncipe heredero D. Juan, con quien vivió bastante íntimamente tan luego como los reyes se marcharon, dejándole de lugarteniente general; airóse mucho el Papa e hízoselo así saber al Duque en carta de fin de Noviembre. Pero si no se corrigió el Duque en punto al gasto, pudo sí dar gusto a Su Santidad participándole, en 27 de Febrero siguiente, que ya estaba encinta la Duquesa.

Mientras en Barcelona se celebraba con regia pompa el matrimonio del Duque de Gandía, su hermano D. Jofre se desposaba por poder en Roma, el 16 de Agosto, con D.ª Sancha de Aragón, hija natural del Rey de Nápoles, D. Alfonso II, el Bizco, y hermana del Duque de Bisceglia, que había de ser el segundo marido de Lucrecia. El 11 de Mayo del año siguiente[62] el Cardenal Juan de Borja, Legado pontificio enviado a Nápoles para la coronación del Rey D. Alfonso, casaba de presente a Jofre, que sólo contaba trece años, con la hija del Monarca aragonés, que llevaba en dote el Principado de Squillace. El 20 de Mayo de 1496 hicieron su entrada en Roma, él vestido a la española y ella a la napolitana. Era él, según Scalona, moreno de cara y de mirada lasciva, el pelo largo y tirando a rojo, y pareciendo tener catorce o quince años. Ella, que cabalgaba entre Lucrecia y el Embajador de España, aparentaba tener unos veintidós años (aunque no pasaba de los diecisiete), era naturalmente morena, de ojos glaucos, nariz aguileña y con una buena mano de colorete. Fué el matrimonio de Jofre infelicísimo, y según pública voz de que se hizo eco un Embajador ferrarés, no llegó nunca a consumarse, y no porque pecara de esquiva la hermosa y enamoradiza Sancha, que después de haber otorgado sus favores al Cardenal de Valencia, no supo negarlos al Duque de Gandía, y a celos de rivales y envidias de hermanos atribuyóse el fratricidio.

No alcanzó Lucrecia mayor ventura, si bien por distintos motivos que su hermano Jofre, en su matrimonio con el Señor de Pesaro. Con título de Duques gobernaban los Sforzas a Milán desde que en 1540 vino a señorearla Francisco Sforza, uno de los más grandes capitanes de su tiempo, tipo cabal del condotiero italiano del siglo XV, que sirvió con igual celo a los Visconti contra los venecianos y a éstos contra aquéllos, y casó con Blanca Visconti, última descendiente de los Visconti milaneses. Tuvo Francisco veinte hijos, once de ellos bastardos, y entre los legítimos a Galeazzo María, casado con Bona de Saboya, que le sucedió y murió asesinado; a Hipólita, esposa de Alfonso II de Nápoles, que gozó fama de culta entre las mujeres italianas del Renacimiento; al Cardenal Ascanio, que más de una vez estuvo a punto de ser Papa, y a Ludovico el Moro, que casó con Beatriz de Este[63], hija del Duque Hércules de Ferrara y de D.ª Leonor de Aragón, hermana de Alfonso II, e hizo de la Corte de Milán una de las más renombradas y fastuosas de Italia. Cuando en 1493 se desposó con Lucrecia Juan Sforza, reinaba nominalmente en Milán Juan Galeazzo, el nieto de Francisco, casado con su prima hermana Isabel de Aragón, la hija legítima de Alfonso II, que no sin razón se firmaba Isabella d’Aragonia Sforcia, unica en disgrazia; pero quien en verdad reinaba era el entonces Duque de Bari, Ludovico el Moro, que a la muerte de su sobrino Juan Galeazzo, atribuída a un veneno, y que pudo ser mero efecto de la gula, usurpó la corona que correspondía a Francisco, el hijo del difunto, que se llevó después Luis XII a Francia, y allí murió sin sucesión y muy mozo de una caída de caballo en una cacería. Aunque eran los Sforzas de cuna modestísima, se ennoblecieron con la espada y el tálamo y emparentaron, directa o indirectamente, con los soberanos de las más famosas cortes italianas, y hasta con el Emperador y con el Papa. Con la de Nápoles, por los repetidos enlaces mencionados; con la de Mantua, en que brillaba Isabel de Este, mujer del Marqués Francisco Gonzaga y hermana de Beatriz; con la de Ferrara, por el matrimonio de Alfonso I de Este, el tercer marido de Lucrecia, que casó en primeras nupcias con Ana Sforza, hermana de Juan Galeazzo. La hermana de Ana, Blanca María, fué la segunda mujer del Emperador Maximiliano, y su media hermana Catalina, una de las hijas bastardas de Galeazzo María, mujer primero de Jerónimo Riario, Conde de Forli, después de Jacobo Feo de Savona y, por último, de Juan de Médicis, de quien tuvo a Juan de Médicis, Capitán de las Bandas Negras, adquirió fama de hembra casi virago y de gran ánimo[64], y cuando se vió sitiada en Forli por los asesinos de Riario, que para rendir la fortaleza en que se había refugiado, la amenazaron con dar muerte a sus hijos, que tenían en rehenes, portóse como el más esforzado varón, y lejos de ocultar su sexo, hizo de él deshonesto alarde desde la muralla, para que los sitiadores vieran que no habían de faltarle hijos, como, en efecto, los tuvo de sus dos sucesivos maridos.

Estrechas fueron también las relaciones de la Corte de Mantua con la de Urbino, a la que dió tanto renombre el Conde Baltasar Castellón con su libro El Cortesano, primorosamente traducido al castellano por Boscán. El Duque Guidobaldo, último de los Montefeltro, casó con Isabel Gonzaga[65], cuñada de la gran Marquesa Isabel de Este, y la hija de ésta, Leonor Gonzaga, fué después Duquesa de Urbino por su enlace con Francisco de la Rovère, sobrino e hijo adoptivo de Guidobaldo, que murió sin sucesión. Otra hermana de Guidobaldo, Inés, se desposó con Fabrizio Colonna y tuvo por hija a la famosa poetisa Victoria Colonna, Marquesa de Pescara, que entre sus muchos e ilustres amigos contó a Miguel Angel, y le inspiró no pocos madrigales y sonetos. Disfrutó asimismo en Urbino de la hospitalidad de aquellos Duques, tan amantes de las letras y las artes, el desterrado Julián de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico y hermano del Cardenal Juan, que fué luego León X; hombre flaco de suyo, y a mayor flaqueza reducido por el frecuente comercio con las damas, una de las cuales le hizo en Urbino padre del célebre Cardenal Hipólito, tan admirablemente retratado por Tiziano. Este comercio, aún más que el trato con Castellón, Bembo y otros discípulos de Apolo, de que hablaba Ariosto en una de sus sátiras, hacíale el destierro más humano. Vuelto a Florencia en 1512, fué Capitán general y Gonfaloniero de la Santa Iglesia, y después Duque de Nemours por su matrimonio con Filiberta de Saboya, tía de Francisco I, Rey de Francia. No olvidó Julián la hospitalidad de Urbino, y mientras vivió, cediendo a sus ruegos, se abstuvo León X de realizar su propósito de despojar a Francisco de la Rovère del Ducado para dárselo a su sobrino Lorenzo, hijo de su hermano mayor Pedro y de la ambiciosa Alfonsina Orsini, a quien casó con Magdalena de la Tour d’Auvergne, hija del Conde Juan de Boulogne, que por su madre Catalina de Borbón estaba emparentada con la Casa Real de Francia. Murió Magdalena al dar a luz a Catalina de Médicis, esposa de Enrique II y madre de tres Reyes, y pocos días después falleció Lorenzo del mal francés que padecía.

El Señorío de Pesaro era uno de los menos importantes de las Marcas. La antigua Pisaurum, ciudad edificada, según se dice, por los sículos, que de España pasaron a Sicilia, tomó su nombre del río, que hoy se llama Foglia, a cuya orilla derecha se extiende hasta el mar en un risueño y espacioso valle. Fué colonia romana, y a la caída del Imperio corrió la suerte de las demás ciudades italianas: Vitiges la destruyó; Belisario la reedificó, e incorporada al Exarcado, formó la Pentápolis con otras cuatro ciudades sobre el Adriático: Ancona, Fano, Sinigaglia y Rimini. Pasó a ser longobarda cuando se apoderó Astolfo de Rávena y luego al poder del Papa por donación de Pepino y Carlomagno. Se hicieron después Señores de Pesaro los Malatesta, que lo eran de Rimini, y por un tratado de tiempo del Cardenal Gil de Albornoz quedaron reconocidos como Vicarios de la Iglesia. Establecióse en Pesaro una rama secundaria de los Malatesta, hasta que, viéndose amenazado Galeazzo Malatesta por su pariente Gismundo, y no teniendo fuerzas con que defenderse, vendió en 1445 la ciudad en 20.000 florines de oro, según se ha dicho, a Francisco Sforza, que la cedió a su hermano Alejandro, casado con una sobrina de Galeazzo.

El 8 de Junio de 1494 hizo Lucrecia su entrada en Pesaro bajo una lluvia torrencial que deslució el recibimiento que le tenían preparado sus vasallos y no permitió a la bella y risueña ciudad presentarse como tal a los ojos de la nueva Señora, que debió encontrar también harto modesto el palacio en que se alojó, comparándolo con los que había habitado y visto en Roma. Dice, sin embargo, Gregorovius, que si en su matrimonio con Sforza gozó Lucrecia la felicidad de la vida, fué ciertamente en los días que pasó en Pesaro, que la hicieron vivir como reina de un pastoral idilio; pero quizás ella misma, añade, empezó a encontrar monótona y vacía su existencia en Pesaro, sobre todo por las frecuentes ausencias del marido como condotiero del Papa y de los venecianos. Parécenos que la imaginación de Gregorovius, que unas veces suple y otras desfigura la copiosa documentación, no siempre fielmente transcrita, que acompaña la historia de Lucrecia Borja, estuvo más acertada al suponer que Lucrecia se aburría soberanamente en Pesaro, que no al pintarla feliz con su marido y echándole de menos cuando los deberes militares le obligaban a ausentarse; porque no bastan su indolente pasividad y su absoluta sumisión a la voluntad paterna para explicar y justificar su conducta respecto a Sforza en el proceso de anulación del matrimonio. Era Lucrecia apegadísima a los suyos, parientes y españoles. A Ferrara la acompañaron como damas dos Borjas, Jerónima y Angela, hermanas del Cardenal Juan de Borja, el Joven, y entre las españolas que llevó a Pesaro iba Juana López, sobrina del Datario y después Cardenal Juan López, que allí casó con Juan Francisco Ardizio, médico y confidente de Juan Sforza.

Debió éste a la desmedida ambición de su tío Ludovico la mayor de sus desventuras. Llamado por el Moro entró en Italia Carlos VIII, el 3 de Septiembre de 1494, a la cabeza de un poderoso ejército, con el propósito de conquistar a Nápoles. Dos años duraron, para preparar esta guerra, las negociaciones de la Corte de Milán con la de Francia y las demás de Italia, negociaciones que fueron el origen netamente italiano de la diplomacia moderna y en las que rayó a tal altura la habilidad del Moro, que su nombre hízose verbo, y se llamó entonces ludovicheggiare el arte de la intriga en que parecía el milanés maestro, así como el nombre de Maquiavelo adjetivándose tomó carta de naturaleza en todas las lenguas y hasta en nuestros días sirve para designar la poco escrupulosa astucia florentina. Contaba a la sazón Carlos VIII unos veinticuatro años y no valía gran cosa, ni de cuerpo ni de espíritu, a juicio de los Embajadores venecianos, siendo pequeñuelo y mal formado, feo de cara, con ojos abultados que debían ver poco, nariz aguileña más grande y gorda de lo debido, boca de labios gruesos siempre abierta, con un movimiento espasmódico de la mano muy desagradable, y tardo y confuso de palabra. Halagábale la idea de la conquista de Nápoles, porque creía que quedaría así la Italia bajo su dominio y el Papa dependiente de nuevo de Francia, y que vendría él a ser señor de Europa. Los primeros pasos de Carlos VIII en Italia acrecentaron sus ilusiones, pues apenas encontraron sus tropas seria resistencia, y las pocas guarniciones que se defendieron fueron pasadas a cuchillo, sin perdonar a los inermes viejos, mujeres y niños. El 17 de Noviembre entró lanza en ristre, al frente de su ejército, en Florencia, y el 28 abandonó la ciudad, encaminándose a Roma, no sin haber antes robado los franceses, según Commines, cuanto pudieron del tesoro de antigüedades juntado por los Médicis, que había ya sufrido el previo saqueo de la plebe.

Había el 22 publicado un manifiesto dirigido a la Cristiandad, en que declaraba no ser su ánimo el hacer conquistas, sino el libertar del poder de los turcos los Santos Lugares, para lo que iba a tomar posesión del reino de Nápoles, que le correspondía, y sólo pedía al Papa el paso por los Estados de la Iglesia, que si le fuese negado obtendría por la fuerza, a pesar de las tristes consecuencias a que esto pudiera dar lugar, amenazando, de una manera apenas velada, con la reunión del Concilio y la deposición de Alejandro VI.

Con tal rapidez caminaron los franceses, que en sus manos cayeron Adriana Milá, Julia Farnesio y su hermana Jerónima, mujer del florentino Giannozzo Pucci, que salieron de Capodimonte para reunirse en Viterbo con el Cardenal. Lleváronlas a Montefiascone con las veinticinco o treinta personas que componían su comitiva, y el Capitán Ives d’Allegre dió parte al Rey, que no quiso ver a la bella Julia, por cuyo rescate pidió el Capitán tres mil ducados. Consternado el Papa, acudió al Cardenal Ascanio Sforza y a Galeazzo de San Severino[66] para que intervinieran cerca de Carlos VIII, el cual dió orden de que fueran puestas en libertad aquellas damas. Escoltadas por cuatrocientos franceses llegaron, el 1.º de Diciembre, a las puertas de Roma, donde se hizo cargo de ellas el Camarero de Su Santidad, Juan Marrades, y el Papa salió a su encuentro vestido de jubón negro, listado de brocado de oro, una bella faja a la española, con puñal y espada, botas españolas y gorra de terciopelo muy galana. Cuando lo supo Ludovico censuró a su hermano y a San Severino por haber contribuído a la restitución de aquellas mujeres, que eran el corazón y los ojos del Papa, y por cuyo medio se hubiese de él obtenido cuanto se quisiera, pues no podía vivir sin ellas. Los franceses no habían sacado más que tres mil ducados por el rescate, cuando el Papa hubiese dado más de cincuenta mil.

Llegó Carlos VIII a Roma, según lo había anunciado, a fines de Diciembre; y el día de San Silvestre, declarado fausto por los astrólogos, hizo su entrada en la Ciudad eterna por la puerta del Pueblo y la vía Lata, el actual Corso. Seis horas, de las tres a las nueve, duró el desfile del lucido ejército francés, a cuya cabeza marchaban, armados de picas y alabardas, los gallardos mercenarios suizos y tudescos, seguidos de los ballesteros gascones, los arqueros escoceses, la caballería pesada y ligera, los treinta y seis cañones de bronce de grueso calibre, con las culebrinas y falconetes, siendo esta artillería la que más honda impresión produjo en los romanos. Cabalgaba el Rey entre el Cardenal Ascanio Sforza y el de la Rovère, y tras él venían otros seis Cardenales; D. Próspero y don Fabricio Colonna, con todos los Generales italianos, entremezclados con los altos dignatarios y nobles franceses, que le acompañaron hasta el Palacio de San Marcos, que se le destinó como alojamiento.

Empezaron luego las pláticas. Pretendía Carlos que le entregara el Papa el castillo de Sant’Angelo y a Djem, el hermano del Sultán, y que César Borja le acompañara como legado; es decir, como rehén, hasta Nápoles. A la entrega del castillo negóse el Papa, y en él se encerró con seis Cardenales y la guardia española, que mandaba su sobrino Rodrigo Borja, hermano del Cardenal Juan. Los cinco Cardenales que rodeaban constantemente al Rey, y sobre todo, Ascanio Sforza y Julián de la Rovère, enemigos entrambos del Papa, y entre sí no menos enemigos, insistían en que se convocase el Concilio para la reforma de la Iglesia y la deposición de Alejandro VI como simoníaco. La palabra reforma, como reconoce el propio Commines, no era más que un pretexto, y en cuanto a la simonía, siendo la acusación fundada, no parecía el más indicado para formularla el Cardenal Ascanio, que había sido el trujamán de la feria. Asestados los cañones contra el castillo, que hubiera podido ser fácilmente batido, y convencido de ello el Papa, decidióse a capitular, y el 15 de Enero de 1495 se firmó un convenio, cuyas principales condiciones fueron que César siguiera al ejército francés durante cuatro meses, que Djem quedase en poder del Rey mientras peleaba contra los turcos; que el castillo de Sant’Angelo continuase en poder del Papa, y que el Rey prestase obediencia al Papa y no le molestase en cosa alguna espiritual ni temporal, antes bien, le defendiese contra cualquier ataque. Ratificado el convenio y prestada en consistorio la obediencia, tomó Carlos VIII el camino de Nápoles, con gran satisfacción de los romanos, que habían tenido que mantener y soportar un ejército numeroso, cuyos discordes elementos eran harto levantiscos e indisciplinados, y con no menor alegría de Alejandro VI, que había salido con bien del más apretado lance de su vida, en que tan a punto estuvo de perder la tiara.

En Velletri, los Embajadores del Rey Católico formularon sus quejas y protestas, y no habiéndolas atendido el francés, D. Antonio de Fonseca rasgó los capítulos del convenio hecho con Francia y arrojó los pedazos a los pies del Rey. Pidiéronle que dejase en libertad a César, pero éste cuidó de recobrarla por sí mismo y desapareció de Velletri, disfrazado de palafrenero, sin cuidarse del bagaje, cargado en diecisiete mulos; mas cuando se abrieron los baúles, que debían contener sus ropas y enseres de casa, porque la plata había quedado rezagada, halláronlos vacíos los franceses.

Otro contratiempo fué la repentina muerte de Djem, natural efecto de su licenciosa vida; pero aunque en nada pudo aprovechar al Papa, atribuyóse al veneno de los Borjas.

La campaña de Nápoles se redujo, para los franceses, a un triunfal paseo. El Rey Alfonso abdicó en su hijo Fernando II (Ferrantino) y se refugió en Sicilia, adonde también vino a parar el nuevo Rey cuando entró Carlos VIII en la ciudad de Nápoles. No volvió a hablarse de la cruzada contra los turcos, ni el Rey de Francia pensó más que en gozar de aquel paraíso terrenal, poblado de seductoras Evas, que con toda clase de frutas le tentaban[67]. Y si a la tentación sucumbió el Rey, con harta más facilidad hubieron de rendirse sus capitanes y soldados, que, como buenos hijos de Marte, sentían la poderosa atracción de Venus. No les fué, sin embargo, benigna la alma Diosa: el implacable mal que cantó Fracastoro[68] hizo en los invasores gran estrago, y de él no se libraron Reyes ni Papas.

Mientras Carlos VIII y su ejército campaban en Nápoles sin cuidarse del resto de Italia, Ludovico el Moro, arrepentido de haber traído a los franceses y ofendido de la altanería con que el Rey le había tratado, dió oídos a los venecianos y entró en la Liga contra Francia, que formaron con el Papa los Reyes Católicos y el de Romanos, que fué luego el Emperador Maximiliano, dándosele el mando del ejército al Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Alzáronse también los napolitanos, cansados del mal gobierno extranjero, y el 20 de Marzo tuvo Carlos que emprender la retirada. Quiso, a su paso por Roma, ver al Papa; pero Alejandro esquivó la entrevista, yendo primero a Orvieto y luego a Perugia. El 6 de Julio se encontraron los dos ejércitos en Fornovo, junto al Faro, y trabaron reñidísima batalla, atribuyéndose ambas partes la victoria: los italianos, porque quedaron dueños del campo, y los franceses, por haber conseguido su propósito de abrirse paso. Aprovechó la ocasión el Moro para hacer, el 9 de Octubre, en Vercelli, las paces con Carlos VIII, prescindiendo de los venecianos, con lo que creyó verse libre de unos y de otros, y sólo logró enemistárselos más hondamente.

Estando en Perugia el Papa hizo venir a Juan Sforza, que llegó con su mujer el 16 de Junio de 1495, pasó allí cuatro días y se volvió a Pesaro. Había estado Sforza a sueldo de los venecianos; pero no se le vió en la batalla de Fornovo ni en el sitio de Novara, y hechas las paces en Vercelli regresó a fines de Octubre a Roma con Lucrecia.

Jofre de Borja siguió la suerte del Rey de Nápoles; acompañóle a Sicilia y con él volvió a Nápoles, haciendo su entrada en Roma con D.ª Sancha, el 20 de Mayo del año 1496. El Papa los recibió en el Vaticano, en su trono, rodeado de once Cardenales, e hizo sentar a sus pies, en sendas almohadas, a Lucrecia a la derecha y a Sancha a la izquierda. Era entonces Pascua, y a las fiestas con que la Iglesia las celebra concurrieron las dos jóvenes princesas, que se sentaron, con escándalo de los romanos, en las sillas de coro, entre los Canónigos.

Tres meses después, el 10 de Agosto, hizo su entrada, no menos solemne, en Roma el Duque de Gandía, que dejó a la Duquesa en Valencia y trajo al Papa, según se dijo, como recuerdo de España, una bellísima valenciana; mas debió ser chisme propalado por los Embajadores venecianos y por el Moro, enemistado ya con Alejandro. Ardía éste en deseos de castigar a los Orsini, que por odio a los Colonna se habían puesto de parte de los franceses. Cuando tuvieron que capitular en Atella, a fines de Julio, los que al mando de Montpensier habían quedado en el reino de Nápoles para defenderlo, cayeron en poder del Rey Fernando II, Virginio Orsini y su hijo Juan Giordano, con lo que se vieron privados los Orsini del jefe de la familia y del más valiente de sus capitanes. Parecióle a Alejandro la ocasión propicia para acabar con aquellos poderosos Barones y apoderarse de sus bienes, y llamó al Duque de Gandía para ponerle al frente del ejército pontificio como Capitán general, a quien acompañaría el Duque de Urbino Guidobaldo. Pero la batalla de Soriano, en que quedaron los pontificios completamente derrotados, el Duque de Urbino prisionero y el de Gandía herido levemente en la cara, obligó al Papa a hacer las paces con los Orsini y acabó con las ilusiones que se había forjado sobre los talentos militares de su hijo predilecto, a quien más le hubiera valido morir como soldado en el campo de batalla.

La noche del 14 de Junio de 1497 tuvo lugar, en la viña de la Vannozza, junto a San Pedro ad vincula, un banquete a que asistieron sus dos hijos, Juan y César, y gran número de amigos, entre ellos el Cardenal Juan Borja el Joven. Era ya tarde cuando los dos hermanos y el Cardenal montaron sus mulas y se encaminaron con una pequeña escolta al Vaticano. Al llegar al Palacio Cesarini, que habitaba el Cardenal Ascanio Sforza, se despidió el Duque de Gandía de sus dos compañeros con el pretexto de una cita a que debía ir solo, y sin hacer caso a los Cardenales que trataron de persuadirle de que se hiciese escoltar por unos cuantos hombres de los que llevaban consigo, fuese con un solo lacayo y un enmascarado que había traído al banquete y que desde hacía un mes iba todos los días a visitarle[69]. En la plaza de los Hebreos despidió el Duque al lacayo con orden de que le aguardara allí una hora, y que si al cabo de ella no volvía, tornase a palacio, y tomando a las ancas al enmascarado, espoleó la mula y al trote desapareció en la oscuridad. Como no regresara el Duque a palacio a la mañana siguiente, sus familiares dieron parte al Papa, el cual atribuyó la ausencia a alguna aventura galante que le obligaba a aguardar las sombras de la noche para abandonar la casa hospitalaria en que se albergaba. Pero llegó la noche, y no habiendo Gandía parecido, inquietóse sobremanera Su Santidad y ordenó se le buscara por todas partes. Encontraron la mula que montaba y al lacayo gravemente herido, que no pudo dar explicación ninguna, y finalmente, el 16 de Junio, por un eslavo, mercader de leña, que tenía su almacén a orillas del Tíber, junto al hospital de su nación, y se hallaba de guardia en una barca, se supo que en la noche del martes 14, a las dos de la madrugada, desembocaron por la izquierda del hospital dos hombres, que después de haber mirado a su alrededor y visto que no había nadie, se marcharon. Vinieron a poco por el mismo sitio otros dos hombres, que cerciorados de la soledad, hicieron una señal y apareció entonces un caballero en un caballo blanco, que llevaba atravesado en la silla un hombre muerto, cuya cabeza y brazos pendían de un lado y las piernas del otro, sosteniéndolos a uno y otro lado los otros dos hombres, todos ellos enmascarados. Llegaron a la orilla del Tíber, al sitio en que se echan al río las inmundicias, y allí arrojaron el cadáver. A la pregunta del caballero de si se había ido bien a fondo, contestaron afirmativamente, y los cinco hombres, dos de los cuales montaban la guardia, desaparecieron por otra calle que daba al Hospital de Santiago. Y habiéndosele echado en cara al mercader eslavo que no hubiese dado aviso al Gobernador, respondió, y esto pinta la Roma de los Borjas, que había visto en su vida echar al río más de cien cadáveres sin que a nadie le importase nada.

Aquel mismo día los pescadores encargados de arrancarle al río su secreto, encontraron el cadáver del Duque no lejos de Santa María del Pueblo y cerca de un jardín perteneciente a Ascanio Sforza. Halláronle degollado y con nueve heridas en el cuerpo; pero nada le faltaba, ni del traje, ni de las joyas, ni del dinero que tenía en la bolsa. Era, pues, evidente que no había sido el robo el móvil del delito[70].

Grande fué el dolor de Alejandro por la muerte de aquel hijo que compartía con Lucrecia la predilección paterna. Encerróse en el castillo de Sant’Angelo y no quiso ver a nadie, ni en dos días probó alimento ni bebida, ni pudo conciliar el sueño, llorando amargamente y lamentándose a voces. En el Consistorio del 19 de Junio, a que asistieron todos los Cardenales presentes en Roma, excepto Ascanio Sforza, y los Embajadores de la liga, el español, el napolitano, el veneciano y el milanés, dió el Papa rienda suelta a su pena. «Amábamos, dijo, al Duque de Gandía sobre todas las cosas del mundo, y daríamos con gusto siete tiaras por volverlo a la vida. Dios, por nuestros pecados, ha querido mandarnos esta prueba, porque no merecía el Duque de Gandía muerte tan terrible y misteriosa. Ha corrido la voz de que el autor de ella es Juan Sforza. Estamos seguros de que no es verdad, y aún menos de que lo sea su hermano o el Duque de Urbino. Dios perdone a quien lo haya cometido. Estamos resueltos a atender de aquí en adelante a nuestra reforma y a la de la Iglesia. Confiaremos ésta a seis Cardenales y a dos auditores de la Rota. Los beneficios se conferirán únicamente a los que los merezcan. Queremos renunciar al nepotismo y empezar la reforma por nosotros mismos para pasar después a la de los demás miembros y llevar esta obra hasta el fin.» El Embajador español, Garcilaso, excusó la ausencia del Cardenal Ascanio Sforza, que rogaba a Su Santidad no diese crédito a la voz de que era el asesino, y se había puesto a la cabeza de los Orsini, y que si lo permitía el Pontífice, comparecería para justificarse personalmente, no habiendo asistido al Consistorio por temor a la furia y venganza de los españoles. «Dios nos libre—contestó el Papa—de tener tan terrible sospecha de un Cardenal que siempre tuve por hermano, y será, cuando comparezca, el bienvenido.» Pero a pesar de estas buenas palabras y de que no se sentía el Cardenal culpable, creyó más prudente, en vista de la hostilidad de los españoles, apartarse de Roma y pasó a Genazzano.

Nombróse inmediatamente la comisión para la reforma de la Iglesia, y los Cardenales que la compusieron tomaron muy a pechos su encargo y redactaron una Bula que ponía coto a todos los más conocidos abusos; pero a su aprobación y publicación se fueron dando largas y quedó, por fin, condenada a perpetuo olvido cuando se aplacaron, con el tiempo, el dolor y el arrepentimiento de Alejandro VI y de él se enseñorearon de nuevo y con más fuerza sus pasiones y carnales apetitos.

Quién fuera el asesino del Duque de Gandía no se sabe hasta hoy con absoluta certeza. Además del Cardenal Ascanio y del Señor de Pesaro, atribuyóse el crimen a los Orsini, y a esta opinión se inclina la autorizada del Barón de Pastor, en su Historia de los Papas, aunque sin datos bastantes que la afirmen. Rechaza, en cambio, la versión del fratricidio, universalmente admitida algunos años más tarde. La primera alusión a César la hallamos en un despacho del Enviado de Ferrara en Venecia, de 22 de Febrero de 1498, es decir, ocho meses después del crimen, y dos años más tarde, cuando por orden de César fué estrangulado el segundo marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón; el Embajador veneciano Capello escribía desde Roma que «el asesino era el mismo que mató al Duque de Gandía y lo echó al Tíber». A raíz del crimen daba de él cuenta a su Gobierno el Embajador florentino Bracci, y le decía: «Quien ha dirigido la cosa tiene entendimiento y valor y es un gran maestro»[71]. Y Scalona escribía al Marqués de Mantua: «La cosa, si no ha sido hecha, ha sido mandada hacer o aconsejada por persona que tiene los dientes largos

Dientes largos teníanlos los Orsini; mas después de haber obtenido con la victoria de Soriano y el subsiguiente acuerdo cuanto apetecían, no parece que sólo por vengar anteriores agravios hubieran cometido el crimen. Y no es tampoco verosímil que si el Papa los tuvo por asesinos de su hijo los hubiese dejado en paz buen número de años, puesto que no comenzó hasta fines de 1502 la implacable persecución de aquellos poderosos Barones. Es más: en los primeros meses de 1498, pocos después del asesinato de Gandía, trató el Papa de casar a Lucrecia con un Orsini, y si el proyecto matrimonial no se llevó a cabo, debióse al deseo de Alejandro VI de enlazar a sus hijos con los de la Casa de Aragón para favorecer las ambiciosas miras de César, que soñaba con la corona de Nápoles.

De no ser los asesinos los Orsini, ¿quién sino César tenía los dientes largos y podía considerarse gran maestro, según lo acreditó más tarde con el engaño de Sinigaglia? Manteníase todavía el Cardenal de Valencia en la sombra, entregado al toreo de reses bravas, la caza y las mujeres, por lo que no recayeron en él las primeras sospechas; pero como las pesquisas de la policía para descubrir a los sicarios resultasen vanas y el delito quedase impune y envuelto en el más profundo misterio, se creyó que había un interés en echar tierra al asunto, siendo la impunidad preferible al escándalo. Y la voz pública designó entonces a César como autor del fratricidio. ¿Qué razón pudo tener para deshacerse tan criminalmente de su hermano? Dicen los que defienden su inocencia que no pudo ser el codicioso deseo de apoderarse de los bienes del Duque de Gandía, puesto que tenía éste un hijo que había de heredarle, ni tampoco porque fuera D. Juan obstáculo a sus ambiciones, después de haber demostrado en su campaña contra los Orsini su completa incapacidad. No eran ciertamente los bienes de Gandía los que el Cardenal codiciaba, sino el puesto del hijo predilecto, ojo derecho de Alejandro[72], que le disputaba la primacía con el Papa y los favores de Sancha y el cariño de Lucrecia, que los maldicientes suponían incestuoso. Prescindiendo de los celos del amante, bastábale la envidia de Caín para impulsarle al crimen, sin el cual no hubiera podido señorear la voluntad del padre y ser, mientras vivió Alejandro, el alma y el brazo del Pontífice.

El 7 de Junio había sido nombrado Legado para coronar al Rey D. Fadrique, último de los Monarcas napolitanos de la Casa de Aragón. Después del asesinato de Gandía pensó el Papa enviar, en lugar del Cardenal de Valencia, al Vicecanciller Ascanio Sforza, con quien tuvo una conferencia el 21 de Junio; pero al fin fué César, que salió el 22 de Julio para Capua con numeroso séquito y la fastuosidad que tanto le placía, llevando al cinto la reina de las espadas, que pasó a poder del Duque de Sermoneta, y ha heredado su hijo el Príncipe de Bassiano, obra maestra del aurífice de Ferrara, Hércules de Fideli, cuyo cincel supo expresar emblemática y admirablemente el pensamiento del joven Cardenal que aspiraba a ser César, valiéndose de la espada, después de haberse abierto camino con la daga del sicario. El 6 de Septiembre regresó a Roma. Su Santidad lo recibió en su trono con el Sacro Colegio y lo besó según el ceremonial; pero ni el Valentino dijo una palabra al Papa, ni éste al Cardenal. En Octubre hicieron las paces padre e hijo, y éste manifestó su propósito de renunciar la púrpura, para lo que parecían suficiente razón su mala vida y sus notorias deshonestidades, aun para lego hartas. En el Consistorio secreto del 17 de Agosto de 1498 obtuvo la dispensa y renunció el capelo, con no poco escándalo, por ser cosa hasta entonces nunca vista.

Ya hemos dicho que uno de los primeros a quien la voz pública imputó el asesinato de Gandía fué Juan Sforza, habiendo el Papa públicamente declarado que estaba seguro de que no era verdad. Hacía tiempo que el Señor de Pesaro había dejado de ser para los Borjas persona grata. A ello contribuyó primeramente el haber abierto Ludovico el Moro las puertas de Italia al Rey de Francia para la conquista de Nápoles, y a oídos del Papa debieron llegar también los horrores que de él decía el Duque de Milán a los diplomáticos italianos acreditados en su Corte. Pesóle a Alejandro VI la alianza con los Sforza, y pensó en buscarle a Lucrecia marido de más fuste que el Señor de Pesaro y que mejor sirviera para sus combinaciones matrimoniales y políticas, que tenían por principal objeto el encumbramiento de sus hijos y el engrandecimiento de su Casa. Hiciéronle indicaciones a Juan Sforza para que espontáneamente se prestara a la disolución del matrimonio, a lo que se negó, y teniendo sospechas o habiéndole avisado Lucrecia por habérselo dicho César[73] que iba a ser asesinado, salió de Roma el Viernes Santo, 24 de Marzo de 1497, con el pretexto de ir a confesarse en San Crisóstomo; fuera de Roma, montó allí a caballo y no paró hasta Pesaro. El Papa mandó al Padre Mariano, célebre predicador de Genazzano, para persuadirle de que volviera a Roma; mas resultó vana toda su elocuencia, en vista de lo cual y de que en los cuatro años que llevaban de casados no había habido fruto ninguno de bendición que confirmara la consumación del matrimonio, aunque Scalona la tenía por cierta, resolvió el Papa disolverlo por impotencia del marido, y así lo hizo saber al Sacro Colegio en el Consistorio del 19 de Junio, encargando la instrucción del expediente a dos Cardenales que por no ser parientes ni españoles pudiesen parecer imparciales.

Le dolía a Sforza verse tachado de impotente, puesto que su primera mujer, Magdalena Gonzaga, había muerto de parto, y la tercera, Ginebra Tiepolo, con quien casó en 1500, le hizo padre de un hermoso hijo varón; pero no quiso someterse a la prueba pericial de su virilidad en Milán en presencia de testigos fidedignos y del Legado del Papa, según ingenuamente le propuso el Moro, y al fin, tanto pesó en el ánimo de éste y en el de su hermano el Cardenal el temor a las iras de Alejandro y a la venganza de los Borjas, que lograron arrancar al acobardado Juan la declaración, escrita de su puño y letra, indispensable para el fallo que se dictó el 20 de Diciembre, de que nunca había consumado el matrimonio, y Lucrecia se declaró, por su parte, dispuesta a jurar que estaba intacta[74]. Pero el marido manifestó de palabra al Duque de Milán, según escribía al de Ferrara Castaldi, su representante, «que la había conocido infinidad de veces y el Papa se la había quitado sólo para disfrutarla». De Milán y del ofendido marido partió la calumniosa acusación de incesto, que la maledicencia acogió en Roma, como asimismo atribuyó a Sforza el asesinato de Gandía, porque la voz pública reputaba incestuosa la intimidad de Lucrecia con su hermano. Y de Venecia y quizá del propio Sforza surgió la acusación contra César de haber asesinado por celos a Gandía.