V
Conducta de Lucrecia después de la fuga de Sforza.—Abandona su palacio y se refugia en el convento de San Sixto.—Proyectos del Papa de casar a César con Carlota de Aragón, la hija del Rey Fadrique de Nápoles, y a Lucrecia con D. Alonso, hijo natural de D. Alfonso II.—Desliz de Lucrecia con Perote. Da a luz un hijo.—Razones que hacen creer sea el Juan Borja, infante romano, a que se refieren las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501.—La leyenda del incesto.—Oposición de D. Fadrique al matrimonio de su hija con César.—Consiente el del Duque de Bisceglia, D. Alonso, con Lucrecia.—La Princesa de Squillace, D.ª Sancha, escribe la relación de los festines que con motivo de esta boda se celebraron en el Vaticano.—La corrida de toros.—Matrimonios concertados por el Papa de sus dos sobrinas Jerónima y Angela Borja.—Se seculariza César y es nombrado por Luis XII Duque de Valence.—Pasa a Francia y casa con Carlota d’Albret.—Acuerdo de los Reyes Cristianísimo y Católico para repartirse el reino de Nápoles.—Huye de Roma Ascanio Sforza y sigue su ejemplo el Duque de Bisceglia.—Nombra el Papa a Lucrecia Regente de Spoleto y luego Señora de Nepi.—Reúnese con ella su marido y regresan a Roma, donde da a luz a su hijo Rodrigo.—Paz de que disfruta durante la ausencia de César, ocupado en la conquista de la Romaña.—Regresa a Roma triunfador.—El atentado contra el Duque de Bisceglia. Escapa con vida y se la quita Micheletto por orden de César.—Dolor de Lucrecia.—La envía el Papa a Nepi.—Antes de dos meses vuelve a Roma y se dispone a contraer un nuevo matrimonio que se proyectaba con Alfonso de Este, primogénito del Duque de Ferrara.—La negativa del Duque.—Para vencer la prevista resistencia de Ferrara acude el Papa a Francia, que para la empresa de Nápoles necesitaba el apoyo de la Santa Sede.—Cede el Duque con ciertas condiciones previas.—Larga y laboriosa negociación en que interviene Lucrecia en defensa de los intereses de Ferrara y obtiene la aceptación del Papa, firmándose el contrato en Ferrara el 1.º de Septiembre de 1501.—Queda Lucrecia en el Vaticano como Lugarteniente del Papa, mientras éste marcha a Sermoneta.—Júbilo de Roma y de Lucrecia al saberse la firma de las capitulaciones.—Fiestas romanas.—La de las castañas.—La entrada de los ferrareses en Roma el 23 de Diciembre.—Más fiestas con motivo de la boda.—El 6 de Enero despídese Lucrecia de Roma y de los suyos, y toma el camino de Ferrara.
El 24 de Marzo de 1497 escapó de Roma a uña de caballo y no paró hasta Pesaro, creyendo su vida amenazada, Juan Sforza, el marido de Lucrecia. Ésta, que en un principio tomó el partido de su esposo, riñó luego con él, y en Junio fué completa la ruptura entre los cónyuges. El día 14 escribía el Cardenal Ascanio a su hermano Ludovico el Moro, que tanto el Papa como César y el Duque de Gandía le habían declarado que no estaban dispuestos a consentir que volviese Lucrecia a poder de aquel hombre, que el matrimonio no se había consumado, y que, por consiguiente, podía y debía disolverse. Y en el Consistorio del día 19 había hablado Su Santidad del matrimonio de su hija con el Señor de Pesaro, que hubiese deseado fuese perpetuo; pero que no habiéndose consumado por impotencia, no quería el Papa decidir como juez, dejando al Sacro Colegio que entendiese en la causa y procediese en justicia.
El 4 de Junio había abandonado Lucrecia su palacio insalutato hospite, o sea sin despedirse del Papa, refugiándose en el convento de San Sixto, en la vía Appia. Decían unos, según escribía al Cardenal Hipólito de Este Donato Aretino, el 19 de Junio, que pensaba hacerse monja, y los demás decían otras cosas que no eran para escritas. En el convento recibió Lucrecia la noticia del asesinato del Duque de Gandía, y conociendo a César debió sospechar fuera el autor de tan nefando crimen, del que pudiera ser causa ocasional, si no primera, su cuñada Sancha, cuyos favores se disputaban ambos hermanos. Ignóranse los motivos que hicieron a Lucrecia refugiarse en el convento de San Sixto, así como la duración de su clausura. Díjose que cuando Alejandro VI quiso reformarse y reformar la Iglesia, ante el dolor por la pérdida del hijo predilecto, que consideraba castigo y aviso del cielo, pensó alejar a los demás de Roma. El 22 de Julio partió César para Nápoles como Legado pontificio, para la coronación del Rey D. Fadrique. El 7 de Agosto se fueron a Squillace Jofre y Sancha, y se habló de que Lucrecia iría a Valencia[75]. Mas ya estaba entonces el Papa, según escribía a su hermano Ludovico el Cardenal Ascanio el 20 de Agosto, en tratos con el Príncipe de Salerno para casar a Lucrecia con el hijo de dicho Príncipe, en ciertas condiciones que, de ser ciertas, no redundarían en provecho de la Majestad Real ni de Italia. Al propio tiempo había oído decir que el Cardenal de Valencia se secularizaría y casaría con la Princesa de Squillace, dándosele los estados que posee en el Reino de Nápoles el Príncipe, que hasta ahora no ha conocido carnalmente a la Princesa, y que sucedería al Cardenal en todos sus beneficios eclesiásticos. Que César estuviese resuelto a despojarse de la púrpura era cierto; mas no que lo hiciese para casarse con su cuñada Sancha, porque eran más altas sus aspiraciones. Tenía puestos los ojos en la corona de Nápoles, la que creía poder alcanzar por medio de su enlace con Carlota de Aragón, la hija del Rey Fadrique, contentándose por lo pronto con el Principado de Taranto, y estos ambiciosos proyectos de César, que eran también los del Papa, movieron a éste, en su deseo de granjearse a los aragoneses, a negociar la boda de Lucrecia con Alfonso, Duque de Bisceglia, hijo natural, como Sancha, de Alfonso II y de la bella Trusia. Pero necesitábase ante todo anular el matrimonio de Lucrecia con el Señor de Pesaro, para lo que era preciso probar la impotencia del marido, y al fin se obtuvo por la declaración conforme de ambos cónyuges.
Mientras se ocupaba el Papa en buscar a Lucrecia un buen marido, como prometía serlo el Duque de Bisceglia, mozo que no se había visto ninguno más bello en Roma, al decir del cronista romano Falini, encontraba Lucrecia sin ayuda de nadie un buen amante en la persona del primer Camarero de Su Santidad, Pedro Calderón, conocido por Perote entre sus compatriotas españoles, y por Perotto entre los italianos, al que tenía el Papa gran afición por ser quien diariamente le afeitaba. Un año después de la fuga de Sforza, ella, que según su declaración había quedado intacta, mostró muy a pesar suyo, como consecuencia del último trato con Perote, evidentes señales de una próxima maternidad. El 2 de Marzo de 1498 escribía al Marqués de Mantua, desde Bolonia, Cristóbal Poggio, Secretario de Bentivoglio: «No tengo de Roma más noticia sino que aquel Perotto, primer Camarero de Nuestra Santidad, a quien no se encuentra, está preso por haber dejado encinta a la hija de Su Santidad, D.ª Lucrecia.» Sobre el misterioso fin de Perote corrieron varias voces. Burchard decía el 14 de Febrero que se había encontrado su cadáver en el Tíber, y pocos días después apareció el de una tal Pantasilea, doncella de Lucrecia, que acaso sirviera de tercera de estos amores. El Embajador veneciano Capello cuenta, y ésta es también la versión de Oviedo, que César mató a Perote en presencia del Papa, cerca del cual se había refugiado el Camarero, manchando con su sangre el traje y hasta la cara de Su Santidad. El 15 de Marzo siguiente, Juan Alberto de la Pigna, agente del Duque de Ferrara en Venecia, participaba que Lucrecia había dado a luz un hijo ilegítimo.
Ahora bien: ¿fué este hijo bastardo de Lucrecia el infante romano Juan de Borja, reconocido por las dos Bulas de 1.º de Septiembre de 1501, cuando contaba ya tres años, como hijo, primero de César y luego del Papa, habido en mujer soltera? La primera Bula Illegitime genitus es un acto público; la segunda, Spes futuræ, un documento privado, de cuya autenticidad no cabe duda, porque no sólo existen copias en el Archivo de Módena y en el de Osuna, en Madrid, sino también en el archivo secreto pontificio, en los registros oficiales de Alejandro VI, donde las ha hallado el Barón Pastor. La edad que en ambas Bulas se atribuye al reconocido infante coincide con la del bastardo que tuvo Lucrecia en la primavera de 1498, y los que patrocinan, como Portigliotti en su reciente libro[76], la acusación de incesto lanzada por Juan Sforza y acogida velada o claramente por los poetas Sannazzaro y Pontano; los historiadores y políticos Matarazzo, Marco Attilio Alessio, Pedro Mártir, Priuli, Machiavelli y Guicciardini, dan por probable que la mujer soltera, madre de D. Juan, sea Lucrecia, que por la anulación de su matrimonio con Sforza recobró su primitiva soltería, y la paternidad adjudícansela al Papa, sin excluir que hubiera también podido caber en ella alguna parte a César y a Juan, por haber asimismo usufructuado los favores de Lucrecia.
Este cúmulo de complicados incestos y horrores con que se ha nutrido la fecunda imaginación de los poetas, dramaturgos, novelistas y pseudo-historiadores tuvo por origen la calumnia, flecha del Partho, con que se vengó de los Borjas el fugitivo Sforza. Y si la calumnia se extendió como mancha de aceite por toda Italia, debióse, en mucho, a que no eran ciertamente intachables las costumbres del Papa y de sus hijos, concupiscentes en extremo, y a que su calidad de españoles los hacía, en Italia, blanco del odio popular, propicio a acoger cuantas acusaciones contra ellos se lanzaban, fueran fundadas o calumniosas. Así se formó la opinión pública, en cuyas turbias fuentes bebieron los historiadores contemporáneos, transmitiendo a la posteridad la leyenda del incesto que recogieron del fango del arroyo.
De este nefando crimen ha absuelto a los Borjas, por falta de pruebas, el tribunal de la Historia; lo cual no quiere decir que hayan quedado, tanto Lucrecia como el Papa, limpios de toda mancha de impureza, salvo la del pecado original, como hoy pretenden los panegiristas que con laudable esfuerzo y piadosa intención andan aportando datos y buscando milagros para el expediente de beatificación de Alejandro VI y de Lucrecia Borja.
Volviendo ahora al caso del infante romano Juan de Borja, que no fué fruto de los supuestos amores incestuosos del Papa con su hija, hay quien lo tiene por hijo de Lucrecia y quien lo cree hijo de Alejandro, porque así lo declara éste en la Bula Spes futuræ de 1.º de Septiembre. Los que sostienen esta última opinión no saben, ni sospechan, quién fué la mujer soltera, mulier soluta, con la cual pecó Su Santidad, cuando hacía ya más de cinco años que ceñía la tiara. No pudo ser, como pretenden Woodward[77] e Iriarte[78], Julia Farnesio, porque en 1498 vivía su marido Orsino Orsini, que no hubiera tenido inconveniente en dar su nombre a Juan, como se lo dió a Laura. Burchard la llama solamente una cierta romana.
Nos inclinamos a creer que el infante romano es el hijo bastardo de Lucrecia. No sólo hay la coincidencia de la edad, sino el reparto que hizo ella el 17 de Septiembre de 1501, pocos días después de las famosas Bulas, de las tierras del Lazio, arrebatadas a los Barones romanos, con las que se formaron dos Ducados: el de Sermoneta, que había pertenecido a los Gaetani, fué para su hijo legítimo Rodrigo, habido en su matrimonio con el Duque de Bisceglia, y el de Nepi, para el infante Juan, reconocido luego por el Papa como hijo suyo. Preparábase Lucrecia en aquellos días a celebrar su tercer enlace con Alfonso de Este, el primogénito del Duque de Ferrara, y a abandonar para siempre la Ciudad Eterna. Era natural que tanto ella como el Papa tratasen de ocultar el desliz que costó la vida a Perote, y que la madre quisiera asegurar el porvenir de aquel hijo que, con el legítimo, dejó confiado a Su Santidad cuando partió para Ferrara. Las dos Bulas de legitimación no tuvieron quizá otro objeto que el de dar al bastardo el apellido, las armas y los derechos de los Borjas, de la manera que podía hacerlo el Papa, poniendo a salvo el honor de la hija en el momento en que se enlazaba con una de las más ilustres familias soberanas de Italia. Quiso primero atribuir la paternidad a César, mas luego la reclamó para sí propio, siendo curioso que ambas Bulas se encuentren hoy en el Archivo de Este y provengan de la cancillería de Lucrecia, que, probablemente, las llevó consigo cuando se fué a Ferrara.
Las negociaciones matrimoniales de Alejandro VI con la Corte de Nápoles no tuvieron el resultado que el Papa y el Valentino deseaban. El Rey D. Fadrique se negó resueltamente a dar la mano de su hija Carlota al Cardenal, estando dispuesto, según escribió a Gonzalo de Córdoba, a perder el reino y la vida antes de consentir en semejante boda. Tampoco logró César vencer la repugnancia de Carlota de Aragón cuando la vió en la Corte de Luis XII, donde se educaba y adonde fué en su busca el Valentino, que de allí volvió a Italia, casado por mano del Rey de Francia con Carlota d’Albret, hermana del de Navarra. Pero si se frustró la boda de César con la aragonesa no pudo D. Fadrique oponerse a la de Lucrecia con el Duque de Bisceglia, hijo natural de Alfonso II[79].
Anulado, el 20 de Diciembre de 1497, el matrimonio de Lucrecia con Juan Sforza, y el 10 de Junio del año siguiente, por Breve del Papa, la promesa de matrimonio de Lucrecia a D. Gaspar de Prócida, Conde de Almenara, pudo Lucrecia, sin impedimentos legales y sin escrúpulos de conciencia, contraer nuevas y justas nupcias con D. Alonso de Aragón, firmándose en el Vaticano, el 20 de Junio, el contrato en que intervino, representando al Rey de Nápoles, el Cardenal Ascanio Sforza, autor del primero e infortunado enlace de Lucrecia.
En Roma entró, sin ceremonia alguna y casi furtivamente, D. Alonso, el 15 de Julio, y el 21 se celebró y consumó secretamente el matrimonio. La misa de las bodas tuvo lugar el domingo 5 de Agosto, y la relación de los festines que con este motivo se celebraron en el Vaticano escribióla D.ª Sancha, la hermana del novio, y la ha publicado, acrecentada con noticias y aclaraciones, el Marqués de Laurencín, Director de nuestra Academia de la Historia. Es esta Relación una carta que dirigió la Princesa de Squillace a su tío, el Rey D. Fadrique, a juzgar por el encabezamiento y texto de la epístola, y «resulta una amena y detallada descripción de los banquetes pantagruélicos que en el Vaticano se celebraron con tan fausto motivo; una pintura exacta, un cuadro animado y fidelísimo de las costumbres, de las malas costumbres de aquella corrompida Corte, y nos muestra a los Cardenales y Prelados bailando con las damas de Palacio, alanceando toros, haciendo una montería con disfraces y otras cosas extrañas. Narra con primor hasta los más nimios y singulares pormenores, como tal vez no lo hicieran un afamado modisto parisino o un competente cronista de salones, los trajes, atavíos y tocados de damas y galanes; enumera los espléndidos regalos de joyas y orfebrería con que a la desposada obsequiaron su padre Alejandro VI y la Corte cardenalicia, ofreciéndonos, en suma, esta epístola narrativa, escrita con deliciosa ingenuidad y no afectado realismo por testigo presencial de tanta monta, una página vibrante, llena de luz y color, de tan espléndidas fiestas, útil y aprovechable para la Historia, para la indumentaria y para el arte.» A ella remitimos al curioso lector, que advertirá fácilmente que andaba entonces D.ª Sancha en amorosos tratos con su cuñado el Cardenal, cuyos trajes se complace en describir con tanta minuciosidad como los suyos[80]. Danzó César, a menudo, con ella una baja y una alta, sentóse en sus faldas, obsequióla con motes sugestivos y convidóla a una corrida de toros, a que asistieron diez mil personas, y en un palco D.ª Sancha, el Príncipe su marido y sus doncellas. «Vestía el Cardenal una camisa muy rica de canyutillo de oro y otras labores de seda, sembrada toda ella, con unas mangas de nueva manera hechas, la cual yo se la di para aquel día; encima de ella traía una marlota toda blanca, con una espada labrada de oro de martillo, un bonete de terciopelo carmesí, con unos torzales de oro, y un penacho blanco y unos borceguíes azules de zumaque, labrados todos de hilo de oro muy ricos. Salió a caballo en un caballo todo blanco, morisco, muy hacedor, con un jaez esmaltado y unos cordones azules y de canutillo de oro y piedras, y una lanza en la mano con una bandera labrada de plata y de oro, muy gentil, la cual yo le di para aquel día. Llevaba el Cardenal consigo doce caballeros, que eran: D. Juan de Cervellón, D. Guillén Ramón de Borja, D. Ramón Castellar, Mosén Alegre[81], el Prior de Santa Finna[82], D. Miguel de Corella, D. Juan Castellar, mi mestresala, mi trinchante, el caballerizo del señor Cardenal y mi caballerizo, todos muy buenos caballeros de la jineta. Corrieron ocho toros desde las 19 horas hasta las 24; mató el señor Cardenal, sólo de su mano, dos toros de aquesta manera: que después de haber corrido mucho el primero, dióle una lanzada cerca de la cabeza que le pasó la mitad de la lanza por el pescuezo con la bandera, después de cansado un rato corriendo con los otros caballos; ya descansado, fué para mudar de caballo, aunque había mudado otros tres; él solo se agarró con otro toro muy bravo, y porque había muerto el primero con la lanza, dejó aquélla y tomó otra de la misma manera y corrió este toro por espacio de media hora; después arrojó la lanza y puso la mano a la espada, y dióle una tan gran cuchillada en el pescuezo, que le echó en tierra muerto luego sin más ferida; y ansí fueron, en la tarde, todos los otros toros corridos y muertos por su señoría.» Bueno es que conste, para los aficionados a la fiesta nacional, cómo se corrían los toros a la española en Roma, a fines del siglo XV, y cómo se acreditó de gran matador César Borja. Cuando terminó la corrida, el Cardenal, y todos los del juego vinieron a la posada de D.ª Sancha y allí cenaron y estuvieron seis horas cantando y tomando otros placeres.
Las fiestas de la boda que describe D.ª Sancha no duraron, en rigor, más que dos días. El domingo 5 de Agosto, después de la misa, pasaron la mañana en casa de Lucrecia, donde comieron, y después fueron al Vaticano. Aguardábalos el Papa en la Sala de los Pontífices, y allí danzaron durante tres horas; vino luego la cena, y no cenó Sancha porque servía la copa a Su Santidad, teniendo de sota-copero a D. Ramón Guillén de Borja, pariente del Papa, y de paje del pañizuelo a Mosén Alegre. A la cena siguió una montería, aparejada por el Cardenal de Valencia, que, vestido de raso amarillo, representaba el unicornio, y acabados los bailes de los momos, cambiaron de trajes y se reanudaron las danzas altas y bajas, hasta que amaneció y se sirvió su colación al Papa, y éste despidió al Duque y a D.ª Lucrecia, que se fueron a su casa, y con ellos se fueron todos, con muchos sones y ya salido el sol.
El lunes se gastó todo el día en dormir, y cuando despertaron el martes era la misma hora a que se habían acostado el día anterior. Ese día, el 7, fué el Cardenal quien convidó e hizo la fiesta en el Belveder, casa y huerta de placer de Su Santidad, repitiéndose las danzas, la cena y la colación con motes e invenciones que presentaba el Cardenal, y cuando amaneció, mandó el Papa que fuese cada cual a su posada. Y con esto acabaron las fiestas del señor D. Alonso y la señora D.ª Lucrecia.
Todo presagiaba un matrimonio felicísimo. La mocedad de D. Alonso, casi dos años menor que Lucrecia, su varonil hermosura, su apacible carácter, la simpatía de la sangre, bastardos ambos, hijo él de un Rey aragonés y ella de un Papa valenciano, hasta el afecto que se tenían Lucrecia y Sancha, ahora doblemente cuñadas, hacían que fuera el Duque de Bisceglia un marido a quien no es extraño cobrara Lucrecia, desde luego, grandísima afición.
Poco después, y con fines también políticos, concertó Alejandro otras dos bodas: las de sus sobrinas Jerónima y Angela, hermanas ambas del Cardenal Juan de Borja, el menor; de Rodrigo, el Capitán de la Guardia palatina y del Prior de Santa Eufemia, Pedro Luis, torero como César, que fué también Cardenal, y a la muerte de su hermano, el último Borja, Arzobispo de Valencia. Casó Jerónima, el 8 de Septiembre de 1498, con Fabio Orsini, hijo de Pablo y sobrino de Juan Bautista, el Cardenal, celebrándose el matrimonio con gran pompa, en el Vaticano, en presencia del Papa e interviniendo como testigo el Duque de Bisceglia, que tuvo la espada desnuda sobre la cabeza de los jóvenes esposos mientras duró la ceremonia. D.ª Jerónima acompañó a Lucrecia a Ferrara, y viuda de Fabio Orsini, contrajo, en 1507, segundas nupcias en Nápoles, con Tiberio Caraffa, Duque de Nocera, Conde de Soriano y de Terranova. Angela se desposó en el Vaticano el 2 de Septiembre de 1500, en presencia de los Embajadores de Francia, con Francisco de la Rovère, que contaba sólo ocho años, hijo del Prefecto de Roma y sobrino del Cardenal Julián, con quien se congració el Papa por medio de estos desposorios que no se llevaron luego a cabo. Francisco de la Rovère casó con Leonor Gonzaga, la hija de Isabel de Este, y fué Duque de Urbino, y Angela Borja, que era dechado de hermosura y gracia, pasó a Ferrara con su parienta la Duquesa y trajo aquella Corte a mal traer, siendo por el Ariosto citada en la octava cuarta del último canto del Orlando Furioso. Casó, el 6 de Diciembre de 1506, con Alejandro Pío de Saboya de los Píos de Sassuolo[83], de los que desciende el actual Príncipe Pío de Saboya, Marqués de Castel Rodrigo, y un hijo de ellos llamado Gilberto se desposó con Isabel, hija natural del Cardenal Hipólito de Este, el cuñado de Lucrecia, que estando enamoradísimo de Angela y celoso de su hermano Julio, mandó sacarle los ojos por haberle a ella oído decir que los tenía muy hermosos.
El 17 de Agosto de aquel año, de 1498, César, cuyas notorias deshonestidades aun para lego eran muy grandes, según solía decir el Embajador de España, renunció, con autorización del Sacro Colegio, el capelo cardenalicio para la salvación de su alma, y aquel mismo día llegó a Roma Luis de Villeneuve, Embajador de Luis XII, que le traía el nombramiento de Duque de Valence en Francia, por lo que siguieron llamándole el Valentino, y le invitaba a ir a Chinon, donde a la sazón residía la Corte. Largos y costosos fueron los preparativos para el viaje, que hasta el 1.º de Octubre no pudo emprender el nuevo Duque, revistiendo su partida de Roma la solemnidad y el fausto de la de un Soberano. En este viaje tenía puestas el Papa grandes esperanzas, más que para bien de la Iglesia y acrecentamiento de su poder temporal, para el encumbramiento de su hijo César, que, según decía en Breve dirigido a Luis XII el 28 de Septiembre, era lo que tenía en el mundo de más caro. Por mediación del Rey de Francia esperaba que obtendría César la mano de Carlota de Aragón, que en aquella Corte se educaba; mas no fué posible vencer la resistencia de la doncella, no menor que la del padre, que jamás quiso venir en deudo que tan mal la estaba, ni ella en ser llamada la Cardenala, y tuvo César que contentarse con otra Carlota, la francesa d’Albret, y dióse el Papa también por satisfecho, porque los franceses ayudarían al Valentino, como en efecto lo hicieron, a conquistar la Romaña, para lo que empezó Alejandro por declarar desposeídos de sus feudos, por no haber pagado a la Santa Sede el debido tributo, a los Señores de Rimini, Pesaro, Imola, Forli, Urbino, Faenza y Camerino, y hasta se pensó en Ferrara.
Aguardaba el Papa con impaciencia noticias de Francia para saber por quién decidirse, si por el Rey Cristianísimo, que con la ayuda de Venecia aspiraba a conquistar el Milanesado y Nápoles, o por el Rey Católico, que temía se opusiera a ello y se declarase en favor de los Sforzas y los Aragoneses. Los Embajadores de España le habían amenazado con el Concilio y la Reforma, y como llegaran a decirle que eran conocidos los medios de que se había valido para conseguir la tiara, los interrumpió diciéndoles la había obtenido por los votos del Cónclave y era Papa con mejor derecho que los Reyes de España, que eran unos intrusos sin título ninguno jurídico y contra toda conciencia. Uno de los Embajadores aludió a la muerte del Duque de Gandía, calificándola de castigo de Dios, y el Papa repuso indignado: «Más castigados han sido vuestros Reyes, que no tienen prole.» Pero estos desahogos poco diplomáticos, si es que tales palabras se dijeron, no tuvieron ninguna consecuencia. El Papa se tranquilizó por completo cuando supo que el Rey Católico estaba de acuerdo con el Cristianísimo para repartirse los Estados de su pariente, el último Rey de la Casa de Aragón, en Nápoles.
Quien no se tranquilizó con las noticias que de Milán le daba su hermano Ludovico el Moro, fué el Cardenal Ascanio Sforza, y juzgando su situación harto precaria en Roma, abandonó la ciudad secretamente en la noche del 13 al 14 de Julio de 1499 y se dirigió a Nepi, propiedad de los Colonna, con ánimo de embarcar en una nave napolitana que lo llevara a Génova, desde donde se trasladaría a Milán. El 2 de Agosto partió también de Roma, y se refugió en Genazzano, al amparo de los Colonna, el Duque de Bisceglia. Debieron influir en el ánimo apocado y contristado de D. Alonso los consejos del Cardenal Ascanio, su mejor amigo en Roma, que le recordaría el caso del anterior marido de Lucrecia, que debió a la fuga el salvar la vida amenazada por César. Furioso el Papa envió gente a caballo, que no logró dar alcance al fugitivo. Lucrecia, que estaba embarazada de seis meses, después de haber malparido el 18 de Febrero a consecuencia de una caída en el jardín en que jugaba con una de sus doncellas, que le cayó encima, no hacía más que llorar y lamentarse. El marido le escribió que la aguardaba en Genazzano, y el Papa, en cuyas manos cayó esta carta, hizo que ella le contestara exhortándolo a regresar a Roma, y para distraerla la nombró el 8 de Agosto Regente de Spoleto, ciudad hasta entonces gobernada por Legados pontificios, los más de ellos Cardenales. Púsose Lucrecia en camino aquel mismo día con un numeroso séquito, del que formaban parte su hermano Jofre, Fabio Orsini, el marido de Jerónima Borja, y una compañía de arqueros, y al cabo de seis días de viaje, ya en mula, ya en litera, llegó a Spoleto. D. Alonso, para su desgracia y por lo muy enamorado que estaba de su esposa, se decidió a reunirse con ella, obedeciendo al Papa, que le ordenó fuese a Spoleto por Foligno y que vinieran después ambos a Nepi, donde él se encontraba, y de cuyo feudo, perteneciente a Ascanio Sforza, había investido a Lucrecia. El 25 de Septiembre se trasladó Alejandro, con cuatro Cardenales, a Nepi y allí recibió a la nueva señora, acompañada de su marido y de su hermano Jofre. El 1.º de Octubre regresó el Papa al Vaticano y el 14 Lucrecia. El día de todos los Santos dió ésta a luz un hijo, que fué con gran solemnidad bautizado en la Capilla Sixtina, poniéndole por nombre el de su abuelo materno, lo que hizo decir al enviado de Mantua, Juan Lucio Cattanei, «que se había encontrado el filón que no pudo explotar el Señor de Pesaro». Poco después la Señora de Spoleto y Nepi acrecentó sus Estados con el de Sermoneta, del que se vieron los Gaetani despojados.
Había también regresado de Nápoles a Roma D.ª Sancha, levantado el destierro de algunos meses que le impuso el Papa, y ausente César, ocupado en guerrear en la Romaña contra Catalina Sforza y en rendir las fortalezas de Imoli y Forli, disfrutábase, tanto en el Vaticano como en el Palacio de Santa María in Pórtico, de un reposo siempre amenazado por la ambición y los amores del siniestro y temido Valentino. Si fueron para Lucrecia, según Gregorovius, los días más felices de su vida los del idilio de Pesaro, con mayor razón pudiera decirse que conoció la dicha en su segundo y breve matrimonio con Alonso de Aragón. La varonil belleza del adolescente marido, el ardor, no de perito capitán, sino de soldado bisoño, con que cumplía sus deberes conyugales; su ingenuidad y mansedumbre, y la afición que le cobró a Lucrecia, hicieron que ella correspondiese a este afecto con no menor vehemencia, y que hallase en los nupciales y legítimos goces igual satisfacción que la obtenida del pecaminoso ayuntamiento. Pero las dichas humanas duran poco, y la de Lucrecia, en su segundo matrimonio, había de tener pronto y terrible fin.
El 26 de Febrero de 1500 celebró César su entrada triunfal en Roma, trayendo prisionera a Catalina Sforza, a quien el vencedor hizo sufrir, según voz pública, los últimos ultrajes[84]. Recibiéronlo solemnemente los Cardenales y los Embajadores, y el Papa, que lloraba y reía de gozo, le confirió las insignias de Gonfaloniero de la Iglesia y la rosa de oro. Habíase visto César obligado a suspender las hostilidades en la Romaña, porque la reaparición de Ludovico el Moro en Lombardía, llevó allí las tropas francesas, que al mando de Allegre servían a las órdenes del Valentino; pero la batalla de Novara acabó con los Sforza. El Moro cayó prisionero y fué encerrado en la fortaleza de Loches, donde murió tras largo cautiverio; su sobrino Francisco il Duchetto, el hijo de Isabel de Aragón, desposeído por el Moro, pasó a la Corte de Francia y se convirtió en el Abate de Noirmoutiers, muriendo tempranamente, en una cacería, de una caída de caballo; y el Cardenal Ascanio, que cayó en manos de los venecianos, los cuales lo entregaron a los franceses, estuvo preso en Bourges y obtuvo su libertad por mediación del Cardenal d’Amboise, con quien vino a Roma para la elección de Pío III, y aquí murió de la peste a fines de Mayo de 1505, y yace en el magnífico sepulcro que para él labró, en Santa María del Popolo, por orden de Julio II, Andrea Sansovino. Llegaron las faustas noticias de Milán a Roma, cuando la ciudad eterna, rebosante de peregrinos, celebraba el jubileo.
En la noche del 15 de Julio, al regresar del Vaticano el Duque de Bisceglia, atacáronle, en la Plaza de San Pedro, unos seis sicarios disfrazados de mendigos, que después de herirlo a puñaladas quisieron arrastrarlo hacia el Tíber para hacer desaparecer las trazas del delito; pero los gritos del Príncipe en el silencio de la noche y las irritadas voces de los asesinos dieron el alarma a la guardia palatina, que salió, aunque no a tiempo para detener a los falsos mendigos, que se reunieron con unos cuantos jinetes que los aguardaban en un apartado y oscuro rincón de la plaza, y a rienda suelta se alejaron de Roma. Transportado el malherido Duque a su palacio, pudo llegar hasta la estancia en que se hallaba Lucrecia, la cual, al verle en aquel estado, cayó desmayada. Sanó, sin embargo, de las graves heridas; mas temeroso de ser envenenado, no se dejó curar sino por los médicos que le envió el Rey de Nápoles[85] ni probó más alimento que el que Lucrecia y Sancha preparaban. Atribuyóse el atentado a la misma mano criminal que había perpetrado el del Duque de Gandía, que entonces se tenía por obra de César, y de ello estaba convencido el propio D. Alonso, que había cobrado mortal odio y temor a su cuñado[86].
Ello es que un mes después, el 18 de Agosto, estando ya convaleciente el Duque de Bisceglia, se presentó en su cuarto Miguel Corella, que lo estranguló por orden de César. Según refiere el Embajador veneciano Paolo Capello, y esta es la versión del Vaticano para justificar aquella muerte y disculpar a César, desde su ventana vió Alonso a César que paseaba en el jardín del Belvedere. Cogió rápido un arco y disparó una flecha contra el que era objeto de su odio. La cólera de César no conoció límites, y su capitán de guardias hizo pedazos al Duque. Aquella misma noche el cadáver del desdichado Príncipe fué transportado a San Pedro, y amedrentado, al tener noticia del nefando crimen, el Embajador de Nápoles se refugió en casa de su colega de España.
Era natural que Lucrecia, mujer al fin y al cabo, siquiera no dejaran las penas en su corazón apenas huella, sintiera la muerte del gallardo mozo que fué durante dos años su marido y pereció villanamente asesinado por la misma mano que ultimó al Duque de Gandía. Era natural que derramara abundantes lágrimas y prorrumpiera en amargas quejas; pero ni las lágrimas ni las quejas enternecieron a Su Santidad, y para librarse de ellas, porque también molestaban a César, por cuyos ojos veía el Papa todas las cosas, envió a Lucrecia a Nepi.
El 30 de Agosto, con un séquito de seiscientos jinetes, salió Lucrecia para la ciudad de que era Señora. Como era de temer, dado que se hallaba encinta cuando ocurrió el asesinato de su marido, malogróse la criatura. En el solitario castillo, reconstruído por Alejandro VI, pudo la tierna viuda dar rienda suelta a su dolor, tanto menos duradero cuanto más vehemente, y antes de dos meses estaba de regreso en Roma dispuesta a gozar de la vida y a pasar a terceras nupcias que la hicieran olvidar por completo, tanto al asesinado Duque de Bisceglia, como al fugitivo Señor de Pesaro, porque era, como César, super omnia clara et jocunda e tutta festa, según decía el Obispo de Módena Juan Andrés Bocaccio.
Ya en vida de Alonso de Aragón, el Papa, siempre previsor, pensando en quién pudiera ser el futuro marido de Lucrecia, pues el Reino de Nápoles estaba llamado a desaparecer y no había esperanza ninguna, por la oposición del Rey Fadrique al matrimonio de su hija Carlota, de que recayera en César la corona, habíase fijado en otro Alfonso, el de Este, Príncipe heredero de Ferrara, viudo sin hijos, que contaba entonces unos veinticuatro años. A los catorce se había casado con Ana Sforza, la bellísima y bonísima hermana del Duque de Milán Juan Galeazzo[87], cuya madre, al enviudar en 1476, renovó la alianza con Ferrara y concertó la boda de su hija Ana con el recién nacido Alfonso[88], hijo y heredero de Hércules. Al año siguiente se firmó en Ferrara el contrato matrimonial, y siete años después, cuando cumplía diez la novia, su futura suegra la Duquesa Leonor le envió una muñeca con un equipo completo, obra de los mejores artistas ferrareses. Habíase convenido que la boda se celebraría en 1490, en que cumpliría los catorce Alfonso, y al propio tiempo la de su hermana Beatriz con Ludovico el Moro; mas tenía éste entonces por amiga a Cecilia Gallerani, dama milanesa de noble alcurnia, singular belleza y gran cultura, retratada por Leonardo de Vinci y cantada por todos los poetas cortesanos, la cual hablaba y escribía el latín corrientemente, componía sonetos italianos y discutía en latín con los teólogos y filósofos que frecuentaban su casa. Había Ludovico tenido en ella un hijo a quien hubiera deseado legitimar por subsiguiente matrimonio[89], por lo que andaba aplazando la boda concertada con la Estense, hasta que, al fin, teniendo en cuenta la razón de Estado, casó con Beatriz en el castillo de Pavía, el 17 de Enero de 1491, que era martes, porque, consultado el médico y astrólogo de la Corte, Ambrosio de Rosate, declaró que el día de Marte era propicio para el matrimonio de un señor que deseaba sobre todo tener sucesión masculina. Y el lunes 23 se verificaron en la capilla del palacio ducal de Milán los desposorios de Alfonso de Este con Ana Sforza, pronunciando la oración nupcial el maestro de Ludovico, Filelfo, a pesar de ser lego y casado. Un mes después recibieron la bendición con gran pompa en la catedral de Ferrara. Fué el matrimonio felicísimo y muy sentida, tanto en Ferrara como en Milán, la temprana muerte de Ana, al dar a luz un hijo muerto, el 30 de Noviembre de 1497. Igual fin, muy común entonces, había tenido el 2 de Enero de aquel año su cuñada Beatriz, que vió amargados los últimos meses de su vida por los públicos amores del Duque con Lucrecia Crivelli, una de sus damas[90].
Eran los Este, reinantes en Ferrara como Duques feudatarios de la Santa Sede, una de las Casas más ilustres y encopetadas de Italia. Aunque en ella había, como en todas las demás, no pocos bastardos, no lo era D. Alfonso, y a Alejandro halagaba que su hija entrase, y no por mano de bastardo, en una familia muy principal y estuviese llamada a reinar como consorte en un Estado cuya amistad era preciosa para los ambiciosos planes de César, que no se contentaba con la Romaña, de que era ya Duque, y tenía puestos sus ojos en Bolonia y en Florencia.
Había venido a Roma Alfonso de Este muy mozo, en Noviembre de 1492, enviado por su padre para felicitar a Alejandro VI por su elevación al solio pontificio. El Papa, que era padrino de bautismo del joven Príncipe, lo acogió con mucha amabilidad, alojándolo en el Vaticano; de suerte que pudo ver a su sabor a la que había de ser nueve años después su mujer y era entonces la prometida esposa de Juan Sforza, linda chicuela de ojos claros y cabellos rubios, siempre alegre y dispuesta a divertirse.
En Noviembre de 1500 hablábase ya en Roma de la boda de Lucrecia con el heredero de Ferrara, y el 26 de aquel mes se lo participaba a la Señoría el nuevo Embajador de Venecia, Marin Gorzi. Los primeros pasos cerca del Duque de Ferrara los dió Alejandro por medio de un modenés, Juan Bautista Ferrari, antiguo servidor de Hércules, a quien el Papa hizo Datario y luego Cardenal. Al oír la proposición del Papa quedó el Duque tan perplejo y disgustado como el Rey D. Fadrique cuando le pidieron la mano de su hija Carlota para César. Tenía ya en tratos la boda de su primogénito con una Princesa de la Casa Real de Francia, Luisa, la viuda del Duque de Angulema, y la que le proponía Alejandro heríale en su orgullo. Repugnaba también a Alfonso, y tanto la Marquesa de Mantua como la Duquesa de Urbino se indignaron al pensar en semejante alianza. Y no era la bastardía lo que les escandalizaba, sino que fuera hija del Papa, habida cuando éste era sacerdote, y la mala reputación de que, además, gozaba, sabiéndose en Ferrara cuanto de ella se decía en Roma y era a todas las Cortes de Italia transmitido por los despachos de los Embajadores y las cartas de los agentes oficiosos. La respuesta de Hércules fué, pues, una rotunda negativa.
Preveíala el Papa y no se dió por ofendido ni vencido. Encargó a su mandatario que hiciera presente al Duque las ventajas que ofrecía su propuesta y el daño que podría resultarle de rechazarla: por una parte, la seguridad y el engrandecimiento de sus Estados; por otra, la enemistad del Papa, la de César y acaso la de Francia. Sabía Alejandro que la opinión de Luis XII había de ejercer decisivo influjo en Ferrara, y aunque el Monarca francés se mostró en un principio contrario al matrimonio de Lucrecia, porque deseaba estrechar con Ferrara y estorbar el engrandecimiento del poder papal, necesitaba, sin embargo, entonces, para su empresa de Nápoles, la ayuda de Alejandro y el permiso al ejército para que pudiese pasar desde la Toscana a Nápoles a través de los Estados de la Iglesia. Contaba asimismo el Papa con el apoyo del Cardenal d’Amboise, grande amigo de César, que le había llevado el capelo y le había prometido la tiara, para cuando muriera Alejandro, contando con los votos de los Cardenales españoles. Vino César a Roma en Junio de 1501, púsose de acuerdo con los franceses, y juntando luego sus tropas a las que mandaba el Mariscal Aubigny, entró a sangre y fuego en el Reino de Nápoles, que, según lo convenido, había de repartirse entre Francia y España, y desapareció, por obra del Rey Católico, la Casa de Aragón, que César tanto odiaba, recibiendo su último Rey, D. Fadrique, que pasó a Francia, el Ducado de Anjou. Su hijo el Duque de Calabria, D. Fernando, fué llevado a España, adonde le acompañó su preceptor Crisóstomo Colonna[91], y andando el tiempo, casó con la viuda del Rey Católico, Germana de Foix, y a la muerte de ésta con D.ª Mencía de Mendoza, segunda Marquesa de Zenete. Vivió y murió en Valencia, y allí, como Virrey, tuvo Corte, que describe Luis Milán en su libro El Cortesano, renovando en el alcázar del Real las cultas y regocijadas fiestas del Rey D. Juan el Amador de gentileza. Al morir dejó su cuantiosa fortuna al Monasterio, que fundó, de San Miguel de los Reyes.
A la guerra de Nápoles debió Lucrecia el haber llegado a ser Duquesa de Ferrara. La Corte de Francia, cediendo a los deseos del Papa, empezó en Junio a hacer pesar su influencia en la de Ferrara, aconsejando al Duque que diera su asentimiento al matrimonio con ciertas condiciones, como la de que trajera la novia una dote de 200.000 ducados, se eximiera a Ferrara del pago del canon anual y se concedieran algunos beneficios a miembros de la Casa de Este. Amboise envió a Ferrara al Arzobispo de Narbona para que convenciera al Duque, y el propio Rey le escribió con igual empeño, negándole la mano de la Princesa francesa prometida a D. Alfonso. A estas instancias uníanse las de los enviados del Papa y los agentes de César, que no dejaban momento de reposo al Duque, por lo que éste tuvo, al fin, que rendirse, y el 8 de Julio participó a Luis XII que estaba dispuesto a darle gusto con tal de que pudiese llegar a ponerse de acuerdo con el Papa respecto a las condiciones de la boda.
La negociación fué larga y laboriosa. Apremiaba el Papa al Duque, pero éste, para concluir el trato, necesitaba, por una parte, vencer la resistencia del hijo, tenazmente opuesto a la que reputaba vergonzosa boda, y por otra, la de Alejandro al cumplimiento de todas las condiciones que Hércules tenía por indispensables y previas para poder firmar las capitulaciones matrimoniales. Habíale mandado a decir el Rey Cristianísimo que si la cosa podía hacerse, tratara de sacar el mayor partido posible, y que si no podía hacerse, él estaba dispuesto a dar a D. Alfonso la mano que quisiera pedir en Francia. Parecíale al Papa excesiva la dote de 200.000 ducados, muy superior a la que llevó Blanca María Sforza al Emperador Maximiliano, y ofreció dar la mitad al contado. Para la exención del canon que pagaba el Duque por el feudo de Ferrara era preciso obtener el consentimiento del Sacro Colegio, y el del Cardenal Julián de la Rovère para la cesión de Cento y de Pieve, ciudades ambas, que exigía Hércules, del Arzobispado de Bolonia, del que era titular aquel Cardenal. Pero si grande era el deseo de Alejandro de ver a su hija establecida en Ferrara, mayor era el de Lucrecia de que se realizara la boda, a pesar de la repugnancia que sabía inspiraba a su futuro esposo y de las condiciones, para ella tan humillantes, de que dependía el éxito de la negociación. Fué Lucrecia quien, tomando en manos el asunto y los intereses del Duque de Ferrara, que eran entonces los suyos, acabó por conseguir del padre que aceptara las condiciones previas exigidas por el Duque para el matrimonio, lo cual tuvo lugar por acta legal estipulada en el Vaticano el 26 de Agosto de 1501, firmándose el contrato de matrimonio el 1.º de Septiembre en Ferrara.
Mientras se seguían las negociaciones matrimoniales, César ayudaba en Nápoles a los franceses a apoderarse de aquel Reino y el Papa aprovechaba la ocasión para despojar de sus bienes en el Lacio a los Barones Romanos, amigos de la Casa de Aragón, como los Colonna, los Savelli, los Estouteville. El 27 de Julio, con infantes y caballos, se trasladó el Papa a Sermoneta; pero antes de ponerse en camino dejó a Lucrecia por lugarteniente suyo en el Vaticano, «confiándole todo el palacio y los asuntos corrientes, con facultad de abrir las cartas dirigidas a Su Santidad, y en los casos de mayor importancia debía aconsejarse con el Cardenal de Lisboa», que era el portugués Jorge da Costa. Y añade Burchard que habiendo llegado un caso en que Lucrecia se dirigió a dicho Cardenal, exponiéndole el asunto y el encargo que le había dado el Papa, le dijo el Cardenal que cuando el Papa hacía alguna propuesta al Consistorio, el Vicecanciller u otro Cardenal la firmaba en su nombre y tomaba nota de la opinión de los votantes, y así también se necesitaba ahora que alguien suscribiese lo que se hubiera dicho. A lo que replicó Lucrecia que ella sabía muy bien escribir.—¿Y dónde tiene usted su pluma?—preguntó el Cardenal. Comprendió Lucrecia el chiste y se sonrió, acabando de buena manera la consulta.
Claro es que los negocios de que dejó el Papa encargada a Lucrecia no se referían al gobierno de la Iglesia, que le correspondía como Vicario de Cristo; pero no puede decirse, como Leonetti en su apología de Alejandro VI, que es como si un cura al ausentarse encargase a una cercanísima parienta que le cuidase la casa y recibiese su correspondencia. Al Maestro de ceremonias de Su Santidad no debió parecerle cosa tan trivial, sino antes bien censurable, como asimismo el que Lucrecia y Sancha asistieran a una función en San Pedro sentándose en el coro entre los Canónigos, a título de hija y nuera del Papa, y es de suponer, dado el carácter de ambas, que no dejarían de charlar alegremente. Gregorovius cree que si Alejandro dispensó a Lucrecia tan señalada prueba de favor, la mayor que podía darle, fué para hacer ver a la Corte de Ferrara, durante la negociación matrimonial, el alto concepto que tenía de las dotes políticas de su hija, que podía empuñar en caso necesario las riendas del gobierno, siendo frecuente que los príncipes italianos, cuando se veían obligados a ausentarse, confiasen a sus mujeres el manejo de los negocios de Estado.
La fausta nueva de la firma de las capitulaciones nupciales en Ferrara, se recibió en Roma con grandes muestras de júbilo. El castillo de Sant’Angelo la saludó con salvas, iluminóse el Vaticano y los partidarios de los Borjas recorrieron ruidosamente las calles de la ciudad eterna, haciéndolas resonar con sus alegres voces. En cuanto a Lucrecia no tuvo límites su gozo. El sentarse en el trono de Ferrara, y reinar en una de las Cortes más antiguas e ilustres de Italia, era la realización de un sueño que llegaba tras nueve años de inquieta vida y de tremendos infortunios conyugales. Había visto anulado su primer matrimonio por la declarada impotencia de un marido de notoria virilidad, y el segundo disuelto por mano fratricida. Mal fin tuvo también la amorosa aventura con Perote, y si incurrió en algún otro desliz, pequeño o grande, pasó inadvertido y no hallamos de él mención en los despachos y cartas que recogían cuidadosamente cuantas noticias alimentaban la pública curiosidad. Y es que la atroz calumnia del incesto, lanzada por Sforza y revestida de forma literaria en los epigramas de Sannazzaro,[92] habíase de tal manera esparcido en Roma, que las gentes acabaron por creerla cierta y no les parecía posible que hubiese quien se atreviera a cortejar a la hija del Papa y hermana de César, y si había algún mozo audaz al que ayudaba en su empresa la fortuna, nadie se fijaba en tales amores clandestinos, que eran pecados veniales oscurecidos y eclipsados por el nefando que se suponía cometido por Lucrecia. No podía ella ignorar, aunque no se sintiese culpable, que gozaba en Roma de mala reputación y que ésta era la causa de la resistencia de Alfonso de Este a aquella boda, para cuyo logro no había omitido Lucrecia ningún esfuerzo. Quizás la moviera, no sólo el afán de llegar a la cumbre de la humana grandeza con que soñaba, sino el deseo, dice un historiador moderno, de apartarse para siempre de Roma y de olvidar un pasado que no podía borrar mientras viviese en compañía y bajo la férula del padre y del hermano. Pero tal deseo no responde al carácter de Lucrecia, que harto moza y de suyo casquivana, acostumbrada a vivir en un ambiente de notoria concupiscencia, no estaba todavía en sazón para sentir el arrepentimiento, que es merced que suele otorgar Dios en el otoño o en el invierno de la vida a las que en edad propicia amaron mucho, sirviendo de disculpa a su flaqueza el natural encanto, el excesivo temperamento, los pocos años y el poquísimo seso. Educóse Lucrecia en casa de su parienta Adriana Milá y en compañía de Julia Farnesio, y vivió luego en la intimidad de su cuñada Sancha. Ninguna de ellas era ejemplo de virtud, y si acaso no se dió cuenta de las relaciones de la Bella con el Papa, no podían ocultársele las de Sancha con César. Todo aquello debía parecerle, por la fuerza de la costumbre, muy natural, y quien a los dos meses de asesinado su marido sólo pensaba en divertirse y en disponerse a un nuevo enlace, sin que el recuerdo del difunto le turbara el sueño, no podía sentir remordimiento alguno ni arrepentirse de la vida pasada. No puede creerse, dice Gregorovius, que permaneciera Lucrecia inmaculada en medio de la corrupción romana y del círculo en que vivía, y hasta le parece perdonable su amoroso y fecundo desliz tras la fuga de Sforza; mas si Lucrecia hubiese cometido los nefandos actos que le achacaba la voz pública, no hubiera podido ocultarlos bajo la máscara de una sonriente gracia, porque sería preciso entonces reconocerle, en punto a hipocresía, una fuerza que traspasa los límites de lo humano. Mas peca en esto de ingenuo Gregorovius. No necesitaba Lucrecia mayor hipocresía que la humana, común y corriente, con que cada cual oculta instintivamente sus propios defectos. Y en cuanto a la gracia siempre serena y jovial que tanto entusiasmó a los de Ferrara, era en ella ingénita y nunca la abandonó, ni durante su inquieta vida romana, ni en sus últimos años, cuando la muerte le arrebató a los suyos y acabó el poder de los Borjas en Italia. En su corazón no hacía mella el dolor, y la alegría del vivir, que se reflejaba en su sonrisa, era tan grande que prevalecía sobre todas las contrariedades y amarguras que afligen al común de los mortales.
Firmadas las capitulaciones, no quiso, sin embargo, el Duque que se celebrara por poder el matrimonio hasta que hubiera el Papa cumplido todas las condiciones estipuladas. Envió a Roma a Saraceni y Berlingeri para que discutieran el asunto con Su Santidad, y a estas conferencias asistía Lucrecia, y con tanto calor apoyaba a los agentes del Duque que, según ellos escribían, parecía ya una óptima ferraresa. Al fin se obtuvo del Consistorio, el 17 de Septiembre, la rebaja del canon de Ferrara de 400 ducados a 100 florines. Aquel mismo día renunció Lucrecia el Ducado de Sermoneta en favor de su hijo Rodrigo, Duque de Bisceglia, y el de Nepi en favor del infante romano, Juan, a quien hizo después el Papa Duque de Camerino.
Mientras llegaba a Roma la embajada y comitiva que debía venir a buscar a Lucrecia para conducirla a Ferrara, no paraban las fiestas en el Vaticano. Allí había todas las noches música, y canto, y baile, porque uno de los mayores placeres de Alejandro era ver bailar a mujeres hermosas, y a estas fiestas, que duraban hasta las dos o las tres de la mañana y a veces hasta el alba, solían ser invitados los enviados ferrareses para que admiraran la belleza de Lucrecia y la gracia con que bailaba, y para que vieran—decía el Papa—que la Duquesa no era coja.
A la que no estuvieron ciertamente invitados, y de ella, si tuvieron noticia, nada dijeron al Duque de Ferrara, fué a una bacanal con que obsequió César a su padre y hermana el último domingo de Octubre[93] y que el Maestro de ceremonias del Papa, Burchard, refiere en su Diario; y también el Materazzo de Perugia como cosa de todos conocida, no sólo en Roma, sino en Italia. Trátase del famoso baile llamado de las Castañas, en que tomaron parte unas cincuenta cortesanas, que, primero vestidas y luego enteramente desnudas, bailaron con los servidores del Duque, y acabada la cena pusiéronse los candelabros en el suelo, sobre el que se esparcieron gran cantidad de castañas que las desnudas cortesanas, andando a gatas entre las encendidas antorchas, debían ir recogiendo. El Papa, el Valentino y Lucrecia presenciaban desde una tribuna el espectáculo, y con sus aplausos animaban a las más diestras, que recibieron en premio ligas bordadas, borceguíes de terciopelo y cofias de brocado y encaje. Y después se pasó a otros placeres. Esto escribió Burchard, y es la única vez en que, al hablar de Lucrecia, la deja harto mal parada, por lo que Gregorovius, atribuyendo a la tradición popular la escandalosa relación a que Burchard dió cabida en su Diario, cree verosímil que en las habitaciones de César, en el Vaticano, tuviera lugar la referida fiesta; pero no el que a ella asistiera Lucrecia, ya legalmente esposa de Alfonso de Este y a punto de partir para Ferrara.
La designación de las personas, tanto ferrareses como romanas, que habían de acompañar a Lucrecia de Roma a Ferrara, fué cuestión ardua y discutida. La lista que mandó el Duque mereció la aprobación del Papa, así como la de César, que conocía a algunas de las personas escogidas. Más tardó el Papa en dar su lista y, según dijo, irían pocas damas, porque las romanas eran muy hurañas y poco diestras en cabalgar. Tenía Lucrecia unas siete doncellas que la seguirían a Ferrara, así como D.ª Jerónima, la hermana del Cardenal Borja, casada con un Orsini. De caballeros andaban escasos, porque salvo los Orsini, estaban en su mayor parte fuera de Roma. Sobraban, en cambio, curas y gente docta que no servían para el caso. De todos modos no irían menos de cien personas. Y como los enviados expresaran su sentimiento por no haberles concedido el Duque de Romaña la audiencia que le habían pedido, mostróse Su Santidad muy disgustado y dijo que el Duque acostumbraba hacer del día noche y de la noche día, y que era muy otra la Duquesa (Lucrecia) que como mujer prudente era fácil para las audiencias, e hizo de ella los mayores elogios por la gracia con que había gobernado el Ducado de Spoleto.
Pero el séquito ferrarés de Lucrecia, tan impacientemente aguardado en Roma, no se ponía en camino, a pesar de estar ya pronto. Sospechaba el Papa que en el retraso pudiera influir alguna razón política, y en efecto: el Emperador Maximiliano seguía insistiendo cerca del Duque para que aplazase la boda a que se había mostrado siempre opuesto. De más peso que esta opinión del Emperador era para el Duque el deseo de tener en su poder las Bulas y los 100.000 escudos contantes de la dote, que debían satisfacer los Bancos de Venecia, Bolonia y otras ciudades, amenazando, para el caso de que no estuviesen entregados al llegar la comitiva a Roma, con que le daría la orden de volverse a Ferrara. Enfurecióse el Papa cuando se lo dijeron los agentes del Duque, y los colmó de improperios, calificando de mercader al propio Hércules, que de ello se dolió.
Al fin, el 9 de Diciembre salió de Ferrara, precedida de trece trompetas y ocho pífanos, la lucida cabalgata de 500 jinetes que capitaneaba el Cardenal Hipólito, y de la que formaban parte sus hermanos D. Ferrante y D. Segismundo, los Obispos de Adria y Comacchio, Nicolás María y Meliaduse de Este y un Hércules, sobrino del Duque, además de otros muchos parientes y amigos ferrareses o feudatarios de Ferrara, personas todas de rango. Trece días duró el viaje, y desde el castillo de Monterosi, a unas quince millas de Roma, al que llegaron harto maltrechos, empapados y embarrados por efecto de las invernales lluvias y pésimos caminos, envió el Cardenal un mensajero a pedir las órdenes del Papa, quien dispuso hicieran su entrada por la puerta del Pueblo. Esta entrada de los ferrareses en Roma fué el más espléndido espectáculo del Pontificado de Alejandro VI. A las diez de la mañana del 23 de Diciembre llegaron al Ponte Molle, donde los recibieron el Senador de Roma, el Gobernador y el Barigello o jefe de la policía con unos dos mil hombres a pie y a caballo. A medio tiro de ballesta de la puerta del Pueblo salió a su encuentro la comitiva de César, 100 gentiles-hombres a caballo y 200 suizos a pie, armados de alabarda, con el uniforme pontificio de terciopelo negro y paño amarillo y gorra empenachada, y tras ellos, a caballo, el Duque de Romaña y el Embajador de Francia, vestidos ambos a la francesa. Desmontaron todos los jinetes, abrazó César al Cardenal Hipólito, y cabalgando a su lado dirigiéronse hacia la puerta, donde los aguardaban diecinueve Cardenales, con un séquito cada cual de 200 personas. Dos horas duró el recibimiento con un diluvio de discursos de bienvenida y gracias, y ya atardecido, al son de trompetas, pífanos y cuernos, encaminóse la cabalgata, por el Corso y el campo de Fiori, al Vaticano. Aguardábalos Alejandro rodeado de doce Cardenales, y después de haber cumplido con el Papa los Príncipes de Ferrara, llevólos César a casa de Lucrecia, la cual salió a recibirlos a la escalera, del brazo de un caballero anciano, con traje de terciopelo negro y cadena de oro al cuello, y según el ceremonial preestablecido, no besó a sus cuñados, saludándolos con una inclinación de cabeza como era moda en Francia. Vestía una camora o traje blanco de brocado de oro, y una sbernia o manto forrado de zibelina; las mangas también blancas, de brocado de oro, acuchilladas a la española; tocada con una cofia de gasa verde sujeta con un listón de oro y orlada de perlas, y al cuello un collar de gruesas perlas del que pendía un rubí. Se sirvieron refrescos, repartió Lucrecia unos cuantos regalitos, obra de joyeros romanos, y los Príncipes y su séquito se fueron muy contentos, habiéndoles parecido Lucrecia muy gentil y graciosa, según escribía el Prete a la Marquesa de Mantua[94].
Este Prete, que asistió a las fiestas de la boda en Roma y las describió con no menor lujo de detalles respecto de los trajes de Lucrecia que los que hallamos en la antes citada relación de D.ª Sancha, era un familiar de Nicolás de Cagnolo, a quien encargó Isabel de Este se fijase especialmente en la indumentaria, a la que atribuía grandísima importancia la Marquesa. Superaron las fiestas en fausto a las de las otras dos bodas de Lucrecia. Hubo cabalgatas triunfales, y luchas de atletas, y carreras de caballos, y comedias, bailes y banquetes, y además corridas de toros, que los italianos llamaban cacie al toro; habiendo el Papa anticipado el Carnaval, para que los romanos pudiesen entregarse libremente a toda clase de locuras, y se echasen a la calle enmascaradas desde la mañana hasta la noche las honestas y deshonestas meretrices que abundaban en Roma.
Las corridas de toros importáronlas los españoles en Italia desde el siglo XIV, pero no se generalizaron hasta el siguiente, en que los aragoneses las llevaron a Nápoles y los Borjas a Roma, placiendo a César porque en ellas lucía su fuerza y su destreza. Una carta, dirigida a Alfonso de Este por el ferrarés Adornino Feruffino, protonotario apostólico, describe la corrida, que tuvo lugar el 2 de Enero de 1502, en la que se lidiaron ocho toros y dos búfalos, que dieron poco juego. Con el Duque salieron a la plaza ocho caballeros, armados de rejones, y a uno de los toros se lo clavó el Duque en medio de los cuernos y cayó al suelo muerto. Después de esta hazaña dejó el caballo y volvió a pie, con doce compañeros, con unos rejones de asta fuerte y hierro largo, y cuando el toro venía hacia ellos se ponían muy juntos y lo herían de muerte. El mejor lance fué el de un toro bravísimo, que embistió a los peones, derribó a dos con poco daño y a otro lo enganchó y lo echó al aire, y cuando cayó en tierra no se movió, y se dijo que estaba muerto. Tres caballos de gran precio de los caballeros en plaza fueron destripados por los toros.
El Embajador de Ferrara, Juan Lucas Pozzi, para quien obtuvo Lucrecia el Obispado de Reggio, escribía al Duque, el 23 de Diciembre de 1501, que había ido a visitar a Lucrecia, después de la cena, y había tenido con ella larga plática sobre varios asuntos y había podido conocer que era muy prudente y discreta, afectuosa, de buena índole y en extremo respetuosa para con el Duque y D. Alfonso, por lo que creía que ambos quedarían satisfechos. Tenía mucha gracia para todo con modestia, simpática y honesta. Era también católica: mostraba temor de Dios e iba a confesarse al día siguiente para comulgar el día de Navidad. Su belleza era suficiente, pero sus agradables maneras, y su buena cara y gracia (la buona ciera et gratia) la aumentaban y hacían parecer mayor, y en resumen, eran tales sus cualidades, que no se debía ni podía sospechar cosa siniestra, sino más bien presumir, creer y esperar de ella óptimas acciones.
Ya hemos dicho que lo que más gustaba a Alejandro eran los bailes, porque en ellos se distinguía Lucrecia por su pericia y gracia, que encantaban al Papa. El Prete describe una fiesta que tuvo lugar en casa de Lucrecia, el domingo 26, día de San Esteban. Abrió el baile un caballero valenciano con una doncella de la Duquesa, que se llamaba Nicolasa. Bailó luego Lucrecia, muy lindamente, con D. Ferrante. Con las doncellas de Lucrecia podían competir las de Ferrara, a juicio del Prete. Había dos o tres graciosas. Una valenciana, Catalina, bailó bien, y había otra, un ángel de bondad (la Angela Borja), que el Prete, sin que ella lo supiera, escogió por favorita.
El personal femenino que había de llevar a Ferrara la Duquesa era objeto de especial predilección para el Prete, quien escribía que irían con ella Jerónima Borja, la hermana del Cardenal, mujer de Fabio Orsini, que se decía tenía el mal francés; Angela Borja, su hermana, que creía sería la preferida de Isabel de Este, porque a él también le placía; una Catalina, valenciana, que a unos gustaba y a otros no; una perusina guapa; otra Catalina[95]; dos napolitanas, Cintia y Catalina, que no eran bellas, pero sí agraciadas, y una mora, que nunca vió persona más hermosa y galana y bien vestida, con brazaletes de oro y perlas, creyéndola favorita de la Duquesa[96].
El 30 de Diciembre celebróse en el Vaticano el matrimonio. Salió Lucrecia de su Palacio, llevada de la mano por sus cuñados D. Ferrante y D. Segismundo, y seguida de toda su Corte y de cincuenta damas. Vestía de brocado de oro, a la francesa, con mangas abiertas que llegaban hasta el suelo y manto carmesí, forrado de armiño, cuya larga cola llevaban sus doncellas, y en la cabeza una cofia de seda y oro y sujeto el pelo por una sencilla cinta negra. El collar era de perlas y el colgante se componía de una esmeralda, un rubí y una perla de gran tamaño. Aguardábala el Papa en la sala Paolina, sentado en su trono y teniendo a su lado a su hijo César y a trece Cardenales. Presentes estaban también los Embajadores de Francia, España y Venecia, pero no el de Alemania. Empezó la ceremonia con la lectura del poder del Duque de Ferrara, a la que siguió la plática de rigor que pronunció el Obispo de Adria, el cual tuvo que abreviarla por habérselo así ordenado el Papa. D. Ferrante, en representación de su hermano D. Alfonso, dirigió a Lucrecia la pregunta de rúbrica, y habiendo ella respondido afirmativamente, le puso al dedo el anillo nupcial y se levantó acta en instrumento que redactó un notario. El Cardenal Hipólito presentó entonces las joyas que regalaba el Duque, por valor de 70.000 ducados, y de las cuales no se hizo mención en el acta notarial, «para que en el caso de que faltara la Duquesa a sus deberes para con D. Alfonso no se viese éste obligado más de lo que quisiera respecto a las alhajas», según escribía el Duque a su hijo Hipólito. La entrega hízola el Cardenal con mucha gracia: colocó ante el Papa el cofrecito, lo abrió, y ayudado por el tesorero ferrarés, Juan Ziliolo, fué presentando las joyas, de la manera más adecuada para realzar su valor y hacerlas mejor apreciadas. El Papa las tomó en sus manos y mostró a Lucrecia las cadenas, sortijas, pendientes, las piedras preciosas y, sobre todo, un magnífico collar de perlas, que había sido de Leonor de Aragón, siendo conocida la pasión que por las perlas sentía Lucrecia.
Desde las ventanas del Vaticano presenciaron las carreras de caballos y una justa, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro, y de la que resultaron cinco heridos, por servirse los combatientes de armas de filo. Trasladáronse después a la Cámara del Papa y allí empezaron los bailes, danzando Lucrecia con César por orden de Su Santidad, que se regocijó mucho. Bailaron asimismo muy bien las doncellas de Lucrecia por parejas, y al cabo de una hora empezaron las comedias, con una de Plauto, que por lo larga no se terminó, y luego otra igualmente en latín, muy bonita, pero cuyo significado no pudo alcanzar a comprender el Prete.
A esta fiesta siguieron otras, trayendo cada día aparejada la suya. Hubo una cabalgata, organizada por la ciudad de Roma, con trece carros alegóricos: comedias, Morescas, bailes a la moda, en uno de los cuales tomó parte César. El día de la corrida de toros se representó la comedia del Menechino, de Plauto, la misma con que había sido obsequiada Lucrecia cuando casó con Sforza.
El 5 de Enero cobraron los ferrareses el resto de la dote en dinero contante y se entregaron a Lucrecia todas las Bulas pedidas por el Duque de Ferrara, con lo que pudo ponerse en marcha al día siguiente la comitiva, que quería Alejandro fuese la más fastuosa que se hubiese jamás visto en Italia. Formaba de ella parte, como Legado del Papa, el Cardenal Francisco de Borja, Arzobispo de Cosenza, hijo natural de Calixto III y muy amigo de Lucrecia, a quien debía la púrpura. Iban, además, tres Obispos, cuatro enviados de la ciudad de Roma, dos representantes del patriciado romano, que fueron Francisco Colonna, de Palestrina, y Julián, Conde de Anguillara, a los que se juntaron Ranucio Farnesio y el Capitán de la guardia pontificia, D. Guillén Ramón de Borja, sobrino del Papa, y ocho gentiles-hombres de segundo orden. César envió una lucida escolta de doscientos caballeros: españoles, franceses, romanos e italianos de otras varias provincias, con música y bufones para entretener a la hermana en el camino. La Corte oficial de Lucrecia se componía de ciento ochenta personas, y entre sus damas llamaba la atención Angela Borja, cuya belleza había sido ya cantada en Roma por el poeta Diómedes Guidalotto, y mereció que la citara en su Orlando Furioso, Ludovico Ariosto. Con ella iba su hermana Jerónima, Madonna Adriana, que había servido de aya a Lucrecia; otra Adriana, mujer de Francisco Colonna, y una Orsini, que no podía ser su nuera Julia la Bella, pero que quizá fuera la hija de esta Laura, que contaba entonces unos diez años y era ya prometida esposa de Federico Farnesio.
No cesaba Alejandro de alabar, en sus conversaciones con los enviados ferrareses, la castidad y pudicicia de su hija, que deseaba no la rodeara su suegro sino de damas y caballeros que fuesen gente de bien, y ellos escribían a Ferrara que Lucrecia les había dicho que por sus acciones jamás habría de sonrojarse Su Santidad, lo cual tenían por cierto, pues cada día tenían mejor opinión de su bondad, honestidad y discreción, viviéndose en su casa, no sólo cristiana, sino religiosamente. Y el Cardenal Ferrari, al recomendar a Lucrecia, por sus méritos y virtudes, creía oportuno avisar al Duque de Ferrara que cuanto por ella hiciera lo apreciaría el Papa como si por él lo hiciese.
El 6 de Enero despidióse Lucrecia de sus padres (porque es de suponer que lo hiciera a solas de Vannozza, que no asistió visiblemente a fiesta ninguna de la boda) y de su hijo Rodrigo, a quienes jamás había de volver a ver, y a las tres de la tarde se puso en camino, montada en una mula blanca, con riquísima gualdrapa y arreos de plata y vestida con un precioso traje de viaje que daba gusto verla, cabalgando entre los Príncipes de Ferrara y el Cardenal de Cosenza y con un séquito de más de mil personas. Hasta la Plaza del Pueblo la acompañaron todos los Cardenales, los Embajadores y los Magistrados de Roma, y un buen trecho fuera de la ciudad, César y el Cardenal Hipólito, que regresaron luego al Vaticano. Alejandro, después de despedirse, en la sala del Papagayo, de su hija, con la que estuvo solo largo rato, fué a verla pasar de cuantas partes pudo, y con los ojos y el corazón la siguió, ansioso, hasta que, desapareciendo a lo lejos, envuelta en polvo, la lucida cabalgata, perdió de vista, y para siempre, a la hija predilecta que había querido de un modo superlativo, según escribía una vez a su Rey un Embajador napolitano.