VI

Viaje de Lucrecia de Roma a Ferrara.—La entrada y fiestas de la boda.—Asisten a ellas Isabel de Este e Isabel Gonzaga.—Rivalidad de la primera con Lucrecia.—Despedida de la servidumbre española.—Queda en Ferrara Angela Borja y es causa involuntaria de la tragedia de la Casa de Este.—Los alfileres de Lucrecia.—Su primer desgraciado alumbramiento pone en peligro su vida.—Visítala su hermano César.—Conquista éste la Romaña y se apodera de Urbino y Camerino.—La rebelión de sus capitanes.—El bellísimo engaño de Sinigaglia.—Muerte de Alejandro VI.—Suerte que corrieron el hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, y el infante romano Juan de Borja.—La del Valentino en España.—Su muerte en Viana.—Partos y duelos de Lucrecia.

En el viaje de Roma a Ferrara, que se hace hoy sin gran fatiga y en pocas horas, tardó Lucrecia veintisiete días, siguiendo el itinerario que el Papa había trazado y prescrito, y aunque las etapas fueron muchas y breves las jornadas, no dejó de ser en extremo cansado para ella y las damas que la acompañaban, poco aficionadas a cabalgar, siquiera fuese en mula. El 13 de Enero llegaron a Foligno tan molidas que resolvieron descansar allí todo el día, con lo que no era posible estar antes del martes 18 en Urbino, donde pasarían el 19, y saldrían el 20 para Pesaro, según escribían desde Foligno al Duque Hércules sus Embajadores. Y añadían que, como la Duquesa querría ciertamente tomarse algún otro día de descanso en el camino, para no llegar estropeada y descompuesta, no estarían en Ferrara antes del último día del mes o en los primeros del siguiente.

En todos los pueblos en que era Lucrecia conocida por su gobierno de Spoleto, fué muy agasajada, y a Foligno salieron a recibirla los Baglioni, que la convidaron a ir a Perugia, pero la Duquesa había resuelto ir embarcada de Bolonia a Ferrara para evitar las molestias de la vía terrestre. De Foligno se siguió el viaje por Nocera y Gualdo a Gubbio, una de las más notables ciudades del Ducado de Urbino, y desde allí regresó a Roma el Cardenal Borja. A dos millas de la ciudad salió al encuentro de Lucrecia la Duquesa Isabel, hermana del Marqués de Mantua, que la acompañó hasta Ferrara, según lo había prometido, compartiendo con ella la litera que con este objeto había mandado hacer Alejandro. En Urbino la recibió el Duque Guidobaldo con su Corte, y Lucrecia se alojó con los Príncipes de Este en el magnífico palacio de Federico, que los Duques, por cortesía, les cedieron. Conocían a Lucrecia de Roma, donde el Duque había servido como condotiero al Papa en la campaña contra los Orsini a que puso fin la batalla de Soriano, y de Pesaro, durante el idilio con Juan Sforza, y aunque no habían visto con gusto el matrimonio con Alfonso de Este, agasajáronla, fiando a su amistad el porvenir de Urbino, sin sospechar que a los pocos meses habían de verse despojados por César de sus Estados y obligados a buscar refugio primero en Mantua y luego en Venecia.

De Urbino pasaron a Pesaro, donde fué Lucrecia recibida con grandes demostraciones de júbilo y respeto, como en todas las ciudades conquistadas por César, que constituían el Ducado de Romaña. Alojóse en el palacio y permitió a las damas de su séquito que bailasen aquella noche con las de Pesaro, entre las que figuraba Juana López, a quien ella casó con el médico Juan Francisco Ardizzi; pero no asistió a la fiesta ni salió de su cuarto en todo el día, bien porque lo dedicase a lavarse el pelo, bien porque no quisiera dejarse ver de sus antiguos vasallos. Se detuvo luego en Rimini, Cesena, Forli, Faenza e Imola, donde también dedicó otro día a lavarse la cabeza, que ya empezaba a dolerle porque hacía ocho días que no había podido hacerlo. El 28 de Enero tomó la cabalgata el camino de Bolonia. El tirano Juan Bentivoglio, que debía al Rey de Francia el haber salvado sus Estados de la rapacidad de César, y su mujer, Ginebra Sforza, tía de Juan, el Señor de Pesaro, cuidaron de que no se traslucieran los sentimientos que les inspiraban los odiados Borjas y no omitieron esfuerzo ni gasto para festejar suntuosamente a Lucrecia en Bolonia. El 31 de Enero embarcó en el canal que unía a Bolonia con el Po, y aquella misma tarde llegó Lucrecia al castillo de Bentivoglio, a veinte millas de Ferrara, apareciéndosele disfrazado Alfonso de Este, su marido, con el que no había cruzado palabra alguna desde la firma del contrato nupcial el 1.º de Septiembre. Conmovióse Lucrecia al verle, mas pronto se repuso y lo acogió con devoción y gracia, a que él correspondió con mucha galantería, según escribió Bernardino Zambotto, volviéndose al cabo de dos horas a Ferrara. Debió el rudo Alfonso sentir todo el encanto seductor de Lucrecia durante la larga plática, de la que ella quedó muy satisfecha, y se apresuró a hacérselo saber al Papa, a quien escribía diariamente, habiendo sido aún mayor, si cabe, la satisfacción de Su Santidad, que abrigaba el temor de que no fuera su hija bien acogida por su tercer marido y su nueva familia ferraresa.

El 1.º de Febrero encontró en Malalbergo a Isabel de Este, llamada por su padre el Duque para hacer con él los honores en Ferrara, y aunque ella de mejor gana se hubiera quedado con el marido en Mantua, saludó y abrazó con furia gozosa a su cuñada, según escribía al Marqués, y la acompañó a bordo hasta Torre della Fossa, donde el canal desemboca en uno de los brazos del Po. Allí la esperaba el Duque con D. Alfonso y la Corte. Saltó Lucrecia a tierra y la besó su suegro, después de haberle ella besado la mano, y subieron todos a un bucentauro o barca lujosamente aparejada, en la que fueron presentados a la Duquesa los Embajadores y muchos caballeros ferrareses, a quienes dió la mano, desembarcando en Borgo de San Lucas. Alojóse en el palacio de Alberto de Este, hermano bastardo de Hércules, donde la aguardaba la hija natural del Duque, Lucrecia, mujer de Aníbal Bentivoglio. Habían acudido a Ferrara todos los grandes vasallos del Estado, mas no compareció ningún Príncipe reinante. Los Señores de Mantua y de Urbino estuvieron representados por sus respectivas mujeres, Isabel de Este e Isabel Gonzaga. A los Bentivoglio los representó Aníbal, el yerno del Duque. Roma, Venecia, Florencia, Luca, Siena y el Rey de Francia, enviaron Embajadores. César quedó en Roma, y su mujer, Carlota d’Albret, que debía venir a pasar un mes en Ferrara, no se movió de Francia.

La entrada de Lucrecia en Ferrara tuvo lugar el 2 de Febrero y debió ser, según la descripción que de ella hicieron los que la presenciaron, un hermosísimo espectáculo. A las dos de la tarde fué a buscarla el Duque con los Embajadores y la Corte al Palacio Alberto, de donde partió la procesión. Abrían la marcha cuarenta y cinco ballesteros a caballo, con el uniforme blanco y rojo de la Casa de Este; seguíanles ochenta trompetas y muchos pífanos, y luego los nobles de Ferrara y las Cortes de la Marquesa de Mantua y la Duquesa de Urbino, y a caballo, rodeado de ocho pajes y vestido a la francesa, de rojo terciopelo, D. Alfonso con su hermano Fernando y su cuñado Aníbal Bentivoglio. Tras D. Alfonso venía la cabalgata de Lucrecia, los caballeros españoles, los cinco Obispos, los Embajadores, los cuatro Diputados de Roma, seis tambores y los dos bufones favoritos. La esposa, radiante de belleza y de felicidad, en un blanco corcel, con la dorada cabellera suelta sobre el manto de brocado de oro forrado de armiño, y al cuello el magnífico collar de perlas y rubíes de la Duquesa D.ª Leonor de Aragón, que le envidiaba Isabel de Este, cabalgaba sola bajo palio, cuyas varas llevaban ocho doctores de Ferrara. Fuera del palio, y a su izquierda, por expresa invitación de Lucrecia, iba a caballo el Embajador de Francia, Felipe Rocaberti, como protector de Ferrara y de los Borjas. Y detrás de Lucrecia, asimismo a caballo y vestidos ambos de terciopelo negro, iban el Duque de Ferrara y la Duquesa de Urbino, con un séquito de parientes de la Casa de Este y las damas que acompañaban a Lucrecia, de las que sólo tres Orsini iban a caballo: Jerónima Borja, otra Orsini y Madonna Adriana, viuda y noble dama pariente del Papa. Venían, por último, cuatro carrozas con una docena de doncellas ferraresas destinadas a la Corte de la joven Duquesa, que fueron escogidas entre las de mejor presencia; dos mulas y dos caballos blancos de respeto, con lujosos arneses, y ochenta y seis mulas cargadas de efectos pertenecientes a Lucrecia. Al llegar ésta a la puerta de Castel Tedaldo, con el estruendo de las salvas y de los fuegos artificiales, se espantó y empinó el caballo que montaba, y antes de que pudieran sujetarla dió en tierra con la gentil amazona, en cuya ayuda acudió inmediatamente el Duque, y sin más daño que el susto montó en una de las blancas mulas y continuó la marcha de la lucida cabalgata, que al anochecer llegó al Palacio Ducal, llamado del Cortile, o sea del patio, al pie de cuya escalera de mármol se apeó Lucrecia.

Aguardaban allí la Marquesa de Mantua con un escogido ramillete de bastardas Estenses para saludar a la Borja; Lucrecia, la hija del Duque, casada con Aníbal Bentivoglio, y las tres hijas naturales de Segismundo de Este; Lucrecia, Condesa de Carrara; Diana, Condesa Uguzoni, y Blanca Sanseverino. En Palacio tuvo que oír pacientemente los encomiásticos epitalamios de los poetas cortesanos Ludovico Ariosto, Celio Calcagnini y Nicolás María Panizzato, y sobre todo el discurso latino de rigor, lleno de alusiones mitológicas y recuerdos clásicos del grave y solemne Pellegrino Prisciano.

Al fin dejaron solos a los esposos y aun les perdonamos la serenata y la maitinata entonces en uso. Recordaba Alfonso de Este las de su boda con Ana Sforza, que en estos términos describían Ermes María Visconti y Juan Francisco de Sanseverino en carta al Duque de Milán, de 14 de Febrero de 1491: «Puestos en la cama el esposo y la esposa, los acompañamos todos, y del lado de D. Alfonso estaba el Marqués de Mantua con otros muchos, buscándole las cosquillas, y él se defendía con un cacho de bastón que tenía en la mano, y ella estaba de muy buen humor; pero a ambos les parecía raro verse rodeados de tanta gente extraña, que cada cual les decía alguna cosa de las que suelen decirse en tales casos. Nos marchamos, y a la mañana siguiente volvimos para ver cómo se habían portado y supimos que ambos habían dormido muy bien, como nos lo figurábamos.» Preparábase Isabel con sus hermanos y hermanas di fare la maitinata a li sposi secretamente peró et cum pochi, según escribía al marido; mas renunciaron a ello, y el 3 de Febrero le decía al Marqués: «esta noche el señor D. Alfonso ha dormido con D.ª Lucrecia, su mujer, sin ninguna ceremonia previa, y según he oído ha caminado tres millas, aunque todavía no he hablado con ninguno de ellos. No les hemos hecho la maitinata como escribí estaba dispuesto, porque a decir verdad son éstas nozze fredde»[97].

Bien fuera por la aversión que tenía a su cuñada, bien porque las fiestas pecaran realmente de largas y pesadas, ello es que la Marquesa de Mantua y los que la rodeaban y adulaban no se cansaban de decir que eran unas bodas frías. Seis días, hasta que terminó el Carnaval, duraron las fiestas con que el Duque celebró el segundo matrimonio de su primogénito, y que consistieron principalmente en banquetes, bailes y comedias, a las que era Hércules en extremo aficionado, ufanándose de ser uno de los fundadores del teatro italiano del Renacimiento. Hacía ya algunos años que había hecho representar en Ferrara, traducidas al italiano por varios autores, las comedias de Plauto y de Terencio. En 1486 se habían representado los Menechmes, la comedia predilecta de Plauto, que fué puesta de nuevo en escena en Febrero de 1491 para la boda de Alfonso de Este con Ana Sforza. Tenían lugar estas funciones en el salón del Palacio del Podestá, llamado hoy Palazzo della Ragione, que contenía más de tres mil personas, distribuídas en trece filas de sillas, y del 3 al 8 de Febrero se representaron todas las noches, salvo en una que hubo de reposo, cinco comedias de Plauto, acompañadas de morescas, que eran primitivamente danzas pírricas, y fueron luego peleas de moros y cristianos, de donde les vino el nombre de morescas, tomando en ellas parte los principales personajes de la Corte, como César Borja en Roma, y Alfonso y Julio de Este en Ferrara.

Entre la batalla del marido y el cansancio del viaje durmió mal Lucrecia la noche de su entrada en Ferrara, según escribió al Marqués Gonzaga la Marquesa Cotrone, por lo que no se levantó hasta el mediodía, y después de una frugal colación se presentó vestida ricamente, a la francesa, y acompañada de los Embajadores. Todo el día se pasó bailando, y por la noche se representó el Epidicus, o el Pendenciero, con cinco bellísimas morescas. Tampoco se levantó más temprano Lucrecia al día siguiente, en que se bailó igualmente hasta las seis, y se representó por la noche Bacchides, que duró cinco horas y pareció a Isabel demasiado larga y fastidiosa. Por ser viernes, la mayor parte de las damas asistieron a la comedia vestidas de negro. El sábado 5 no se dejó ver Lucrecia en todo el día, que dedicó a lavarse la cabeza y a escribir cartas, y los huéspedes se contentaron con callejear por la ciudad, no habiéndose celebrado fiesta alguna. Aquel día el Embajador francés repartió los regalos que enviaba su Rey, siendo el de D. Alfonso una imagen de María Magdalena, a quien, según hizo notar, se asemejaba en gracia y virtud la esposa que había escogido. A la bellísima Angela Borja tocóle un collar de oro de gran precio. Por la noche invitólo a cenar la Marquesa de Mantua, que lo hizo sentar entre ella y la Duquesa de Urbino, y por complacerle cantó, acompañándose con el laúd, varias canciones y se lo llevó después a su Cámara, donde, en presencia de dos de sus doncellas, tuvo con él un coloquio secreto, y quitándose, por último, los guantes se los regaló amorosamente y con amorosas palabras, y el Embajador los aceptó con afectuosa reverencia. El domingo 6 oyó Lucrecia misa en la Catedral, donde un Camarero del Papa entregó a D. Alfonso una espada y una gorra, benditas por Su Santidad. Después del mediodía, los Príncipes y Princesas fueron a buscar a Lucrecia para conducirla a la sala del festín, y ella bailó con una de sus doncellas, unas bajas francesas, muy galanamente, según escribía la Marquesa de Mantua, y por la noche fueron al aburridísimo espectáculo de la comedia Miles gloriosus, el Soldado fanfarrón, la cual, aunque ingeniosa, no gustó por larga y por el estrépito de la gente. La Asinaria, o el Padre indulgente, que se representó el lunes 7, fué verdaderamente bella y deleitable, a juicio de la Marquesa, tanto por no haber sido demasiado larga, cuanto por haber estado mejor recitada y con menor estrépito. Por último, el martes se puso en escena la Casina, o la Ramera, que, como lasciva y deshonesta, nada dejó que desear. En el tercer acto hubo música de seis violas, una de las cuales tocó D. Alfonso.

Acabó el Carnaval y acabaron las fiestas de la boda y empezó el desfile de los convidados. Volvieron a sus palacios de Mantua y Urbino, tras una breve excursión a Venecia, las dos Isabeles, y la de Este, al decir de los muchos que en su loor cultivaban la lisonja cortesana, fué, de las tres Princesas que se juntaron en Ferrara, la que hubiese obtenido la manzana que el pastor troyano adjudicó en el monte Ida a la más hermosa de las diosas. Pero, a pesar del incienso que en las aras de Isabel quemaron sus admiradores, y que aun trasmina de los libros de su moderno y gran turiferario Alejandro Luzio; a pesar de los elogios que la Marquesa de Cotrone y los demás corresponsales del Marqués de Mantua la tributaron en sus cartas, celebrando su gran belleza, su suprema distinción y elegancia, su extraordinario entendimiento y exquisito tacto y la delicadeza y dulzura de su canto, no debió quedar enteramente satisfecha la Marquesa, que aspiraba, acaso con razón, a la primacía entre las mujeres italianas de su tiempo, y padecía, como suele acontecer a las personas que sienten tales ansias, por efecto de un exceso de protagonismo. No la superaba Lucrecia en hermosura, pero era más joven, competía con ella en la riqueza y gusto del vestir, adornábase con más valiosas joyas, y, sobre todo, en el bailar era maestra, no reconociendo rival en ninguna clase de danzas, porque con igual gracia y soltura bailaba las francesas, las españolas y las romanas, como no pudo menos de reconocerlo y declararlo en una de sus cartas la propia Isabel. Sentía ésta por Lucrecia, aun antes de conocerla, la aversión que inspira a la mujer honrada la que tiene fama de no serlo, aversión, a veces, acrecida por la envidia, que recuerda a las hijas de Eva la fruta prohibida, causa del pecado original y de otros muchos que por culpa de aquél viene desde entonces la Humanidad gozando y padeciendo. El difícil parentesco, la natural rivalidad femenina y aun quizás el presentimiento de que los encantos de Lucrecia le robarían algún día el afecto del marido, hicieron que las relaciones entre las dos cuñadas fuesen tan frías como las bodas, mientras duraron las fiestas. La Marquesa llegó a Mantua el lunes 14 de Febrero, y cuatro días después escribió a Lucrecia una carta en términos de extrema cortesía, a la que contestó de igual manera Lucrecia el 22 de Febrero, empezando así una correspondencia que duró diecisiete años, y que no prueba, sin embargo, como pretende Gregorovius, que la Marquesa, en un principio hostil, se convirtiera más tarde en sincera amiga de su cuñada. Las 339 cartas de Lucrecia, que se conservan en el Archivo Gonzaga, son todas pálidas e insignificantes: tratan de regalos, gracias, pésames, recomendaciones, escritas siempre en el estilo cancilleresco de la época, sin que haya una sola en que aparezca la supuesta amistad.

Llamó la atención, y es digna de notarse, la despedida de los Embajadores de Venecia, Nicolás Dolfini y Andrés Foscolo, que asistieron a las fiestas vestidos a costa de la Señoría con lujosos mantos de terciopelo carmesí, forrados de armiño. Habíanlos estrenado en Venecia, en la sala del Gran Consejo y en la Plaza de San Marcos, para satisfacer la legítima curiosidad de sus conciudadanos, y tenían encargo de ofrecérselos a Lucrecia, cuando terminaran su misión, como regalo de la Serenísima República. Al despedirse de la Duquesa pronunciaron largos y sendos discursos, uno en latín y otro en italiano, y se retiraron luego a la antecámara para quitarse los trajes de la boda, volviendo al salón para hacer de ellos entrega a Lucrecia, según se les tenía ordenado.

Las que no se marchaban, a pesar de las ganas que tenía Hércules de quitárselas de encima, eran madonna Adriana, Jerónima Borja y la otra Orsini, que tenían encargo de Alejandro de esperar en Ferrara a la Duquesa de Romaña, Carlota d’Albret, la cual siguió en Francia, sin hacer caso de las instancias del Nuncio, y sólo vino a Ferrara, el 6 de Febrero, el Cardenal d’Albret, de paso para Roma. Quejábase el Duque a su Embajador en Roma del grande e insoportable gasto que le causaba la presencia de estas damas y la del gran número de hombres y mujeres que esperaban su partida, y que ascendían a unas 450 personas y 350 caballos. Los víveres se habían consumido, la Duquesa de Romaña no vendría para la Pascua y él no podía seguir soportando el gasto, porque le habían costado más de 25.000 ducados las fiestas de la boda. A los gentiles-hombres del Duque de Romaña los había despedido, después de doce días de estancia, por impertinentes, y porque su presencia no beneficiaba a Su Santidad ni al Duque. Mas si no tan pronto como deseaba el Duque, fuéronse, al fin, casi todas las damas y doncellas españolas y romanas que a Ferrara vinieron con Lucrecia, y que ésta vió partir con harto y mal disimulado sentimiento. El 26 de Febrero escribía a la Marquesa de Mantua Teodora Angelini, que ya había partido Jerónima Borja y la hermosa Catalina y las otras dos que cantaban y la mayor parte de los españoles de la familia, quedando tan sólo madonna Adriana, Angela Borja y las dos hermanas napolitanas, con la madre, que quizás se marcharían antes de Pascua.

Duró poco tiempo la Angelini en casa de Lucrecia, y en cambio Angela Borja permaneció hasta su boda al lado de su tía la Duquesa, y no sólo fué su amiga y confidente, sino que cautivó con sus encantos a cuantos en la Corte de Ferrara la vieron y trataron. Ya escribía el Prete a Isabel de Este, desde Roma, que esta Angela era su preferida, y creía lo sería también de la Marquesa, y Polissena Bentivoglio le decía, desde Ferrara: Questa Madonna Angela e la più cara cosa che l’habia al mondo et benemerito perchè non praticai mai Madonna più piacevole et più humana. En un principio, cuando Lucrecia andaba malhumorada por el licenciamiento de sus españoles, mostróse esquiva con los ferrareses, y éstos se quejaban de que la señora no gustase sino de Angela y de las otras españolas. A una de éstas, la Nicolasa, la cortejaba, sin pecar, D. Ferrante, por lo que el Duque puso coto a sus visitas a Palacio; y el Prete había tomado por su cuenta a la morita, a quien obsequiaba, como a los niños, con golosinas, y para que no recelase la señora la llamaba hija y decía que sentía por ella cariño de padre. Poco a poco fué Angela adueñándose de la Corte de Ferrara. Uno de sus admiradores le envió las siguientes quintillas:

A LA SEÑORA DOÑA ANGELA

Es aquel ángel del cielo,

Es doña Angela escogida,

Que si anda en este suelo

Es para darnos consuelo

En los daños de la vida:

Tan hermosa, tan galana,

Tan graciosa, tan apuesta,

Tan airosa y tan ufana,

De una condición muy llana,

Muy humana y muy dispuesta.

Y así como ella gozaba del favor de Lucrecia, solicitaron y se disputaron los suyos los dos cuñados de la Duquesa, el Cardenal Hipólito y su hermano D. Julio, hijo natural del Duque. Un día, el 3 de Noviembre de 1505, apremiando a la Angela el libertino Cardenal, ocurriósele a ella, con o sin mala intención, hablarle de los hermosos ojos de su hermano Julio, lo cual enfureció tanto a Su Eminencia, que dió orden a unos sicarios para que, cogiendo a su hermano en una celada, al regresar de la caza, le sacaran los ojos que Angela reputaba tan hermosos. Y así lo hicieron, en presencia del Cardenal; pero los médicos pudieron salvarle un ojo y no quedó ciego, sino tuerto. El hecho causó gran ruido en la Corte, y de ella fué desterrado, temporalmente, el Cardenal por su hermano don Alfonso, ya entonces reinante. La benigna pena no podía satisfacer a D. Julio, que ardía en deseos de venganza, y para llevarla a cabo urdió una conjura, en que entraron el Conde Albertino Boschetti de San Cesario, el yerno del Conde, Capitán de la guardia palatina, un cantante, un camarero y otros varios servidores del Duque, juntamente con su hermano D. Ferrante, a quien pondrían en el trono en lugar de D. Alfonso, dando a éste muerte en un baile de máscaras y envenenando previamente al Cardenal Hipólito. Enterado el Cardenal por sus espías de cuanto se tramaba, lo participó a su hermano, y descubierta la conspiración, trataron de ponerse en salvo los conjurados, lográndolo tan sólo Julio y el cantante de Cámara, Guasconi, que se refugiaron, el primero en Mantua y el segundo en Roma. No intentó la fuga D. Ferrante; conducido a la presencia del Duque, se echó a sus pies y le pidió perdón; mas su airado hermano sacóle un ojo con el estoque que empuñaba y lo hizo encerrar en un calabozo del castillo, adonde bien pronto llegó también D. Julio, entregado, no sin alguna resistencia, por el Marqués de Mantua. Condenados a muerte los conspiradores, fueron decapitados y descuartizados en la plaza, frente al Palacio de la Razón, el Conde Boschetti y dos de sus cómplices, cuyas cabezas, en sendas picas, se fijaron en la torre del castillo para que sirvieran de escarmiento. Los dos Príncipes debían ser ahorcados, el 12 de Agosto de 1506, en el patio del castillo, en presencia del Duque, el cual, en el momento de irse a ejecutar la sentencia, indultó de la pena de muerte a los dos infelices, que fueron llevados de nuevo al calabozo. En él permanecieron, no sólo durante toda la vida de Alfonso, sino aun años después. Allí murió D. Ferrante, el 22 de Febrero de 1540, a los sesenta y tres años de edad, y D. Julio, puesto en libertad en 1559, tras un cautiverio de más de medio siglo, murió, a los ochenta y tres años, el 24 de Marzo de 1561. Y el 6 de Diciembre de aquel infausto año de 1506, en que estuvo D. Julio a punto de morir ahorcado por la culpa original de Angela Borja, contrajo ésta matrimonio con Alejandro Pío de Saboya, Señor de Sassuolo, y un hijo que tuvieron, llamado Gilberto, casó con Isabel, hija natural del Cardenal Hipólito.

El malhumor de Lucrecia, la mosca, decía el Prete, no reconocía sólo por causa, en sus primeros tiempos de Ferrara, el licenciamiento de la familia española, sino también los dimes y diretes en que andaba con el suegro por la cantidad que éste quería darle para alfileres, y que ella consideraba mezquina e insuficiente. El Duque le señaló 6.000 ducados anuales. Lucrecia, que era muy liberal y gastadora, pedía el doble. Sabiendo Hércules que a su hija Isabel le daba 8.000 el Marqués de Mantua, ofreció 10.000, que Lucrecia se negó a recibir, diciendo que prefería morirse de hambre, y el suegro, por su parte, decía que ni Dios ni el Papa le harían dar más; pero, según Gregorovius, salióse al fin Lucrecia con la suya.

En cuanto a las relaciones conyugales, que preocupaban harto al Papa, porque temía que D. Alfonso, de quien podía decirse que había contraído matrimonio muy a su pesar, no tratase a Lucrecia como su mujer, supo Alejandro, con gran satisfacción, y así se lo manifestó al enviado ferrarés Beltrando Costabili, que seguían durmiendo juntos por la noche, y que de día, como mozo que era don Alfonso, buscaba su placer en otras partes, y hace muy bien, decía Su Santidad.

La sucesión que aguardaba impacientemente Alejandro tardó en venir y no pudo disfrutarla el Papa. Lucrecia, que fué en sus embarazos y partos poco afortunada, dió a luz, el 5 de Septiembre de 1502, una niña muerta, y estuvo a punto de perder la vida, que le salvó el Obispo de Venosa, el más hábil de los médicos de Alejandro VI. Para reponerse se trasladó, el 8 de Octubre, con toda la Corte, desde el Castel Vecchio, que se le había hecho odioso, al convento del Corpus Domini, donde pasó quince días, y Alfonso fué en peregrinación a Loreto, en cumplimiento del voto que hizo por la salud de su esposa. El interés que en este trance mostraron por Lucrecia todos los ferrareses, probó que empezaban a quererla, y así se lo escribía el Duque a su Embajador en Roma.

El 19 de Septiembre, durante la gravedad de Lucrecia, se presentó César en Ferrara y pasó allí dos días, en uno de los cuales el médico Francisco, hijo de Jerónimo Castelli, sangró a la Duquesa en un pie, sujetándole la pierna su hermano. Andaba ocupado entonces el Valentino en la conquista de la Romaña, que aspiraba a convertir en reino, con Bolonia por capital, y redondeado con parte de Toscana. Los vasallos y Vicarios de la Iglesia, los Malatesta de Rimini, los Sforza de Pesaro, los Riario de Imola y Forli, los Varano de Camerino, los Manfredi de Faenza habían sido despojados de sus investiduras por el Papa y de sus Estados por César. Cayeron primero en sus manos, según ya dijimos, Imola y Forli, cuyo castillo defendió la varonil Catalina Sforza. Apoderóse luego fácilmente de Pesaro y de Rimini y sitió a Faenza, que resistió valientemente, por el amor que tenían sus vasallos a Astorre Manfredi, y se rindió por hambre, pero con la formal promesa de que quedaría en libertad Astorre. Contaba éste apenas dieciséis años y era reputado el más hermoso efebo de Italia, habiéndolo querido casar el Cardenal Farnese con la hija de su hermana la Bella Julia. Lejos de cumplir César lo pactado, tuvo encerrados en el castillo de Sant’Angelo a los dos hermanos Manfredi más de un año. Y antes de salir de Roma para continuar su empresa, hizo estrangular al hermoso mancebo, después de haber saciado en él nefandos apetitos, lo cual hubo de decirlo el cadáver hallado en el Tíber, y túvose, aun en aquellos tiempos, por cosa fea.

El 13 de Junio de 1502 salió César de Roma con sus tropas y se dirigió a Urbino para despojar de sus Estados, con engaño, al ingenuo Duque, que cayó en la celada y por milagro escapó vivo y pudo refugiarse en Mantua, de donde se trasladó a Venecia con la Duquesa Isabel. Peor la hubieron los Varano, Señores de Camerino, de los que sólo uno salió con vida de las manos de Micheletto, el ejecutor de las sentencias del Valentino.

La noticia de lo acaecido a los Duques de Urbino produjo penosa impresión, tanto en Mantua como en Ferrara, y aun entre los mismos españoles, y Lucrecia mostró gran disgusto recordando las atenciones que con ella había tenido Isabel Gonzaga. A la de Este lo que más le preocupó no fué la triste suerte de sus desposeídos cuñados, sino el obtener del Valentino, por medio del Cardenal Hipólito, que vivía en Roma en estrecha amistad con César, «dos estatuas, una Venus antigua de mármol, pequeña, pero muy buena, y un Cupido, de Miguel Angel, regalo del Duque de Romaña, que estaban en el Palacio del de Urbino, y con las que ella quería adornar su estudio»; y, en efecto, pudo satisfacer este deseo, habiéndoselas César regalado.

Desde Urbino le escribió a su hermana Lucrecia, participándole la toma de Camerino, que creía le sería muy grata, y el 28 de Julio se presentó en Ferrara disfrazado y acompañado de cinco caballeros, permaneciendo sólo un par de horas, de paso para Lombardía, donde iba a avistarse con el Rey de Francia. Durante su ausencia, y no a su gusto, dispuso Alejandro VI de la conquistada Camerino, erigiéndola en Ducado, que otorgó, el 2 de Septiembre de 1502, al infante romano Juan de Borja, investido ya del Ducado de Nepi, y cuyos bienes administraba el Cardenal de Cosenza, Francisco de Borja. Tomó entonces el Valentino el título de César Borgia de Francia, por la gracia de Dios, Duque de Romaña, de Valenza (Valence) y de Urbino, Príncipe de Andría, Señor de Piombino, Gonfaloniero y Capitán General de la Iglesia.

Pero mientras César soñaba con acrecentar sus Estados con Bolonia y la Toscana, lo que no pudo lograr por el veto de Francia, los condotieros que capitaneaban sus tropas, para no ser devorados uno a uno por el dragón, como escribía Juan Pablo Baglioni al Conde de Montebiviano, último Podestá de Florencia, resolvieron tomar las armas y rebelarse contra el Duque, pareciéndoles la ocasión propicia por verlo abandonado por el Rey de Francia. El 9 de Octubre reuniéronse en la Magione, cerca de Perugia, para acordar la Liga, y se obligaron a la común defensa, a no promover guerra sino de mutuo acuerdo, a levantar y sustentar un ejército de unos diez mil hombres, bajo pena de 50.000 ducados, y tacha de traidor a quien faltara a lo pactado. Acudieron en demanda de ayuda a Florencia y Venecia, y sin aguardarla entraron en campaña, levantándose en armas el Ducado de Urbino en favor de su antiguo Señor. Dióse cuenta César de la gravedad de la situación y despachó a Miguel Corella y a Hugo de Moncada con las tropas que le habían quedado fieles, las cuales, en Fossombrone, vinieron a las manos con los rebeldes, que alcanzaron un completo triunfo. Moncada cayó prisionero y Corella logró escapar a duras penas. No conoció límites el gozo de los vencedores. Volvió Guidobaldo de Montefeltro a Urbino, y a Camerino Juan María de Varano, el único sobreviviente de la familia. Pero ni Florencia ni Venecia se prestaron a intervenir en la contienda contra César, que obtuvo del Rey de Francia que le mandara unas cuantas lanzas al mando de Carlos de Amboise, Señor de Chaumont. Cambió esto por completo la situación, infundiendo un terror pánico en los conjurados el ver de nuevo al Valentino protegido por Francia. Optaron, pues, por entrar en tratos con el Duque y el 28 de Octubre juraron las paces, y en su nombre firmó Pablo Orsini un acuerdo por el que se obligaron a restituir a la obediencia a Urbino y Camerino, y el Duque prometió seguir teniendo a sueldo, a su servicio, a los Orsini y Vitelli, quedando el Cardenal Orsini libre de residir en Roma tan sólo cuando quisiese.

Se ha creído y dicho que Maquiavelo, a la sazón enviado de Florencia cerca del Duque de Romaña, servía a éste de guía y consejero; pero sus cartas prueban cuán errónea es esta opinión. Si no pecaba en los negocios de Estado el Secretario florentino por escrúpulos de conciencia, no era, sin embargo, de la índole cruel y sanguinaria de los hombres que le rodeaban, dispuestos siempre a la traición y al crimen y respetuosos sólo de la fuerza. Limitóse a tener enterado a su Gobierno de cuanto llegaba a su noticia, y a defenderse de las insidias del Duque, que si no era un gran Capitán ni un gran político, supo deshacerse de sus enemigos con una audacia grande y un arte infernal que le granjeó la admiración de Maquiavelo.

No se fiaba César de sus condotieros, a pesar de las paces, y habiéndose retirado las lanzas francesas que tanto le habían servido para amedrentarlos, reclutó unos dos mil quinientos hombres entre suizos y gascones, y con ellos tomó el camino de Sinigaglia, ciudad que pertenecía al Prefecto de Roma, Francisco María de la Rovère, niño de once años, en cuyo nombre gobernaba su madre, Juana, la hermana de Guidobaldo de Urbino, aconsejada por el tutor Andrés Doria. Viéndose éste amenazado por los ejércitos de los Orsini y de César, puso en salvo a la madre y al hijo, refugiándose en Florencia. Entraron en Sinigaglia Vitellozzo y los Orsini, y luego que lo supo el Duque les ordenó pusieran su gente fuera de las murallas, y él, con su ejército, llegó allí en la mañana del 31 de Diciembre. Salió primero a su encuentro Vitellozzo, y siguiéronle el Duque de Gravina, Francisco Orsini, candidato in petto de Alejandro VI a la mano de Lucrecia, Pablo Orsini, el suegro de Jerónimo Borja, y Oliverotto de Fermo, acompañándole los cuatro por las calles de la ciudad hasta la casa que se alojó, y entrados en ella, a una señal del Duque fueron presos y aquella misma noche murieron estrangulados por Micheletto, Vitellozzo y Oliverotto. Pocos días después perecieron también a sus manos los dos Orsini, Pablo y Francisco, cuando tuvo César noticia de que había sido preso en Roma el Cardenal Orsini, que murió en el castillo de Sant’Angelo, según pública voz, envenenado.

Este, que Pablo Jovio en su Vida de César Borja llamó bellísimo engaño de Sinigaglia, le valió los elogios de Maquiavelo y los plácemes de Estes y Gonzagas. La Marquesa Isabel le escribió una carta afectuosísima, a la que acompañaba un regalo de cien antifaces, sabiendo la afición que tenía el Duque a enmascararse. El Papa aguardaba con tanta impaciencia noticia de los progresos de César, que cuando le llegó la de su detención por algún tiempo en Cesena, andaba gritando fuera de sí: «¿Qué diablos hace allí?; le hemos escrito que se dé prisa», y en alta voz repitió tres veces, de suerte que todos le oyeron, hideputa bastardo, con otras palabras y blasfemias españolas[98]. El día de Año Nuevo, acabada la misa, llamó a los Embajadores y les comunicó la fausta nueva, añadiendo que el Duque, de cuya virtud y magnanimidad hizo el elogio, jamás perdonaba a quien le ofendía ni dejaba a otros la venganza.

Los audaces a quienes la fortuna, con razón o sin ella, otorga desmedidamente sus favores, padecen tarde o temprano sus desaires, y cuanto mayor es la altura a que subieron más grande y dolorosa es la caída. Así sucedió al soberbio y temido César Borja cuando creía próxima la soñada meta. Todo lo había previsto y calculado menos el encontrarse, a la muerte de Alejandro VI, postrado por la misma enfermedad e imposibilitado de hacer cosa alguna de las que tenía pensadas para cuando llegara el inevitable trance. Se dijo que habían sido envenenados el padre y el hijo en una cena con que les obsequió en su viña el Cardenal Adrián de Corneto, y que el veneno era el de los propios Borjas destinado al Cardenal, y que por error bebieron el Papa y César. Gregorovius no se atreve a negarlo ni a afirmarlo, y da el hecho todavía por incierto; pero el Diario de Burchard y los despachos del Embajador veneciano Giustinian, que diariamente participaba a la Señoría el curso de la enfermedad, prueban que Alejandro VI murió de la malaria o fiebre romana, siempre peligrosa en el mes de Agosto, y que en aquel año de 1503 se había presentado con mayor fuerza y causaba mayores estragos. La edad del Papa, que contaba entonces setenta y tres años, agravaba el mal, y aunque se le sangró copiosamente por temor a la congestión cerebral, de ella murió, al atardecer del día 18, después de haber confesado y comulgado. Durante su enfermedad no pidió noticias de Lucrecia ni de César, que estuvo en peligro de muerte, y de él escapó gracias a sus pocos años y robusta naturaleza. Cuando se supo el fallecimiento del Papa, entró en sus habitaciones Miguel Corella con unos cuantos hombres armados, y amenazando con un puñal al cuello al Cardenal Casanova, le obligó a entregar las llaves y el dinero del Papa, y así se apoderó, por orden y en nombre de César, de 100.000 ducados en moneda contante y de la plata labrada y alhajas, cuyo valor se estimaba en 300.000; pero olvidó que en una cámara contigua a la mortuoria estaban las tiaras preciosas, los anillos y los vasos sagrados, los cuales cayeron con cuanto encontraron a mano en las de la servidumbre pontificia. Terminado el saqueo, abriéronse las puertas, y se anunció públicamente la muerte del Pontífice.

De ella daba cuenta a su mujer el Marqués de Mantua, haciéndose eco de las voces que corrieron en Roma, y le decía que cuando Alejandro VI cayó enfermo, las personas que le rodeaban oyéronle decir: «Iré, iré; pero espera todavía un poco», y los que estaban en el secreto daban la explicación de que en el Cónclave, a la muerte de Inocencio, pactó con el diablo, comprando con su alma el Papado, que debía durar doce años. Había quien afirmaba que en el momento de expirar había siete diablos en la cámara, y en cuanto murió empezó el cuerpo a hervir y la boca a echar espuma, y así continuó hasta que le enterraron, hinchándose además de tal manera que no parecía cuerpo humano[99]. El Cartujano (Juan de Padilla) en su poema Los doce triunfos de los doce apóstoles, imitación de La Divina Comedia, coloca a Alejandro VI en el Infierno.

La noticia de la muerte se la comunicó a Lucrecia el Cardenal Hipólito. Fué para ella un duro golpe, no sólo por la entrañable devoción que la había siempre unido a su padre, sino por el desamparo en que su falta la dejaba en la Corte de Ferrara, donde no se había todavía adueñado ni del afecto de su marido ni del de su suegro. En la carta que éste escribió a Giangiorgio Seregni, en Milán, le manifestaba «que la muerte del Papa no le había disgustado, y que por el honor de Dios Nuestro Señor y por el bien universal de la cristiandad había deseado que la Divina Bondad y Providencia quisiese dar a la Iglesia un pastor bueno y ejemplar, que acabase con tanto escándalo. Por nuestra parte te diremos que, a pesar del parentesco de afinidad, es el Papa de quien menos favores hemos recibido, habiéndonos dado únicamente aquello a que estaba obligado. Fuera de esto, no nos complació en cosa alguna, ni grande, ni mediana, ni pequeña, y creemos sea por culpa del Duque de Romaña, que no habiendo podido hacer de nosotros lo que hubiera querido, nos trató como extraños. E inclinándose ellos, por último, a los españoles, y viéndonos tan buenos franceses, nada teníamos que esperar ni del Papa ni de Su Señoría».

Como modelo de cartas de pésame merece citarse la que publica Gregorovius del veneciano Bembo, rendido entonces a los encantos de Lucrecia, el cual, hablando de Alejandro VI, le llama vuestro gran padre, que mayor no hubiera podido dároslo la misma fortuna. Mas no eran de esta opinión los ferrareses, que compartían la del Duque, si bien no la vocearon por respeto a la adolorada Lucrecia. No sucedió así en Mantua, donde fué grande y público el júbilo, porque la caída de los Borjas significaba la restauración de los Duques de Urbino, del Señor de Pesaro, de los Varano de Camerino, de los Gaetani de Sermoneta.

¿Cuál fué la suerte del hijo de Lucrecia, Rodrigo de Aragón, Duque de Bisceglia y de Sermoneta y del infante romano Juan de Borja, Duque de Camerino, que habían quedado en el Vaticano al cuidado del Papa, que les profesaba especialísimo cariño? A la muerte de Alejandro VI envió César a su madre, a su cuñada Sancha y a las mujeres de todas clases que tenía consigo, como asimismo a los dos pequeñuelos Rodrigo y Juan, a Cività Castellana, y de allí pasó con ellos a Nepi, hasta que, obtenido el permiso del Papa Pío III, regresó a Roma, y no considerándose seguro en el palacio de su hermano Jofre, se trasladó al castillo de Sant’Angelo. Tomó Sancha el camino de Nápoles con Próspero Colonna para recuperar sus bienes en aquel Reino, y quedaron probablemente en Roma los dos desposeídos Duquesitos, yendo luego a Nápoles cuando allí se refugiaron los Cardenales españoles Borja y Remolinos. El de Cosenza, Francisco Borja, escribió a Lucrecia proponiéndola enviar a Rodrigo a España y vender sus bienes muebles para subvenir con su importe y el de las rentas del mayorazgo de Bisceglia[100] al mantenimiento del Duque durante su menor edad, pudiendo él luego decidir, cuando fuera mayor y según las circunstancias, si le convenía volver a Italia o seguir viviendo en España. Mandó Lucrecia la carta a su suegro el Duque, quien le contestó, el 4 de Octubre del año 1503, que le parecía acertadísimo el consejo de Su Eminencia, a cuyo cordial afecto debía Rodrigo haber escapado con vida. No debió, sin embargo, seguirlo Lucrecia en cuanto al envío del niño a España, habiéndose de él encargado su tía la Duquesa de Milán, Isabel de Aragón, la viuda de Juan Galeazzo Sforza, que vivía con su corte en Bari desde 1499, en que le había cedido aquel Ducado Ludovico el Moro. En Loreto dábanse cita Isabel y Lucrecia, y pasaba ésta allí algunos días con su hijo, el cual murió, aún no cumplidos los trece años, en los primeros días de Septiembre de 1512.

Más larga vida tuvo, si no mayor ventura, su compañero de infancia y de infortunio, el misterioso infante romano, a quien Lucrecia tuvo consigo hasta su muerte, figurando en los documentos estenses como su hermano, e hijo, por ende, de Alejandro VI y no de César. Dióle como preceptor a Bartolomeo Grotto, y mostróse siempre con él maternalmente afectuosa y generosa. En 1518 acompañó en su viaje a Francia al Duque D. Alfonso, que lo presentó al Rey Francisco I. Nada se volvió a saber de él hasta el año de 1530, en que le encontramos en Roma alegando sus derechos al Ducado de Camerino, que no le fueron reconocidos por el tribunal de la Rota, y el 7 de Junio de 1532 le prohibió Clemente VII que molestara con sus pretensiones a Julia Varano, la hija del último de los Varano, Juan María, a quien Julio II reconoció como vasallo de la Iglesia y León X lo hizo Duque de Camerino y lo casó con su sobrina la bella Catalina Cibo. Es la última vez que el nombre de este Borja aparece en la Historia[101].

El ánimo de Lucrecia, afligido por la muerte del padre, vióse también atormentado por la suerte de su hermano César, prisionero en España, cuya liberación procuró interesando a cuantos creyó pudieran ayudarla. Acudió primero a Francisco Gonzaga, el amigo en quien había depositado todo su cariño y su confianza, rogándole intercediera cerca del Papa para que permitiera al Cardenal Pedro Isnalles ir a España con el fin de solicitar del Rey Católico la libertad del Valentino. El Cardenal de Salerno, Remolino, tuvo carta, fecha el 3 de Octubre, de Requesens, el mayordomo del Duque, enviado a España con cartas de varios Cardenales para el Rey D. Fernando, «el cual le había dicho que no había ordenado la prisión del Duque; que si estaba encerrado en un castillo era por muchas cosas que le imputaba Gonzalo, y que en cuanto se probase que eran falsas lo pondría en libertad, como pedían los Cardenales; que había, ante todo, que aguardar a que sanase la Reina». Igual respuesta dió a los Embajadores del Rey y de la Reina de Navarra. Y el 3 de Febrero de 1505 escribía Capilupi desde Ferrara a Isabel de Este, que el Duque Valentino había sido puesto en libertad y se hallaba en la Corte de España con un empleo de 10.000 ducados y esperanzas de ser destinado a la empresa de Italia.

Mas la noticia no era cierta, y el cautiverio del Valentino prolongóse hasta el 25 de Octubre de 1506, en que logró huir del castillo de Medina, y después de haber permanecido un mes en tierras del Conde de Benavente, por tratos con algunos Señores castellanos que querían enviarle a Flandes como Embajador cerca del Emperador Maximiliano, para ofrecerle la Regencia de Castilla, llegó el 3 de Diciembre a Pamplona, residencia de su cuñado el Rey de Navarra, Juan d’Albret, y desde allí escribió el día 7 al Marqués de Mantua una carta, cuyo dador, su Secretario Federico, al que podía dar fe en cuanto le dijera, le contaría cómo se había librado de la prisión tras muchos trabajos. Claro es que el tal Federico no había sido enviado a Italia únicamente para anunciar a Francisco Gonzaga y a Lucrecia Borja la buena nueva de la liberación del Valentino. Es probable que acariciara éste la idea de recobrar su Ducado de Romaña, y quisiera saber, por persona de su confianza, con qué elementos podía contar para la empresa de su restauración.

Llegó Federico a Ferrara a últimos de Diciembre, según carta de recomendación que le dió Lucrecia para el Marqués de Mantua, Generalísimo del ejército pontificio, con que había conquistado Julio II a Perusa y Bolonia. Hallábase en esta última ciudad el Papa cuando en ella se presentó Federico, que fué preso por orden de Su Santidad. Luego que lo supo Lucrecia acudió a su cuñado e imploró su intervención para que fuera puesto en libertad el que ella llamaba Canciller de su hermano César. Esto era a mediados de Enero de 1507. El día 12 del siguiente Marzo caía muerto el Valentino en Viana al frente de las tropas del Rey de Navarra contra el Condestable, Conde de Lerín, y el 22 de Abril llegó a Ferrara un familiar de César, llamado Grasicha, portador de la tan triste nueva. Encargó el Cardenal Hipólito al P. Rafael que se la comunicara a la Duquesa, que estaba encinta, y cumplido su cometido por el fraile, díjole Lucrecia: «Cuanto más trato de conformarme con la voluntad de Dios, tanto más me visita con afanes. Doy gracias a su Divina Majestad y me conformo con lo que le place.» No se la vió derramar una lágrima: pero sus doncellas oyéronla en la soledad y silencio de la noche llamar con angustiadas y repetidas voces al adorado hermano.

Hizo la pena que por tercera vez se frustraran las esperanzas de maternidad de Lucrecia; pero, al fin, dió a luz un año después, el 4 de Abril de 1508, su primer hijo, que recibió en la pila el nombre de su abuelo paterno y fué apadrinado por el Papa León X, que envió a la Duquesa una valiosa joya[102], haciéndose representar en la ceremonia por Juvenale Latino.

Según Gregorovius, tuvo Lucrecia, además del primogénito Hércules II, que casó con Renata de Francia, otros cuatro hijos: Hipólito, que fué Cardenal como su tío y murió en Tívoli, en la Villa de Este, monumento que perpetúa su memoria[103]; Alejandro, que falleció en la infancia[104]; Leonora, que profesó en el convento de Clarisas del Corpus Domini[105], y Francisco, Marqués de Massalombarda[106]. En el árbol genealógico de la Casa de Este, que publica Fontana en su libro Renata de Francia, figuran dos Alejandros y un Alfonsino, sin que de éste y del otro Alejandro tengamos ninguna noticia. La hay, en cambio, de Isabel, la última hija de Lucrecia, que dice Gregorovius nació muerta. Bautizáronla inmediatamente por lo delicado de su constitución, y vivió por lo menos cinco meses, estando enterrada con su hermano Alejandro, en la misma sepultura que Lucrecia, según reza la lápida sepulcral, en el coro de la iglesia del Corpus Domini.

Ya hemos dicho que en los primeros días de Septiembre de 1512 falleció en Bari, apenas cumplidos los trece años, el joven Duque de Bisceglia, Alfonso de Aragón. La noticia de esta desgracia llenó de inefable tristeza a su madre, que se retiró al convento de San Bernardino, por ella fundado, donde no hallaban modo de consolarla. Más hondamente la postró la muerte del pequeñuelo Alejandro a los dos años, tras larga enfermedad, y refleja su pena la sentida carta que escribió a su cuñada de Mantua. Y no acabaron con éste los duelos que afligieron a Lucrecia, pues en 1517 murió su hermano Jofre, y en 1518 su madre Vannozza Cattanei, a la que se guardó en Ferrara poco luto. Habíale, pues, la muerte arrebatado a sus padres, a sus tres hermanos, a dos de sus hijos. Su amigo, el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, pasó enfermo y alejado de ella los diez últimos años de su vida, que fueron también para Lucrecia otros tantos de pena y penitencia.