VII
Lucrecia en Ferrara.—La dinastía de los Este.—La ciudad de Ferrara.—La Corte.—Influencia de la mujer.—Las letras y las artes.—Los libros de caballería.—Los poetas.—La lengua y la literatura españolas en Ferrara.—Los cantores de Orlando, Boiardo y Ariosto.—Elogio que hace éste de Lucrecia en su Orlando Furioso.—El teatro.—El lujo.—Los amores de Lucrecia con Pedro Bembo y Francisco Gonzaga.—¿Fueron o no platónicos?—La servidumbre amorosa del siglo XVI.—La correspondencia de Lucrecia con Bembo.—El púdico adulterio con el Marqués de Mantua.—Sirve de tercero Hércules Strozzi.—Asesinato de éste.—Reemplázale en su oficio su hermano Lorenzo.—Después del asesinato de Hércules no vuelven a encontrarse Francisco y Lucrecia.—Los franceses en Ferrara.—Elogio que tributa a Lucrecia el biógrafo de Bayard.—Los últimos tristes diez años de Lucrecia.—Su vida devota y ejemplar.—Da a luz una niña el 14 de Junio de 1519 y muere el 24 de fiebre puerperal.—La carta al Papa León X.—Su entierro en el convento del Corpus Domini.—El duelo de Ferrara.—La sepultura de los Este.—Laura Dianti consuela de su viudez a Alfonso I, que contrae con ella matrimonio in articulo mortis.—La Santa Sede lo declara inexistente y se niega a reconocer la legitimidad del hijo D. Alfonso, Marqués de Montecchio.—Bula de Pío V Prohibitio alienandi, que priva a los bastardos de la investidura de los feudos eclesiásticos.—Muerte de Alfonso.—Le sucede su hijo Hércules II, casado con Renata de Francia.—Aficiones heréticas de Renata.—Causa que se le forma.—Su aparente conversión.—A la muerte de Hércules II se retira a Francia y se declara hugonote.—Los hijos de Renata: Alfonso II y el Cardenal Luis.—Sus hijas: Ana, Duquesa de Guisa y luego de Nemours; Leonor y la leyenda de sus amores con el Tasso.—Lucrecia: su desgraciado matrimonio con Francisco de la Rovère, Duque de Urbino, y sus aventuras amorosas en Ferrara.—La impotencia de Alfonso II.—Sus tres mujeres: Lucrecia de Médicis, Bárbara de Austria y Margarita Gonzaga.—Gestiones infructuosas de Alfonso cerca del Papa para poder disponer del Ducado de Ferrara en favor de su primo César, hijo del Marqués de Montecchio.—Nómbralo heredero de todos sus Estados.—Consigue para él del Emperador Rodolfo II la investidura de Módena, Reggio y Carpi.—Apenas expira Alfonso II, surge el conflicto entre César y el Papa Clemente VIII.—Excomulgado César, solicita la intervención de su enemiga Lucrecia y acepta un convenio que le obliga a renunciar a Ferrara.—Entra triunfante en la ciudad el Cardenal Aldobrandini, a quien Lucrecia deja por heredero de todos sus bienes.—Conclusión.
Divide Gregorovius su historia de Lucrecia Borja en dos partes: Lucrecia Borja en Roma y Lucrecia Borja en Ferrara, y dijérase que su heroína, al pasar de las orillas del Tíber a las del Po, se había bañado en las aguas del Jordán, saliendo de ellas limpia de todas sus culpas y convertida en esposa y madre ejemplar, apartada de todo erótico y pecaminoso pensamiento y tan sólo preocupada de la salvación de su alma y dedicada a hacer méritos para la otra vida. Es cierto que los últimos años de la Duquesa de Ferrara fueron de cristiana preparación al trance de la muerte, y que, en un principio, al verse en una Corte nueva, muy distinta de la de Roma, rodeada de gente extraña, con un marido más celoso de su honra que prendado de su mujer, en aquel Castel Vecchio donde vivía el recuerdo y parecía que erraba la sombra de la enamorada Parisina Malatesta, cuyo infortunio se asemejaba al de Francesca de Rimini y ha inspirado a dos poetas, Byron y d’Annunzio, puso Lucrecia especial cuidado en granjearse el afecto y respeto del suegro y del marido y los de los ferrareses, desvirtuando la leyenda negra romana que le atribuía las más relajadas costumbres y los más nefandos pecados. Pero no se puede decir que el camino de Ferrara fuera para ella el de Damasco y que el Señor hubiera tocado el corazón de la pecadora para llamarla desde luego arrepentida a su servicio. Las más empedernidas pecadoras de aquel tiempo morían todas cristianamente, más o menos tardíamente arrepentidas, y no había de ser una excepción Lucrecia; antes bien, quiso Dios favorecerla haciendo que la muerte llamara tantas veces a su puerta para llevarse a los suyos, que, al fin, despertó el alma adormida y se arrepintió en sazón de sus pecados, preparándose para cuando le llegara a su vez la hora del descanso eterno.
Amores tuvo en Ferrara, y no sólo los tan conocidos con Bembo, que sus panegiristas pretenden no pasaron de literarios y platónicos, sino con Francisco Gonzaga, el marido de Isabel de Este, de los que nos ha dado noticia Alejandro Luzio en su documentada monografía Isabella d’Este e i Borgia, y para los que sirvió de tercero el poeta Hércules Strozzi, sin que dieran lugar a escándalo ninguno ni de ellos se enterara el celoso marido.
Los Este reinantes en Ferrara eran una de las más antiguas dinastías italianas, y arrancaban de la invasión longobarda y de un Alberto o Adalberto, que en italiano se llamó Oberto, y cuyo diminutivo fué Obizzo y Azzo. En el siglo X figuró un Marqués Oberto y un su biznieto se tituló Marqués de Longobardia y casó con Cunegunda, hermana del Conde Güelfo III de Suabia. En ella tuvo dos hijos, Güelfo y Folco; vivió más de cien años y a su muerte su hijo Güelfo pasó a Alemania, fué Duque de Baviera y fundó la dinastía de los Güelfos, y Folco heredó los Estados italianos y consolidó la dinastía de los Este.
La ciudad de Ferrara, cuyos orígenes son oscuros, reclamábanla los Papas como formando parte de la donación de Pepino y Carlomagno, comprendida después en la de la Condesa Matilde, que alimentó la disputa entre el Papa y el Emperador, y durante estas guerras adquirió Ferrara su autonomía como República. Disputáronse luego el dominio en la ciudad güelfos y gibelinos, y los Este, por el matrimonio del nieto de Folco, Azzo V, con Marchesella Adelardi, hija del jefe de los güelfos, intervinieron en las luchas intestinas ferraresas. Cansada de ellas, dió la ciudad al vencedor, que lo fué en 1208 Azzo VI, la cualidad hereditaria de Podestá, primer ejemplo de una República italiana que se entrega libremente a un Señor; fundando así los Este su dinastía sobre las ruinas de la República y adueñándose por completo de Ferrara cuando Azzo VII, en 1240, venció al audaz Salinguerra, jefe de los gibelinos, que murió en la cárcel. Durante el destierro de los Papas a Avignon fueron echados de la ciudad por la Santa Sede, que la entregó a Roberto, Rey de Nápoles, el cual envió, para gobernarla, al español D. Diego de la Rata con unos cuantos soldados catalanes. Hiciéronse éstos, por su arrogancia, insoportables a los ferrareses, que se alzaron a las órdenes de Tolomeo Costabili y otros nobles, y acabaron con todos los españoles, llamando a Rinaldo Estense, hijo del Marqués Aldobrandino III, su legítimo Príncipe, y el Papa Juan XXII le dió, en 1317, la investidura como feudatario de la Iglesia mediante un tributo anual de 10.000 florines de oro. Y de esta suerte los Este, con título de Marqueses, fueron Señores de Ferrara, no ilegítimos e intrusos y por mera y momentánea conquista, como los demás tiranos italianos, sino por derecho propio y pertenecientes a una antiquísima, hereditaria y arraigada dinastía.
A Nicolás III sucedió, en 1441, su hijo bastardo Lionelo, habido en la bellísima Stella Tolomei, por ser aún menores los legítimos Hércules y Segismundo. Este Príncipe, que había tenido por preceptor a Guarino de Verona, mereció nombre de inmortal, casó con María de Aragón, hija de Alfonso el Magnánimo, de Nápoles, y fué sabio y liberal, protector de las ciencias y las artes y cultivador de las letras, habiéndose ejercitado en dísticos latinos, y con su ejemplo brotaron los poetas latinos, llegando a ser en Ferrara tan numerosos como las ranas que poblaban las marismas. A Lionelo le sucedió su hermano, también bastardo, Borso, que si no sabía el latín, porque «la fortuna, enemiga de todo hombre virtuoso, no había querido añadir a sus demás adornos el de las letras», fué uno de los Príncipes más espléndidos y grandiosos de su tiempo. Federico III, a la vuelta de su coronación, lo nombró en Ferrara Duque de Módena y Reggio y Conde de Rovigo y Comachio, y desde entonces los Este cambiaron el águila blanca de su blasón por el águila negra imperial, a la que unieron las flores de lis que les había concedido Carlos VII de Francia. Y el Papa Pablo II, el 14 de Abril de 1471, nombró a Borso en Roma Duque de Ferrara. Un mes después moría sin sucesión este Príncipe famoso, a quien heredó Hércules, el hijo legítimo de Nicolás III, que recogió la corona de su padre después de haberla ceñido, no sin gloria, sus dos hermanos bastardos, y de habérsela disputado con las armas el hijo de Lionelo, Nicolás. De su matrimonio con Leonor de Aragón, hija del Rey Ferrante de Nápoles, tuvo Hércules seis hijos: las dos famosísimas Princesas, Isabel, Marquesa de Mantua, y Beatriz, Duquesa de Bari y de Milán; Alfonso, que casó con Ana Sforza y en segundas nupcias con Lucrecia Borja; Fernando, el Cardenal Hipólito y Segismundo. Y por no ser menos que su padre, reconoció a dos hijos naturales, Julio y Lucrecia, mujer ésta de Aníbal Bentivoglio.
La ciudad de Ferrara había sido, a fines del siglo XV, engrandecida y hermoseada por el Duque Hércules, siguiendo los consejos del arquitecto ferrarés Biagio Rossetti. Triplicó el circuito de la antigua Ferrara, añadiéndole una ciudad nueva, que se llamó la Adición Hercúlea, dos veces más vasta, de barrios elegantes, con anchas y rectas calles, amplias plazas y suntuosos edificios, rodeada de parques, huertos y jardines, siendo en pleno Renacimiento la primera ciudad moderna de Europa. Aparecía grandiosa e imponente con sus poderosas murallas, que tenían siete millas de circunferencia y once gigantescos baluartes. Bañada al Mediodía por el Po, con un puerto al que acudían centenares de naves, y cercada por los otros tres lados de anchos y hondos fosos, no había ejército que se atreviera a aproximarse a sus murallas, armadas con la más pudiente artillería entonces conocida; y considerábasela en aquellos tiempos como plaza fuerte inexpugnable, que el Mariscal de Fleurange llamaba la mejor de toda la Cristiandad. Entrábase en Ferrara por doce puertas, y la ciudad, notable por su regularidad y su extensión, éralo también por sus monumentos arquitectónicos, entre los que sobresalía la Catedral, obra maestra del arte románico-lombardo. Frente a ella el Palacio Ducal, la Corte Vecchia, con su almenada fachada, sus diez salas alrededor del patio, al que daba ingreso el arco triunfal con dos columnas laterales que sostenían las dos estatuas en bronce de Nicolás III, el fundador de la potencia estense, y de Borso, el primer Duque de la dinastía[107]; sus salas todas de artesonados y dorados techos, llamando la atención la de los Gigantes, en que los hermanos Dossi pintaron al claroscuro las hazañas de Hércules, y las adornadas con los paños de la tapicería de Flandes, llamada la Pastorella, que había pertenecido a los Reyes de Aragón[108]. Al otro lado de la Catedral estaba el gótico Palacio del Podestá, que se llamó de la Razón, en el que se representaron las comedias para festejar las bodas de Lucrecia. Pero el más imponente de todos los edificios construídos por los Este era el elegante y austero Castillo, con sus cuatro macizas torres, su foso, su puente levadizo y sus doce aposentos decorados por Garofalo y los Dossi. Obra de Rossetti fué el precioso Palacio de los Diamantes, construído para Segismundo de Este, el hijo de Hércules, y habitado luego por el Cardenal Luis de Este, nieto de Lucrecia.
En torno de los Este, la familia más ilustre de Italia después de los Saboyas, juntóse en Ferrara una escogida aristocracia, sostén y ornamento de la dinastía ducal, a la que daba ministros, diplomáticos y soldados, y en la vía degli Angeli (hoy Corso Vittorio Emanuele) y en las otras calles de la Adición Hercúlea, surgieron los cuarenta hermosísimos palacios del patriciado ferrarés. Algunas familias nobles eran originarias de la ciudad, como los Costabili, Giglioli y Turchi; otras habían sido ennoblecidas y enriquecidas por los Este, en premio de señalados servicios, como los Sacrati, oriundos de Parma; los Ariostos, de Bolonia; los Bevilacqua y Guarini, de Verona; los Tassoni y Montecuccoli, de Módena; los Calcagnini, de Rovigo; otras, atraídas por la liberalidad y cortesía de los Este, habían trasladado sus penates a Ferrara, como los Bentivoglio, descendientes de Juan II, el desposeído Señor de Bolonia; los Strozzi, venidos de Florencia en el siglo XV; los Píos, Señores antes de Carpi y feudatarios después de Sassuolo; los Manfredi, de Faenza, y los Varano, de Camerino. Todos aquellos nobles para quienes la Corte era su único pensamiento, contribuían al esplendor de que gozaba fama Ferrara, formando una sola familia con el Duque, su Señor, al que obsequiaban en aquellos palacios dignos de Príncipes y en los que como Príncipes vivían. Hiciéronse entonces comunes en la nobleza ferraresa los nombres de Hércules y Alfonso y también el de Lucrecia.
En los principios del siglo XVI tenía todavía la Corte de Ferrara un carácter feudal y militar. Los Este nacían soldados, dispuestos a batirse por quien mejor pagaba o más probables ventajas ofrecía; pero con el tiempo, sin perder la calidad de condotieros, propia de los grandes tiranos italianos, se fueron refinando a medida que se engrandecían y enriquecían, aficionándose al fausto y al lujo y rindiéndose al ya entonces avasallador dominio de las letras y las artes y al no menos poderoso de la mujer, que no era la Beatriz exaltada por Dante, deidad inaccesible y radiante en un paraíso de luz, ni la Dama translúcida cantada por los trovadores y soñada por los andantes caballeros, como tampoco la sierva sumisa ocupada sólo en las faenas domésticas y cuya vida se resumía en el epitafio de la matrona romana lanam fecit, domum servavit. Era la mujer que surgía como Venus de la espuma del mar y encarnaba en la grácil desnudez de la Bella Simonetta fijada en el lienzo por el pincel de Botticelli; la que siguiendo el consejo de San Bernardino, no se avergonzaba de ser mujer, y por boca de Isota Nogarola, sólo comparable a las Sibilas, a las Musas y a Safo, discutía en casa de Ludovico Foscarini sobre la parte que respectivamente cupo a Adán y a Eva en el pecado original; la que se vestía con los más costosos terciopelos y sedas, brocados y damascos, y se adornaba con las más preciosas joyas, como Blanca María e Hipólita Sforza, Beatriz e Isabel de Este y Lucrecia Borja, pudiendo decir Leonardo Bruni, al día siguiente de su boda, que había consumado el matrimonio y consumido el patrimonio.
En Ferrara más que en otras partes intervenían las mujeres en los juegos, torneos, cacerías, bailes y espectáculos, y daban a la vida mundana el encanto de la belleza, la gracia y la elegancia femenina. Eran el rayo de sol que iluminaba y alegraba el sombrío palacio. El viejo Nicolás tenía para su placer ochocientas doncellas[109], y Rinaldo, Abate Comendador de Pomposa, no se contentaba con menos de mil. En 1478 el Duque Hércules, para celebrar sus bodas con Leonor de Aragón, dió un baile a ciento setenta jóvenes casaderas. Estas bodas influyeron no poco en el refinamiento de la Corte de Ferrara. Había pasado Hércules su mocedad en la de Nápoles, y de ella trajo Leonor la afición de los aragoneses a las letras y las artes, tan generosamente protegidas por Alfonso el Magnánimo. Amistóse Leonor en Ferrara con su cuñada Blanca de Este, que por la temprana muerte de su prometido el primogénito del Duque Federico de Urbino, casó con Galeotto de la Mirandola, de la Casa de Carpi, y cuya prosa griega y latina causó la admiración de sus contemporáneos. Cuidó asimismo la Duquesa de la esmerada educación de sus dos hijas, Isabel y Beatriz, y también de la de Lucrecia, la hija natural de Hércules, a la que conocía por retrato antes de la boda, pues Hércules se hizo retratar con ella por Cosme Tura y se lo envió a la novia de regalo. Vino entonces a Ferrara el maestro de baile Lorenzo Lavagnolo, a quien la Marquesa de Mantua, Bárbara de Brandemburgo, tenía por muy superior a todos los de su oficio y de su tiempo. Después de haber enseñado a bailar a Isabel y Magdalena Gonzaga, las hermanas del Marqués Francisco, pasó a Milán para dar lecciones a las hijas de la Duquesa Bona y luego a Ferrara, donde tuvo por discípulas a las tres hijas de Hércules. De Milán y Florencia trajo la Duquesa hábiles tejedores para establecer una fábrica de tapices en Ferrara, e hizo venir de Valencia eximios bordadores, entre ellos el maestro Jorba, que lo fué luego de Lucrecia Borja. Y así como la pasión de Hércules eran las piedras preciosas y los camafeos, la de su mujer eran los objetos de oro y plata, dirigiéndose preferentemente, para la satisfacción de sus caprichos, a Francisco Francia, el gran orífice y pintor de Bolonia. Una de las más admiradas obras de este artista fué un collar formado de corazones de oro, que le envió en 1488, destinado probablemente a Isabel Gonzaga como regalo de boda. Tanto por su valor como por su exquisito gusto, gozaban fama las alhajas de Leonor de Aragón, y no sólo sirvieron para adorno de la Duquesa de Ferrara, sino para sacar más de una vez de apuros al Duque, proporcionándole el nervio de la guerra.
El frecuente trato, público e íntimo, con las claras, si no siempre virtuosas mujeres que gozaban en la Corte de Ferrara merecida fama de bellas y de cultas, suavizó la natural rudeza de aquellos vigorosos soldados malolientes a sudor y a cuadra, quienes para hacerse gratos a las damas, que no se contentaban sólo con el ingénito vigor, se esforzaron en parecer corteses, bien hablados y hasta instruídos, atiborrando la mollera con la lectura de los libros de caballería que venían de Francia y de Bretaña. De ahí que esta caballería puramente literaria se convirtiera en Ferrara en viviente realidad. Creóse la orden de la Espuela dorada; hubo juegos de amor y cuestiones de honor y justas y torneos, y en uno de ellos, en 1494, obtuvo la victoria, como defensor del dios Amor, el Conde Nicolás de Correggio[110], de quien decía Isabel de Este que era «el más cumplido y en rimas y cortesías erudito caballero y barón que en estos tiempos se encontrase en Italia». Las damas llevaban bordado en la manga algún lema tomado de aquellas novelas caballerescas[111], los Príncipes aspiraban a imaginarios entronques con los doce Pares de Francia, y se hicieron corrientes en Italia los nombres franceses o bretones de Rinaldo y Ginebra, Tristán e Isotta.
Con Leonor de Aragón empezó a difundirse en la Corte de Ferrara la afición a la lengua y literatura españolas, y se acrecentó en tiempo de Lucrecia Borja, no siendo únicamente los libros de caballería franceses los leídos por la gente culta, sino también los españoles, de cuyo influjo encontramos evidentes muestras en el Orlando Furioso[112]. Recuerdos hay en él del Amadís, de la Historia de Grisell y Mirabella, de Juan de Flores, y sobre todo del Tirante el Blanco, de J. Martorell, del que poseía Isabel de Este un ejemplar en valenciano, impreso en 1490, habiéndolo vertido al italiano Lelio Manfredi, que hizo luego, por complacer a la Marquesa de Mantua, a quien la dedicó, una traducción de la Cárcel de Amor, de Diego de San Pedro, que publicó en 1514.
El propio Manfredi tradujo en 1521 el libro de Flores con el título de Historia di Aurelio e Isabella, nella quale si disputa che più dia occasione di peccare o l’huomo alla donna o la donna all’huomo. La Celestina se reimprimió muchas veces en Italia, no sólo en su original castellano, sino en la traducción italiana que, a instancias de una dama, Madonna Gentile Feltria di Campofregio, hizo en 1515 un español, Alfonso Hordeñez, familiar del Papa Julio II. Alfonso, el marido de Lucrecia, adquirió en Roma un ejemplar de Las Trezientas, de Juan de Mena, y habiendo encargado un Tristán, sólo lo encontró en castellano.
No menor influjo que los importados y traducidos libros de caballería ejercieron en las costumbres de Ferrara los poetas, buenos o mediocres, latinos o italianos, eruditos o populares, señoriles o plebeyos, ricos o pobres, que húbolos de todas clases y en gran número y se consideraron indispensables en todas las fiestas, en las bodas, los banquetes, las procesiones, los torneos y en todos los espectáculos de gala, reputándose su oficio tan necesario en una República bien ordenada como el de los pintores, músicos, farsantes y bufones, y otros que nuestro Cervantes menciona, menos honrosos, pero no menos necesarios para el comercio de ambos sexos. Claro es que verdaderos poetas como Tebaldeo, los dos Strozzi, el Conde de Correggio, fueron pocos, y que todos aquellos madrigales, sonetos y canciones que se acompañaban con el laúd o la viola de amor, y cuyo objeto era ensalzar los múltiples encantos más o menos visibles de las damas, para entretenerlas y divertirlas arrancándoles una sonrisa o un aplauso, eran de una calidad inferior, si no despreciable, bajo el punto de vista literario. Pero Ferrara puede gloriarse de haber visto nacer en el siglo XV dos poetas que cantaron a Orlando, el uno enamorado y el otro furioso, y que, si no de igual grandeza, tienen señalado puesto en el Parnaso italiano. El uno, Mateo-María Boiardo, Conde de Scandiano, sobrino del delicado poeta latino Tito Vespasiano Strozzi, se enamoró de Antonia Caprara, y aquel verdadero amor, correspondido primero y luego desdeñado por la dama, hízolo poeta y a él se debe su obra maestra Orlando innamorato. Murió el 20 de Diciembre de 1494, dejando inacabado su poema, al que dió gloriosa cima Ludovico Ariosto con su Orlando Furioso, que dedicó al Cardenal Hipólito de Este. Y cuentan que al Cardenal sólo se le ocurrió decirle: Messer Lodovico, dove avete pigliato tante coglionerie?
Cuando llegó Lucrecia a Ferrara había ya muerto Boiardo, pero no le faltó el incienso de todos los poetas ferrareses, y el más grande de todos, por cuya mano la Casa de Este ha pasado inmortalizada a la posteridad y vivirá mientras viva el idioma italiano, la glorificó en una octava, la 85 del canto XLII del Orlando Furioso. En ella coloca la imagen de Lucrecia en el templo de honor de las mujeres, sostenida por dos caballeros testigos de su honra, los dos célebres poetas Antonio Tebaldeo y Hércules Strozzi, un Lino y un Orfeo con una inscripción que dice que su patria, Roma, debe, por su belleza y su honestidad, ponerla por encima de la Lucrecia antigua[113]. En otras bellísimas estrofas del poema (canto XII, 69-70 y 71) la ensalza por boca de Melissa, y la cantó, por fin, en una elegía después de haber celebrado en un epitalamio catuliano su boda con Alfonso.
También floreció entonces en Ferrara el teatro a que era el Duque Hércules aficionadísimo, y queda ya dicho, al hablar de la boda de Lucrecia, que se representaron cinco comedias traducidas de Plauto y que el Duque se ufanaba de ser el fundador del teatro del Renacimiento en Italia, habiendo hecho traducir al italiano las comedias de Plauto y de Terencio. El Conde de Correggio, inspirándose en Ovidio, escribe la tragicomedia de Céfalo y Pocris, «que enseña a las mujeres a no tener celos del marido». El Pistoia dedica a Isabel de Este su tragedia en tercetos Ponfila, tomada de una novela de Bocaccio, y Pandolfo Collenuccio encuentra en la Biblia asunto para su Comedia de Jacob y José, cuya representación dura dos días[114].
No echó Lucrecia de menos en Ferrara como en Pesaro el lujo de Roma. Alcanzó en Ferrara extraordinarias proporciones y se manifestó de todas maneras: lujo de trajes y joyas, de animales, de armas, de palacios, de jardines, de muebles. Cubríanse las paredes de las habitaciones con tapices de Flandes y las camas con colchas de tisú de oro; iluminaba los naipes Mantegna; encuadernábanse los manuscritos en raso cuajado de perlas; abundaban el oro y la plata, el marfil, el brocado, las plumas y las flores; llevábanse en todas partes piedras preciosas: al cuello, en el sombrero, en el rosario, en los zapatos, en la brida de los caballos, en la trailla de los perros y hasta en el mango de la escoba que servía para barrer las migajas del banquete.
Pero ni el trato ameno y suave con las damas, ya compañeras y no siervas, ni el blando y bienhechor influjo de las letras, ni el lujo y los placeres de la vida, lograron domar por completo la rudeza medioeval de aquella gente batalladora, en quienes los terciopelos y las joyas encubrían pasiones violentísimas y crueldades feroces. Así vemos aquella tragedia de la familia ducal, en que por un fútil motivo el Cardenal Hipólito mandó sacar los ojos a su hermano Julio, la conjura de éste para asesinar por venganza al Duque, y el castigo impuesto por Alfonso a sus dos hermanos, a uno de los cuales, Ferrante, en un arrebato de ira, dejó tuerto para igualarle a Julio, sin que jamás de ellos se apiadara. En el Castillo Viejo señalado a Lucrecia por morada, cuidaron de enseñarle el día de su solemne entrada en Ferrara el patio sobre cuyas losas rodaron, por orden de Nicolás III, la cabeza de su hijo Hugo y la de la madrastra de éste, Parisina Malatesta, para que el recuerdo sirviera de advertencia a la joven desposada respecto a la suerte reservada en Ferrara a la mujer infiel a su marido.
¿Llegó a serlo Lucrecia de obra con alguno de sus adoradores o no pasó su infidelidad de mero pecaminoso pensamiento y devaneo? Era natural que quien en Roma, como hija del Papa, había, por lo menos, saboreado las delicias del amoroso requiebro y de la lisonja cortesana, no quisiera verse privada de ellas en Ferrara y no se diera por satisfecha con la tranquila compañía nocturna de un marido que andaba de día despilfarrando su erótico caudal con daifas y bagasas. ¿Mas fueron o no platónicas las conocidas relaciones de Lucrecia con Pedro Bembo y con Francisco Gonzaga?
Distinguían los filósofos del siglo XVI tres clases de amor: el divino, que es la contemplación de la belleza como imagen de Dios; el casto, que es la contemplación de la belleza en sí misma, y el lascivo, propio de los brutos y fuera de la razón. El divino y el casto, a que se dió el nombre comprensivo y genérico de amor platónico era permitido a las señoras casadas. Torquato Tasso, en un Discorso sulla Gelosia, concretó las ideas de la sociedad galante de su tiempo. Después de decir que el amante no puede tener celos del marido de la mujer amada, «porque al comenzar el amor se presuponía la condición de que el marido fuese poseedor de su mujer», añade: «No es tampoco molesto el amor de la mujer a su marido, porque puede muy bien amar infinitamente al marido e infinitamente al amante, sin mengua del uno ni del otro, porque son amores de cualidad y naturaleza diversa. Se ama al marido como compañero en la generación de los hijos, como partícipe en el gobierno de la casa, como consorte de la vida y de los pensamientos, y, en suma, como el hombre a quien las sagradas leyes la han unido con indisoluble lazo; al amante se le ama de un modo muy distinto.» Esta era la servidumbre amorosa del siglo XVI; mas no siempre se mantenía el amor en los confines del platonismo lícito y los maridos vengaban en sangre la mancillada honra. En veinte días murieron por infieles, a manos del ofendido marido, cuatro damas muy principales; pero ninguna de las Duquesas de Ferrara tuvo el triste fin de Parisina.
Del apasionado amor de Bembo dan testimonio sus cartas a Lucrecia. Había nacido Pedro Bembo en Venecia, en 1470, y educádose en Florencia, donde era su padre Embajador y donde adquirió el estilo elegante que caracteriza sus obras. Estudió después el griego, en Sicilia, con Agustín Lascaris, y filosofía, en Ferrara, con Nicolás Leoniceno. Empezó allí a darse a conocer por sus poesías, en que se transparentaba la licencia que deshonraba su conducta. Tuvo tres hijos y una hija en una mujer que fué su manceba y su musa. León X lo hizo su secretario, y a la muerte del Papa se retiró a Venecia, pero Pablo III le confirió el capelo en 1538 y el Obispado de Bérgamo, que desempeñó como pastor dignísimo, muriendo en 1547. Su manía de imitar a Cicerón le hizo poner en boca del Papa expresiones propias de un romano pagano, como la de «creado Pontífice por los Decretos de los dioses inmortales», y dicen que no leía la Biblia ni recitaba el breviario por no echar a perder su latín.
En Ostellato, la espléndida villa de los Strozzi, adonde solía ir Lucrecia, conociéronse e intimaron el poeta veneciano y la española Duquesa, tan elegante y nada supersticiosa, según aquél escribía. Enamoróse de ella perdidamente Bembo, y durante los tres años, de 1503 a 1506, que pasó en Ferrara manifestóle su pasión de todos modos. Frecuentó su trato, escribióle apasionadas cartas, cantó en verso y en prosa su belleza y sus virtudes, y le dedicó, el 1.º de Agosto de 1504, su diálogo sobre el amor, Gli Asolani, que al año siguiente imprimió Aldo en Venecia, y se lo envió a Lucrecia con una dedicatoria. Según Gregorovius no cabe dudar de la pasión del veneciano; pero no puede afirmarse que correspondiese a ella Lucrecia traspasando los confines de lo lícito. Las cartas de Bembo se han publicado con sus obras. Hay algunas que no fueron dirigidas a Lucrecia, sino a una desconocida a quien cortejó con éxito en sus mocedades. Las que le escribió Lucrecia se conservan en la Biblioteca Ambrosiana de Milán. Púsolas en boga Lord Byron y las publicó, en 1859, Bernardo Gatti[115]. Son nueve: siete en italiano y dos en español, con una canción española y un dorado mechón de pelo. Las cartas son autógrafas; de la autenticidad del mechón duda Gregorovius; pero en todo caso, dice, no pasó de ser una prenda de afecto que obtuvo de Lucrecia el afortunado Bembo. Hay quien cree que al tal dorado mechón se referían los siguientes renglones de una carta que Bembo le escribía el 14 de Julio de 1503: «Cada día halláis, con ingeniosa invención, manera de avivar mi fuego, como lo habéis hecho hoy con la que orla vuestra lucidísima frente»; pero más bien que al pelo el verbo cingere indica la lenza o cinta que ceñía la frente. Ello es que traspasara o no los confines de lo lícito este afecto, no puede negarse que fué algo más que pura amistad o mero flirt, a los que tan naturalmente inclinada era Lucrecia. Gustaba infinito del tributo que a su belleza y gracia se rendía, y si este tributo no lograba siempre interesar su corazón y aprisionar su caprichosa voluntad, no era ella, sin embargo, insensible a ciertas tentaciones, de las que su honestidad había salido alguna vez malparada. Parece que Lucrecia, complaciéndose, con refinada coquetería, en atizar el fuego en que ardía Bembo, llegó a temer que fuera un incendio inextinguible y que la envolvieran sus llamas, y esto era lo que esperaba el poeta, el cual, citando un proverbio castellano leído en un libro de la amiga, «quien quiere matar perro, rabia lo levanta», le manifiesta su esperanza de que, queriendo ella apagar aquel amoroso furor, lo adquiera por contagio. No hay pruebas de que se realizara la esperanza que acariciaba Bembo, y hay que dejar a Lucrecia el beneficio de la duda; pero en el fondo y en el secreto de su alma compartió el afecto del rendido galán. La muerte de su hermano obligó a Bembo a partir de Ferrara. La ausencia y el tiempo no lograron apagar por completo la amorosa llama: el amor del poeta fué poco a poco tornándose en dulce melancolía hecha de recuerdos; pero el suyo borróse bien pronto del corazón de Lucrecia, entregada, si no con todo su cuerpo, con toda su alma, a una nueva y más seria amistad amorosa.
Menos conocidos que los amores de Lucrecia y Bembo han sido los de la Duquesa de Ferrara con su cuñado el Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga, de que tenemos noticia por los documentos hallados y publicados por Luzio. De ellos resulta que fué Lucrecia quien se enamoró del marido de Isabel de Este, su cuñada, el cual, por sus retratos y por el busto que de él se conserva en el palacio de Mantua, debió ser uno de los hombres más feos de su tiempo. Las relaciones lícitas o ilícitas de Lucrecia y Francisco, que la Marquesa de Mantua llamó púdico adulterio, porque no parece que el pecado llegara materialmente a consumarse, dieron principio en una excursión que hizo la Duquesa de Ferrara a Borgoforte. En el horrible drama de la Casa Estense, del que fué Julio la primera víctima por la ferocidad del Cardenal su hermano, se contentó Lucrecia con el papel de espectadora, y mientras sus cuñados ferrareses andaban empeñados en una mortal lucha fratricida, disfrutaba ella, en Borgoforte, la grata compañía del cuñado mantuano. El simple anuncio de la visita de la Duquesa llenó de gozo al Marqués; excusándose de que no fuera Borgoforte digno de recibirla, aunque cuidaría de que encontrase todas las comodidades posibles. De Borgoforte a Mantua la distancia era corta, y Francisco llevó a Lucrecia a su capital para que allí recibiera los obsequios y aplausos de los mantuanos, escribiéndole Alfonso una carta para agradecerle cordialmente los agasajos que había dispensado a su mujer.
Aun antes de la excursión a Borgoforte habíase Lucrecia aficionado a su cuñado, y esta afición era de sus doncellas conocida. En la primavera de 1504 fueron los Marqueses de Mantua a Ferrara para las fiestas de San Jorge, y habiendo tenido que ausentarse el Marqués, las dichas doncellas le escribieron un mensaje colectivo, expresándole su sentimiento por verse privadas de su presencia, especialmente Madonna Angela (Borja) y M.ª Polixena (Malvezzi), «que contemplan el afecto que le profesa nuestra Excelentísima Duquesa, la cual no cesa, en todas sus conversaciones, de hacer de él dulcísima memoria». En otra carta de la misma fecha (8 de Mayo de 1504) y de la misma mano, firmada por Polissena, trazaba ésta un cuadro de la Corte de Ferrara y de una fiesta dada a la Marquesa de Mantua, en que el Duque estuvo sentado entre las dos más hermosas doncellas, adornándose todos los invitados con guirnaldas de flores; «pero nada, añadía, fué del agrado de la Excelentísima Señora y de su servidora, porque no estaba Vuestra Serenísima Señoría presente». A fines de 1504 fué despedida la Malvezzi por sapientísima, según Prosperi, y Luzio cree que fué por demasiado curiosa en espiar los actos de la Duquesa y por demasiado libre en contar cuanto veía y aun lo que no veía, pues cuando regresó a Bolonia refirió a Juan Gonzaga, que se lo escribió a su hermano el Marqués, que según noticias de Ferrara, habiendo sabido el Duque la fuga del Valentino, corrió a participárselo a la Duquesa, su mujer, y la encontró en su cuarto en conversación a solas con el Cardenal Hipólito, lo cual le sorprendió mucho. El chisme de la Malvezzi no tenía, sin embargo, ningún fundamento.
Por orden de su padre emprendió Alfonso un viaje para visitar las Cortes de Francia, Flandes e Inglaterra, desde donde debía regresar a Ferrara, pasando por España; pero en Inglaterra le llegaron despachos anunciándole la enfermedad del Duque Hércules y se apresuró a venir a recoger el último suspiro de su padre, que murió el 25 de Enero de 1505. Ciñó entonces Lucrecia una de las más preciadas coronas italianas y vió realizado el sueño de su vida en aquella Corte de Ferrara, de la que fué el alma, conquistando con su belleza y con su gracia la simpatía de todos sus vasallos.
En sus amores con Francisco Gonzaga sirvió de tercero a la Duquesa el poeta Hércules Strozzi, testimonio con Tebaldeo de la honestidad de Lucrecia, en la ya citada octava del Orlando Furioso. Hércules y su padre Tito emularon a Bembo en las poesías que a Lucrecia dedicaron, y aun le superaron en la expresión, porque eran mayores poetas; pero su devoción, claro está, era puramente estética y literaria[116]. Las cartas de Strozzi al Marqués de Mantua, firmadas con el nombre de Zilio (equivalente a Giglio, o sea lirio), obran en el Archivo Gonzaga y son pocas, porque las anteriores al 23 de Marzo de 1508 fueron restituídas al poeta y sólo se conservan las que recibió Francisco desde fines de Marzo a fines de Junio; es decir, las inmediatamente anteriores al trágico fin de Strozzi. En ellas se designa a Lucrecia con el nombre de Bárbara, que era el de la mujer de Strozzi; a Alfonso, con el de Camilo; al Cardenal Hipólito, con el de Tigrino, y a la Marquesa de Mantua, con el de Lena. Estas relaciones empezaron cuando apenas acababa el idilio con Bembo, cuyos últimos resplandores vemos en las desoladas cartas del poeta veneciano. Tenía éste una fraternal amistad con Strozzi, a quien había hecho confidente de sus amores, y si no se atrevió Strozzi a revelarle los nuevos de Lucrecia, que había en él depositado su confianza, debió disuadirle de que volviera a Ferrara, para evitarle un desengaño.
En Enero de 1507 fué el Marqués de Mantua a Bolonia para abocarse con el Papa Julio II, y a la ida, como a la vuelta, se detuvo en Ferrara, donde la Duquesa lo obsequió con esplendidísimos y frecuentes bailes, en que tomaron parte activa algunos Cardenales, como el de Narbona y Cornaro, y tanto bailó Lucrecia, que era bailarina apasionada, que se procuró un aborto. La primera danza se la concedió al Marqués, que estaba enmascarado.
Tuvo al año siguiente que ir a Venecia el Duque Alfonso para justificarse con la Serenísima y dió orden de que si en su ausencia daba a luz Lucrecia, a quien dejaba ya próxima a salir de su cuidado, no se le diese parte al Marqués de Mantua. Y a esta época corresponden las cartas de Strozzi, que se conservan en el Archivo mantuano, las cuales, por la letra, el papel, la tinta, son, evidentemente, suyas, comparándolas con las que tienen su firma. No puede de ellas deducirse que tuviera el Marqués arte ni parte en el fruto de bendición que esperaba Lucrecia, porque la soñada y prometida felicidad no parece que hubiera llegado a ser una realidad para los enamorados cuñados. El 2 de Abril le dice: «La Duquesa espera de hora en hora, el parto: Madonna Bárbara dice que si no se lo avisa se lo perdone y acepte la buena intención.» El 4 de Abril dió a luz Lucrecia el tan ansiado heredero, a quien pusieron el nombre del abuelo paterno. La participación oficial llevóla a Mantua Prosperi, pero únicamente para la Marquesa; excusándose con el Marqués en una esquela en que le decía no se había dado parte, en nombre del Duque, a potentado alguno. Alfonso escribió desde Venecia, el 5 de Abril, a su cuñado, participándole el feliz alumbramiento de la Duquesa, y Strozzi, en carta del 9, reiteraba el sentimiento de Lucrecia por la prohibición de su marido de anunciarle el parto, doliéndose de la perfidia de Camilo.
Envió entonces el Marqués de Mantua a Ferrara a Benedetto Capilupi para disipar, en lo posible, el malhumor del Duque y felicitarle por el nacimiento de Hércules con protestas de fraternal y cordial amistad. Acogiólo Alfonso benévolamente y le hizo ver al putino che era bello et ben compito d’ogni cosa.
Partióse el Duque para Francia y dió esto lugar a una carta que el 25 de Abril escribió Strozzi, apremiando a Francisco para que viniese a Ferrara: «Madonna Bárbara, decíale, os ama muchísimo, más acaso de lo que pensáis, porque si creyeseis que os ama tanto como siempre os he dicho, seríais más ardiente de lo que sois en escribir y en tratar de venir donde ella estuviese. Os doy palabra de que os ama mucho, y que si continuáis de la manera que sabré mostraros, si no conseguís vuestro intento, quejaos de mí, que os lo permito. Mostradle que la amáis ardientemente, que de vos no pide otra cosa. Poned la mayor diligencia en venir a verla y veréis cuántas fiestas os hará, y comprenderéis entonces que os digo aún menos de lo que hay.» Con la propia fecha escribió al Marqués otra carta, para que pudiera mostrarla, firmada con su nombre.
Bien fuera porque Francisco Gonzaga estaba realmente enfermo, bien porque repugnara, según Luzio, a su carácter leal, el consumar el adulterio, o más probablemente por el temor que le inspiraban los Estenses, ello es que, desde Abril a Junio, a pesar de las instancias de Lucrecia, no se movió de Mantua. Alfonso regresó de Francia con extraordinaria celeridad, el 13 de Mayo, vistiendo luto por su tío y cuñado Ludovico el Moro, y el 6 de Junio, en la esquina del Palacio, apareció, cosido a puñaladas, el cadáver de Hércules Strozzi.
El crimen quedó impune y ante la pasividad de la justicia, que no dió el menor paso para descubrir al asesino, ocurre, desde luego, la sospecha de que fué obra del Duque, tanto más, cuanto que en una carta confidencial de Jerónimo Comasco al Cardenal Hipólito, se cita el nombre del asesino, soldado audaz y sin escrúpulos, que se llamaba Masino del Forno. Quizás quiso Alfonso suprimir al tercero, que, según escribía Strozzi a Francisco, «exponía por él la vida mil veces por hora», y al que Isabel de Este, antes su protectora y amiga, mostraba una instintiva malquerencia en una carta que acaso sirviera para abrir los ojos a su hermano. Esta hipótesis parece más seria y verosímil que la corriente del amor de Alfonso por la bella Bárbara Torelli, que el 26 de Mayo de 1508 casó, en segundas nupcias, con Hércules Strozzi. Atribuye Luzio el asesinato a disgustos de familia. Bárbara, de su primer matrimonio con Hércules Bentivoglio, tuvo dos hijas, que casaron, la una con Galeazzo Sforza de Pesaro, y la otra, con Lorenzo Strozzi, el hermano de Hércules. Andaba ella en pleito con su primer yerno, y éste o sus parientes, según Luzio, irritados con el segundo Hércules que había Bárbara elegido por marido, decidieron suprimirlo. Mas la impunidad de un asesinato, que produjo gran impresión en Ferrara, por ser Hércules Strozzi poeta de gran fama y cortesano muy bienquisto, y Bárbara mujer tan bella como culta, y sobre el que guardan silencio los escritores contemporáneos, quita fuerza a la versión de Luzio y robustece la de la responsabilidad del Duque, a quien el Papa Julio II acusó, entre otras cosas, de la muerte de Strozzi en la filípica contra Alfonso I, que tuvo que oír en Roma, en Junio de 1510, el jurisconsulto Carlos Ruini, enviado para aplacar al Papa, arrebatado de ira contra el Duque por su alianza con los franceses.
Lorenzo Strozzi reemplazó al asesinado hermano en el servicio de tercero que prestaba a Lucrecia. El 30 de Junio escribió ésta, de su puño y letra, a Francisco, recomendando a Lorenzo como no menos devoto servidor que su hermano Hércules, y desde Reggio escribía Strozzi al Marqués que «la Duquesa deseaba parlare a bocha con él, y le rogaba viniese a Gonzaga y de allí a Reggio, de donde tendría ella que volver a Ferrara dentro de ocho o diez días por la partida del Duque, porque sería la cosa del mundo que le daría más gusto. Y como yo le dijese que V. E. estaba en cama, me contestó que mandaría decir en Reggio y en Ferrara tantas oraciones, que le sería concedida la gracia de que sanase pronto V. E. y pudiese venir a verla, y que si a ella le fuese lícito, no tardaría tanto en ir a hablarle y visitarle, y que el mal de V. E. le duele tanto como si fuera propio. La Duquesa había estado muy mal de un flujo de sangre, pero estaba ya bastante bien, y que si esto no se lo hubiera impedido hubiese escrito de su puño una carta a V. E. para rogarle que viniese de todos modos a Reggio, y aunque ya le he dado las excusas de V. E. por no poder venir, me ha encargado le escriba, y he hecho cuanto la Duquesa me ha ordenado».
Contestóle el Marqués por mano de su Secretario Tolomeo Spagnoli, el 25 de Agosto, en una carta en que, a través de la fraseología oficial, se transparenta el constante afecto cohibido por la enfermedad y por la prudencia. Atribuye el Marqués a las oraciones de Lucrecia el sentirse más aliviado desde hacía cuatro días, y entre las razones que le hacían desear su curación, una de las principales era la de poder volverla a ver.
Después del asesinato de Hércules Strozzi, evitó Francisco Gonzaga toda relación directa con Lucrecia, a pesar de los seductores convites que le envió por medio de Lorenzo Strozzi para que honrara con su presencia las fiestas del Carnaval y los soberbios espectáculos teatrales de Ferrara en 1509. Pocos meses después cayó Francisco en poder de los venecianos, y durante todo el año que duró su prisión en Venecia, la correspondencia de Lucrecia con su cuñada Isabel se limitó a un frío cambio de cortesías y noticias; pero apenas salió el de Mantua de las garras del León de San Marcos, Lucrecia, que había procurado confortar al prisionero con secretos auxilios, pareció renacer. Volvió Lorenzo Strozzi a emprender sus peregrinaciones a Mantua, y sus cartas al Marqués abundan en alusiones al amor de Lucrecia.
Los diez años que aún vivieron, de 1509 a 1519, fueron para Lucrecia y Francisco muy poco venturosos. Esperaba la Duquesa poder visitar de nuevo Mantua, donde el Marqués le estaba preparando un suntuoso apartamento en el Palacio de San Sebastián; pero se lo impidieron los acontecimientos políticos, sus continuos partos y abortos y los duelos que hubieron de afligirla.
El 9 de Agosto de 1510 excomulgó Julio II al Duque Alfonso y lo desposeyó de todos sus feudos eclesiásticos. Vióse, pues, Ferrara empujada a la guerra en estrecha alianza con Francia, y en la jornada de Ravenna, el 11 de Abril de 1512, la artillería de Alfonso decidió la suerte de la batalla en favor de los franceses, pero la muerte de su caudillo Gastón de Foix hizo que la victoria resultase, al fin y al cabo, un triunfo para las armas pontificias. Con grandes agasajos fueron recibidos en Ferrara el famoso Bayard y los caballeros franceses que salvaron la ciudad de caer por sorpresa en manos de Julio II, y al escribir la biografía de Bayard su leal servidor, se expresó, respecto de Lucrecia, en estos términos: «Sobre todo, la buena Duquesa, que era una perla, acogió a los franceses con gran distinción, y todos los días los obsequiaba con maravillosas fiestas y banquetes, según se usaba en Italia. Me atrevo a decir que ni en su tiempo, ni aun mucho antes, no se ha visto una más gloriosa Princesa, porque era bella, buena, dulce y cortés con todos, y si bien su marido era Príncipe entendido y valiente, ella, con su cortesía, le prestó buenos y grandes servicios»[117]. Privado del apoyo francés, vióse obligado Alfonso a ir a Roma para recibir la absolución del Papa, y a punto estuvo de correr la misma suerte de César Borja, de la que le salvaron su precipitada fuga y la ayuda de los Colonna, que lo condujeron a Marino, de donde pudo regresar disfrazado a Ferrara. Al fin puso término a la guerra, en 1513, la muerte de Julio II, al que sucedió, con el nombre de León X, Juan de Médicis. Cuando llegó a Ferrara la noticia del fallecimiento del Papa Julio, visitó Lucrecia muchas iglesias para dar gracias a Dios, y rogó al nuevo Pontífice le renovara la indulgencia plenaria que le había concedido Alejandro VI para ella y veinticinco de sus familiares que ella designase.
A las angustias e incertidumbres de la guerra juntáronse, para Lucrecia, los quebrantos de la salud, debidos a las frecuentes y laboriosas gestaciones y alumbramientos, y los duelos con que el Señor quiso probarla en sus últimos años, arrebatándole a los seres más queridos. En 1509 dió a luz a su segundo hijo, el Cardenal Hipólito, y desde 1514 a 1519 tuvo a Alejandro, a Leonor, a Francisco y a Isabel. Sufrió en aquellos años pérdidas crueles: en 1512, la de su hijo primogénito Rodrigo, Duque de Bisceglia; en 1516, la del pequeñuelo Alejandro; en 1517, la de su hermano Jofre, Príncipe de Squillace; en 1518, la de su madre Vannozza, y en 1519, la precedió de pocos meses en la tumba el amicísimo Marqués de Mantua, Francisco Gonzaga. Murió éste el 29 de Marzo de 1519, y en la sentida carta de pésame que escribió Lucrecia a su cuñada, la Marquesa viuda, decíale que esta muerte le había causado tanta tristeza y dolor, que más necesitada estaba ella de consuelo que en estado de poder consolar a nadie, y sobre todo, a quien, por la gran pérdida sufrida, debía sentir mayor afán; mas como no tenía remedio y así lo había querido el Señor, había que conformarse con su voluntad.
La conducta irreprochable de Lucrecia en sus últimos diez años hicieron que le fuera más benévolo el juicio de Isabel de Este y de Isabel Gonzaga. La Duquesa de Urbino la visitó en Mayo de 1518, y la Marquesa de Mantua, disgustada del marido, que estaba entonces entregado al Secretario Spagnoli, menudeaba sus visitas a Ferrara para concertarse con sus hermanos respecto a la manera de resistir la influencia del favorito del Marqués.
Vida devota y ejemplar fué la de Lucrecia. Fundó conventos y hospitales, frecuentó iglesias y monasterios, leyó libros ascéticos y meditó sobre la misericordia de Dios y los milagros de sus Santos. Decíase en Ferrara, según escribió Juan Gonzaga a su sobrino el Marqués Federico, que hacía diez años que llevaba cilicio, y cerca de dos que se confesaba todos los días y comulgaba tres o cuatro veces al mes. Pero estas prácticas religiosas no la hicieron olvidar sus deberes de madre y de soberana. Dedicaba buena parte de su tiempo a la educación del heredero, que tuvo por maestro a Pedro Antonio Acciaiuoli, y a cuyas lecciones de latín asistía, y en 1518 presenció, en unión de varios gentiles-hombres y literatos, el examen del Príncipe, que había cumplido los diez años y se acreditó de prodigio por la facilidad con que traducía el latín y el griego. Llamáronla los ferrareses madre del pueblo, porque se afanó en remediar los males que eran natural consecuencia de la guerra, empeñando sus joyas y renunciando a las galas que había tanto estimado. E intentó también la ardua reforma de la moda femenina en punto a los escotes, introduciendo la gorguera para cubrir la parte del pecho y de la espalda que, en todo tiempo y en menor o mayor grado, han gustado de lucir desnuda cuantas damas presumen de hermosas, bien formadas y elegantes. Este solo intento bastaría para probar cuán apartada vivía ya Lucrecia de las mundanas pompas y vanidades, ella que tanto se había preocupado de vestidos y afeites y había disputado el cetro de la moda a su cuñada de Mantua.
El 14 de Junio de 1519, tras una laboriosa gestación y con un no menos laborioso parto, dió a luz Lucrecia una niña que, por lo endeble, fué inmediatamente bautizada, teniéndola en la pila Eleonora de la Mirandola y poniéndosele por nombre el de Isabel María. Vivió la criatura poco tiempo, mas viva estaba el 17 de Noviembre de aquel año, pues en aquella fecha, habiendo sabido Alfonso que en la Corte de Francia se le tenía una tercera esposa, escribió a su hermana Isabel «que no quería casarse porque no estaba en edad de hacer semejante locura, tanto más cuanto que tenía cinco hijos que educar».
A consecuencia del parto le sobrevino a Lucrecia un poco de fiebre, de la que creyeron se vería pronto libre; pero lejos de mejorar, fué empeorando, y los médicos quisieron sangrarla y empezaron por cortarle el pelo, por habérsele subido la sangre a la cabeza; lo cual, escribía el secretario del Duque a la Marquesa de Mantua el 21 de Junio, «pone en peligro su vida y no durará ya mucho». Al día siguiente diéronla por muerta, y el mensajero enviado por los Gonzagas, Carlos Ghisio, que acababa de llegar, avisó la hora a que había expirado la Duquesa. Había tenido un paroxismo, y creyéndola muerta, los secretarios ducales extendieron los partes de defunción, con expresión del día y hora del fallecimiento, y los cerraron para enviarlos a las demás Cortes. Había perdido la palabra y la vista; pero se presentó luego una pequeña mejoría, y gracias a un caldo y otras cosas sustanciosas que le dieron descansó y los médicos dijeron que si no se repetía el paroxismo había esperanzas de salvarla. El 23 escribía Prosperi a la Marquesa de Mantua: «Con la gracia de Dios, la señora Duquesa ha estado algo mejor: ayer noche mejoró un poquito, y esta mañana se ha ganado algo, de suerte que ya no hay el temor de antes.» Pero el día 24, que era viernes, se agravó de tal modo Lucrecia, que no hubo lugar a dudas sobre el funesto desenlace que de hora en hora se aguardaba, creyendo los médicos que aún podría durar hasta la noche, y en efecto, pasó el día en los afanes de la muerte, perdido ya el conocimiento y la palabra, y a la una de la madrugada, en presencia de su marido y de sus hijos, entregó su alma al Señor, que la acogió en el seno de su divina misericordia.
Publicó Gregorovius la última carta que escribió Lucrecia desde su lecho de muerte al Papa León X el 22 de Junio, la cual dice así:
«Santísimo Padre y Beatísimo Señor mío: Con toda la posible reverencia de ánimo beso los pies de Vuestra Beatitud, y humildemente me recomiendo a su santa gracia. Después de haber sufrido mucho durante más de dos meses a consecuencia de un penoso embarazo, quiso Dios que diera a luz una niña al amanecer del día 14 de este mes, y esperaba que con el parto se aliviase mi mal. Pero ha sucedido lo contrario, y me veo obligada a rendirme a la naturaleza. Y es tan grande el don que nuestro clementísimo Creador me ha hecho, que tengo conciencia del fin de mi vida y siento que dentro de pocas horas, después de recibir todos los Santos Sacramentos de la Iglesia, saldré de este mundo. En este momento, como cristiana, aunque pecadora, me he acordado de suplicar a Vuestra Beatitud que por su benignidad se digne darme del tesoro espiritual algún sufragio, dispensando a mi alma su santa bendición, como se lo pido devotamente. Y a su santa gracia recomiendo a mi marido y a mis hijos, todos servidores de Vuestra Beatitud. En Ferrara, el 22 Junio 1519, en la hora 14.—De Vuestra Santidad humildísima sierva, Lucrecia de Este.»
Y Gregorovius se pregunta: «¿Es posible que escribiera esta carta en su lecho de muerte, con ánimo tan sereno y tan digno, una mujer sobre cuya conciencia pesaran las enormidades de que se acusó a la hija de Alejandro VI?» La respuesta es fácil. La carta es un mero documento cancilleresco, que no pudo escribir ni dictar Lucrecia, que el 22 de Junio estaba en la agonía, perdido a ratos el conocimiento y la palabra y sin darse cuenta de cuanto la rodeaba.
No testó Lucrecia en su última enfermedad, pero tenía escrito de su mano un testamento y había rogado al Duque que lo tuviera por válido. No lo cumplió, sin embargo, el Duque, por haber sido beneficiados con demasiada largueza institutos religiosos y ciudadanos privados.
En la carta que escribió Alfonso a su sobrino Federico de Mantua participándole el fallecimiento de Lucrecia a la hora de ocurrido, decíale: «No puedo escribir esto sin lágrimas; tanto me pesa verme privado de una tan dulce y cara compañera, porque lo era para mí por sus buenas costumbres y por el tierno amor que entre nosotros existía.»
El 22 de Junio, cuando se creyó que había fallecido la Duquesa, corrió la voz de que se le estaba preparando la tumba en la iglesia de Santa María de los Angeles, donde estaban enterrados los Estenses, Nicolás III y sus hijos Lionelo, Hércules I y Segismundo; pero en la noche del sábado 25 tuvo lugar la traslación del cadáver a la iglesia interior del Corpus Domini, habiendo sido enterrado en la misma sepultura en que yacía el de su suegra D.ª Leonor de Aragón, gran protectora, como Lucrecia, de aquellas monjas clarisas. En el convento del Corpus Domini había pasado Lucrecia algunas temporadas para reponer su salud y aliviar sus penas, huyendo de la tristeza y pesadumbre del castillo, y debió habitar, porque conserva el nombre de Lucrecia Borgia, la casa de Juan Romei, frente a la del Cardenal Hipólito, que Hércules I confiscó y dió a las Clarisas, que la incorporaron luego a su convento.
El entierro de Lucrecia fué una imponente y sentida manifestación de duelo. Acompañáronla hasta su última morada su marido y sus hijos, la nobleza, el clero y el pueblo todo de Ferrara, para el que fué una verdadera pérdida la de la bienhechora Duquesa. Su sepultura está en el centro de la iglesia, al pie del altar, y en ella están enterrados, además de su suegra, su marido Alfonso I y sus hijos Alejandro e Isabel, según reza la siguiente inscripción:
D. O. M.
ALPHONSO DUCI FERRARIE, MUTINE REGII
MARCHIONIS ESTENSI
COMITI RODIGII
PRINC. CARPI
DOMINO COMACHI PROVINCIARUM FRIGNANI
ET CARFAGNANE IN ROMANDIOLA. ELEONORA
ARAGONE MATRI.
LUCRETIE BORGIE UXORI
ALEXANDRO & ISABELLE FILIIS.
También están enterrados en el Corpus Domini los hijos de Lucrecia, Hércules II y Leonor, que profesó en aquel convento, y sus nietos Alfonso II con su primera mujer, Lucrecia de Médicis, y Lucrecia, hija primogénita y natural de Hércules II, que fué, como su tía Leonor, clarisa, y murió en olor de santidad.
Extraño es que Gregorovius, después de insertar la carta en que el Marqués Juan de Gonzaga daba cuenta a su sobrino Federico del entierro de Lucrecia en el convento del Corpus Domini, en la misma sepultura en que yacía la madre del Duque, añada, a renglón seguido, que no se encuentran en Ferrara las tumbas de Lucrecia Borja y de los Este. ¿Cómo no las vió cuando visitó la ciudad con un guía tan excelente y erudito como Citadella? ¿Cómo no leyó el Compendio histórico de las iglesias de Ferrara, que el beneficiado de aquella catedral, D. Marco Antonio Guarini, escribió y publicó en 1621?[118]. De haberlo leído se hubiera enterado de que, además de los Estenses enterrados en Santa María de los Angeles y en el Corpus Domini, yace en la iglesia de Jesús, en un mausoleo que erigió Alfonso II, su segunda mujer, D.ª Bárbara de Austria, hija del Emperador Fernando I; en San Bernardino, Segismundo, hermano de Alfonso I; en San Benito, Alfonso, Marqués de Montecchio, hijo de Alfonso I y de Laura Dianti, con su segunda mujer, Violante Segni; en San Pedro Pablo, César Estense Trotti, hijo natural de Hércules II; en San Cristóbal, el Duque Borso y su hermano Alberto; en San Agustín, Laura Eustochia Dianti, tercera mujer de Alfonso I, con su nieto Alfonsino y su nuera Julia de la Rovère, hija del Duque de Urbino y primera mujer del Marqués de Montecchio, que en ella tuvo a César, Duque de Módena, al Cardenal Alejandro, a Leonor y a Alfonsino, y en Santa María del Consuelo, Marfisa de Este, hija natural de D. Francisco, Marqués de Massalombarda y nieta de Lucrecia Borja, último vástago de la Casa de Este que quedó en Ferrara cuando, a la muerte de Alfonso II, fué incorporada la ciudad a los Estados de la Iglesia.
Otro historiador de los Borjas, de fácil lectura, pero no siempre fidedigno, el francés Carlos Yriarte, fué a buscar los restos de Lucrecia en el templo de San Francisco, donde, según las crónicas más respetables, debían descansar en el oscuro subterráneo, negro panteón de los primeros Príncipes de la Casa de Este; pero no pudo encontrar ni siquiera una lápida sepulcral: todo había sufrido tal cambio y tal trastorno, que no se veía una escultura, ni un nombre, ni un escudo de armas, ni una fecha, ni un vestigio o símbolo que se pudiera descifrar o interpretar. ¿Cuál sería el oscuro subterráneo del templo de San Francisco que tomó Yriarte por negro panteón de los Este, donde yacían, según las crónicas más respetables, los restos de Lucrecia, y donde no halló trazas ni vestigios de que hubiera sido allí enterrado ningún cristiano?
Quince años sobrevivió a Lucrecia Borja el Duque Alfonso I, y si no quiso hacer la locura, según él decía, de contraer terceras nupcias, por lo que renunció a la mano que le ofrecieron varias Princesas, encontró consuelo a su larga viudez en una bellísima ferraresa, mujer del pueblo, que le hizo padre de dos hijos varones, Alfonso y Alfonsino, los cuales pretendieron haber sido legitimados por subsiguiente matrimonio contraído in articulo mortis en presencia de pocos testigos. La Santa Sede declaró inexistente el matrimonio, y los primeros que consideraron ilegítimo al D. Alfonso fueron los Estenses sus hermanos. Hércules II le excluyó como espúreo de la investidura de Ferrara que le concedió Pablo III en 1539, y en el árbol genealógico de la familia, publicado en 1555, figuraba con la cruz roja, señal de bastardía. Sus otros dos hermanos, el Cardenal Hipólito y el Marqués de Massalombarda, D. Francisco, cuando de él hablaban llamábanlo públicamente nuestro ilustrísimo bastardo. Con la Bula Prohibitio alienandi, que prohibía a los hijos ilegítimos la investidura de los feudos eclesiásticos, dió Pío V un golpe mortal a la Casa de Este, porque no reconociendo como legítimo al Marqués de Montecchio, D. Alfonso, no podrían heredar sus hijos y Ferrara vendría a poder de la Iglesia a la muerte de Alfonso II, que se sabía en Roma no tendría herederos directos.
Falleció Alfonso I, a los cincuenta y ocho años de edad, el 31 de Octubre de 1534 y le sucedió su hijo Hércules II, a cuya educación había dedicado especialísimos cuidados su madre. No conoció ésta a su nuera ni sospechó que pudiera serlo Renata de Francia, la hija de Luis XII y hermana de Claudia, la mujer de Francisco I, a quien sus cuñados estenses calificaban de monstruo, tanto por su fealdad como por sus aficiones heréticas, habiendo acogido en Ferrara a Calvino y a Clemente Marot y amparado a cuantos eran, por protestantes, perseguidos. Los franceses que con Renata vinieron a Ferrara no se resignaban a vivir en aquella ciudad malsana para los forasteros, excesivamente fría en invierno y de calor sofocante en el verano, que Clemente Marot llamaba un pantano lleno de mosquitos.
Renata, que era al llegar de Francia muy católica y aun supersticiosa, abandonó, influída por Calvino, las antiguas creencias y prácticas religiosas, y durante doce años dejó de oír misa y de confesar y comulgar, lo cual, en una Corte feudataria del Papa y en una familia representada siempre por uno de sus Príncipes en el Colegio Cardenalicio, había de ser motivo de asombro y de escándalo. Llegó éste a un punto que creyó Hércules que debía intervenir la Iglesia, y se instruyó contra Renata un proceso que dió por resultado la aparente conversión de la Duquesa, la cual siguió, sin embargo, su correspondencia con Calvino, y cuando regresó a Francia, a la muerte del Duque, su marido[119], abrazó sin recato la causa de la Reforma, y hubiera perecido en París, como hugonote, la noche de San Bartolomé, a no haber sido por su cercano parentesco con el Rey. Retiróse a su castillo de Montargis, donde murió, quince años después, en el más triste abandono. Estando una vez en Lyon Alfonso II, estalló allí la peste y su madre le convidó a su castillo, que se había conservado libre del contagio; pero él le contestó que prefería morir entre apestados que vivir entre herejes.
Fué el matrimonio poco afortunado aun políticamente, porque sometido Hércules a la influencia francesa, vióse obligado a tomar parte en la guerra que Pablo IV (Caraffa), aliado de Enrique II de Francia, promovió a los españoles, y a la que éstos pusieron victorioso término con la batalla de San Quintín, ganada por Manuel Filiberto de Saboya. Obligado el Papa a hacer las paces con Felipe II, a quien tanto odiaba, ajustáronlas en Cavi el Duque de Alba y el Cardenal Caraffa, quedando Hércules excluído del tratado, y como contaran con el apoyo de España el Duque de Toscana, Cosme de Médicis, y el de Parma, Octavio Farnesio, vióse el de Ferrara entre dos perros mordientes y aceptó la mediación que le ofreció Cosme I para la paz, que se hizo sobre la base del matrimonio de Alfonso, hijo y heredero de Hércules, con Lucrecia, la hija de Cosme y de Leonor de Toledo[120]. Suscitó este matrimonio gran oposición por parte de Francia, que ofreció a Alfonso la mano de la hermana del Rey, Margarita de Valois, con dote mayor que la de Renata; mas se frustró la negociación matrimonial y Margarita casó con el vencedor de San Quintín, Manuel Filiberto de Saboya. En Septiembre de 1541 se presentaron a Carlos V, en Luca, Hércules y Cosme, cabalgando el Duque de Ferrara a la derecha del Emperador y el de Toscana a la izquierda, y esto fué causa de una cuestión de precedencia, que duró treinta años, y se resolvió en favor de Cosme cuando obtuvo del Papa y del Emperador el título de Gran Duque de Toscana, que le dió la primacía sobre todos los demás Duques reinantes italianos.
Cuando reinaba en Ferrara el hijo de Lucrecia Borja, Hércules II, cuya esposa Renata de Francia albergaba a Calvino y sus secuaces y favorecía secretamente la Reforma, que había de profesar luego públicamente en Francia, llegó a Ferrara y se alojó en el palacio ducal un Borja procedente de España, que había sido magnate prócer con fama de valido en la Corte de Carlos V, y se encaminaba a Roma, no para vestir la púrpura cardenalicia, que quería otorgarle Pablo III, sino para servir como humildísimo y valeroso soldado en la Compañía de Jesús, que a la sazón reclutaba y capitaneaba San Ignacio de Loyola, y que había de dirigir más tarde como tercer Prepósito general el cuarto Duque de Gandía, San Francisco de Borja. Tenía el Padre Francisco, como se le llamaba entonces, cercano parentesco con el Duque de Ferrara. Su abuelo Don Juan, asesinado en Roma, era hijo de Alejandro VI y hermano de Lucrecia, y su padre, primo hermano de Hércules II, casó en primeras nupcias con D.ª Juana de Aragón[121], hija natural del Arzobispo de Zaragoza, D. Alonso, que lo era, a su vez, del Rey Católico D. Fernando; de suerte que descendía el Santo de un Papa y de un Rey, siquiera tuviese esta descendencia más de natural que de legítima. Habíase educado en la Corte de Carlos V, y llegó a adquirir tal valimiento con el César, que le hizo Marqués de Lombay, título que desde entonces llevó el primogénito del Duque de Gandía, y le casó con D.ª Leonor de Castro y de Meneses, noble dama portuguesa y amiga de la infancia de la Emperatriz D.ª Isabel. Murió la augusta señora en Toledo, y hubieron los Marqueses de Lombay de acompañar el cadáver, por orden del Emperador, hasta Granada, donde debía ser enterrado en la Capilla Real. Al destapar el ataúd, la horrible podredumbre del antes hermosísimo rostro produjo tal impresión en el Marqués, que exclamó: Nunca más, nunca más servir a señor que se me pueda morir; y resolvió no servir sino a Dios, renunciando a las mundanas grandezas y entrando en religión si perdiese a su esposa[122]. No pudo, sin embargo, realizar desde luego sus propósitos, porque el Emperador le confió el gobierno de Cataluña, que desempeñó con el mayor celo y acierto durante cinco años; pero ya por este tiempo, según nos dice el Cardenal Cienfuegos[123], el Virrey, con gusto de la Marquesa D.ª Leonor, mudó en comercios de ángel el amor y trato conyugal[124]. Y estando una vez en oración ante un crucifijo de bronce, hablóle éste con voz sensible, diciéndole: «Si tú quieres que deje a la Duquesa más tiempo en esta vida, yo lo dejo en tu mano; pero te aviso que a ti no te conviene.» Respondióle que no dejase cosa alguna a su arbitrio, ofreciéndole la vida de la Duquesa, la de sus hijos y la suya para que dispusiese de todo según fuese de su mayor agrado. La resignación del Duque tuvo por inmediato efecto los mortales accidentes que sobrevinieron a la Duquesa, y para los que no encontraban explicación ni remedio los médicos. Murió, pues, santamente, y pudo el viudo, dejando establecidos a sus hijos[125] y arreglados todos sus asuntos en Gandía, entrar en la Compañía de Jesús y luego en el cielo, como uno de los más grandes entre los Santos españoles, que allí abundan, y con fama muy otra de la que alcanzaron los Borjas en Italia.
El 3 de Octubre de 1559 murió Hércules II, y empezó a reinar su hijo Alfonso II, último de los Duques de Ferrara, cuyo primer acto fué poner en libertad a su tío abuelo el octogenario Julio, que había estado cincuenta y tres años y ocho meses preso en un calabozo del castillo, siendo el asombro de Ferrara cuando apareció en la calle vistiendo el mismo traje que llevaba el día en que su hermano, Alfonso I, conmutó en cárcel perpetua la pena de muerte a que le había condenado. En el transcurso de más de medio siglo había cambiado la moda, y el apuesto Julio de los bellos ojos, en mal hora alabados por Angela Borja, no había podido enterarse de sus variaciones y salió trajeado con galas de mozo, que aun en su tiempo hubieran parecido impropias de sus años.
Tuvo Hércules en Renata sólo dos hijos varones: el heredero Alfonso y el Cardenal Luis; y tres hembras: Ana, Lucrecia y Leonor. Era tradición en la familia de Este que el segundogénito fuera Cardenal. Habíanlo sido los dos Hipólitos, el hermano y el hijo de Alfonso I, y era preciso que Luis abrazase la carrera eclesiástica, aunque no tuviese a ella la menor afición. A los quince años fué Obispo de Ferrara y a los veintitrés Cardenal; mas se indispuso luego con el Papa por su carácter violento y altanero y por su vida mundana y escandalosa, de la que hacía público alarde para mostrar la repugnancia que la impuesta carrera le inspiraba. Cuando Alfonso, viéndose sin herederos y sin esperanza de tenerlos, propuso a su hermano el Cardenal que renunciara la púrpura y contrajese matrimonio, era ya tarde. Veinte años antes hubiera podido enlazarse con Juana de Borbón, viuda del Duque de Enghien; pero a ello se opusieron entonces su hermano el Duque y su tío el Cardenal Hipólito. Ahora estaba ordenado in sacris, y aunque tenía poco más de cuarenta años era un hombre acabado por la vida licenciosa que había llevado y por las enfermedades que había contraído.
De las hijas de Hércules y de la hugonote Renata, la mayor, Ana, fué mujer del Duque Francisco de Guisa y luego del Duque de Nemours, capitanes ambos de la Liga católica, y la menor, Leonor, siempre enfermiza y recluída, murió soltera de una enfermedad del corazón[126], y la leyenda forjó sus amores con Torcuato Tasso y atribuyó a esta pasión la locura del poeta y su larga detención en el Hospital de Santa Ana. Lucrecia era el ídolo de la Corte de Ferrara: rubia, alta, de majestuosa presencia, llena de gracia y de ingenio. Había tenido muchos pretendientes, entre ellos el de Guisa, marido de su hermana mayor, y la casaron, cuando tenía ya treinta y cinco años, con Francisco María de la Rovère, Príncipe heredero de Urbino, hijo del Duque Guidobaldo II, que había cumplido apenas veinte, y estaba además enamorado de una bella española de la Corte de Felipe II, con quien se hubiera desposado si no lo hubiese llamado su padre a Urbino para casarlo a toda prisa con Lucrecia. Cobró Francisco profunda aversión a su madura esposa, y apenas la vió en Ferrara, adonde vino diez días después de celebrada por poder la boda, volvióse a Urbino y dejó a Lucrecia aguardándole más de un año, al cabo del cual se decidió ella a ir a Urbino a reunirse con su marido. Tratóla éste con el más profundo e insoportable desprecio, y cuando tras cinco años de infructuosos ensayos conyugales, que sólo le valieron una contagiosa enfermedad, perdió la esperanza de dar al de Urbino el deseado heredero, se separó legalmente del Duque y regresó definitivamente a Ferrara, adonde, durante su temporada marital, venía con frecuencia, para consolarse de los desaires del marido con las caricias de un apuesto capitán de la guardia ducal, Ercolini Contrari, último vástago de una gran casa ferraresa, la más ilustre después de la reinante de los Este. Por su hermano, el Marqués de Montecchio, tuvo noticia de la amorosa intriga el Duque, y como le pareció intolerable que un gentilhombre de su Corte, por él favorecido con el Marquesado de Vignola, comprometiera públicamente a una Princesa de la sangre, mandóle llamar a palacio y allí lo estranguló el verdugo con un cordón de seda, atribuyéndose su muerte a un ataque apoplético. Traslucióse, sin embargo, la verdad, cobró Lucrecia odio mortal a Montecchio y buscó consuelo a su amorosa viudez en una estrecha relación, menos que honesta, con el Conde Luis Montecucoli de Módena. Con la llegada de Margarita Gonzaga, la tercera mujer de Alfonso II, acabó el reinado de Lucrecia en la Corte de Ferrara. Abstúvose de fiestas y máscaras, y empezó su vida devota con la lectura de libros piadosos, sermones de frailes y visitas a monjas. Extendió a toda su familia el odio que sentía contra Montecchio y sus hijos, y tomó bajo su protección a César Trotti, el bastardo de Hércules II, a quien quiso casar con Marfisa de Este.
No había esperanzas de que tuviera Alfonso II herederos legítimos, y la Bula de Pío V excluía terminantemente de la investidura de Ferrara a los bastardos. Era el Duque sano, vigoroso, gallardo, exuberante de vida; pero en el matrimonio, como fuera de él, había demostrado su incapacidad prolífica, la cual se atribuía, según unos, a una caída de caballo que sufrió en Francia, y según otros, a una cura heroica a que le sometió, siendo aún niño, la Facultad de Ferrara. Aventuras con fáciles y plebeyas beldades no le faltaron, y a estas accidentales favoritas dábales una dote de cuatro mil escudos y les buscaba marido, que siempre se encontraba. Una de ellas, hija de un zapatero, casó con un hombre viejo, feo y contrahecho, de quien quedó en seguida encinta, y tanto la satisfizo el haber dado con la horma de su zapato, que no se recató en vocear la notoria inferioridad viril del Duque, cuya reputación quedó muy malparada.
La primera mujer de Alfonso, Lucrecia de Médicis, murió prematuramente de una mal cuidada infección pulmonar, el 21 de Abril de 1561, y el Duque contrajo un segundo matrimonio con la Archiduquesa Bárbara, una de las once hijas que el Emperador Fernando I tuvo en Ana Jagelona, la hija de Ladislao VII de Polonia. La mayor, Isabel, casó con Segismundo II de Polonia, y entre las brutalidades del marido y las perfidias de la suegra, la milanesa Bona Sforza[127], murió a los diecinueve años de edad y dos de casada. Catalina estuvo a los siete prometida a Francisco III Gonzaga, que tenía su misma edad, y a la muerte de éste pasó a ocupar el tálamo que dejó vacante su hermana Isabel. Magdalena debió casarse con Manuel Filiberto de Saboya, pero el Emperador le eximió del compromiso contraído, cuando por razones políticas se enlazó con Margarita de Valois, y la abandonada novia acabó sus días en el claustro. Leonor casó con Guillermo Gonzaga, el jorobado Marqués de Mantua. Juana, a quien pretendía Alfonso, fué mujer de su cuñado Francisco de Médicis, que enamorado de la veneciana Blanca Cappello, que había huído a Florencia con su raptor, casó con ella tan luego como murió Juana. El Duque de Ferrara se contentó, pues, con Bárbara, que tenía veinticinco años y era pequeña, pálida, con la cara larga y el labio característico de los Austrias. Había heredado la liberalidad y la afabilidad del Emperador Fernando y la dulzura y bondad de su madre. En su Relación al Senado, decía el Embajador veneciano Contarini que de las cuatro Duquesas que habían tenido los ferrareses, la española (Lucrecia Borja), la francesa (Renata de Francia), la italiana (Lucrecia de Médicis) y la alemana (Bárbara de Austria), era esta última con la que habían estado más contentos. Después de cuatro meses de enfermedad, y contando treinta y tres años escasos, expiró santamente, el 19 de Septiembre de 1572, en brazos de su hermana Leonor de Mantua. Lloróla el pueblo como a ninguna otra Duquesa, y es la única que no yace en el suelo, sino en un mausoleo de mármol que en la Iglesia de Jesús le erigió Alfonso II.
No habiendo éste podido obtener del Papa Gregorio XIII (Boncompagni) la facultad de designar por extensión su heredero a falta de legítimos, pensó contraer terceras nupcias, y se habló de la joven y bella Marfisa de Este, hija natural del Marqués de Massalombarda, que acababa de heredar del padre la conspicua suma de doscientos mil escudos de oro. Pero Marfisa casó con su primo Alfonsino, primogénito del Marqués de Montecchio, boda impuesta por el Duque, a la que como vasallo y pariente y muy a disgusto se sometió el Marqués, previendo que había de costarle la vida a su hijo, que contaba apenas diecisiete años y era de constitución harto débil, mientras Marfisa tenía ya veintidós y era una gallarda moza, vigorosa como una amazona y de ardoroso temperamento. Realizáronse los temores de Montecchio, pues en cinco meses acabó Marfisa con el tierno y enclenque marido. Aspiró luego a su mano el Marqués de Mantua para uno de sus hijos; pero llegó tarde, porque la bella viuda estaba ya comprometida y casó en palacio con Alderano Cybo, Marqués de Carrara.
La tercera mujer de Alfonso II fué su sobrina Margarita Gonzaga, hija del Duque Guillermo y de Leonor de Austria, la hermana de Bárbara. Tenía catorce años escasos y el Duque cuarenta y cinco ya cumplidos, y el Marqués de Montecchio, que por poder había representado a Alfonso en el matrimonio celebrado en Mantua el 24 de Febrero de 1579, decía: «Si con ésta no tiene mi Duque sucesión, puede estar tranquilo de que no ha de tenerla con ninguna.» Y, en efecto, no la tuvo. Pasó el tiempo, y Margarita, que se divertía mucho en Ferrara con las fiestas, sus damas, sus perros y una enana, no se preocupaba de dar al Duque, sea como fuere, el deseado heredero.
Convencido, pues, Alfonso de que no lo tendría legítimo y directo, quiso obtener del Papa la investidura de Ferrara, por extensión, para su primo César, el hijo del Marqués de Montecchio; y habiendo sido elegido Papa el Cardenal Sfondrati, Gregorio XIV, milanés, amigo de la Casa de Este, trasladóse Alfonso a Roma y ofreció a Su Santidad ir a combatir contra el turco con seis mil hombres, doblar el canon anual de Ferrara a la Iglesia y donar a la Cámara Apostólica un millón en oro. La tentadora oferta hizo que el Papa presentara al Sacro Colegio un decreto conforme a los deseos del Duque, pero a él se opusieron los Cardenales, por considerarlo contrario a la Bula de Pío V, que habían jurado defender, en vista de lo cual retiró el Papa el decreto y falleció pocos meses después. Resultaron también infructuosas las gestiones de Alfonso cerca de Clemente VIII (Hipólito Aldobrandini), hijo de un Aldobrandini expulsado de Florencia y protegido de los Este.
Más afortunado fué con la sucesión de los feudos imperiales de Módena, Reggio y Carpi, cuya investidura dió Rodolfo II a César el 8 de Agosto de 1594, mediante el pago de 400.000 escudos. El 17 de Julio del siguiente año otorgó Alfonso testamento, llamando a su primo César a la sucesión de todos sus Estados, y el 27 de Octubre de 1597 murió el nieto de Lucrecia Borja, último de los Este que reinó en Ferrara, habiendo sido trasladado, el día 29, su cadáver al Corpus Domini y enterrado el 24 de Enero de 1598 con su primera mujer, Lucrecia de Médicis. La viuda, Margarita Gonzaga, se retiró a Mantua, donde murió el 6 de Enero de 1618, y yace en el suelo en el coro del convento de Santa Ursula, que ella fundó.
Apenas expiró Alfonso surgió el conflicto entre el Papa Clemente VIII y César, que era, como queda dicho, hijo de Alfonso, Marqués de Montecchio, y de Julia de la Rovère, de los Duques de Urbino[128] y nieto de Alfonso I y de Laura Eustochia Dianti, cuyo matrimonio in articulo mortis se negó a reconocer la Santa Sede. Creyó César que podría contar con el apoyo de Alemania, España, Venecia, Toscana y Mantua; pero la habilidad de la diplomacia pontificia y el anuncio de que Enrique IV ponía a la disposición del Papa un ejército de diez mil hombres para la conquista de Ferrara, cambió por completo la situación. Rehusó el Papa la oferta del francés; pero no sólo esgrimió contra César las armas espirituales, excomulgándolo, sino que juntó con maravillosa rapidez en Faenza un ejército de treinta mil hombres. Viéndose perdido César, ocurriósele solicitar la intervención de su mortal enemiga Lucrecia, la cual estipuló con el Legado del Papa, el 12 de Enero de 1598, un convenio que fué un verdadero desastre para la Casa de Este, pues perdió a Ferrara, Comacchio y la baja Romaña. El 28 salió César de Ferrara, y al día siguiente hizo su entrada el Cardenal Pedro Aldobrandini, como Legado a latere, siendo recibido por los ferrareses con el mismo entusiasmo que los antiguos Duques de la Casa de Este. Presenció esta triunfal entrada desde sus habitaciones de Palacio la Princesa Lucrecia, que murió el 12 de Febrero, dejando todos sus bienes al Cardenal Aldobrandini, por quien tuvo un senil antojo, que aprovechó el Cardenal, enamorado de una de las doncellas de Lucrecia.
¿Qué se hicieron los demás hijos de Lucrecia Borja? El Cardenal Hipólito II, que heredó de su padre la afición a los jardines, arte antes desconocido en Italia, que cultivó Alfonso I en las Delicias o villas que creó en Ferrara, construyó la suntuosa villa de Este en Tívoli, una de las más famosas de Italia, y allí murió tranquilamente, a los sesenta y tres años de edad, sin que haya noticia de que tuviera sucesión, como su tío Hipólito I. Leonor murió de Abadesa de las Clarisas del Corpus Domini. Y Francisco, que sirvió como General a Carlos V en Flandes, no se casó, pero tuvo dos hijas naturales: Marfisa y Bradamante, que casaron con dos nobles ferrareses, el Marqués de Carrara y el Conde de Bevilacqua, después de haber sido, la primera, mujer por pocos meses de Alfonsino, el primogénito de Montecchio.
Con su incorporación a los Estados de la Iglesia empezó la decadencia de Ferrara, ciudad que bajo el Gobierno de los Este había llegado al más alto grado de prosperidad. Mas si es hoy, después de haber ocupado importante lugar en la historia de la Edad Media y del Renacimiento, una de tantas ciudades muertas italianas, vive aún por el arte y para el arte, y si en sus antes bulliciosas y ahora solitarias calles crece la yerba, proclaman sus bellísimos palacios, al par que el pasado poderío, la grandeza del genio italiano. Algunos de los palacios estenses están destinados a servicios públicos: en el Castillo viejo está la Prefectura; en el Palacio ducal, el Municipio; en el de la Razón, los Tribunales de justicia; en el de los Diamantes, la Pinacoteca; en el del Paraíso, la Universidad. En nuestros días se ha despertado, por fortuna, el amor al arte y a las pasadas glorias, y procuran los ferrareses, enamorados de su ciudad natal, salvar de la ruina a que por la incuria y el abandono estaban condenadas, algunas joyas arquitectónicas, como la casa de Ludovico el Moro, que éste hizo construir para refugiarse en Ferrara si de Milán le echaban, como sucedió, y que no habiéndola podido disfrutar, donó a Costabili; y la casa de Romei, que, incorporada al convento del Corpus Domini, habitó Lucrecia Borja, una y otra hasta ahora ocupadas por gente pobrísima, poco adecuada para cuidarlas y evitar su deterioro.
Compréndese que fuera Ferrara, en los primeros años del siglo XVI, una de las más hermosas ciudades de Italia, y que el ser allí Duquesa pareciera a Lucrecia la realización de un sueño, después de sus infortunios conyugales con el Señor de Pesaro y el Duque de Bisceglia y de su vida en Roma, a merced del Papa y de su hermano el Valentino. En aquel escenario y en aquel ambiente la figura de Lucrecia se nos muestra de muy distinto modo que en Roma, sobre todo en sus últimos años, casi siempre encinta, enlutada y triste por la pérdida de las personas más allegadas y queridas y buscando en el cielo el consuelo que no podía hallar para sus penas en la tierra. Cuán otra de la Lucrecia que vió por vez primera el florentino Lorenzo Pucci, en compañía de Julia Farnesio, secando al fuego de la chimenea la copiosa y dorada cabellera; de la Lucrecia enjoyada y jocunda, incansable y graciosa bailarina, que se sentaba descaradamente con su cuñada Sancha entre los canónigos en el coro de San Pedro y presenciaba sin rubor la danza de las castañas en el aposento del Valentino, y en cuyo corazón apenas hacían mella desgracias y crímenes tan grandes como el asesinato de su hermano el Duque de Gandía y el de su marido Alfonso de Aragón, ejecutados por orden de César. Mudáronla los años. Quebrantaron su salud y mermaron su belleza las continuas gestaciones y los laboriosos partos, no pocos infelices, que la pusieron en peligro de muerte. Perdió la afición a los afeites, los trajes y las joyas, y entristeció su ánimo la larga enfermedad y ausencia del predilecto amigo, su cuñado el Marqués de Mantua. Si no se apartó del mundo para entregarse por completo a la vida devota, a la que dedicaba buena parte de su tiempo, fué porque no se lo consintieron sus deberes de madre y soberana, de que se mostró siempre cumplidora celosísima. Y si pecó en Roma en sus mocedades y acaso en Ferrara, quiso Dios, en su infinita misericordia, otorgarle la merced del padecer y darle tiempo para que en sazón se arrepintiera y pudiera morir cristianamente, como debía morir una española hija de un Papa.