CAPÍTULO XIV.
Del ensalzamiento de Muley Aben Hazen, y de la cautividad de Boabdil.
Mientras se creia en Granada que Boabdil habia muerto, fue excesivo el sentimiento que mostró el pueblo por su pérdida, y el entusiasmo con que celebró su memoria; que las faltas de los hombres, con una muerte prematura, fácilmente se perdonan; pero cuando llegaron á saber que aun estaba vivo, y que se habia entregado prisionero á los cristianos, hubo en ellos una mudanza repentina. Ya no le concedian ni talento como general, ni valor como soldado; censuraron su expedicion como temeraria y mal trazada, y le acusaron de cobarde por no haber querido morir en el campo de batalla, primero que entregarse al enemigo.
Los alfaquís, como siempre, se mezclaron con la multitud, y dieron sagazmente al descontento general la direccion que querian. “¡Lo veis! dijeron, ¡el pronóstico anunciado cuando nació Boabdil, está ya cumplido! este príncipe se ha sentado en el trono, y su vencimiento y cautividad han puesto la pátria al borde de un abismo. Pero, ¡consolaos, Musulmanes! que el dia aciago ya pasó; los hados están satisfechos, y el cetro que se quebró en la débil mano de Boabdil, va á cobrar su esplendor primitivo en la vigorosa de Aben Hazen.”
Fue aplaudido este discurso por el pueblo, que se consideraba ya libre del ominoso vaticinio que tanta inquietud le habia causado, y declararon todos que solo Aben Hazen tenia el valor y la capacidad necesaria para protejer el reino en tiempos tan revueltos. Cuanto mas duraba el cautiverio de Boabdil, tanto mas crecia el favor popular de su padre, y uno despues de otro volvieron muchos de los pueblos á su obediencia; que el poder llama al poder, y la fortuna atrae á la fortuna. Asi es que en breves dias pudo Aben Hazen volver á Granada y restablecerse en la Alhambra. Antes que llegára, juntó Aixa, su repudiada esposa, la familia y tesoros de su hijo, y se retiró al barrio del Albaicin, cuyos habitantes aun conservaban sentimientos de lealtad á Boabdil. Aqui se fortificó, y mantuvo en nombre de su hijo el simulacro de una corte, sin que el fiero Aben Hazen se atreviese á molestarla, pues eran aun muchos, tanto del pueblo como del ejército, los que respetaban las virtudes de Aixa la Horra, y compadecian las desgracias del Rey cautivo. Asi es que Granada presentaba el espectáculo singular de dos soberanías en una misma ciudad, pues mientras Aben Hazen mandaba en la Alhambra, la sultana Aixa tenia plantado el estandarte de Boabdil en la fortaleza rival de la Alcazaba.
Entre tanto, permanecia este desgraciado príncipe en el castillo de Baena, bajo una guardia vigilante. Mirando desde las torres de su prision, no veia en derredor sino gente armada, centinelas, y muros impenetrables; todo el pais estaba cubierto de atalayas, y guardados todos los pasos y caminos que conducian á Granada; de suerte que un solo turbante no podia asomarse por la frontera, sin que se alarmase toda aquella comarca. En tal estado, y no viendo esperanza de fugarse, ni de que viniesen los suyos á libertarle, se entregó Boabdil á las mas tristes reflexiones, considerando el trastorno de las cosas de su reino, el desconsuelo de su familia, y los males que á unos y otros podrian sobrevenir á consecuencia de su cautiverio.
El conde de Cabra, si bien guardaba á su real prisionero con la mayor vigilancia, no por eso dejaba de tratarle con todo honor y respeto, dándole el mejor alojamiento de su castillo, y animándole con palabras lisonjeras y con esperanzas de libertad. Pasados algunos dias, llegaron cartas de los Reyes de Castilla; y su contenido llenó á Boabdil de consuelo, pues no respiraban sino compasion por su suerte: proceder cortés y noble, que distingue á las almas de un órden superior. Esta magnanimidad en un enemigo, sacó de su abatimiento al espíritu del cautivo Monarca. “Decid (respondió) á los Reyes mis señores, que yo no puedo estar triste hallándome en poder de tan altos y poderosos príncipes, especialmente siendo tan humanos, y teniendo tanta parte de la gracia que Alá concede á los Reyes que bien ama. Decidles tambien que dias ha que pensaba ponerme debajo de su poderío, para recibir de sus manos el reino de Granada, asi como lo recibió el Rey mi abuelo de las de don Juan II, padre de la augusta Reina, y que el trabajo mayor que tengo en esta prision es el de hacer por fuerza lo que pensaba hacer de grado.”
Entre tanto Muley Aben Hazen, temeroso de la parcialidad de su hijo que aun era formidable en Granada, trató de consolidar su poder haciéndose dueño de la persona de Boabdil. Con este objeto, envió embajadores á los Reyes de Castilla, ofreciendo por el rescate, ó mas bien por la compra de su hijo, poner en libertad al conde de Cifuentes, con otros nueve prisioneros de los mas distinguidos, y formar una confederacion con aquellos Soberanos. Al proponer estas condiciones, no repugnó el inhumano padre manifestar que le era indiferente le entregasen su hijo vivo ó muerto, con tal que quedase seguro de su persona. Pero el generoso corazon de Isabel se opuso á la entrega del desgraciado príncipe en manos de su desnaturalizado enemigo: las proposiciones insolentes del Rey moro, fueron por tanto, rechazadas con desden, y díjosele que los Reyes de Castilla, no se hallaban en el caso de recibir leyes, sino de darlas; y que no se trataria de paz con él en tanto que no dejase las armas y la pidiese con humildad.
Otras proposiciones hicieron, con mas sana intencion, la sultana Aixa y sus parciales: ofrecian que Mahomet Audalla, por otro nombre Boabdil, tendria su corona como vasallo de los Reyes de Castilla, pagando un tributo anual de doce mil doblas zahenas, y entregando por espacio de cinco años setenta cautivos en cada uno; que daria en el acto una suma considerable como rescate, poniendo al mismo tiempo en libertad cuatrocientos cautivos, los que escogiese el Rey; que serviria á éste con una fuerza militar determinada, y vendria á las cortes del reino cuando fuese llamado; finalmente, que entregaria en rehenes su hijo único y los hijos de doce casas principales de Granada.
Estaba el Rey Fernando en Córdoba cuando se le comunicaron estas proposiciones: la Reina estaba ausente, y hasta consultar con ella, suspendió el Rey tomar una resolucion en negocio tan importante, limitándose á mandar al conde de Cabra trajese el cautivo Monarca á Córdoba. Obedeciendo el Conde, vino á esta ciudad con su prisionero, á quien Fernando no admitió desde luego en su presencia, por hallarse aun indeciso sobre la conducta que habia de observar con él. En tanto, pues, que determinaba si se le pondria en libertad con rescate, ó le dispensaria un trato mas magnánimo, le puso bajo la custodia de Martin de Alarcon, con órden de guardarle en el castillo de Porcuna, y de tratarle con decoro y distincion.
Las disensiones y discordias que á esta sazon agitaban á Granada, ofrecian á Fernando la ocasion mas oportuna para una incursion en aquel reino; y el político Rey, aprovechando aquella coyuntura, cuando aun no habia concluido ningun tratado con Boabdil, entró en el territorio moro á la cabeza de sus grandes y de una fuerza considerable, asolando la tierra, y destruyéndolo todo hasta las mismas puertas de Granada. El viejo Aben Hazen, desde las torres de la Alhambra, miraba el estrago que hacian los cristianos, sin atreverse á salir para contenerlos; no porque le faltasen tropas, sino por la poca confianza que tenia en ellas y en el pueblo. Se recelaba especialmente de la faccion del Albaicin, persuadido que si salia de la ciudad le habrian éstos cerrado las puertas cuando volviese. Asi es que el Rey moro, consumido de rabia y encerrado en la capital como tigre en su jaula, veia, sin poderlo impedir, señorearse de la vega los lucidos batallones de Castilla, y relumbrar el estandarte de la cruz por entre el humo de los lugares y pueblos incendiados.