CAPÍTULO XV.

Libertad de Boabdil.

Habiendo el Rey conseguido el objeto que se propuso en esta expedicion, marchó con su ejército la vuelta de Córdoba, donde á su llegada, trató de fijar la suerte de Boabdil con acuerdo de los prelados y grandes del reino reunidos en consejo.

Don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago, habló el primero, y oponiéndose á toda transacion ó pacto con los infieles, dijo que en aquella guerra no se trataba solo de la subyugacion de los moros, sino de su expulsion completa; y que por tanto no debia ponerse en libertad á Boabdil.

El marqués de Cádiz, por el contrario; aconsejó al Rey la restitucion inmediata del Rey cautivo á sus dominios, aunque fuese sin condiciones. “Esta medida tan conforme á la sana política, dijo, atizará la guerra civil de Granada, que es un fuego que abrasa las entrañas del enemigo, y hará mas por los intereses de Castilla, que cuantos triunfos alcanzen nuestras armas.”

Don Pedro de Mendoza, gran cardenal de España, conformándose con el parecer del Marqués, apoyó su proposicion.

Con esta variedad de consejos, se hallaba el Rey perplejo; pero la Reina le sacó de dudas, manifestando su opinion. Los Reyes de Granada habian sido vasallos de los Reyes sus progenitores, por lo que opinaba que á Boabdil se le podria conceder su libertad si se declaraba feudatario de la corona de Castilla, añadiendo que por este medio se lograria sacar de las prisiones de Granada muchos cristianos que gemian en el cautiverio. Adoptó Fernando la medida que le aconsejaba su magnánima esposa, y se notificaron á Boabdil las condiciones. Fueron éstas otorgadas por el Rey cautivo, que se obligó á reconocer á los Reyes de Castilla por señores, á pagar tributo, y á dar á sus tropas paso seguro y mantenimientos en sus dominios. Los Soberanos por su parte, le concedieron á él y á los pueblos de su dominio una tregua por dos años, ofreciendo ademas mantenerle sobre el trono, y ayudarle á recobrar las plazas que hubiese perdido durante su cautiverio.

Celebrado y solemnizado este contrato en el castillo de Porcuna, se hicieron las prevenciones necesarias para recibir al Rey chico en Córdoba con lucimiento y distincion. Soberbios caballos, primorosamente enjaezados, vestiduras de riquísimo paño, brocados y sedas, y otros arreos suntuosos, le fueron suministrados, á él y á cincuenta caballeros moros que habian venido á tratar de su rescate, para que pudiese comparecer con la grandeza correspondiente al Monarca de Granada, y al mas poderoso vasallo de los Reyes de Castilla: se le entregó ademas una cantidad de dinero, para el sostenimiento de su dignidad mientras permanecia en Córdoba, y para los gastos de su regreso á sus dominios: finalmente, se dió órden para que todos los títulos y caballeros de la corte saliesen á recibirle.

Habiendo llegado el caso de parecer Boabdil en presencia de Fernando, juzgaron algunos que viniendo á rendirle homenage como vasallo, le debia besar la mano, por lo que aconsejaron al Rey que se la diese para el efecto. “Diérasela por cierto, respondió Fernando, si estuviese libre en su reino, pero no se la doy porque está preso en el mio.”

Entró el Rey moro en Córdoba con grande acompañamiento de caballeros de la corte, y escoltado por los cincuenta moros sus parciales: fue recibido en palacio con mucha pompa y ceremonia, y llegando á la presencia del Rey, inclinó la rodilla, y pidió le diese á besar la mano, asi porque era su señor y él su subdito, como en reconocimiento de la libertad que le habia dado. Pero Fernando no consintió esta señal de dependencia, y le levantó del suelo. Entonces empezó un interprete á hacer en nombre del Rey moro mil elogios de Fernando, ponderando su magnanimidad, y dándole las mas rendidas gracias. El Rey, no sufriendo alabanzas en su presencia, le interrumpió y dijo: “No son menester estos cumplimientos: yo espero de su integridad, que hará todo aquello que como buen Rey y buen hombre debe hacer.” Con estas palabras recibió á Boabdil el chico bajo su real proteccion, y le aseguró de su amistad.