CAPÍTULO XIX.

Del honroso recibimiento que hicieron los Reyes católicos al conde de Cabra y al alcaide de los Donceles.

Suspendiendo aqui por un momento la marcha de nuestra crónica, apartémonos, lector discreto, del ruido de las armas, para considerar la entrada solemne que el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles, hicieron en Córdoba con motivo de la captura del Rey moro Boabdil.

En esta ciudad, y en el antiguo Alcázar moro que hay en ella, tenian á la sazon su corte los Soberanos de Castilla. Arreglado el ceremonial por el cardenal don Pedro de Mendoza, obispo de Toledo, el buen conde de Cabra, conforme á lo que estaba dispuesto, se presentó el dia 14 de octubre á las puertas de Córdoba. Salieron á recibirle el gran cardenal y el duque de Villahermosa, hermano natural del Rey, con muchos de los grandes y prelados del reino, que le fueron acompañando hasta palacio, donde entró entre las aclamaciones de un pueblo numeroso, y obsequiado con el marcial estruendo de cajas, trompetas y otros instrumentos.

Llegando el Conde á presencia de los Soberanos, que estaban sentados bajo un dosel magnífico en el salon de audiencia, se levantó el Rey para recibirle, adelantándose cinco pasos al efecto: el Conde doblando una rodilla, le besó la mano; pero el Rey para mas honrarle, y porque no queria tratarle solamente como vasallo, le abrazó afectuosamente. La Reina entonces se acercó tres pasos hácia el Conde, y lo recibió con un semblante lleno de bondad y dulzura, dándole á besar su mano. Volviendo luego los Reyes á ocupar su asiento en el trono, mandaron al Conde que se sentase en su presencia. Hízolo éste asi en un escaño cerca del Rey; sentándose tambien al lado del Conde el duque de Nájera, despues el obispo de Palencia, luego el conde de Aguilar, el conde de Luna y don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon. Al lado de la Reina tomaron asimismo asiento el gran cardenal de España, el duque de Villahermosa, el conde de Monterey y los obispos de Jaen y Cuenca, segun el órden en que van nombrados. La Infanta doña Isabel, por estar indispuesta, no pudo asistir á esta ceremonia.

Sonando entonces una música festiva, se presentaron veinte damas del acompañamiento de la Reina, primorosamente ataviadas, y con ellas otros tantos caballeros jóvenes adornados de magníficos arreos; los cuales dieron principio á un baile, en que se danzó con toda la gravedad y compostura características de aquel tiempo, pero con mucha gracia. Concluido el baile, se levantaron el Rey y la Reina para retirarse, y habiéndose despedido de la corte con expresiones las mas benignas, quedó deshecho aquel concurso. El conde de Cabra pasó entonces en compañía de todos los grandes al palacio del gran cardenal, donde se le sirvió una cena suntuosa.

El sábado siguiente se le hizo su recibimiento al alcaide de los Donceles, aunque no con la misma distincion que á su tio el Conde, por considerarse á éste como el actor principal en aquel hecho tan famoso. Asi es que el gran cardenal y el duque de Villahermosa, en vez de salir á la puerta de la ciudad á recibirle, lo verificaron en palacio, donde le entretuvieron en conversacion, esperando se les llamase á comparecer en la real presencia.

Habiéndose presentado el alcaide de los Donceles á sus Soberanos, se levantaron éstos de su asiento, y abrazándolo benignamente, aunque sin haberse adelantado hácia él, le mandaron que se sentase al lado del conde de Cabra. La Infanta doña Isabel salió tambien á recibirle, y tomó su asiento al lado de la Reina. Se volvió á entonar una música alegre, y se procedió como antes á bailar, saliendo al efecto la Infanta acompañada de una jóven dama portuguesa. Concluyendo asi la funcion, despidieron los Reyes al alcaide de los Donceles con mucho agasajo y cortesía y la corte se retiró.

El domingo siguiente el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles, fueron convidados á cenar con los Soberanos. Aquella noche concurrió á la corte toda la grandeza, con vestidos y galas del mayor lujo, y con el esplendor que distinguia á la nobleza castellana de aquella época. Antes de cenar hubo baile: el Rey sacó á la Reina, y bailó con ella: el conde de Cabra tuvo el honor de dar la mano á la Infanta doña Isabel, y otro tanto hizo el alcaide de los Donceles con la hija del marqués de Astorga.

Despues del baile, pasaron los Reyes y la corte á la sala de cenar. Aqui á la vista de todos los presentes, cenaron el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles con el Rey, la Reina y la Infanta. El marqués de Villena sirvió á la familia real, siendo escanciador del Rey don Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba: en igual calidad sirvió á la Reina don Alonso de Estúñiga, y á la Infanta don Tello de Aguilar. Otros caballeros principales y distinguidos sirvieron al conde de Cabra y al alcaide de los Donceles. Á la una se retiraron los dos huéspedes, habiéndolos despedido los Reyes con expresiones muy corteses y benignas[29].

Tales fueron los obsequios y honores que dispensaron los Reyes católicos á estos dos famosos caballeros. Pero el reconocimiento de los Soberanos no paró aqui. Pasados muy pocos dias, concedieron á entrambos cuantiosas rentas, asi perpetuas como vitalicias, y el título de don para ellos y sus descendientes. Asimismo se les dió facultad para añadir á sus armas anteriores la cabeza de un moro coronado, con una cadena de oro al cuello, y que orleasen el escudo con veinte y dos banderas, en señal de otras tantas que habian ganado á los moros. Los descendientes de las casas de Cabra y Córdoba traen, aun hoy dia, estas armas, en memoria de la victoria de Lucena, y de la captura del Rey chico de Granada.