CAPÍTULO XVIII.
Retirada de Hamet el Zegrí.
El fogoso Hamet andaba, como se ha dicho, recorriendo la campiña de Utrera, y arrebatando los ganados, cuando oyó desde lejos el ruido del combate que se habia trabado. Sin detenerse un punto, partió á rienda suelta con un puñado de hombres, para reunirse con el ejército; y como viese á los cristianos persiguiendo ciegamente á los moros, que se retiraban á la emboscada, creyó confundir al enemigo atacándole por retaguardia. “¡Á ellos, dijo, que son nuestros!” y ya con solo treinta Gomeles que le seguian, se disponia á la carga, cuando sonaron trompetas, y vió á Portocarrero acometer por el flanco á los moros que estaban emboscados.
La derrota total y fuga precipitada de su ejército, que en breve se siguió, llenó á Hamet de consternacion y rabia. Rodeado de enemigos, que por todas partes venian acudiendo, y forzado á huir, no sabia por donde emprender la retirada, pues el paso por la sierra lo ocupaba el ejército cristiano, y por cualquier otro camino era iminente el riesgo de caer en manos del enemigo. Recogió las riendas al caballo, y levantándose sobre sus estribos, volvió Hamet la vista en derredor para reconocer el pais, quedando luego pensativo como quien consulta consigo mismo. Acordándose entonces de un desertor cristiano que venia en su tropa, se volvió á él, y llamándole le dijo: “cristiano, ¿sabes tú algun camino desviado, alguna senda solitaria, por donde podamos pasar de largo sin tropezar con el enemigo?” “Una ruta puedo señalaros, respondió el desertor, que nos conduciria á Ronda; pero está llena de peligros; pues pasa por medio del territorio cristiano.” “Está bien, dijo Hamet, cuanto mas peligrosa en apariencia, tanto menos se sospechará que la seguimos. Ahora bien; ponte á mi lado, y marchemos; pero atiende á lo que te digo: ¿ves este bolsillo de oro y este alfanje? Llévanos con seguridad á los pasos de la sierra, y el bolsillo será el galardon de tus servicios; engáñanos, y el alfanje dividirá tu cabeza hasta los hombros[27].”
Obedeció el traidor temblando: apartáronse del camino que conduce en derechura las montañas, y por senderos escusados, atravesando ramblas y barrancos, se dirigieron hácia Lebrija. La ruta que llevaban era verdaderamente peligrosa: todo les alarmaba, ya el sonido de trompetas, que oian desde lejos, ya las campanas de los pueblos, que aun tocaban á rebato anunciando la presencia del enemigo: obligándoles á veces el peligro de ser descubiertos á esconderse entre las peñas y matorrales. Hamet cabalgaba silencioso, puesta la mano sobre el pomo del alfanje, y la vista sobre el renegado que le guiaba, pronto á sacrificarle á la menor señal de traicion: detras iba su cuadrilla de Gomeles, llenos de vergüenza y rabia por tener que salir huyendo de un pais que habian venido á devastar.
Al cerrar de la noche, tomaban caminos mas transitables, evitando pasar por los pueblos. Siguiendo su marcha con precaucion y silencio, llegaron á media noche hasta cerca de Arcos: pasaron el Guadalete, y al rayar el alba, ya estaban á la entrada de la sierra. Internándose en aquellas soledades, llegaron al mismo desfiladero por donde el ejército moro habia pasado huyendo de los cristianos. Alli vieron, de trecho en trecho, señales tristes de la matanza de sus camaradas: las peñas estaban manchadas de sangre mora, y cubierto el suelo de armas rotas y de cuerpos mutilados, expuestos á la voracidad de las aves y fieras; vista que llenó al alcaide de Ronda de dolor é indignacion. De cuando en cuando veian salir de entre las peñas y matas algun miserable moro, que al abrigo de aquellas asperezas, y abandonando caballo y armas, habia podido eximirse del furor del enemigo.
El ejército moro habia salido de Ronda entre aclamaciones y vivas; pero á la vuelta de Hamet á aquella plaza con el remanente de sus Gomeles, desfallecidos y extenuados por el hambre y la fatiga, solo se oian lástimas y lamentos; pues ya los fugitivos habian anunciado allá la pérdida de aquella brillante hueste en las márgenes del Lopera.
La derrota de los moros en esta ocasion no fue menos señalada y desastrosa que la de los cristianos, acaecida poco antes en las alturas de Málaga. De un ejército poderoso, compuesto de la flor de la caballería mora, apenas lograron escapar doscientos hombres; y de aquella tropa tan lucida, que con tanta confianza habia entrado por la Andalucía, casi todos quedaron muertos ó prisioneros; entre ellos hubo muchos capitanes y caballeros de casas ilustres, que probaron la amargura de la cautividad hasta redimirse con la entrega de cuantiosos rescates.
Esta batalla se dió el dia 17 de setiembre y se llamó la batalla de Lopera. La nueva de este triunfo alcanzó á los Reyes Fernando é Isabel en Vitoria, y se celebró con fiestas, luminarias y procesiones. El Rey honró al marqués de Cádiz concediéndole, y á sus herederos, el privilegio de vestir, todos los años, la ropa que él y sus sucesores, los Reyes de Castilla, llevasen el dia de Nuestra Señora de setiembre, en conmemoracion de tan gloriosa victoria. Con igual favor premió la Reina los servicios de don Luis Fernandez Portocarrero, haciendo merced á su esposa, mientras viviese, del vestido que llevase en el aniversario de aquella batalla[28].