IX

Aquella noche de Reyes tuvo una decisiva influencia en el noviazgo y hasta en la vida de los dos jóvenes. Aún no habían concluído de cenar los de Abelenda cuando Federica entró, con cierto misterio en la voz y en las pisadas:

—Están ahí los de Carballo. Vienen a cantar los Reyes. ¿Pasan?

—Que pasen.

Sonaron en el vestíbulo las recias pisadas de unos zuecos. El ruido llenó la casa, envuelta ya en la obscuridad de la noche. En el corredor detuviéronse los pasos. Interrogó una voz:

—¿Se puede?

Entraron cuatro hombres. En el umbral inmovilizáronse, parpadeando, deslumbrados por la claridad del comedor. Dos eran casi ancianos; dos eran casi niños. Siguiendo la costumbre de todas las aldeas de Galicia, caminaban aquella noche de pazo en pazo y aun de choza en choza, cantando un romance de viejo sabor en que se cuenta la mística historia de los tres Reyes Magos que van desde el lejano Oriente de todos los relatos misteriosos, a hacer la ofrenda de sus dádivas al Niño Dios.

Saludaron; hubo un instante de silencio. Se miraron, tras unas toses de carraspera. Luego rompieron a cantar. Y la canción iba hablando del peregrinaje tras la estrella, y de cómo los tres monarcas llegaron a Belén, y de cómo la Virgen María salió a recibirles, y ellos se quitaron las coronas, respetuosamente. Todo el romance tenía una dulce ingenuidad. Los hombres, con una mano aplicada a la oreja, apoyada la otra en la larga vara de castaño, cantaban a grito herido. El más joven era un caso de unción, inmóvil, con su chaleco rojo, con sus zuecos ocultos bajo la gruesa capa de barro, cerrados los ojos, chillando hasta hacer hinchar las gruesas venas de su garganta... El romance terminaba con un galano llamamiento a la generosidad de los «fidalgos», y el asonante «aguinaldo» surgía finalmente y fatalmente. Hubo una pausa; y después de embolsada la peseta y de trasegado el buen vaso de vino, los hombres hablaron de la feria pasada, de las arrobas que pesaba el cerdo muerto, del coste de los bueyes... Entonces fué cuando doña Rosa se fijó en un rostro que asomaba a veces a curiosear por la puerta, a dos palmos del suelo, casi entre las piernas de los cantores.

—¿Quién está ahí?

Los del Carballo se rieron.

—Es Santiaguiño.

Le empujaron. Santiaguiño entró, algo ruboroso, alzando la boina sobre la frente, pero sin quitársela por completo. Traía su chaqueta de pana negra y la vara de fresno, más alta que él, bajo el brazo. Toda su carita redonda sonreía con la malicia aldeana.

—A las buenas noches—saludó.

—Empeñóse en venir con nosotros...—explicaron sus acompañantes.

—¿Y tu amo te deja, Santiaguiño?—preguntó Sergio, divertido con el aspecto del rapaz.

—Ya no tiene amo, señor—respondieron—. Marchóse de su casa porque no le pagaba el jornal.

Rieron todos. ¡Oh, Santiaguiño incomodado, requiriendo su hatillo de ropa y su vara de fresno, plantándose ante el labrador formidable que contrató sus servicios, y solicitando su dinero en una disyuntiva de reclamación judicial!...

—¿Qué pediste a los Reyes, Santiaguiño?

—¡Je!...

A Santiaguiño se le escapa una risita socarrona, y mira de soslayo las rodillas de sus compañeros, que están a la altura de su pequeña nariz, enrojecida por el frío. Santiaguiño no cree en los Reyes. En las morenas casitas aldeanas los pequeñuelos no esperan la visita de los Magos dadivosos. Los pequeñuelos han reunido el ganado al anochecer; sonaron sus vocecitas agudas, espoleadoras de las reses tardas, de los bueyes solemnes, de paso perezoso, que van arrojando dos conos de humo por sus narices contra el húmedo suelo, de los locos rebaños asustadizos, del caballejo que huyó relinchando, moviendo entre los tojos las trabadas piernas peludas... Después, ya en casa, el niño se durmió sin esa inquietud, sin esa ansia, sin esa noción de cercanía de lo sobrenatural que en esa edad y en esa fecha a todos nos ha rozado. No hay fantasía en las almas de los pequeños campesinos. La severa madre Tierra, buena y grave, sincera, educadora, no deja crecer las alas de ese pájaro de colorines que no sabe más que cantar. ¡Cómo va a pensar en los Reyes Santiaguiño!... Santiaguiño oirá, desde su cama dura, cómo pasan cantando los del Carballo, o los del Pinar, o los de la Cruz del Souto, y pensará que cuando él sea tan crecido como el señor Mingos, o el señor Chinto, o el señor Antón, podrá aspirar a que su amo no se niegue a pagarle los jornales.

Y pasará el canto, conmoverá una ráfaga las ventanas, se agitará una vaca en el establo, y los Reyes habrán transcurrido ya para el rapazuelo.

Ahora, bebido el último sorbo, enjugada la boca con el revés de la mano, se van los cantores. Vuelven a sonar sus fuertes pisadas.

—Vaya, ¡a la obediencia de ustedes!...

Y se pierden en el silencio y en las tinieblas.

Dos horas después, cuando Sergio creyó dormidos a todos los moradores de la casa, emprendió su caminata misteriosa. Federica estaba despierta. Al entrar en el cuarto, Sergio derribó el aguamanil, torpemente situado cerca de la puerta. Entonces una mano de la joven lo buscó entre las sombras y le apresó fuertemente con cierta angustia. Juntas las cabezas, Federica susurró a su oído:

—¡Por Dios! Rafaela no duerme...

Y quedaron inmóviles mucho tiempo. Se oyó rebullir—al través del tabique—en el jergón de la vieja criada. Después volvió a caer la quietud, más pesada y más honda, esa quietud en la que las arterias baten ruidosamente.

Sergio indagó:

—¿Está despierta?

Y con un soplo refirió Federica:

—La he oído quejarse hace un momento.

Esperaron aún. Volvoreta volvió a atraerlo para conjeturar, tranquilizadora:

—Quizás fuese en sueños.

Y como nada extraño ocurriese, ni turbase la calma de la casona ningún rumor, fué renaciendo la confianza en sus ánimos. La costumbre les había dado cierta seguridad en sus entrevistas, y a veces hasta saboreaban el peligro de una risa que pudiera ser escuchada o de un crujir del piso o del lecho que pudiera ser delator. El joven gustaba de permanecer inmóvil oyendo el ruido de las ráfagas que pasaban tan cerca, sobre sus cabezas, experimentando esa sensación de desleimiento que sufrimos cuando ponemos toda nuestra atención en el magno silencio de las noches. En esos instantes era feliz y se estremecía al pensar en salir de aquel abrigo y aquella inmovilidad para descender a su alcoba, por los fríos corredores de la casa. En estos momentos suyos de quietud satisfecha, Volvoreta solía dormirse, y a él se le antojaba tener una misión amparadora cerca de ella, y soportaba la molestia del brazo extendido bajo la cabeza femenina, para no turbar aquel sueño suave, seguro, venturoso.

De pronto, una mariposa de luz, un luminoso hilito, corrió por la pared del cuarto. Se lo advirtieron mutuamente, con un sobresalto que hizo separar sus cuerpos. Miraron. Bajo la puerta brillaba una línea amarillenta. Sergio se arrojó del lecho, temeroso. No habían sentido las pisadas; pero él pensó que acaso Rafaela... En un instante, las ideas se entrecruzaron y confundieron en su cerebro, como las alambres de un soporte caído. La raya de luz estaba inmóvil; el silencio era obstinado... Sospechó que la vieja criada, a quien Federica había oído quejar, se habría levantado para ir a la cocina a prepararse cualquier tisana... Eso debía de ser, porque la luz no se movía. Advertíase aquella raya amarilla, y también el ojo de la cerradura, encendido, y, en un lugar del estrecho tabique, donde faltaba un nudo, se transparentaba un pequeño disco de madera, con color sonrosado, como de carne...

Pero he aquí que se sintió un ligero rumor en el picaporte. Y lentamente, la puerta se abrió. Sergio estaba como petrificado, en pie junto a la cama. La puerta se abrió, y entró la mano de Rafaela, sosteniendo la palmatoria de cobre; y después el propio rostro de la mujer... Todo muy despacio, muy en silencio...

—¡Jesús!...

Y volvió a cerrar la puerta. Sergio seguía viendo, en la obscuridad, la cara de la vieja servidora, iluminada de abajo arriba por la luz, y sus ojos asustados fijos en él. La exclamación de sorpresa y de escándalo duró también mucho tiempo en sus oídos... Desapareció la luz; se oyó crujir el catre de Rafaela... Sin hablar, sin volverse hacia Federica, sin pensar casi, Sergio salió. Se fué en puntillas; no sentía el frío ni le importó pisar aquel escalón que chirriaba siempre y que él evitaba tocar... Entró en su alcoba, se arrojó en cama, y se tapó la cabeza, consternado.

Cuando despertó supuso que era temprano todavía; no había entrado aún su madre a llamarle, según costumbre; la casa estaba en silencio. Filtrábase una débil claridad por los resquicios de las contraventanas. Decidió esperar a que le avisasen, como habitualmente; y lo ocurrido la noche anterior volvió a su memoria con una intensidad que le hacía sufrir. Rafaela lo había descubierto todo. ¿Qué ocurriría?... Temblaba al escándalo como a una catástrofe. ¿Cuál sería la cólera y el desprecio hacia él de su madre, tan rígida, tan severa, sorprendida por el relato de un hecho indigno?... Tan monstruoso le pareció entonces a Sergio su proceder, que no creyó que Rafaela se decidiese a denunciarlo. Se prometió tener con ella una entrevista en la que había de procurar engañarla acerca del verdadero motivo de su presencia en el cuarto de Federica. Engañarla...—se paró a pensar—; pero, ¿cómo?... Resolvió confiarse a ella absolutamente, referir la verdad, atenuándola en lo posible, y suplicar el silencio, con la promesa de no reincidir nunca... Y no reincidiría. Ahora hacía un voto solemne de sustraerse a la tentación. Dedicóse a imaginar lo que había de decir a Rafaela. Oía mentalmente sus admoniciones y se dictaba las respuestas que creía indicadas.

Cuando sonaron pasos próximos a su estancia fingió dormir. Entró doña Rosa. Casi desde el umbral, gritó:

—¡Sergio!

Simuló no oir.

—¡Sergio!

Se desperezó y abrió un ojo.

—Es tarde ya.

Gruñó, como de costumbre:

—Voy... ahora...

Y volvió a cerrarse la puerta.

Lo de siempre, todo había pasado como siempre. Rafaela, pues, no había hablado. Se levantó, se zambulló en el agua y fué al comedor. La inquietud latía, sin embargo, en su pecho. En la mesa humeaba su gran taza de café; pero en los sitios donde solían desayunar la madre y la hermana tan sólo quedaban algunas migas de pan y unas manchitas de café sobre el tapete de hule. Miró el reloj y eran las diez. ¡Las diez!... ¿Por qué le habían dejado en cama hasta las diez?... Su madre, de pronto, se detuvo ante él, al otro lado de la mesa, y le dijo, severamente:

—Desde hoy irás todas las tardes a dar tus lecciones a don Miguel.

Nada más. Sergio bajó los ojos hacia el tazón. Al concluir tomó su libro y fué a estudiar al huerto. Rafaela fingió no verle pasar. Aquel día hizo una observación el enamorado. Volvoreta no sirvió la comida ni la cena, ni estuvo en el huerto ni en el jardín, ni se oyó en la casa su voz cantarina. Y tampoco al día siguiente, ni al otro...

Sergio supo, al fin, que en la mañana de eterna memoria Federica había recibido su salario, había recogido sus ropas y se había marchado a la ciudad. Supo también—Rafaela lo contaba en la cocina—que «ni aun se había puesto encarnada».