VIII

El día primero de todos los años, don Manuel Souto reunía en su pazo a las familias señoriales de los alrededores y celebraba su fiesta con un almuerzo. Don Manuel Souto era el segundón de una casa distinguida, que había emigrado a Cuba casi en la niñez y que había hecho allí, tras veinte años de trabajo en un almacén de ropa blanca, una fortunita codiciable. Entonces compró un billete de primera en el más ostentoso vapor de lujo que salió de la Habana después de la fecha en que liquidó sus asuntos, y desembarcó en La Coruña, seco, como si toda la humedad de su organismo la hubiese sudado en aquellos cuatro lustros de calores tórridos, con el estómago averiado, hundidas las sienes, bailándole las canillas dentro de un blanco pantalón y oculta la precoz calva bajo un jipi de quinientas pesetas. Su familia se había ido extinguiendo. La casa de la Gándara (un viejo y enorme edificio de piedra, de esos que los antiguos señores hacían alzar estratégicamente como centro para el cobro de sus rentas forales) estaba casi derruída. Él la reconstruyó confortablemente. Mientras las obras se realizaban vivía en la capital, donde su pesada cadena de oro y los puros con su retrato en la anilla le habían dado una reputación y, consecuentemente, una consideración de hombre riquísimo.

Pensó en matrimoniar; quería que cuando la casa de la Gándara estuviese terminada, fuese su inauguración pareja de la inauguración de una nueva vida que le llevase, por de pronto, calor de cariño; y después, unos rubios chicuelos; precisamente rubios. Como fruto de las lecturas folletinescas con que alguna vez distraía en la Isla sus escasos ocios, don Manuel tenía un concepto excesivamente literario de los niños, y se los imaginaba tiernamente blondos, con exclusión de todo otro matiz.

Pensó en casarse, pero cierta timidez, cierto enmohecimiento por desuso de sus facultades de conquistador, le retenían en el celibato. Una mañana veraniega, don Manuel, según su costumbre, tomó su baño de mar. Salió de su caseta de lona un poco cohibido, porque se le ocurría siempre pensar, al verse a pleno sol sobre la arena de la playa, que sus piernas eran demasiado peludas y demasiado prominente su nuez. Creía que todas las miradas se clavaban en él con mofa. Entonces daba una carrerita, sofocaba un grito al tocar el agua, se zambullía y surgía después, con los ojos cerrados, resoplando, caído el escaso pelo sobre la frente, desmoronado el bigote a la usanza china, goteando por los codos taladrantes y por la nariz y por la bolsa que formaba el flojo bañador. Luego volvía a hundirse en el agua y se alejaba nadando.

Pero aquella mañana, a veinte metros mal contados de la orilla, donde ya no hacía pie, el señor Souto sufrió un calambre; sintió que los músculos de sus piernas se entorpecían, se inmovilizaban... le acudió súbitamente la idea de la muerte; dió unos chillidos, manoteó en vano y tragó al hundirse un gran sorbo de agua. En la arena, la gente comenzó a gritar. Un bañero se echó a nado en su auxilio. La señorita Simona Rúa, hábil nadadora, que estaba cercana a don Manuel, dió unas brazadas y le asió por el bañador. Entre sus dos salvadores, Souto fué llevado a la playa: lo pusieron diez minutos boca abajo, le friccionaron, hiciéronle beber coñac, y el hombre pudo ir por su pie hasta casa. Aquella noche tuvo corro en el casino y se vió obligado a explicar muchas veces lo que había sentido al irse al fondo.

Al día siguiente, un periódico contó el suceso bajo este título: «Salvado por una señorita.» Y en la narración había párrafos elogiosos para «el arrojo temerario de la distinguida señorita de Rúa, que, despreciando su propia vida, salvó la de nuestro opulento convecino el señor Souto». Tras el elogio desmesurado había una enérgica excitación a las autoridades para que se concediese a la salvadora una medalla o una cruz.

Souto, al leer el periódico, se acusó repentinamente de ingrato. En verdad, él no se había dado cuenta de quién le había llevado a tierra firme. Alguien le dijo que la de Rúa «había echado una mano». Inquirió: «¿Cuál de las hermanas?» «La mayor.» Y procuró recordar el rostro huesudo y el cuerpo sin garbo de Simona, a quien él había visto alguna vez en los paseos. Pero creía haber cumplido ya con las cien pesetas que había dado al bañero el mismo día del accidente.

El suelto del periódico le inquietó. Algo había que hacer. ¿Qué pensaría aquella señorita?... Se dió a meditar, salió apresuradamente, compró en la primera joyería una sortija de brillantes y se la envió a Simona con una carta en que reconocía galantemente deberle la existencia, y le rogaba que aceptase «aquellas tres gotas de luz cristalizadas, en recuerdo de las incontables y amargas gotas en que él había estado a punto de fenecer». La señorita de Rúa aceptó el reconocimiento, pero devolvió la sortija. Él entonces, confuso, advirtiéndose culpable de indelicadeza, la visitó para dar fe más viva de su gratitud. Simona declaró solemnemente que no había hecho más que cumplir con su deber. El señor Rúa, viejo magistrado, pronunció acerca de todo aquello un breve discurso y le invitó a almorzar. Presentólo a los demás invitados con una frase concisa: «El salvado por Simona»; como si Souto no pudiese ser ya otra cosa en el mundo, y sus veinte años dando salida a la ropa blanca del almacén, y sus dolores de estómago y su riqueza fuesen caminos misteriosos por los que la Naturaleza le hubiese ido llevando, previsora, a aquel destino.

Luego, alguna vez, en los paseos, se acercaba a saludar a la familia Rúa y aun daba unas vueltas con las jóvenes por la alameda. En el casino, en sus círculos de amistad, le hablaban de Simona frecuentemente:

—Porque usted le debe la vida...

—¡Claro, como usted le debe la vida!...

A don Manuel, el novelero romanticismo de la historia le placía; pero se lamentaba en su interior de que su salvadora fuese tan fea y tan flaca, con aquel largo mentón y aquellos ojos diminutos y aquella nariz que colgaba sobre los labios, como una gota de carne pronta a caer en el exiguo pecho desde su altura. Intentó enamorar a la hija de un rico conservero, francamente guapa; pero a las primeras insinuaciones ella protestó:

—¡Si le oyese a usted Simona Rúa!...

—¿Y si oyese?—se atrevió a desdeñar él.

—Pero, ¿no está usted comprometido con su salvadora?

Desde entonces Souto comprendió, melancólicamente, que su destino estaba trazado, y que aquel chapuzón iba a tener en su vida consecuencias más transcendentales de lo que hubiera podido presumir. Las gentes le empujaban a un romántico desenlace. Creyó adivinar que si no procedía de acuerdo con esta opinión de las gentes, su descrédito sentimental estaba consumado. Se le tendría por un hombre sin corazón, incapaz de la virtud suprema del reconocimiento. Él mismo se dijo que su deber le impelía categóricamente a tal solución. Y sus relaciones con Simona se hicieron más frecuentes, y un día, en medio de la satisfacción de quienes ya lo habían previsto, se casaron.

Cerca de cuatro lustros habían transcurrido ya. Sin embargo, la historia del salvamento no había cesado de ser recordada entre ellos, con sucesivas modificaciones, que le daba una novedad lenta y constante. Don Manuel solía decir siempre:

—Si no fuese por mi mujer, no tendría el gusto de hablar con ustedes...

Pero su gesto aburrido y la escasez de su entusiasmo sugerían la idea de que estaba pagando una tremenda deuda día por día y mes por mes...

Rodeiro fué a buscar en su tílburi a los de Abelenda para llevarlos hasta casa de don Manuel. Al llegar al crucero que se alzaba frente al parque, y que daba nombre al lugar, se apearon. Don Miguel se había anticipado a ellos y paseaba bajo los castaños sin hoja, charlando con otro cura que en los días de fiesta acudía a decir misa en la capilla de los Soutos. El cadete, vestido con su uniforme, pequeño y caprichoso como un groom, acudió a estrechar las manos de las mujeres, haciendo una estudiada ostentación de finura. Sergio y él se miraron apenas. Más tarde llegaron los de Acevedo; un matrimonio distinguido, que no tenía propiedades rurales, pero que había alquilado un hermoso chalet al otro lado de la ría. Él era banquero y estaba ligado a Souto por razón de intereses. Habían llegado en automóvil. La hija, una joven de diez y ocho años, tenía entre las pieles, en que, pese a su opulencia, no se perdía su esbeltez, la delicada belleza de una joya en un estuche de terciopelo. Vestía con gran elegancia, y sus modales eran de distinción. Ahora venían directamente de la ciudad: tenían cerrado el chalet hasta la primavera. El pequeño Souto se hizo su caballero desde que saltó del estribo del auto.

Todos iban diciendo:

—Felicidades, don Manuel.

Y luego se deseaban entre sí, muy afectuosos:

—Buen año nuevo; buen año nuevo.

Souto quiso enseñar las reformas que había hecho en su finca, y, pisando los húmedos senderos, fué preciso ver un nuevo estanque en el jardín, la parcela para los espárragos en la huerta, y el gasógeno para el acetileno, que había hecho instalar fuera de la casa, por temor a explosiones. Sergio, un poco turbado por la presencia de Luisa Acevedo, no hablaba, y aun procuraba esconderse tras el grupo, lleno de preocupación por sus botas recias de piel de becerro sin lustrar.

Avisaron para comer; pero los Poupariña no habían llegado. Aún se dejó transcurrir algún tiempo en el mirador de la casa—una amplia galería de cristales—, desde el que se dominaba el paisaje maravilloso. Al fin, los Poupariña entraron, deshaciéndose en disculpas. El marido explicaba:

—Con ésta así, tal como está, no se puede ir a ninguna parte: ni en caballo, porque teme caerse; ni en coche, por el traqueteo...

Y señalaba el vientre hinchado de su mujer.

—¿Otra vez?—observó, amablemente, el banquero.

—Siempre—afirmó Poupariña—. Siempre. Es infatigable.

Era verdad. En sus nueve años de matrimonio, Celsa había lanzado al mundo seis hijos. Delgada, envejecida, nadie se la podía imaginar sin el vientre abultado y el andar balanceante de su casi ininterrumpida preñez. Poupariña no sabía qué remedio poner, ni cómo reducir aquella obstinada maternidad. Le preocupaba el porvenir de tanto arrapiezo, para la vida de los cuales había de ser exiguo su patrimonio. Al fin concluyó por adoptar una alegre despreocupación ante lo irremediable. Fingía no saber nunca, de una manera cierta, el número de sus hijos y haberse olvidado de sus nombres. Para reducir a su mujer había ideado una coacción extraña. El romanticismo de Celsa le impelía a bautizar a sus retoños con nombres noveleros, que alarmaban al párroco de Santa María de la Gándara. A la hija mayor la llamó Irma; al segundogénito, Sigfredo; el tercero se bautizó con el nombre de Raúl. Poupariña fué tolerante y dejó hacer. Pero al llegar a este número planteó a su mujer, medio en broma, el problema:

—O no hay más chiquillos o los bautizo yo y les pongo los nombres que se me antojen.

Y nació el cuarto, y Poupariña le hizo llamar José, como él mismo; y nació el quinto, y se apeló Nicolás; y al sexto lo puso bajo la advocación del santo del día, que era San Robustiano. En un refinamiento de crueldad, cuando su mujer le enteró de que el séptimo comenzaba a bullir en sus entrañas, le buscó nombre ya antes de que naciese.

—Si se atreve a salir se llamará Exuperio.

Celsa protestaba:

—¡Eres un mal padre; estás matando el porvenir de tus hijos con esos nombres horribles!

Pero Poupariña era verdaderamente implacable.

Cuando les requirió doña Simona, sentáronse a la mesa. En casa de Souto se comía siempre espléndidamente, y en ocasiones señaladas, hasta con lujo. La mezcla de vinos alegraba a los comensales y soltaba las lenguas, y al final, cuando pasaron a la sala contigua, para fumar, se charlaba abundantemente. Don Manuel contó la historia de su salvamento una vez más; los invitados apreciaban, no obstante, de año en año, algunas sensibles diferencias en la historia. Del bañero, que, en rigor, había sido el que apresara al indiano ya entre aguas, no se hablaba en las últimas narraciones. Primero compartía el mérito con Simona; después fué un simple auxiliar; luego «había llegado tarde»; por último, su silueta, lentamente borrosa, se extinguió como la de un fantasma. Ahora, si alguien llegase a recordar su ayuda, el matrimonio Souto se hubiese reído buenamente como de una invención.

—Conque yo—explicaba don Manuel—me sentí ir para el fondo. A mí no me consta si fué el calambre o que me había agarrado algún pulpo, ¿eh?, porque por allí hay muchos. Y empecé a gritar y empecé a tragar salsa... Y una ola va y otra viene... ¡Tremendo aquello; estaba tremendo!...

—Como montañas—intervenía doña Simona.

—Claro está, nadie se atrevía a lanzarse al agua. Entonces ésta, ¡zas!, de cabeza. Todo el mundo se puso a gritar desde los andenes; estaba allí lo mejorcito de la ciudad: el capitán general, el gobernador, sus señoras... Y todos a gritar. Y ésta llega al fin junto a mí, después de una brega terrible; alargo los brazos para asirme...

—Y yo le dí una patada en la cabeza.

Don Manuel vaciló un poco, porque aquel detalle era nuevo. Pero lo suscribió en seguida:

—Eso es; tú me diste una patada en la cabeza. Una terrible patada...

—Naturalmente—explicó doña Simona a la concurrencia—; es lo que se hace siempre. Las personas que se están ahogando no reflexionan, y lo primero que hacen es aferrarse a su salvador y ponerlo en idéntico peligro. Lo que se suele hacer es darles, según se va nadando, una patada; se les atonta, y ya se les conduce fácilmente.

—Así fué, así fué...

Las señoras oían emocionadas. Los dos curas y Poupariña jugaban al tresillo cerca de una ventana. Rodeiro, desmoronado en un butacón, junto a ellos, fumaba un enorme puro. Su ancha cara hoyosa se había teñido de púrpura. Interrumpía a los jugadores con su charla constante y con sus advertencias:

—¡Entre sin miedo, Poupariña!

Poupariña miraba y remiraba sus cartas, haciendo un recuento de probabilidades. Argüía, festivamente:

—¡Que tengo treinta hijos, Rodeiro!

Rodeiro se desmoronaba melancólicamente en el sillón:

—¡Boh!—lamentaba—, ¡boh!... Más valen treinta que ninguno.

—¡Cásese, diablo!—gruñía don Miguel.

—¡Ah, terrible capitán Araña!... ¡Cómo gustamos de embarcar a la gente y quedarnos en tierra!... ¿Y usted?

—¡Hereje!—sonreía don Miguel, barajando.

Rodolfo mordía el puro y despedía como una bala el trozo seccionado.

—Oiga, don Miguel: hereje, y de los gordos, es un huésped que le voy a traer a mediados de mes: Rosales, el director de El Avance.

—¡Dios nos libre!

—Oiga: no viene en clase de ateo; viene a cazar, ¿sabe?... Ya le hablé de usted. Tenemos que armar una batida.

—¡Si caza lo que usted, no peligran las piezas!

—No, no; es una escopeta de cuidado.

Entonces comenzó a tocar un gramófono un trozo de Elisir d’amore. Rodeiro gritó:

—Ponga algo gallego, don Manuel. ¿No tiene nada de la tierra?...

Don Manuel asintió y le impuso silencio sin hablar.

Sergio, en un rincón ya penumbroso, se iba dejando invadir por el blando sentimentalismo de la música, propicio como nunca a él en la laxitud posterior a la comida. Miraba enfrente a Luisa Acevedo, tan hermosa, tan elegante; tenía una mano puesta sobre el brazo de la butaca, y se veía lucir las uñas pulidas y una esmeralda en un dedo, rodeada de pequeños brillantes. La alta bota de charol, la piel mate del escote insinuado, los rizos negros que bajaban a la frente, aquel sutil trazo de las cejas, que parecía hecho con lápiz... Sergio iba examinándolo todo detenidamente, y todo se le antojaba exquisito, insuperable en distinción y en gracia. A veces creía advertir que llegaba hasta su rincón el perfume de la joven, y aspiraba profundamente, cerrando los ojos.

Luisa no le había mirado ni una vez. El pequeño Souto charlaba de continuo con ella. En ocasiones llegaba hasta el rincón alguna frase:

—Este año, en el skating...

—... mañana dan un té...

Y se despreciaba a sí mismo y advertía crecer a Souto en su admiración. Él querría también entonces tener un traje distinguido y el don de hablar de aquellas cosas y aquellas personas brillantes, y poder, como Souto, inclinarse sobre el brazo del sillón para charlar con la joven y recoger tan de cerca su divina sonrisa. Se acordó de Volvoreta con cierto desdén. Si aquellas gentes supiesen que era el novio de Federica, una criada, ¡cómo se reirían de él!... Se advirtió insignificante. Cuando, pasado un momento, se encontraron solos el cadete y él en la galería, Sergio se acercó, un poco colorado, para decir:

—Supongo que no te habrá parecido mal lo de la otra tarde...

Souto fingió no recordar:

—¿Cuál?

—Lo de Federica.

El cadete echó un hilillo de humo entre sus labios exangües, como para indicar su indiferencia:

—¡Figúrate tú!... ¡Lo que me podrá importar a mí una criada!

Sergio asintió, vivamente:

—Por eso...

—¡Nada, hombre, por Dios; ya me había olvidado!

Dió otra bocanada y otorgó, petulantemente:

—Si tú tienes interés, puedes trabajarla...

—¡Oh, no! ¡Qué tontería!... ¡Ningún interés!

—No la creo difícil...

Tiró el cadete su colilla y entró, cortando la charla. Sergio se sentía humillado y permaneció un instante viendo cómo la noche iba envolviendo el paisaje, invadido él de amargura y de celos por Luisa.

A las seis, ya con noche, marcharon. Chinto, que había ido a llevar paraguas, porque la tarde tenía mal cariz, había enganchado el tílburi. Comentó confidencialmente con Sergio:

—Mucha grandeza hay en la Cruz del Souto. Comí un plato de carne asada, con unas cosas que diz que le llaman batatas, que así Dios me lleve como no probé cosa de dulce más rica en la vida mía. ¡Vaite que hay buenas larpeiradas en el mundo!

El tílburi pronto corrió por la carretera, bajo las altas ramas de los olmos centenarios. En un sendero, campo traviesa, brillaba la linterna con que Poupariña alumbraba cuidadosamente el camino para evitar a Exuperio bruscos sobresaltos dentro del hinchado vientre de la madre. El automóvil de los Acevedo bramó de pronto detrás del tílburi. Los focos potentes iluminaron la carretera hasta muy lejos y alargaron por ella, en caricatura, la sombra del cochecito y del caballejo. Pasaron, saludando, y pronto se perdieron en la lejanía. Isabel comentó:

—¡Qué bien vestida estaba la hija de Acevedo!

—¡Uf!; es insoportable... ¡Más orgullosa!...

La madre intervino:

—No diga, Rodeiro; es una muchacha muy guapa.

—¡Boh!... sin salir de la Gándara encuentra usted cualquier aldeana mejor. Volvoreta, sin ir más lejos...

—No diga, Rodeiro, no diga...

Y Sergio recibió aquellas palabras como un alivio a su tristeza. Volvió bruscamente todo su amor y le sacudió un ansia aguda de ver a Federica. El tílburi saltaba sobre los baches, y sus faroles alumbraban el camino con una luz amarillenta y hacían girar las sombras de los árboles alrededor de sus troncos; y a veces se advertía la tenue humareda que se desprendía del sudoroso caballo. Rodeiro lo animaba con chasquidos. Aquí o allá brillaba de pronto una charca. Los perros ladraban a lo lejos. Bajo las ramas de los olmos, cerrada entre muros de sombra, la carretera semejaba un túnel enorme.

Llegaron a la finca. Sergio entró el primero, con la esperanza de hallar a Volvoreta y besarla. Doña Rosa, después. Junto al camelio donde las blancas flores se deshojaban, en el enorme silencio de la noche, Rodeiro asió una mano de Isabel, emocionado:

—Sabeliña...

La joven se detuvo.

—¿Qué, Amaro?

Pero Rodeiro nada añadió. Estrechó lentamente la mano femenina y marchóse. Desde el umbral Sabela oyó los cascabeles del caballejo que desandaba el camino, y vió pasar y alejarse las lucecitas amarillentas del coche.