ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA
Explanada delante del palacio real de Elsingor. Noche obscura
FRANCISCO, BERNARDO

Francisco estará paseándose haciendo centinela. Bernardo se va acercando hacia él. Estos personajes y los de la escena siguiente estarán armados con espada y lanza.

Bernardo.—¿Quién está ahí?

Francisco.—No: respóndame él á mí. Deténgase, y diga quién es...

Bernardo.—Viva el rey.

Francisco.—¿Es Bernardo?

Bernardo.—El mismo.

Francisco.—Tú eres el más puntual en venir á la hora.

Bernardo.—Las doce han dado ya; bien puedes ir á recogerte.

Francisco.—Te doy mil gracias por la mudanza. Hace un frío que penetra, y yo estoy delicado del pecho.

Bernardo.—¿Has hecho tu guardia tranquilamente?

Francisco.—Ni un ratón se ha movido.

Bernardo.—Muy bien. Buenas noches. Si encuentras á Horacio y Marcelo, mis compañeros de guardia, diles que vengan presto.

Francisco.—Me parece que los oigo... Alto ahí. ¡Eh! ¿Quién va?

ESCENA II
HORACIO, MARCELO y dichos

Horacio.—Amigos de este país.

Marcelo.—Y fieles vasallos del rey de Dinamarca.

Francisco.—Buenas noches.

Marcelo.—¡Oh honrado soldado! Pásalo bien. ¿Quién te relevó de la centinela?

Francisco.—Bernardo, que queda en mi lugar. Buenas noches.

(Vase Francisco. Marcelo y Horacio se acercan adonde está Bernardo haciendo centinela).

Marcelo.—¡Hola, Bernardo!

Bernardo.—¿Quién está ahí? ¿Es Horacio?

Horacio.—Un pedazo de él.

Bernardo.—Bien venido, Horacio; Marcelo, bien venido.

Marcelo.—Y qué, ¿se ha vuelto á aparecer aquella cosa esta noche?

Bernardo.—Yo nada he visto.

Marcelo.—Horacio dice que es aprensión nuestra, y nada quiere creer de cuanto le he dicho acerca de ese espantoso fantasma que hemos visto ya en dos ocasiones. Por eso le he rogado que se venga á la guardia con nosotros, para que si esta noche vuelve el aparecido, pueda dar crédito á nuestros ojos, y le hable si quiere.

Horacio.—¡Qué! No, no vendrá.

Bernardo.—Sentémonos un rato, y deja que asaltemos de nuevo tus oídos con el suceso que tanto repugnan oir, y que en dos noches seguidas hemos ya presenciado nosotros.

Horacio.—Muy bien: sentémonos, y oigamos lo que Bernardo nos cuente. (Siéntanse los tres).

Bernardo.—La noche pasada, cuando esa misma estrella que está al occidente del polo había hecho ya su carrera para iluminar aquel espacio del cielo donde ahora resplandece, Marcelo y yo, á tiempo que el reloj daba la una...

Marcelo.—Chit. Calla; mírale por dónde viene otra vez.

(Se aparece á un extremo del teatro la sombra del rey Hamlet armado de todas armas, con un manto real, yelmo en la cabeza, y la visera alzada. Los soldados y Horacio se levantan despavoridos).

Bernardo.—Con la misma figura que tenía el difunto rey.

Marcelo.—Horacio, tú que eres hombre de estudios, háblale.

Bernardo.—¿No se parece todo al rey? Mírale, Horacio.

Horacio.—Muy parecido es... Su vista me conturba con miedo y asombro.

Bernardo.—Querrá que le hablen.

Marcelo.—Háblale, Horacio.

Horacio (se encamina hacia donde está la sombra).—¿Quién eres tú, que así usurpas este tiempo á la noche, y esa presencia noble y guerrera que tuvo un día la majestad del soberano dinamarqués que yace en el sepulcro? Habla: por el cielo te lo pido.

(Vase la sombra á paso lento).

Marcelo.—Parece que está irritado.

Bernardo.—¿Ves? Se va como despreciándonos.

Horacio.—Deténte, habla. Yo te lo mando, habla.

Marcelo.—Ya se fué. No quiere responderos.

Bernardo.—¿Qué tal, Horacio? Tú tiemblas, y has perdido el color. ¿No es esto algo más que aprensión? ¿Qué te parece?

Horacio.—Por Dios, que nunca lo hubiera creído sin la sensible y cierta demostración de mis propios ojos.

Marcelo.—¿No es enteramente parecido al rey?

Horacio.—Como tú á ti mismo. Y tal era el arnés de que iba ceñido cuando peleó con el ambicioso rey de Noruega; y así le ví arrugar ceñudo la frente cuando en una alteración colérica hizo caer al de Polonia sobre el hielo, de un solo golpe... ¡Extraña aparición es ésta!

Marcelo.—Pues de esa manera, y á esta misma hora de la noche, se ha paseado dos veces con ademán guerrero delante de nuestra guardia.

Horacio.—Yo no comprendo el fin particular con que esto sucede; pero en mi ruda manera de pensar, pronostica alguna extraordinaria mudanza á nuestra nación.

Marcelo.—Ahora bien, sentémonos (siéntanse); y decidme, cualquiera de vosotros que lo sepa, ¿por qué fatigan todas las noches á los vasallos con estas guardias tan penosas y vigilantes? ¿Para qué es esta fundición de cañones de bronce, y este acopio extranjero de máquinas de guerra? ¿A qué fin esa multitud de carpinteros de marina, precisados á un afán molesto, que no distingue el domingo de lo restante de la semana? ¿Qué causas puede haber para que sudando el trabajador apresurado junte las noches á los días? ¿Quién de vosotros podrá decírmelo?

Horacio.—Yo te lo diré, ó á lo menos los rumores que sobre esto corren. Nuestro último rey (cuya imagen acaba de aparecérsenos) fué provocado a combate, como ya sabéis, por Fortimbrás de Noruega, estimulado éste de la más orgullosa emulación. En aquel desafío, nuestro valeroso Hamlet (que tal renombre alcanzó en la parte del mundo que nos es conocida) mató á Fortimbrás, el cual por un contrato sellado y ratificado según el fuero de las armas, cedía al vencedor (dado caso que muriese en la pelea) todos aquellos países que estaban bajo su dominio. Nuestro rey se obligó también á cederle una porción equivalente, que hubiera pasado a manos de Fortimbrás, como herencia suya, si hubiese vencido; así como, en virtud de aquel convenio y de los artículos estipulados, recayó todo en Hamlet. Ahora el joven Fortimbrás, de un carácter fogoso, falto de experiencia y lleno de presunción, ha ido recogiendo de aquí y de allí por las fronteras de Noruega una turba de gente resuelta y perdida, á quien la necesidad de comer determina á intentar empresas que piden valor; y según claramente vemos, su fin no es otro que el de recobrar con violencia y á fuerza de armas los mencionados países que perdió su padre. Este es, en mi dictamen, el motivo principal de nuestras prevenciones, el de esta guardia que hacemos, y la verdadera causa de la agitación y movimiento en que toda la nación está.

Bernardo.—Si no es ésa, ya no alcanzo cuál puede ser... Y en parte lo confirma la visión espantosa que se ha presentado armada en nuestro puesto con la figura misma del rey que fué y es todavía el autor de estas guerras.

Horacio.—Es por cierto una mota que turba los ojos del entendimiento. En la época más gloriosa y feliz de Roma, poco antes que el poderoso César cayese, quedaron vacíos los sepulcros, y los amortajados cadáveres vagaron por las calles de la ciudad gimiendo en voz confusa; las estrellas resplandecieron con encendidas colas, cayó lluvia de sangre, se ocultó el sol entre celajes funestos, y el húmedo planeta, cuya influencia gobierna el imperio de Neptuno, padeció eclipse, como si el fin del mundo hubiese llegado. Hemos visto ya iguales anuncios de sucesos terribles, precursores que avisan los futuros destinos: el cielo y la tierra juntos los han manifestado á nuestro país y á nuestra gente... Pero... silencio... ¿Veis?... Allí... Otra vez vuelve... (Vuelve á salir la sombra por otro lado. Se levantan los tres, y echan mano á las lanzas. Horacio se encamina hacia la sombra, y los otros dos siguen detrás). Aunque el terror me hiela, yo le quiero salir al encuentro... Deténte, fantasma. Si puedes articular sonidos, si tienes voz, háblame. Si allá donde estás puedes recibir algún beneficio para tu descanso y mi perdón, háblame. Si sabes los hados que amenazan á tu país, los cuales felizmente previstos puedan evitarse, ¡ay! habla... O si acaso durante tu vida acumulaste en las entrañas de la tierra mal habidos tesoros, por lo que se dice que vosotros, infelices espíritus, después de la muerte vagáis inquietos, decláralo... deténte y habla... Marcelo, deténle...

(Canta un gallo á lo lejos, y empieza á retirarse la sombra; los soldados quieren detenerla haciendo uso de las lanzas: pero la sombra los evita, y desaparece con prontitud).

Marcelo.—¿Le daré con mi lanza?

Horacio.—Sí, hiérele, si no quiere detenerse.

Bernardo.—Aquí está.

Horacio.—Aquí.

Marcelo.—Se ha ido. Nosotros le ofendemos, siendo él un soberano, en hacer demostraciones de violencia. Bien que, según parece, es invulnerable como el aire, y nuestros esfuerzos vanos y cosa de burla.

Bernardo.—El iba ya á hablar cuando el gallo cantó.

Horacio.—Es verdad, y al punto se estremeció como el delincuente apremiado con terrible precepto. Yo he oído decir que el gallo, trompeta de la mañana, hace despertar al dios del día con la alta y aguda voz de su garganta sonora, y que á este anuncio todo extraño espíritu errante por la tierra ó el mar, el fuego ó el aire, huye á su centro; y el fantasma que hemos visto acaba de confirmar la certeza de esta opinión.

(Empieza á iluminarse lentamente el teatro).

Marcelo.—En efecto, desapareció al cantar el gallo. Algunos dicen que cuando se acerca el tiempo en que se celebra el nacimiento de nuestro Redentor, este pájaro matutino canta toda la noche, y que entonces ningún espíritu se atreve á salir de su morada; las noches son saludables, ningún planeta influye siniestramente, ningún maleficio produce efecto, ni las hechiceras tienen poder para sus encantos: ¡tan sagrados son y tan felices aquellos días!

Horacio.—Yo también lo tengo entendido así, y en parte lo creo. Pero ved cómo ya la mañana, cubierta con la rosada túnica, viene pisando el rocío de aquel alto monte oriental. Demos fin á la guardia, y soy de opinión que digamos al joven Hamlet lo que hemos visto esta noche; porque yo os prometo que este espíritu hablará con él, aunque ha sido para nosotros mudo. ¿No os parece que le demos esta noticia, indispensable en nuestro celo y tan propia de nuestra obligación?

Marcelo.—Sí, sí, hagámoslo. Yo sé en dónde le hallaremos esta mañana con más seguridad.

ESCENA III
Salón de palacio

CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO, LAERTES, VOLTIMAN, CORNELIO, caballeros, damas y acompañamiento.

Claudio.—Aunque la muerte de mi querido hermano Hamlet está todavía tan reciente en nuestra memoria, que obliga á mantener en tristeza los corazones, y á que en todo el reino sólo se observe la imagen del dolor, con todo eso, tanto ha combatido en mí la razón á la naturaleza, que he conservado un prudente sentimiento de su pérdida, junto con la memoria de lo que á nosotros nos debemos. A este fin he recibido por esposa á la que un tiempo fué mi hermana y hoy reina conmigo, compañera en el trono de esta belicosa nación; si bien estas alegrías son imperfectas, pues en ellas se han unido á la felicidad las lágrimas, las fiestas á la pompa fúnebre, los cánticos de muerte á los epitalamios de himeneo, pesados en igual balanza el placer y la aflicción. Ni hemos dejado de seguir los dictámenes de vuestra prudencia, que en esta ocasión ha procedido con absoluta libertad, de lo cual os quedo muy agradecido. Ahora falta deciros que el joven Fortimbrás, estimándome en poco, ó presumiendo que la reciente muerte de mi querido hermano habrá producido en el reino trastorno y desunión, fiado en esta soñada superioridad, no ha cesado de importunarme con mensajes, pidiéndome le restituya aquellas tierras que perdió su padre, y adquirió mi valeroso hermano con todas las formalidades de la ley. Basta ya lo que de él he dicho. Por lo que á mí toca, y en cuanto al objeto que hoy nos reune, véisle aquí: Escribo al rey de Noruega, tío del joven Fortimbrás, que doliente y postrado en el lecho apenas tiene noticia de los proyectos de su sobrino, á fin de que le impida llevarlos adelante; pues tengo ya exactos informes de la gente que levanta contra mí, su calidad, su número y fuerzas. Prudente Cornelio, y tú, Voltiman, vosotros saludaréis en mi nombre al anciano rey; aunque no os doy facultad personal para celebrar con él tratado alguno que exceda los límites expresados en estos artículos. (Les da unas cartas). Id con Dios, y espero que manifestaréis en vuestra diligencia el celo de servirme.

Voltiman.—En ésta y cualquiera otra comisión os daremos pruebas de nuestro respeto.

Claudio.—No lo dudaré. El cielo os guarde.

ESCENA IV
CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO, LAERTES,
damas, caballeros y acompañamiento

Claudio.—Y tú, Laertes, ¿qué solicitas? Me has hablado de una pretensión: ¿no me dirás cuál sea? En cualquiera cosa justa que pidas al rey de Dinamarca, no será vano el ruego. ¿Ni qué podrás pedirme, que no sea más ofrecimiento mío que demanda tuya? No es más adicto á la cabeza el corazón, ni más pronta la mano en servir á la boca, que lo es el trono de Dinamarca para con tu padre. En fin, ¿qué pretendes?

Laertes.—Respetable soberano, solicito la gracia de vuestro permiso para volver á Francia. De allí he venido voluntariamente á Dinamarca á manifestaros mi leal afecto, con motivo de vuestra coronación; pero ya cumplida esta deuda, fuerza es confesaros que mis ideas y mi inclinación me llaman de nuevo á aquel país, y espero de vuestra mucha bondad esta licencia.

Claudio.—¿Has obtenido ya la de tu padre? ¿Qué dices, Polonio?

Polonio.—A fuerza de importunaciones ha logrado arrancar mi tardío consentimiento. Al verle tan inclinado, firmé últimamente la licencia de que se vaya, aunque á pesar mío, y os ruego, señor, que se la concedáis.

Claudio.—Elige el tiempo que te parezca más oportuno para salir, y haz cuanto gustes y sea más conducente á tu felicidad. ¡Y tú, Hamlet, mi deudo, mi hijo!

Hamlet.—Algo más que deudo y menos que amigo.

Claudio.—¿Qué sombras de tristeza te cubren siempre?

Hamlet.—Al contrario, señor: estoy demasiado á la luz.

Gertrudis.—Mi buen Hamlet, no así tu semblante manifieste aflicción; véase en él que eres amigo de Dinamarca: ni siempre con abatidos párpados busques entre el polvo á tu generoso padre. Tú lo sabes, común es á todos; el que vive debe morir, pasando de la naturaleza á la eternidad.

Hamlet.—Sí, señora, á todos es común.

Gertrudis.—Pues si lo es, ¿por qué aparentas tan particular sentimiento?

Hamlet.—¿Aparentar? No, señora, yo no sé aparentar. Ni el color negro de este manto, ni el traje acostumbrado en solemnes lutos, ni los interrumpidos sollozos, ni en los ojos un abundante río, ni la dolorida expresión del semblante, junto con las fórmulas, los ademanes, las exterioridades de sentimiento, bastarán por sí solos, mi querida madre, á manifestar el verdadero afecto que me ocupa el ánimo. Estos signos aparentan, es verdad, pero son acciones que un hombre puede fingir... Aquí (tocándose el pecho), aquí dentro tengo lo que es más que apariencia: lo restante no es otra cosa que atavíos y adornos del dolor.

Claudio.—Bueno y laudable es que tu corazón pague á un padre esa lúgubre deuda, Hamlet; pero no debes ignorarlo: tu padre perdió un padre también, y aquél perdió el suyo. El que sobrevive limita la filial obligación de su obsequiosa tristeza á un cierto término; pero continuar en interminable desconsuelo es una conducta de obstinación impía. Ni es natural en el hombre tan permanente afecto, que anuncia una voluntad rebelde á los decretos de la Providencia, un corazón débil, un alma indócil, un talento limitado y falto de luces. ¿Será bien que el corazón padezca, queriendo neciamente resistir á lo que es y debe ser inevitable? ¿á lo que es tan común como cualquiera de las cosas que más á menudo hieren nuestros sentidos? Este es un delito contra el cielo, contra la muerte, contra la naturaleza misma; es hacer una injuria absurda á la razón, que nos da en la muerte de nuestros padres la más frecuente de sus lecciones, y que nos está diciendo desde el primero de los hombres hasta el último que hoy espira: «mortales, ved aquí vuestra irrevocable suerte.» Modera, pues, yo te lo ruego, esa inútil tristeza; considera que tienes un padre en mí, puesto que debe ser notorio al mundo que tú eres la persona más inmediata á mi trono, y que te amo con el afecto más puro que puede tener á su hijo un padre. Tu resolución de volver á los estudios de Witemberga es la más opuesta á nuestro deseo, y antes bien te pedimos que desistas de ella, permaneciendo aquí estimado y querido á vista nuestra, como el primero de mis cortesanos, mi pariente y mi hijo.

Gertrudis.—Yo te ruego, Hamlet, que no vayas á Witemberga: quédate con nosotros. No sean vanas las súplicas de tu madre.

Hamlet.—Obedeceros en todo será siempre mi primer conato.

Claudio.—Por esa afectuosa y plausible respuesta quiero que seas otro yo en el imperio danés. Venid, señora. La sincera y fiel condescendencia de Hamlet ha llenado de alegría mi corazón. En aplauso de este acontecimiento no celebrará hoy Dinamarca festivos brindis, sin que lo anuncie á las nubes el cañón robusto, y el cielo retumbe muchas veces á las aclamaciones del rey, repitiendo el trueno de la tierra. Venid.

ESCENA V
HAMLET

¡Oh, si esta demasiado sólida masa de carne pudiera ablandarse y liquidarse disuelta en lluvia de lágrimas, ó el Todopoderoso no asestara el cañón contra el homicida de sí mismo! ¡Oh Dios! ¡oh Dios mío! ¡Cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos, insípidos y vanos los placeres del mundo! Nada, nada quiero de él: es un campo inculto y rudo, que sólo abunda en frutos groseros y amargos. ¡Que esto haya llegado á suceder á los dos meses que él ha muerto!... No, ni tanto; aun no há dos meses. Aquel excelente rey que fué, comparado con éste, como con un sátiro, Hiperión; tan amante de mi madre, que ni á los aires celestes permitía llegar atrevidos á su rostro. ¡Oh cielo y tierra!... ¿para qué conservo la memoria? Ella, que se le mostraba tan amorosa como si en la posesión hubieran crecido sus deseos. Y no obstante, en un mes... ¡ah! no quisiera pensar en esto. ¡Fragilidad, tú tienes nombre de mujer! En el corto espacio de un mes, y aun antes de romper los zapatos con que, semejante á Niobe, bañada en lágrimas, acompañó el cuerpo de mi triste padre... sí, ella, ella misma... ¡Cielos! una fiera, incapaz de razón y discurso, hubiera mostrado aflicción más durable. Se ha casado, en fin, con mi tío, hermano de mi padre; pero no más parecido á él, que yo lo soy á Hércules. En un mes... enrojecidos aún los ojos con el pérfido llanto, se casó. ¡Ah delincuente precipitación, ir á ocupar con tal diligencia un lecho incestuoso! Ni esto es bueno, ni puede producir bien. Pero hazte pedazos, corazón mío, que mi lengua debe reprimirse.

ESCENA VI
HAMLET, HORACIO, BERNARDO, MARCELO

Horacio.—Buenos días, señor.

Hamlet.—Me alegro de verte bueno... ¿Es Horacio, ó me he olvidado de mí propio?

Horacio.—El mismo soy, y siempre vuestro humilde criado.

Hamlet.—Mi buen amigo, yo quiero trocar contigo ese título que te das. ¿A qué has venido de Witemberga?... ¡Ah, Marcelo!

Marcelo.—Señor.

Hamlet.—Mucho me alegro de verte con salud también. Pero, la verdad, ¿a qué has venido de Witemberga?

Horacio.—Señor... deseos de holgarme.

Hamlet.—No quiera oir de boca de tu enemigo otro tanto; ni podrás forzar mis oídos á que admitan una disculpa que te ofende. Yo sé que no eres desaplicado. Pero dime, ¿qué asuntos tienes en Elsingor? Aquí te enseñaremos á ser gran bebedor antes que te vuelvas.

Horacio.—He venido á ver los funerales de vuestro padre.

Hamlet.—No se burle de mí, por Dios, señor condiscípulo. Yo creo que habrás venido á las bodas de mi madre.

Horacio.—Es verdad: ¡como se han celebrado inmediatamente!

Hamlet.—Economía, Horacio, economía. Aun no se habían enfriado los manjares cocidos para el convite del duelo, cuando se sirvieron en las mesas de la boda... ¡Oh! yo quisiera haberme hallado en el cielo con mi mayor enemigo, antes que haber visto aquel día. ¡Mi padre!... me parece que veo á mi padre.

Horacio.—¿En dónde, señor?

Hamlet.—Con los ojos del alma, Horacio.

Horacio.—Alguna vez le ví. Era un buen rey.

Hamlet.—Era un hombre tan cabal en todo, que no espero hallar otro semejante.

Horacio.—Señor, yo creo que le ví anoche.

Hamlet.—¿Le viste? ¿A quién?

Horacio.—Al rey vuestro padre.

Hamlet.—¿Al rey mi padre?

Horacio.—Prestadme oído atento, suspendiendo un rato vuestra admiración, mientras os refiero este caso maravilloso, apoyado con el testimonio de estos caballeros.

Hamlet.—Sí, por Dios, dímelo.

Horacio.—Estos dos señores, Marcelo y Bernardo, le habían visto dos veces hallándose de guardia, como á la mitad de la profunda noche. Una figura semejante á vuestro padre, armado según él solía de piés a cabeza, se les puso delante, caminando grave, tardo y majestuoso por donde ellos estaban. Tres veces pasó de esta manera ante sus ojos, que oprimía el pavor, acercándose hasta donde ellos podían alcanzar con sus lanzas; pero débiles y casi helados con el miedo, permanecieron mudos sin osar hablarle. Diéronme parte de este secreto horrible; voime a la guardia con ellos la tercera noche, y allí encontré ser cierto cuanto me habían dicho, así en la hora como en la forma y circunstancias de aquella aparición. La sombra volvió en efecto. Yo conocí á vuestro padre, y es tan parecido á él, como lo son entre sí estas dos manos mías.

Hamlet.—¿Y en dónde fué eso?

Marcelo.—En la muralla de palacio, donde estábamos de centinela.

Hamlet.—¿Y no le hablasteis?

Horacio.—Sí, señor, yo le hablé; pero no me dió respuesta alguna. No obstante, una vez me parece que alzó la cabeza haciendo con ella un movimiento, como si fuese a hablarme; pero al mismo tiempo se oyó la aguda voz del gallo matutino, y al sonido huyó con presta fuga desapareciendo de nuestra vista.

Hamlet.—¡Es cosa bien admirable!

Horacio.—Y tan cierta como mi existencia. Nosotros hemos creído que era obligación nuestra avisaros de ello, mi venerable príncipe.

Hamlet.—Sí, amigos, sí... pero esto no me llena de turbación. ¿Estáis de centinela esta noche?

Todos.—Sí, señor.

Hamlet.—¿Decís que iba armado?

Todos.—Sí, señor, armado.

Hamlet.—¿De la frente al pie?

Todos.—Sí, señor, de pies á cabeza.

Hamlet.—Luego no le visteis el rostro.

Horacio.—Le vimos, porque traía la visera alzada.

Hamlet.—Y qué, ¿parecía que estaba irritado?

Horacio.—Más anunciaba su semblante el dolor, que la ira.

Hamlet.—¿Pálido, ó encendido?

Horacio.—No, muy pálido.

Hamlet.—¿Y fijaba la vista en vosotros?

Horacio.—Constantemente.

Hamlet.—Yo hubiera querido hallarme allí.

Horacio.—Mucho pavor os hubiera causado.

Hamlet.—Sí, es verdad, sí... ¿Y permaneció mucho tiempo?

Horacio.—El que puede emplearse en contar desde uno hasta ciento con moderada diligencia.

Marcelo.—Más, más estuvo.

Horacio.—Cuando yo le ví, no.

Hamlet.—La barba blanca, ¿eh?

Horacio.—Sí, señor, como yo se la había visto, cuando vivía, de un color ceniciento.

Hamlet.—Quiero ir esta noche con vosotros al puesto, por si acaso vuelve.

Horacio.—¡Oh! sí volverá, yo os lo aseguro.

Hamlet.—Si él se me presenta en la figura de mi noble padre, yo le hablaré, aunque el infierno mismo abriendo sus entrañas, me impusiera silencio. Yo os pido á todos, que así como hasta ahora habéis callado a los demás lo que visteis, de hoy en adelante lo ocultéis con el mayor sigilo; y sea cual fuere el suceso de esta noche, fiadlo al pensamiento, pero no a la lengua; yo sabré remunerar vuestro celo. Dios os guarde, amigos. Entre once y doce iré á buscaros á la muralla.

Todos.—Nuestra obligación es serviros.

Hamlet.—Sí, conservadme vuestro amor, y estad seguros del mío. Adiós. (Vanse los tres.) El espíritu de mi padre... con armas... no es esto bueno. Recelo alguna maldad. ¡Oh, si la noche hubiese ya llegado! Esperémosla tranquilamente, alma mía. Las malas acciones, aunque toda la tierra las oculte, se descubren al fin á la vista humana.

ESCENA VII
Sala de casa de Polonio
LAERTES, OFELIA

Laertes.—Ya tengo todo mi equipaje á bordo. Adiós, hermana, y cuando los vientos sean favorables y seguro el paso del mar, no te descuides en darme nuevas de ti.

Ofelia.—¿Puedes dudarlo?

Laertes.—Por lo que hace al frívolo obsequio de Hamlet, debes considerarle como una mera cortesanía, un hervor de la sangre, una violeta que en la primavera juvenil de la naturaleza se adelanta á vivir, y no permanece; hermosa, no durable; perfume de un momento, y nada más.

Ofelia.—¿Nada más?

Laertes.—Pienso que no; porque no sólo en nuestra juventud se aumentan las fuerzas y tamaño del cuerpo, sino que las facultades interiores del talento y del alma crecen también con el templo en que ella reside. Puede ser que él te ame ahora con sinceridad, sin que manche borrón alguno la pureza de su intención; pero debes temer al considerar su grandeza, que no tiene voluntad propia, y que vive sujeto á obrar según á su nacimiento corresponde. El no puede, como una persona vulgar, elegir por sí mismo, puesto que de su elección depende la salud y la prosperidad de todo un reino; y ve aquí por qué esta elección debe arreglarse a la condescendencia unánime de aquel cuerpo de quien es cabeza. Así pues, cuando él diga que te ama, será prudencia en ti no darle crédito, reflexionando que en el alto lugar que ocupa, nada puede cumplir de lo que promete, sino aquello que obtenga el consentimiento de la parte más principal de Dinamarca. Considera cuál pérdida padecería tu honor, si con demasiada credulidad dieras oídos á su voz lisonjera, perdiendo la libertad del corazón, ó facilitando á sus instancias impetuosas el tesoro de tu honestidad. Teme, Ofelia; teme, querida hermana; no sigas inconsiderada tu inclinación; huye el peligro, colocándote fuera de tiro de los amorosos deseos. La doncella más honesta es libre en exceso, si descubre su belleza al rayo de la luna. La virtud misma no puede librarse de los golpes de la calumnia. Muchas veces el insecto roe las flores hijas del verano, aun antes que su botón se rompa; y al tiempo que la aurora matutina de la juventud esparce su blando rocío, los vientos mortíferos son más frecuentes. Conviene pues no omitir precaución alguna, pues la mayor seguridad estriba en el temor prudente. La juventud, aun cuando nadie la combata, halla en sí misma su propio enemigo.

Ofelia.—Yo conservaré para defensa de mi corazón tus saludables máximas. Pero, mi buen hermano, mira no hagas tú lo que algunos rígidos pastores hacen, mostrando áspero y espinoso el camino del cielo, mientras como impíos y abandonados disolutos pisan ellos la senda florida de los placeres, sin cuidarse de practicar su propia doctrina.

Laertes.—¡Oh! no lo receles. Yo me detengo demasiado; pero allí viene mi padre: pues la ocasión es favorable, me despediré de él otra vez. Su bendición repetida será un nuevo consuelo para mí.

ESCENA VIII
POLONIO, LAERTES, OFELIA

Polonio.—¿Aún estás aquí? ¡Qué mala vergüenza! A bordo, á bordo; el viento impele ya por la popa tus velas, y á ti solo aguardan. Recibe mi bendición, y procura imprimir en la memoria estos pocos preceptos: No publiques con facilidad lo que pienses, ni ejecutes cosa no bien premeditada primero. Debes ser afable, pero no vulgar en el trato. Une á tu alma con vínculos de acero aquellos amigos que adoptaste después de examinada su conducta; pero no acaricies con mano pródiga á los que acaban de salir del cascarón y aún están sin plumas. Huye siempre de mezclarte en disputas; pero una vez metido en ellas, obra de manera que tu contrario huya de ti. Presta el oído á todos, y á pocos la voz. Oye las censuras de los demás; pero reserva tu propia opinión. Sea tu vestido tan costoso cuanto tus facultades lo permitan, pero no afectado en su hechura; rico, no extravagante; porque el traje dice por lo común quién es el sujeto, y los caballeros y principales señores franceses tienen el gusto muy delicado en esta materia. Procura no dar ni pedir prestado á nadie; porque el que presta suele perder á un tiempo el dinero y el amigo, y el que se acostumbra á pedir prestado falta al espíritu de economía y buen orden que nos es tan útil. Pero sobre todo, usa de ingenuidad contigo mismo, y no podrás ser falso con los demás: consecuencia tan necesaria como que la noche suceda al día. Adiós, y él permita que mi bendición haga fructificar en ti esos consejos.

Laertes.—Humildemente os pido vuestra licencia.

(Se arrodilla y besa la mano á Polonio.)

Polonio.—Sí, el tiempo te está convidando, y tus criados esperan; véte.

Laertes.—Adiós, Ofelia (abrazándose Ofelia y Laertes) y acuérdate bien de lo que te he dicho.

Ofelia.—En mi memoria queda guardado, y tú mismo tendrás la llave.

Laertes.—Adiós.

ESCENA IX
POLONIO, OFELIA

Polonio.—¿Y qué es lo que te ha dicho, Ofelia?

Ofelia.—Si gustáis de saberlo, cosas relativas al príncipe Hamlet.

Polonio.—Bien pensado, en verdad. Me han dicho que de poco tiempo á esta parte te ha visitado varias veces privadamente, y que tú le has admitido con mucha complacencia y libertad. Si esto es así (como me lo han asegurado, á fin de que prevenga el riesgo), debo advertirte que no te has portado con aquella delicadeza que corresponde á una hija mía y á tu propio honor. ¿Qué es lo que ha pasado entre los dos? Dime la verdad.

Ofelia.—Ultimamente me ha declarado con mucha ternura su amor.

Polonio.—¡Amor! ¡ah! Tú hablas como una muchacha loquilla y sin experiencia en circunstancias tan peligrosas. ¡Ternura la llamas! ¿Y tú das crédito á esa ternura?

Ofelia.—Yo, señor, ignoro lo que debo creer.

Polonio.—En efecto es así, y yo quiero enseñártelo. Piensa bien, que eres una niña, que has recibido por verdadera paga esas ternuras que no son moneda corriente. Estímate en más á ti propia; pues si te aprecias en menos de lo que vales (por seguir la comenzada alusión), harás que pierda el entendimiento.

Ofelia.—El me ha requerido de amores, es verdad; pero siempre con una apariencia honesta, que...

Polonio.—Sí, por cierto; apariencia puedes llamarla. ¿Y bien? Prosigue.

Ofelia.—Y autorizó cuanto me decía con los más sagrados juramentos.

Polonio.—Sí, ésas son redes para coger codornices. Yo sé muy bien, cuando la sangre hierve, con cuánta prodigalidad presta el alma juramentos á la lengua; pero son relámpagos, hija mía, que dan más luz que calor: éstos y aquéllos se apagan pronto, y no debes tomarlos por fuego verdadero, ni aun en el instante mismo en que parece que sus promesas van á efectuarse. De hoy en adelante cuida de ser más avara de tu presencia virginal; pon tu conversación á precio más alto, y no á la primera insinuación admitas coloquios. Por lo que toca al príncipe, debes creer de él solamente que es un joven, y que si una vez afloja las riendas, pasará más allá de lo que tú le puedes permitir. En suma, Ofelia, no creas sus palabras, que son fementidas, ni es verdadero el color que aparenta; son intercesoras de profanos deseos; y si parecen sagrados y piadosos votos, es sólo para engañar mejor. Por último, te digo claramente, que de hoy más no quiero que pierdas los momentos ociosos en hablar ni mantener conversación con el príncipe. Cuidado con hacerlo así; yo te lo mando. Vete á tu aposento.

Ofelia.—Así lo haré, señor.

ESCENA X
Explanada delante del palacio. Noche obscura
HAMLET, HORACIO, MARCELO

Hamlet.—El aire es frío y sutil en demasía.

Horacio.—En efecto, es agudo y penetrante.

Hamlet.—¿Qué hora es ya?

Horacio.—Me parece que aun no son las doce.

Marcelo.—No, ya han dado.

Horacio.—No las he oído. Pues en tal caso ya está cerca el tiempo en que el muerto suele pasearse. Pero ¿qué significa este ruido, señor?

(Suena á lo lejos música de clarines y timbales.)

Hamlet.—Esta noche se huelga el rey, pasándola desvelado en un banquete con gran vocería y traspiés de embriaguez; y a cada copa del Rhin que bebe, los timbales y trompetas anuncian con estrépito sus victoriosos brindis.

Horacio.—¿Se acostumbra eso aquí?

Hamlet.—Sí se acostumbra; pero aunque he nacido en este país y estoy hecho á sus estilos, me parece que sería más decoroso quebrantar esta costumbre que seguirla. Un exceso tal, que embrutece el entendimiento, nos infama á los ojos de las otras naciones desde oriente á occidente. Nos llaman ebrios; manchan nuestro nombre con este dictado afrentoso, y en verdad que él solo, por más que poseamos en alto grado otras buenas cualidades, basta á empañar el lustre de nuestra reputación. Así acontece frecuentemente a los hombres. Cualquier defecto natural en ellos, sea de nacimiento, del cual no son culpables (puesto que nadie puede escoger su origen), sea cualquier desorden ocurrido en su temperamento, que muchas veces rompe los límites y reparos de la razón, ó sea cualquier hábito que se aparta demasiado de las costumbres recibidas, llevando estos hombres consigo el signo de un solo defecto que imprimió en ellos la naturaleza ó el acaso, aunque sus virtudes fuesen tantas cuantas es concedido á un mortal, y tan puras como la bondad celeste, serán, no obstante, amancilladas en el concepto público por aquel único vicio que las acompaña; un solo adarme de mezcla quita el valor al más precioso metal, y le envilece.

Horacio.—¿Veis, señor? ya viene.

(Aparécese la sombra del rey Hamlet hacia el fondo del teatro. Hamlet al verla se retira lleno de horror, y después se encamina hacia ella.)

Hamlet.—¡Angeles, y ministros de piedad, defendednos! Ya seas alma dichosa ó condenada visión, traigas contigo aura celestial ó ardores del infierno, sea malvada ó benéfica intención la tuya, en tal forma te me presentas, que es necesario que yo te hable. Sí, te he de hablar... Hamlet, mi rey, mi padre, soberano de Dinamarca... ¡Oh! respóndeme, no me atormentes con la duda. Dime, ¿por qué tus venerables huesos, ya sepultados, han roto su vestidura fúnebre? ¿Por qué el sepulcro, donde te dimos urna pacífica te ha echado de sí, abriendo sus senos que cerraban pesados mármoles? ¿Cuál puede ser la causa de que tu difunto cuerpo, del todo armado, vuelva otra vez á ver los rayos pálidos de la luna, añadiendo á la noche horror? ¿y que nosotros, ignorantes y débiles por naturaleza, padezcamos agitación espantosa con ideas que exceden á los alcances de nuestra razón? Dí, ¿por qué es esto? ¿por qué? ó ¿qué debemos hacer nosotros?

Horacio.—Os hace señas de que le sigáis, como si deseara comunicaros algo á solas.

Marcelo.—Ved con qué expresivo ademán os indica que le acompañéis á lugar más remoto; pero no hay que ir con él.

Horacio.—No, por ningún motivo.

Hamlet.—Si no quiere hablar, habré de seguirle.

Horacio.—No hagáis tal, señor.

Hamlet.—¿Y por qué no? ¿Qué temores debo tener? Yo no estimo la vida en nada, y á mi alma ¿qué puede él hacerle, siendo como él mismo cosa inmortal?... Otra vez me llama... Voile a seguir.

Horacio.—Pero, señor, si os arrebata al mar o á la espantosa cima de ese monte, levantado sobre los peñascos que baten las ondas, y allí tomase alguna otra forma horrible, capaz de impediros el uso de razón, y enajenarla con frenesí... ¡Ay! ved lo que hacéis. El lugar solo inspira ideas melancólicas á cualquiera que mire la enorme distancia desde aquella cumbre al mar, y sienta en la profundidad su bramido ronco.

Hamlet.—Todavía me llama... Camina. Ya te sigo.

(La sombra hará los movimientos que indica el diálogo. Horacio y Marcelo quieren detener á Hamlet, y él los aparta con violencia, y la sigue.)

Marcelo.—No, señor, no iréis.

Hamlet.—Dejadme.

Horacio.—Creedme, no le sigáis.

Hamlet.—Mis hados me conducen y prestan á la menor fibra de mi cuerpo la nerviosa robustez del león de Nemea. Aun me llama... Señores, apartad esas manos... por Dios... ó quedará muerto á las mías el que me detenga... Otra vez te digo que andes, que voy á seguirte.

ESCENA XI
HORACIO, MARCELO

Horacio.—Su exaltada imaginación le arrebata.

Marcelo.—Sigámosle, que en esto no debemos obedecerle.

Horacio.—Sí, vamos detrás de él... ¿Cuál será el fin de este suceso?

Marcelo.—Algún grave mal se oculta en Dinamarca.

Horacio.—Los cielos dirigirán el éxito.

Marcelo.—Vamos, sigámosle.

ESCENA XII
Parte remota cercana al mar vista á lo lejos del palacio de Elsingor
HAMLET, la sombra del rey HAMLET

Hamlet.—¿A dónde me quieres llevar? Habla, yo no paso de aquí.

La sombra.—Mírame.

Hamlet.—Ya te miro.

La sombra.—Cuasi es ya llegada la hora en que debo restituirme á las sulfúreas y atormentadoras llamas.

Hamlet.—¡Oh, alma infeliz!

La sombra.—No me compadezcas: presta sólo atentos oídos á lo que voy á revelarte.

Hamlet.—Habla, yo te prometo atención.

La sombra.—Luego que me oigas, prometerás venganza.

Hamlet.—¿Por qué?

La sombra.—Yo soy el alma de tu padre, destinada por cierto tiempo á vagar de noche, y aprisionada en fuego durante el día, hasta que sus llamas purifiquen las culpas que cometí en el mundo. ¡Oh! si no me fuera vedado manifestar los secretos de la prisión que habito, pudiera decirte cosas que la menor de ellas bastaría á despedazar tu corazón; helar tu sangre joven; tus ojos, inflamados como estrellas, saltar de sus órbitas; tus anudados cabellos separarse, erizándose como las púas del colérico espín. Pero estos eternos misterios no son para los oídos humanos. Atiende, ¡ay! atiende. Si tuviste amor á tu tierno padre...

Hamlet.—¡Oh Dios!

La sombra.—Venga su muerte; venga un homicidio cruel y atroz.

Hamlet.—¿Homicidio?

La sombra.—Sí, homicidio cruel, como todos lo son; pero el más cruel y el más injusto y el más aleve.

Hamlet.—Refiéremelo presto, para que con alas veloces como la fantasía, o con la prontitud de los pensamientos amorosos, me precipite á la venganza.

La sombra.—Ya veo cuán dispuesto te hallas, y aunque tan insensible fueras como las malezas que se pudren incultas en las orillas del Leteo, no dejaría de conmoverte lo que voy á decir. Escúchame ahora, Hamlet. Esparcióse la voz de que estando en mi jardín dormido me mordió una serpiente. Todos los oídos de Dinamarca fueron groseramente engañados con esta fabulosa invención; pero tú debes saber, mancebo generoso, que la serpiente que mordió á tu padre hoy ciñe su corona.

Hamlet.—¡Oh! Présago me lo decía el corazón. ¡Mi tío!...

La sombra.—Sí, aquel incestuoso, aquel monstruo adúltero, valiéndose de su talento diabólico, valiéndose de traidores dádivas... (¡Oh, talento y dádivas malditas, que tal poder tenéis para seducir!) supo inclinar á su deshonesto apetito la voluntad de la reina mi esposa, que yo creía tan llena de virtud. ¡Oh, Hamlet, cuan grande fué su caída! Yo, cuyo amor para con ella fué tan puro... yo, siempre tan fiel á los solemnes juramentos que en nuestro desposorio le hice, yo fuí aborrecido, y se rindió a aquel miserable, cuyas prendas eran en verdad harto inferiores á las mías. Pero así como la virtud será incorruptible aunque la disolución procure excitarla bajo divina forma, así la incontinencia, aunque viviese unida á un ángel radiante, profanará con oprobio su tálamo celeste... Pero ya me parece que percibo el ambiente de la mañana. Debo ser breve. Dormía yo una tarde en mi jardín, según lo acostumbraba siempre. Tu tío me sorprende en aquella hora de quietud, y trayendo consigo una ampolla de licor venenoso, derrama en mi oído su ponzoñosa destilación, la cual de tal manera es contraria á la sangre del hombre, que semejante en la sutileza al mercurio, se dilata por todas las entradas y conductos del cuerpo, y con súbita fuerza le ocupa, cuajando la más pura y robusta sangre como la leche con las gotas ácidas. Este efecto produjo inmediatamente en mí, y el cutis hinchado, comenzó á despegarse á trechos con una especie de lepra en ásperas y asquerosas costras. Así fué, que estando durmiendo perdí á manos de mi hermano mismo mi corona, mi esposa y mi vida á un tiempo. Perdí la vida cuando mi pecado estaba en todo su vigor, sin hallarme dispuesto para aquel trance, sin haber recibido el pan eucarístico, sin haber sonado el clamor de la agonía, sin lugar al reconocimiento de tanta culpa, presentado al tribunal eterno con todas mis imperfecciones sobre mi cabeza. ¡Oh, maldad horrible, horrible!... Si oyes la voz de la naturaleza, no sufras, no, que el tálamo real de Dinamarca sea el lecho de la lujuria y abominable incesto. Pero de cualquier modo que dirijas la acción, no manches con delito el alma, previniendo ofensas á tu madre. Abandona este cuidado al cielo; deja que aquellas agudas puntas, que tiene fijas en su pecho, la hieran y atormenten. Adiós. Ya la luciérnaga, amortiguando su aparente fuego, nos anuncia la proximidad del día. Adiós, adiós. Acuérdate de mí.

ESCENA XIII
HAMLET, y después HORACIO y MARCELO

Hamlet.—¡Oh vosotros, ejércitos celestiales! ¡oh tierra!... ¿y quién más? ¿invocaré al infierno también?... ¡Eh! no... Deténte, corazón mío, deténte; y vos, mis nervios, no así os debilitéis en un momento, sostenedme robustos... ¡Acordarme de ti! Sí, alma infeliz, mientras haya memoria en este agitado mundo. ¡Acordarme de ti! Sí, yo me acordaré y yo borraré de mi fantasía todos los recuerdos frívolos, las sentencias de los libros, las ideas é impresiones de lo pasado que la juventud y la observación estamparon en ella. Tu precepto solo, sin mezcla de otra cosa menos digna, vivirá escrito en el volumen de mi entendimiento. Sí, por los cielos te lo juro... ¡Oh, mujer la más delincuente! ¡Oh, malvado, malvado! ¡halagüeño y execrable malvado! Conviene que yo apunte en este libro... (Saca un libro de memorias y escribe en él.) Sí... que un hombre puede halagar y sonreirse, y ser un malvado: á lo menos estoy seguro de que en Dinamarca hay un hombre así, y éste es mi tío... Sí, tú eres... ¡ Ah! pero la expresión que debo conservar es ésta: «Adiós, adiós, acuérdate de mí». Yo he jurado acordarme.

Horacio (gritando desde adentro).—¡Señor! ¡señor!

Marcelo (gritando desde adentro).—¡Hamlet!

Horacio.—Los cielos le asistan.

Hamlet.—¡Oh! háganlo así.

Marcelo.—¡Hola! ¡eh! señor.

Hamlet.—¡Hola amigos, ¡eh! venid, venid acá

(Salen Horacio y Marcelo.)

Marcelo.—¿Qué ha sucedido?

Horacio.—¿Qué noticias nos dais?

Hamlet.—¡Oh! maravillosas.

Horacio.—Mi amado señor, decidlas.

Hamlet.—No, que lo revelaréis.

Horacio.—No, yo os prometo que no haré tal.

Marcelo.—Ni yo tampoco.

Hamlet.—¿Creéis vosotros que pudiese haber cabido en el corazón humano...? Pero ¿guardaréis secreto?

Los dos.—Sí, señor, yo os lo juro.

Hamlet.—No existe en toda Dinamarca un infame... que no sea un gran malvado.

Horacio.—Pero no era necesario, señor, que un muerto saliera del sepulcro á persuadirnos esa verdad.

Hamlet.—Sí, cierto, tenéis razón; y por eso mismo, sin tratar más del asunto, será bien despedirnos y separarnos; vosotros adonde vuestros negocios ó vuestra inclinación os lleven... que todos tienen sus inclinaciones y negocios, sean los que sean; y yo, ya lo sabéis, á mi triste ejercicio, á rezar.

Horacio.—Todas esas palabras, señor, carecen de sentido y orden.

Hamlet.—Mucho me pesa de haberos ofendido con ellas; sí, por cierto, me pesa en el alma.

Horacio.—¡Oh! señor, no hay ofensa ninguna.

Hamlet.—Sí, por san Patricio que sí la hay, y muy grande, Horacio... En cuanto á la aparición... es un difunto venerable... sí, yo os lo aseguro... Pero reprimid cuanto os fuese posible el deseo de saber lo que ha pasado entre él y yo. ¡Ah, mis buenos amigos! yo os pido, pues sois mis amigos y mis compañeros en el estudio y en las armas, que me concedáis una corta merced.

Horacio.—Con mucho gusto, señor; decid cuál sea.

Hamlet.—Que nunca revelaréis á nadie lo que habéis visto esta noche.

Los dos.—A nadie lo diremos.

Hamlet.—Pero es menester que lo juréis.

Horacio.—Os doy mi palabra de no decirlo.

Marcelo.—Yo os prometo lo mismo.

Hamlet.—Sobre mi espada.

Marcelo.—Ved que ya lo hemos prometido.

Hamlet.—Sí, sí, sobre mi espada.

La sombra.—Juradlo.

(Se oirá la voz de la sombra, que suena á varias distancias debajo de tierra. Hamlet y los demás, horrorizados, mudan de situación, según lo indica el diálogo.)

Hamlet.—¡Ah! ¿eso dices?... ¿Estás ahí, hombre de bien?... Vamos, ya le oís hablar en lo profundo. ¿Queréis jurar?

Horacio.—Proponed la fórmula.

Hamlet.—Que nunca diréis lo que habéis visto. Juradlo por mi espada.

La sombra.—Juradlo.

Hamlet.—¿Hic et ubique? Mudaremos de lugar. Señores, acercaos aquí; poned otra vez las manos en mi espada, y jurad por ella que nunca diréis nada de esto que habéis oído y visto.

La sombra.—Juradlo por su espada.

Hamlet.—Bien has dicho, topo viejo, bien has dicho... Pero ¿cómo puedes taladrar con tal prontitud los senos de la tierra, diestro minador? Mudemos otra vez de puesto, amigos.

Horacio.—¡Oh! Dios de la luz y de las tinieblas, ¡qué extraño prodigio es este!

Hamlet.—Por eso como á un extraño debéis hospedarle y tenerle oculto. Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofía. Pero venid acá, y, como antes dije, prometedme (así el cielo os haga felices) que por más singular y extraordinaria que sea de hoy más mi conducta (puesto que acaso juzgaré á propósito afectar un proceder del todo extravagante), nunca vosotros al verme así daréis nada á entender, cruzando los brazos de esta manera, ó haciendo con la cabeza este movimiento, ó con frases equívocas como: sí, sí, nosotros sabemos; nosotros pudiéramos si quisiéramos... si gustáramos de hablar; hay tanto que decir en eso; pudiera ser que... ó en fin, cualquiera otra expresión ambigua, semejante á estas, por donde se infiera que vosotros sabéis algo de mí. Juradlo: así en vuestras necesidades os asista el favor de Dios. Juradlo.

La sombra.—Jurad.

Hamlet.—Descansa, descansa, agitado espíritu. Señores, yo me recomiendo a vosotros con la mayor instancia, y creed que por más infeliz que Hamlet se halle, Dios querrá que no le falten medios para manifestaros la estimación y amistad que os profesa. Vámonos. Poned el dedo en la boca, yo os lo ruego... La naturaleza está en desorden... ¡Iniquidad execrable! ¡Oh! ¡nunca yo hubiera nacido para castigarla! Venid, vámonos juntos.

ACTO II

ESCENA PRIMERA
Sala en casa de Polonio
POLONIO, REINALDO

Polonio.—Reinaldo, entrégale este dinero y estas cartas.

(Le da un bolsillo y unas cartas.)

Reinaldo.—Así lo haré, señor.

Polonio.—Sería un admirable golpe de prudencia, que antes de verle te informaras de su conducta.

Reinaldo.—En eso mismo estaba yo.

Polonio.—Sí, es muy buena idea, muy buena. Mira, lo primero has de averiguar qué dinamarqueses hay en París, y cómo, en qué términos, con quién y dónde están, á quién tratan, qué gastos tienen; y sabiendo por estos rodeos y preguntas indirectas que conocen á mi hijo, entonces ve en derechura á tu objeto, encaminando á él en particular tus indagaciones. Haz como si le conocieras de lejos, diciendo: sí, conozco á su padre, y á algunos amigos suyos, y aun á él un poco... ¿Lo has entendido?

Reinaldo.—Sí, señor, muy bien.

Polonio.—Sí, le conozco un poco; pero... (has de añadir entonces) pero no le he tratado. Si es el que yo creo, á fe que es bien calavera; inclinado á tal ó tal vicio... y luego dirás de él cuanto quieras fingir; digo, pero que no sean cosas tan fuertes que puedan deshonrarle. Cuidado con eso. Habla sólo de aquellas travesuras, aquellas locuras y extravíos comunes á todos que ya se reconocen por compañeros inseparables de la juventud y la libertad.

Reinaldo.—Como el jugar, ¿eh?

Polonio.—Sí, el jugar, beber, esgrimir, jurar, disputar, putear... Hasta esto bien puedes alargarte.

Reinaldo.—Y aun con eso hay harto para quitarle el honor.

Polonio.—No por cierto; además, que todo depende del modo que le acuses. No debes achacarle delitos escandalosos, ni pintarle como un joven abandonado enteramente a la disolución; no, no es ésa mi idea. Has de insinuar sus defectos con tal arte, que parezcan nulidades producidas de falta de sujeción, y no otra cosa, extravíos de una imaginación ardiente, ímpetus nacidos de la efervescencia general de la sangre.

Reinaldo.—Pero, señor...

Polonio.—¡Ah! tú querrás saber con qué fin debes hacer esto, ¿eh?

Reinaldo.—Gustaría de saberlo.

Polonio.—Pues, señor, mi fin es éste, y creo que es proceder con mucha cordura. Cargando estas pequeñas faltas sobre mi hijo (como ligeras manchas de una obra preciosa), ganarás por medio de la conversación la confianza de aquél a quien pretendas examinar. Si él está persuadido de que el muchacho tiene los mencionados vicios que tú le imputas, no dudes que él convenga con tu opinión, diciendo: señor mío, ó amigo, ó caballero, en fin, según el título ó dictado de la persona ó del país...

Reinaldo.—Sí, ya estoy.

Polonio.—Pues entonces él dice... dice... ¿Qué iba yo a decir ahora...? Algo iba yo a decir. ¿En qué estábamos?

Reinaldo.—En que él concluirá diciendo al amigo ó al caballero...

Polonio.—Sí, concluirá diciendo... es verdad... así te dirá precisamente: Es verdad, yo conozco á ese mozo, ayer le ví, ó cualquier otro día, ó en tal y tal ocasión, con éste ó con aquel sujeto; y allí, como habéis dicho, le ví que jugaba, allá le encontré en una comilona, acullá en una quimera sobre el juego de pelota, y... (puede ser que añada) le he visto entrar en una casa pública, videlicet, en un burdel, ó cosa tal. ¿Lo entiendes ahora? Con el anzuelo de la mentira pescarás la verdad, que así es como nosotros los que tenemos talento y prudencia solemos conseguir por indirectas el fin directo, usando de artificios y disimulación. Así lo harás con mi hijo, según la instrucción y advertencias que acabo de darte. ¿Me has entendido?

Reinaldo.—Sí, señor, quedo enterado.

Polonio.—Pues adiós, buen viaje.

Reinaldo.—Señor...

Polonio.—Examina por ti mismo sus inclinaciones.

Reinaldo.—Así lo haré.

Polonio.—Dejándole que obre libremente.

Reinaldo.—Está bien, señor.

Polonio.—Adiós.

ESCENA II
POLONIO, OFELIA

Polonio.—Y bien, Ofelia, ¿qué hay de nuevo?

Ofelia.—¡Ay, señor, que he tenido un susto muy grande!

Polonio.—¿Con qué motivo? Por Dios que me lo digas.

Ofelia.—Yo estaba haciendo labor en mi cuarto, cuando el príncipe Hamlet, la ropa desceñida, sin sombrero en la cabeza, sucias las medias, sin atar, caídas hasta los pies, pálido como su camisa, las piernas trémulas, el semblante triste como si hubiera salido del infierno para anunciar horror... se presenta delante de mí.

Polonio.—Loco, sin duda por tus amores, ¿eh?

Ofelia.—Yo, señor, no lo sé; pero en verdad lo temo.

Polonio.—¿Y qué te dijo?

Ofelia.—Me asió una mano y me la apretó fuertemente. Apartóse después á la distancia de su brazo, y poniendo así la otra mano sobre su frente, fijó la vista en mi rostro recorriéndole con atención, como si hubiera de retratarle. De este modo permaneció largo rato, hasta que por último sacudiéndome ligeramente el brazo, y moviendo tres veces la cabeza abajo y arriba, exhaló un suspiro tan profundo y triste, que pareció deshacérsele en pedazos el cuerpo y dar fin á su vida. Hecho esto, me dejó, y levantada la cabeza comenzó á andar, sin valerse de los ojos para hallar el camino; salió de la puerta sin verla, y al pasar por ella fijó la vista en mí.

Polonio.—Ven, conmigo; quiero ver al rey. Ese es un verdadero éxtasis de amor, que siempre fatal á sí mismo en un exceso violento, inclina la voluntad á empresas temerarias, más que ninguna otra pasión de cuantas debajo del cielo combaten nuestra naturaleza. Mucho siento este accidente. Pero dime, ¿le has tratado con dureza en estos últimos días?

Ofelia.—No, señor: sólo en cumplimiento de lo que mandasteis, le he devuelto sus cartas, y me he negado á sus visitas.

Polonio.—Y eso basta para haberle trastornado así. Me pesa no haber juzgado con más acierto de su pasión. Yo temí que era sólo un artificio suyo para perderte... ¡Sospecha indigna! ¡Eh! Tan propio parece de la edad anciana pasar más allá de lo justo en sus conjeturas, como lo es en la juventud la falta de previsión. Vamos á ver al rey. Conviene que lo sepa. Si le callo este amor, sería más grande el sentimiento que pudiera causarte teniéndole oculto, que el disgusto que recibirá al saberlo. Vamos.

ESCENA III
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO, acompañamiento

Claudio.—Bien venido, Guillermo; y tú también, querido Ricardo. Además de lo mucho que se me dilata el veros, la necesidad que tengo de vosotros me ha determinado á solicitar vuestra venida. Algo habéis oído ya de la transformación de Hamlet. Así puedo llamarla, puesto que ni en lo interior ni en lo exterior se parece nada al que antes era; ni llego á imaginar qué otra causa haya podido privarle así de la razón, si ya no es la muerte de su padre. Yo os ruego á entrambos, pues desde la primera infancia os habéis criado con él, y existe entre vosotros aquella intimidad nacida de la igualdad en los años y el genio, que tengáis á bien deteneros en mi corte algunos días. Acaso el trato vuestro restablecerá su alegría; y aprovechando las ocasiones que se presenten, ved cuál sea la ignorada aflicción que así le consume, para que descubriéndola procuremos su alivio.

Gertrudis.—El ha hablado mucho de vosotros, mis buenos señores, y estoy segura de que no se hallarán otros dos sujetos á quienes él profese mayor cariño. Si tanta fuese vuestra bondad, que gustéis de pasar con nosotros algún tiempo para contribuir al logro de mi esperanza, vuestra asistencia será remunerada como corresponde al agradecimiento de un rey.

Ricardo.—VV. MM. tienen soberana autoridad en nosotros, y en vez de rogar deben mandarnos.

Guillermo.—Uno y otro obedeceremos, y postramos á vuestros pies, con el más puro afecto, el celo de serviros que nos anima.

Claudio.—Muchas gracias, cortés Guillermo. Gracias, Ricardo.

Gertrudis.—Os quedo muy agradecida, señores, y os pido que veáis cuanto antes á mi doliente hijo. (A los criados.) Conduzca alguno de vosotros á estos caballeros adonde Hamlet se halle.

Guillermo.—Haga el cielo que nuestra compañía y nuestros conatos puedan serle agradables y útiles.

Gertrudis.—Sí. Amén.

ESCENA IV
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, acompañamiento

Polonio.—Señor: los embajadores enviados a Noruega han vuelto ya en extremo contentos.

Claudio.—Siempre has sido tú padre de buenas nuevas.

Polonio.—¡Oh! sí, ¿no es verdad? Y os puedo asegurar, venerado señor, que mis acciones y mi corazón no tienen otro objeto que el servicio de Dios y el de mi rey; y si ese talento mío no ha perdido enteramente aquel seguro olfato con que supo siempre rastrear asuntos políticos, pienso haber descubierto ya la verdadera causa de la locura del príncipe.

Claudio.—Pues dínosla, que estoy impaciente de saberla.

Polonio.—Será bien que deis primero audiencia á los embajadores: mi informe servirá de postres a este gran festín.

Claudio.—Tú mismo puedes ir á cumplimentarlos é introducirlos. (Vase Polonio.) Dice que ha descubierto, amada Gertrudis, la causa verdadera de la indisposición de tu hijo.

Gertrudis.—¡Ah! yo dudo que él tenga otra mayor que la muerte de su padre y nuestro acelerado casamiento.

Claudio.—Yo sabré examinarle.

ESCENA V
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, VOLTIMAN, CORNELIO, acompañamiento

Claudio.—Bien venidos, amigos. Dí, Voltiman, ¿qué respondió nuestro hermano el rey de Noruega?

Voltiman.—Corresponde con la más sincera amistad á vuestras atenciones y á vuestro ruego. Así que llegamos mandó suspender los armamentos que hacía su sobrino, fingiendo ser preparativos contra el polaco; pero mejor informado después halló ser cierto que se dirigían en ofensa vuestra. Indignado de que abusaran así de la impotencia á que le han reducido su edad y sus males, envió estrechas órdenes á Fortimbrás, que sometiéndose prontamente á las reprensiones del tío, le ha jurado por último que nunca más tomará las armas contra V. M. Satisfecho de este procedimiento el anciano rey, le señala sesenta mil escudos anuales, y le permite emplear contra Polonia las tropas que había levantado. A este fin os ruega concedáis paso libre por vuestros estados al ejército prevenido para tal empresa, bajo las condiciones de recíproca seguridad, expresadas aquí.

(Saca unos papeles y se los da a Claudio.)

Claudio.—Está bien: leeré en tiempo más oportuno sus proposiciones, y reflexionaré lo que debo en este caso responderle. Entre tanto os doy gracias por el feliz desempeño de vuestro encargo. Descansad. A la noche seréis conmigo en el festín. Tendré gusto de veros.

ESCENA VI
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO

Polonio.—Este asunto se ha concluído muy bien. (Claudio hace una seña, y se retira el acompañamiento). Mi soberano, y vos, señora: explicar lo que es la dignidad de un monarca, las obligaciones del vasallo, por qué el día es día, noche la noche, y tiempo el tiempo. Así pues, como quiera que la brevedad es el alma del talento, y que nada hay más enfadoso que los rodeos y perífrasis... seré muy breve. Vuestro noble hijo está loco; y le llamo loco, porque, si en rigor se examina, ¿qué otra cosa es la locura sino estar uno enteramente loco? Pero dejando esto aparte...

Gertrudis.—Al caso, Polonio, al caso, y menos artificios.

Polonio.—Yo os prometo, señora, que no me valgo de artificio alguno; ¡es cierto que él está loco! es cierto que es lástima, y es lástima que sea cierto; pero dejemos á un lado pueril antítesis, que no quiero usar de artificios. Convengamos pues en que está loco, y ahora falta descubrir la causa de este efecto, ó por decir, la causa de este defecto; porque este efecto defectuoso nace de una causa, y así resta considerar lo restante. Yo tengo una hija... la tengo mientras es mía: que en prueba de su respeto y sumisión... notad lo que os digo... me ha entregado esta carta. (Saca una carta y lee en ella los pedazos que indica el diálogo.) Ahora resumid los hechos y sacaréis la consecuencia. «Al ídolo celestial de mi alma, á la sin par Ofelia»... Es una alta frase... una falta de frase sin par... Es una falta de frase, pero oíd lo demás. Estas letras destinadas á que tu blanco y hermoso pecho las guarde: estas...

Gertrudis.—¿Y esa carta se la ha enviado Hamlet?

Polonio.—¡Bueno por cierto! Esperad un poco, seré muy fiel.

Duda que son de fuego las estrellas,
duda si al sol el movimiento falta,
duda lo cierto, admite lo dudoso;
pero no dudes de mi amor las ansias.

Estos versos aumentan mi dolor, querida Ofelia; ni sé tampoco expresar mis penas con arte; pero cree que te amo en extremo, con el mayor extremo posible. Adiós. Tuyo siempre, mi adorada niña, mientras esta máquina exista.—Hamlet.

Mi hija, en fuerza de su obediencia, me ha hecho ver esta carta, y además me ha contado las solicitudes del príncipe, según han ocurrido, con todas las circunstancias del tiempo, el lugar y el modo.

Claudio.—Y ella ¿cómo ha recibido su amor?

Polonio.—¿En qué opinión me tenéis?

Claudio.—En la de un hombre honrado y veraz.

Polonio.—Y me complazco en probaros que lo soy. Pero ¿qué hubierais pensado de mí, si cuando he visto que tomaba vuelo este ardiente amor... porque os puedo asegurar que aun antes que mi hija me hablase, ya lo había yo advertido?... ¿qué hubiera pensado de mí V. M. y la reina que está presente si hubiera tolerado este galanteo? ¿Si haciéndome violencia á mí propio hubiera permanecido silencioso y mudo, mirándolo con indiferencia? ¿Qué hubierais pensado de mí? No, señor, yo he ido en derechura al asunto, y le dije a la niña, ni más ni menos: hija, el señor Hamlet es un príncipe muy superior á tu esfera... Esto no debe pasar adelante. Y después le mandé que se encerrase en su estancia, sin admitir recados ni recibir presentes. Ella ha sabido aprovecharse de mis preceptos, y el príncipe... (para abreviar la historia) al verse desdeñado, comenzó á padecer melancolías, después inapetencia, después vigilias, después debilidad, después aturdimiento, y después (por una graduación natural) la locura que le saca de sí, y que todos nosotros lloramos.

Claudio.—¿Creéis, señora, que esto haya pasado así?

Gertrudis.—Me parece bastante probable.

Polonio.—¿Ha sucedido alguna vez... (tendría gusto de saberlo) que yo haya dicho positivamente: «Esto hay», y que haya resultado lo contrario?

Claudio.—No se me acuerda.

Polonio.—Pues separadme ésta de éste (señalando la cabeza y el cuello) si otra cosa hubiere en el asunto... ¡Ah! por poco que las circunstancias me ayuden, yo descubriré la verdad donde quiera que se oculte, aunque el centro de la tierra la sepultara.

Claudio.—¿Y cómo te parece que pudiéramos hacer nuevas indagaciones?

Polonio.—Bien sabéis que el príncipe suele pasearse algunas veces por esa galería cuatro horas enteras.

Gertrudis.—Es verdad, así suele hacerlo.

Polonio.—Pues cuando él venga, yo haré que mi hija le salga al paso. Vos y yo nos ocultaremos detrás de los tapices, para observar lo que hace al verla. Si él no la ama y no es ésta la causa de haber perdido el juicio, despedidme de vuestro lado y de vuestra corte, y enviadme á una alquería á guiar un arado.

Claudio.—Sí, y lo quiero averiguar.

Gertrudis.—Pero, ¿veis? ¡Qué lástima! Leyendo viene el infeliz.

Polonio.—Retiraos, yo os lo suplico: retiraos entrambos, que le quiero hablar si me dais licencia.

ESCENA VII
POLONIO, HAMLET

Polonio.—¿Cómo os va, mi buen señor?

(Hamlet sale leyendo un libro.)

Hamlet.—Bien, á Dios gracias.

Polonio.—¿Me conocéis?

Hamlet.—Perfectamente. Tú vendes peces.

Polonio.—¿Yo? No, señor.

Hamlet.—Así fueras honrado.

Polonio.—¿Honrado decís?

Hamlet.—Sí, señor, que lo digo. El ser honrado, según va el mundo, es lo mismo que ser escogido uno entre diez mil.

Polonio.—Todo eso es verdad.

Hamlet.—Si el sol engendra gusanos en un perro muerto, y aunque es un dios, alumbra benigno con sus rayos á un cadáver corrupto... ¿No tienes una hija?

Polonio.—Sí, señor, una tengo.

Hamlet.—Pues no la dejes pasear al sol. La concepción es una bendición del cielo, pero no del modo en que tu hija podrá concebir. Cuida mucho de esto, amigo.

Polonio.—Pero ¿qué queréis decir con eso? Siempre está pensando en mi hija. No obstante, al principio no me conoció... Dice que vendo peces... ¡Está rematado, rematado!... Y en verdad que yo también, siendo mozo, me vi muy trastornado por el amor... casi tanto como él. Quiero hablarle otra vez. ¿Qué estáis leyendo?

Hamlet.—Palabras, palabras, todo palabras.

Polonio.—¿Y de qué se trata?

Hamlet.—¿Entre quién?

Polonio.—Digo que de qué trata el libro que leéis.

Hamlet.—De calumnias. Aquí dice el malvado satírico, que los viejos tienen la barba blanca, las caras con arrugas, que vierten de sus ojos ámbar abundante y goma de ciruela, que padecen gran debilidad de piernas y mucha falta de entendimiento. Todo lo cual, señor mío, aunque yo plena y eficazmente lo creo, con todo eso, no me parece bien hallarlo afirmado en tales términos; porque al fin vos seríais sin duda tan joven como yo, si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.

Polonio.—Aunque todo es locura, no deja de observar método en lo que dice. ¿Queréis venir, señor, adonde no os dé el aire?

Hamlet.—¿Adónde? ¿A la sepultura?

Polonio.—Cierto que allí no da el aire. ¡Con qué agudeza responde siempre! Estos golpes felices son frecuentes en la locura, cuando en el estado de razón y salud tal vez no se logran. Voyle a dejar; y disponer al instante el careo entre él y mi hija. Señor, si me dais licencia de que me vaya...

Hamlet.—No me puedes pedir cosa que con más gusto te conceda, exceptuando la vida, eso sí, exceptuando la vida.

Polonio.—Adiós, señor.

Hamlet.—¡Fastidiosos y extravagantes viejos!

Polonio (á Guillermo y Ricardo, que salen por donde él se va).—Si buscáis al príncipe, vedle ahí.

ESCENA VIII
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO

Ricardo.—Buenos días, señor.

Guillermo.—Dios guarde á V. A.

Ricardo.—Mi venerado príncipe.

Hamlet.—¡Oh, buenos amigos! ¿Cómo va? ¡Guillermo, Ricardo, guapos mozos! ¿Cómo va? ¿Qué se hace de bueno?

Ricardo.—Nada, señor: pasamos una vida muy indiferente.

Guillermo.—Nos creemos felices en no ser demasiado felices. No, no servimos de airón al tocado de la fortuna.

Hamlet.—¿Ni de suelas á su calzado?

Ricardo.—Ni uno, ni otro.

Hamlet.—En tal caso estaréis colocados hacia su cintura: allí es el centro de los favores.

Guillermo.—Cierto, como privados suyos.

Hamlet.—Pues allí en lo más oculto... ¡Ah! dices bien, ella es una prostituta... ¿Qué hay de nuevo?

Ricardo.—Nada, sino que ya los hombres van siendo buenos.

Hamlet.—Señal que el día del juicio va á venir pronto. Pero vuestras noticias no son ciertas... Permitid que os pregunte más particularmente: ¿por qué delitos os ha traído aquí vuestra mala suerte á vivir en prisión?

Guillermo.—¿En prisión decís?

Hamlet.—Sí: Dinamarca es una cárcel.

Ricardo.—También el mundo lo será.

Hamlet.—Y muy grande, con muchas guardas, encierros y calabozos; y Dinamarca es uno de los peores.

Ricardo.—Nosotros no éramos de esa opinión.

Hamlet.—Para vosotros podrá no serlo, porque nada hay bueno ni malo sino en fuerza de nuestra fantasía. Para mí es una verdadera cárcel.

Ricardo.—Será vuestra ambición la que os le figura tal: la grandeza de vuestro ánimo le hallará estrecho.

Hamlet.—¡Oh, Dios mío! Yo pudiera estar encerrado en la cáscara de una nuez, y creerme soberano de un estado inmenso.... Pero estos sueños terribles me hacen infeliz.

Ricardo.—Todos esos sueños son ambición, y todo cuanto al ambicioso le agita no es más que la sombra de un sueño.

Hamlet.—El sueño en sí no es más que una sombra.

Ricardo.—Ciertamente, y yo considero la ambición por tan ligera y vana, que me parece la sombra de una sombra.

Hamlet.—De donde resulta que los mendigos son cuerpos, y los monarcas y héroes agigantados, sombras de los mendigos... Iremos un rato á la corte, señores, porque á la verdad no tengo la cabeza para discurrir.

Los dos.—Os iremos sirviendo.

Hamlet.—¡Oh! no se trate de eso. No os quiero confundir con mis criados, que, á fe de hombre de bien, me sirven indignamente. Pero decidme, por nuestra amistad antigua: ¿qué hacéis en Elsingor?

Ricardo.—Señor, hemos venido únicamente á veros.

Hamlet.—Tan pobre soy, que aun de gracias estoy escaso: no obstante, agradezco vuestra fineza... Bien que os puedo asegurar que mis gracias, aunque se paguen á ochavo, se pagan mucho. ¿Y quién os ha hecho venir? ¿Es libre esta visita? ¿Me la hacéis por vuestro gusto propio? Vaya, habladme con franqueza; vaya, decídmelo.

Guillermo.—¿Y qué os hemos de decir, señor?

Hamlet.—Todo lo que haya acerca de esto. A vosotros os envían sin duda, y en vuestros ojos hallo una especie de confesión, que toda vuestra reserva no puede desmentir. Yo sé que el bueno del rey y también la reina os han mandado que vengáis.

Ricardo.—Pero ¿á qué fin?

Hamlet.—Eso es lo que debéis decirme. Pero os pido por los derechos de nuestra amistad, por la conformidad de nuestros años juveniles, por las obligaciones de nuestro no interrumpido afecto, por todo aquello, en fin, que sea para vosotros más grato y respetable, que me digáis con sencillez la verdad. ¿Os han mandado venir, ó no?

Ricardo (mirando á Guillermo).—¿Qué dices tú?

Hamlet.—Ya os he dicho que lo estoy viendo en vuestros ojos: si me estimáis de veras, no hay que desmentirlos.

Guillermo.—Pues, señor, es cierto: nos han hecho venir.

Hamlet.—Y yo os voy á decir el motivo: así me anticiparé á vuestra propia confesión, sin que la fidelidad que debéis al rey y la reina quede por vosotros ofendida. Yo he perdido de poco tiempo á esta parte, sin saber la causa, toda mi alegría, olvidando mis ordinarias ocupaciones; y este accidente ha sido tan funesto á mi salud, que la tierra, esa divina máquina, me parece un promontorio estéril; ese dosel magnífico de los cielos, ese hermoso firmamento que veis sobre nosotros, esa techumbre majestuosa sembrada de doradas luces, no otra cosa me parece que una desagradable y pestífera multitud de vapores. ¡Qué admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante á un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! El es, sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita... ni menos la mujer... bien que ya veo en vuestra sonrisa que aprobáis mi opinión.

Ricardo.—En verdad, señor, que no habéis acertado mis ideas.

Hamlet.—Pues ¿por qué te reías cuando dije que no me deleita el hombre?

Ricardo.—Me reí al considerar, puesto que los hombres no os deleitan, qué comidas de cuaresma daréis á los cómicos que hemos hallado en el camino, y están ahí deseando emplearse en servicio vuestro.

Hamlet.—El que hace de rey sea muy bien venido; S. M. recibirá mis obsequios como es de razón: el arrojado caballero sacará á lucir su espada y su broquel, el enamorado no suspirará en balde, el que hace de loco acabará su papel en paz, el patán dará aquellas risotadas con que sacude los pulmones áridos, y la dama expresará libremente su pasión, ó las interrupciones del verso hablarán por ella. ¿Y qué cómicos son?

Ricardo.—Los que más os agradan regularmente. La compañía trágica de nuestra ciudad.

Hamlet.—¿Y por qué andan vagando así? ¿No les sería mejor para su reputación y sus intereses establecerse en alguna parte?

Ricardo.—Creo que los últimos reglamentos se lo prohiben.

Hamlet.—¿Son hoy tan bien recibidos como cuando yo estuve en la ciudad? ¿Acude siempre el mismo concurso?

Ricardo.—No; señor; no, por cierto.

Hamlet.—¿Y en qué consiste? ¿Se han echado á perder?

Ricardo.—No, señor. Ellos han procurado seguir siempre su acostumbrado método; pero hay aquí una cría de chiquillos, vencejos chillones, que gritando en la declamación fuera de propósito, son por esto mismo palmoteados hasta el exceso. Esta es la diversión del día; y tanto han denigrado los espectáculos ordinarios (como ellos los llaman), que muchos caballeros de espada en cinta, atemorizados de las plumas de ganso de este teatro, rara vez se atreven á poner el pie en los otros.

Hamlet.—¡Oiga! ¿Conque son muchachos? ¿Y quién los sostiene? ¿Qué sueldo les dan? ¿Abandonarán el ejercicio cuando pierdan la voz para cantar? Y cuando tengan que hacerse cómicos ordinarios, como parece verosímil que suceda, si carecen de otros medios, ¿no dirán entonces que sus compositores los han perjudicado, haciéndolos declamar contra la profesión misma que han tenido que abrazar después?

Ricardo.—Lo cierto es que han ocurrido ya muchos disgustos por ambas partes, y la nación ve sin escrúpulo continuarse la discordia entre ellos. Ha habido tiempo en que el dinero de las piezas no se cobraba hasta que el poeta y el cómico reñían y se hartaban de bofetones.

Hamlet.—¿Es posible?

Guillermo.—¡Oh, si lo es! Como que ha habido ya muchas cabezas rotas.

Hamlet.—Y qué, ¿los chicos han vencido en esas peleas?

Ricardo.—Cierto que sí, y se hubieran burlado del mismo Hércules con maza y todo.

Hamlet.—No es extraño. Ya veis mi tío, rey de Dinamarca. Los que se mofaban de él mientras vivió mi padre, ahora dan veinte, cuarenta y aun cien ducados por su retrato de miniatura. En esto hay algo que es más que natural, si la filosofía pudiera describirlo.

Guillermo.—Ya están ahí los cómicos.

Hamlet.—Pues, caballeros, muy bien venidos á Elsingor; acercaos aquí, dadme las manos. Las señales de una buena acogida consisten por lo común en ceremonias y cumplimientos; pero permitid que os trate así, porque os hago saber que yo debo recibir muy bien á los cómicos en lo exterior, y no quisiera que las distinciones que á ellos les haga pareciesen mayores que las que os hago á vosotros. Bien venidos... Pero mi tío padre, y mi madre tía, á fe á fe, que se equivocan mucho.

Guillermo.—¿En qué, señor?

Hamlet.—Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nordeste; pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña.

ESCENA IX
POLONIO y dichos

Polonio.—Dios os guarde, señores.

Hamlet.—Oye aquí, Guillermo, y tú también... un oyente á cada lado. ¿Veis aquel vejestorio que acaba de entrar? Pues aun no ha salido de mantillas.

Ricardo.—O acaso habrá vuelto á ellas, porque según se dice, la vejez es segunda infancia.

Hamlet.—Apostaré que me viene á hablar de los cómicos, tened cuidado... Pues, señor, tú tienes razón; eso fué el lunes por la mañana, no hay duda.

Polonio.—Señor, tengo que daros una noticia.

Hamlet.—Señor, tengo que daros una noticia. (Imitando la voz de Polonio). Cuando Roscio era actor en Roma...

Polonio.—Señor, los cómicos han venido.

Hamlet.—¡Tuh! ¡tuh! ¡tuh!

Polonio.—Como soy hombre de bien que sí.

Hamlet.—Cada actor viene caballero en burro.

(Hamlet declama este verso en tono trágico y los que dice poco después).

Polonio.—Estos son los más excelentes actores del mundo, así en la tragedia como en la comedia, historia ó pastoral, en lo cómico-pastoral, histórico-pastoral, trágico-histórico, tragi-cómico-histórico-pastoral, escena indivisible, poema ilimitado... ¡Qué! Para ellos ni Séneca es demasiado grave, ni Plauto demasiado ligero, y en cuanto á las reglas de composición y a la franqueza cómica, éstos son los únicos.

Hamlet.—¡Oh Jefté, juez de Israel!...
¡Qué tesoro poseíste!

Polonio.—¿Y qué tesoro era el suyo, señor?

Hamlet.—¿Qué tesoro?

No más que una hermosa hija
á quien amaba en extremo.

Polonio.—Siempre pensando en mi hija.

Hamlet.—¿No tengo razón, anciano Jefté?

Polonio.—Señor, si me llamáis Jefté, cierto es que tengo una hija á quien amo en extremo.

Hamlet.—¡Oh! no es eso lo que sigue.

Polonio.—Pues ¿qué sigue, señor?

Hamlet.—Esto:

No hay más suerte que Dios, ni más destino. Y luego, ya sabes:

Que cuanto nos sucede El lo previno.

Lee la primera línea de aquella devota canción, y ella sola te manifestará lo demás. Pero, ¿veis? Ahí vienen otros á hablar por mí.

ESCENA X
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO, POLONIO y cuatro cómicos

Hamlet.—Bien venidos, señores; me alegro de veros á todos tan buenos. Bien venidos... ¡Oh! ¡oh camarada antiguo! mucho se te ha arrugado la cara desde la última vez que te vi. ¿Vienes á Dinamarca á hacerme parecer viejo á mí también? ¡Y tú, mi niña, oiga! ya eres una señorita; por la Virgen, que ya está vuesamerced una cuarta más cerca del cielo desde que no la he visto. Dios quiera que tu voz, semejante á una pieza de oro falso, no se descubra al echarla en el crisol. Señores, muy bien venidos todos. Pero, amigos, yo voy en derechura al caso, y corro detrás del primer objeto que se me presenta, como halconero francés. Yo quiero al instante una relación. Sí, veamos alguna prueba de vuestra habilidad. Vaya un pasaje afectuoso.

Cómico 1.º—¿Y cuál queréis, señor?

Hamlet.—Me acuerdo de haberte oído en otro tiempo una relación que nunca se ha representado al público, ó una sola vez cuando más... Sí, y me acuerdo también que no agradaba á la multitud; no era ciertamente manjar para el vulgo. Pero á mí me pareció entonces, y aun á otros cuyo dictamen vale más que el mío, una excelente pieza, bien dispuesta la fábula, y escrita con elegancia y decoro. No faltó, sin embargo, quien dijo que no había en los versos toda la sal necesaria para sazonar el asunto, y que lo insignificante del estilo anunciaba poca sensibilidad en el autor; bien que no dejaban de tenerla por obra escrita con método, instructiva y elegante, y más brillante que delicada. Particularmente me gustó mucho en ella una relación que Eneas hace á Dido, y sobre todo cuando habla de muerte de Príamo. Si la tienes en la memoria... empieza por aquel verso... deja, deja, veré si me acuerdo.

Pirro feroz como la hircana tigre...

(Todos los versos de esta escena los dicen con declamación trágica).

No es este; pero empieza con Pirro... ¡ah!...

Pirro feroz, con pavonadas armas,
negras como su intento, reclinado
dentro en los senos del caballo enorme,
á la lóbrega noche parecía.
Ya su terrible, ennegrecido aspecto
mayor espanto da. Todo lo tiñe
de la cabeza al pie caliente sangre
de ancianos y matronas, de robustos
mancebos y de vírgenes, que abrasa
el fuego de inflamados edificios
en confuso montón; á cuya horrenda
luz que despiden, el caudillo insano
muerte y estrago esparce. Ardiendo en ira,
cubierto de cuajada sangre, vuelve
los ojos, al carbunclo semejantes,
y busca, instado de infernal venganza,
al viejo abuelo Príamo...

Prosigue tú.

Polonio.—¡Muy bien declamado, á fe mía! con buen acento y bella expresión.

Cómico 1.º— Al momento
le ve lidiando, ¡resistencia breve!
contra los griegos; su temida espada
rebelde al brazo ya, le pesa inútil.
Pirro, de furias lleno, le provoca
á liza desigual; herirle intenta,
y el aire solo del funesto acero
postra al débil anciano. Y cual si fuese
a tanto golpe el Ilïon sensible,
al suelo desplomó sus techos altos,
ardiendo en llamas, y al rumor suspenso.
Pirro... ¿Le veis? la espada que venía
á herir del teucro la nevada frente
se detiene en los aires, y él inmoble,
absorto y mudo y sin acción su enojo,
la imagen de un tirano representa
que figuró el pincel. Mas como suele
tal vez el cielo en tempestad obscura
parar su movimiento, de los aires
el ímpetu cesar, y en silenciosa
quietud de muerte reposar el orbe,
hasta que el trueno, con horror zumbando,
rompe la alta región; así un instante
suspensa fué la cólera de Pirro,
y así, dispuesto á la venganza, el duro
combate renovó. No más tremendo
golpe en las armas de Mavorte eternas
dieron jamás los cíclopes tostados,
que sobre el triste anciano la cuchilla
sangrienta dió del sucesor de Aquiles.
¡Oh fortuna falaz!... Vos, poderosos
dioses, quitadle su dominio injusto;
romped los rayos de su rueda y calces,
y el eje circular desde el Olimpo
caiga en pedazos del abismo al centro.

Polonio.—Es demasiado largo.

Hamlet.—Lo mismo dirá de tus barbas el barbero. Prosigue. Este sólo gusta de ver bailar ó de oir cuentos de alcahuetas, ó si no se duerme. Prosigue con aquello de Hécuba.

Cómico 1.º—Pero quien viese ¡oh vista dolorosa! la mal ceñida reina...

Hamlet.—¡La mal ceñida reina!

Polonio.—Esto es bueno, mal ceñida reina, ¡bueno!

Cómico 1.º—Pero quien viese ¡oh vista dolorosa!
la mal ceñida reina, el pie desnudo,
girar de un lado al otro, amenazando
extinguir con sus lágrimas el fuego...
En vez de vestidura rozagante
cubierto el seno, harto fecundo un día,
con las ropas del lecho arrebatadas
(ni a más le dió lugar el susto horrible),
rasgado un velo en su cabeza, donde
antes resplandeció corona augusta...
¡Ay! quien la viese, á los supremos hados
con lengua venenosa execraría.
Los dioses mismos, si a piedad los mueve
el linaje mortal, dolor sintieran
de verla, cuando al implacable Pirro
halló esparciendo en trozos con su espada
del muerto esposo los helados miembros.
Lo ve, y exclama con gemido triste,
bastante á conturbar allá en su altura
las deidades de Olimpo, y los brillantes
ojos del cielo humedecer en lloro.

Polonio.—Ved cómo muda de color, y se le han saltado las lágrimas. No, no prosigáis.

Hamlet.—Basta ya, presto me dirás lo que falta. Señor mío, es menester hacer que estos cómicos se establezcan, ¿lo entiendes? y agasajarlos bien. Ellos son sin duda el epítome histórico de los siglos, y más te valdrá tener después de muerto un mal epitafio que una mala reputación entre ellos mientras vivas.

Polonio.—Yo, señor, los trataré conforme á sus méritos.

Hamlet.—¡Qué cabeza ésta! No, señor, mucho mejor. Si a los hombres se los hubiese de tratar según merecen, ¿quién escaparía de ser azotado? Trátalos como corresponde á tu nobleza y á tu propio honor; cuanto menor sea su mérito, mayor sea tu bondad. Acompáñalos.

Polonio.—Venid, señores.

Hamlet.—Amigos, id con él. Mañana habrá comedia. Oye aquí tú, amigo, dime, ¿no pudierais representar la Muerte de Gonzago?

Cómico 1.º—Sí, señor.

Hamlet.—Pues mañana á la noche quiero que se haga. ¿Y no podrías, si fuese menester aprender de memoria unos doce ó diez y seis versos que quiero escribir é insertar en la pieza? ¿Podrás?

Cómico 1.º—Sí, señor.

Hamlet.—Muy bien; pues vete con aquel caballero, y cuenta no hagáis burla de él. Amigos, hasta la noche. Pasadlo bien.

Ricardo.—Señor...

Hamlet.—Id con Dios.

ESCENA XI
HAMLET

Ya estoy solo. ¡Qué abatido, qué insensible soy! ¿No es admirable que este actor, en una fábula, en una ficción, pueda dirigir tan á su placer el ánimo, que así agite y desfigure el rostro en la declamación, vertiendo de sus ojos lágrimas, débil la voz, y todas sus acciones tan acomodadas á lo que quiere expresar? Y esto por nadie: por Hécuba. ¿Y quién es Hécuba para él, ó él para ella, que así llora sus infortunios? Pues ¡qué no haría si él tuviese los tristes motivos de dolor que yo tengo! Inundaría el teatro con llanto, su terrible acento conturbaría á cuantos le oyesen, llenaría de desesperación al culpado, de temor al inocente, al ignorante de confusión, y sorprendería con asombro la facultad de los ojos y los oídos. ¡Pero yo, miserable, sin vigor y estúpido, sueño adormecido, permanezco mudo, y miro con tal indiferencia mis agravios! Qué, ¿nada merece un rey con quien se cometió el más atroz delito para despojarle del cetro y la vida? ¿Soy cobarde yo? ¿Quién se atreve á llamarme villano, ó á insultarme en mi presencia, arrancarme la barba, soplármela al rostro, asirme de la nariz, ó hacerme tragar lejía que me llegue al pulmón? ¿Quién se atreve a tanto? ¿Sería yo capaz de sufrirlo? Sí, que no es posible sino que yo sea como la paloma, que carece de hiel, incapaz de acciones crueles; á no ser esto, ya se hubieran cebado los milanos del aire en los despojos de aquel indigno, deshonesto, homicida, pérfido seductor, feroz malvado, que vive sin remordimientos de su culpa. Pero ¿por qué he de ser tan necio? ¿Será generoso proceder el mío, que yo, hijo de un querido padre (de cuya muerte alevosa el cielo y el infierno mismo me piden venganza), afeminado y débil desahogue con palabras el corazón, prorrumpa en execraciones vanas como una prostituta vil ó un pillo de cocina? ¡Ah! no, ni aun sólo imaginarlo. ¡Eh!... Yo he oído que tal vez asistiendo á una representación hombres muy culpados, han sido heridos en el alma con tal violencia por la ilusión del teatro, que á vista de todos han publicado sus delitos; que la culpa, aunque sin lengua, siempre se manifestará por medios maravillosos. Yo haré que estos actores representen delante de mi tío algún pasaje que tenga semejanza con la muerte de mi padre. Yo le heriré en lo más vivo del corazón, observaré sus miradas; si muda de color, si se estremece, ya sé lo que me toca hacer. La aparición que vi pudiera ser un espíritu del infierno. Al demonio no le es difícil presentarse bajo la más agradable forma; sí, y acaso como él es tan poderoso sobre una imaginación perturbada, valiéndose de mi propia debilidad y melancolía, me engaña para perderme. Yo voy á adquirir pruebas más sólidas, y esta representación ha de ser el lazo en que se enrede la conciencia del rey.

ACTO III

ESCENA PRIMERA
Galería de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA, RICARDO, GUILLERMO

Claudio.—¿Y no os fué posible indagar en la conversación que con él tuvisteis, de qué nace aquel desorden de espíritu que tan cruelmente altera su quietud con turbulenta y peligrosa demencia?

Ricardo.—El mismo reconoce los extravíos de su razón, pero no ha querido manifestarnos el origen de ellos.

Guillermo.—Ni le hallamos en disposición de ser examinado, porque siempre huye de la cuestión con un rasgo de locura, cuando ve que le conducimos al punto de descubrir la verdad.

Gertrudis.—¿Fuisteis bien recibidos de él?

Ricardo.—Con mucha cortesía.

Guillermo.—Pero se le conocía una cierta sujeción.

Ricardo.—Preguntó poco, pero respondía á todo con prontitud.

Gertrudis.—¿Le habéis convidado para alguna diversión?

Ricardo.—Sí, señora, porque casualmente habíamos encontrado una compañía de cómicos en el camino: se lo dijimos, y mostró complacencia al oirlo. Están ya en la corte, y creo que tienen orden de representarle esta noche una pieza.

Polonio.—Así es la verdad, y me ha encargado de suplicar á VV. MM. que asistan á verla y oirla.

Claudio.—Con mucho gusto: me complace en extremo saber que tiene tal inclinación. Vosotros, señores, excitadle á ella, y aplaudid su propensión á este género de placeres.

Ricardo.—Así lo haremos.

ESCENA II
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, OFELIA

Claudio.—Tú, mi amada Gertrudis, deberás también retirarte, porque hemos dispuesto que Hamlet al venir aquí, como si fuera casualidad, encuentre á Ofelia. Su padre y yo, testigos los más aptos para el fin, nos colocaremos donde veamos sin ser vistos: así podremos juzgar de lo que entre ambos pase, y en las acciones y palabras del príncipe conoceremos si es pasión de amor el mal de que adolece.

Gertrudis.—Voy á obedeceros; y por mi parte, Ofelia, ¡oh, cuánto desearía que tu rara hermosura fuese el dichoso origen de la demencia de Hamlet! Entonces yo debería esperar que tus prendas amables pudieran para vuestra mutua felicidad restituirle su salud perdida.

Ofelia.—Yo, señora, también quisiera que fuese así.

ESCENA III
CLAUDIO, POLONIO, OFELIA

Polonio.—Paséate por aquí, Ofelia. Si V. M. gusta podemos ya ocultarnos. Haz que lees en este libro (dándole un libro): esta ocupación disculpará la soledad del sitio... ¡Materia es por cierto en que tenemos mucho de que acusarnos! ¡Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo!

Claudio.—Demasiado cierto es... (Ap.) ¡Qué cruelmente ha herido esa reflexión mi conciencia! El rostro de la meretriz, hermoseada con el arte, no es más feo despojado de los afeites, que lo es mi delito disimulado en palabras traidoras. ¡Oh, qué pesada carga me oprime!

Polonio.—Ya le siento llegar, señor; conviene retirarnos.

ESCENA IV
HAMLET, OFELIA

(Hamlet dirá este monólogo, creyéndose solo. Ofelia á un extremo del teatro lee.)

Hamlet.—Existir o no existir, ésta es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, ú oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo; porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito, de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios, cuando el que esto sufre pudiera procurar su quietud con sólo un puñal? ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta, si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la muerte (aquel país desconocido, de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan, antes que ir á buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace á todos cobardes: así la natural tintura de valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia; las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan, y se reducen á designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

Ofelia.—¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?

Hamlet.—Muchas gracias. Bien.

Ofelia.—Conservo en mi poder algunas expresiones vuestras que deseo restituiros mucho tiempo ha, y os pido que ahora las toméis.

Hamlet.—No, yo nunca te di nada.

Ofelia.—Bien sabéis, señor, que os digo verdad... Y con ellas me dísteis palabras de tan suave aliento compuestas, que alimentaron con extremo su valor; pero ya disipado aquel perfume, recibidlas, que un alma generosa considera como viles los más opulentos dones, si llega á entibiarse el afecto de quien los dió. Vedlos aquí.

(Presentándole algunas joyas. Hamlet rehusa tomarlas).

Hamlet.—¡Oh! ¡oh! ¿Eres honesta?

Ofelia.—Señor...

Hamlet.—¿Eres hermosa?

Ofelia.—¿Qué pretendéis decir con eso?

Hamlet.—Que si eres honesta y hermosa, no debes consentir que tu honestidad trate con tu belleza.

Ofelia.—¿Puede acaso tener la hermosura mejor compañera que la honestidad?

Hamlet.—Sin duda alguna. El poder de la hermosura convertirá á la honestidad en una alcahueta, antes que la honestidad logre dar á la hermosura su semejanza. En otro tiempo se tenía esto por una paradoja; pero en la edad presente es cosa probada... Yo te quería antes, Ofelia.

Ofelia.—Así me lo dabais á entender.

Hamlet.—Y tú no debieras haberme creído, porque nunca puede la virtud ingerirse tan perfectamente en nuestro endurecido tronco, que nos quite aquel resquemo original... Yo no te he querido nunca.

Ofelia.—Muy engañada estuve.

Hamlet.—Mira, vete á un convento: ¿para qué te has de exponer á ser madre de hijos pecadores? Yo soy medianamente bueno; pero al considerar algunas cosas de que puedo acusarme, sería mejor que mi madre no me hubiese parido. Yo soy muy soberbio, vengativo, ambicioso, con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, fantasía para darles forma, ni tiempo para llevarlos á ejecución. ¿A qué fin los miserables como yo han de existir arrastrados entre el cielo y la tierra? Todos somos insignes malvados: no creas á ninguno de nosotros; vete, vete á un convento... ¿En dónde está tu padre?

Ofelia.—En casa está, señor.

Hamlet.—¿Sí? pues que cierren bien todas las puertas, para que si quiere hacer locuras las haga dentro de su casa. Adiós.

(Hace que se va, y vuelve)

Ofelia.—¡Oh, mi buen Dios, favorecedle!

Hamlet.—Si te casas, quiero darte esta maldición en dote. Aunque seas un hielo en la castidad, aunque seas tan pura como la nieve, no podrás librarte de la calumnia. Vete á un convento. Adiós. Pero... escucha: si tienes necesidad de casarte, cásate con un tonto; porque los hombres avisados saben muy bien que vosotras los convertís en fieras... Al convento, y pronto. Adiós.

(Hace, que se va, y vuelve).

Ofelia.—¡El cielo con su poder le alivie!

Hamlet.—He oído hablar mucho de vuestros afeites y embelecos. La naturaleza os dió una cara, y vosotras os hacéis otra distinta. Con esos brinquillos, ese pasito corto, ese hablar aniñado, pasáis por inocentes y convertís en gracia vuestros defectos mismos. Pero no hablemos más de esta materia, que me ha hecho perder la razón... Digo sólo que de hoy en adelante no habrá más casamientos; los que ya están casados (exceptuando uno) permanecerán así; los otros se quedarán solteros... Véte al convento, véte.

ESCENA V
OFELIA

¡Oh, qué trastorno ha padecido esa alma generosa! La penetración del cortesano, la lengua del sabio, la espada del guerrero, la esperanza y delicias del estado, el espejo de la cultura, el modelo de la gentileza que estudiaban los más advertidos, todo, todo se ha aniquilado. Y yo, la más desconsolada é infeliz de las mujeres, que gusté algún día la miel de sus promesas suaves, veo ahora aquel noble y sublime entendimiento desacordado, como la campana sonora que se hiende; aquella incomparable presencia, aquel semblante de florida juventud, alterado con el frenesí. ¡ Oh, cuánta, cuánta es mi desdicha de haber visto lo que vi, para ver ahora lo que veo!

ESCENA VI
CLAUDIO, POLONIO, OFELIA

Claudio.—¡Amor! ¡Qué! No van por este camino sus afectos; ni en lo que ha dicho, aunque algo falto de orden, hay nada que parezca locura. Alguna idea tiene en el ánimo que cubre y fomenta su melancolía, y recelo que ha de ser un mal el fruto que produzca. A fin de prevenirlo, he resuelto que salga prontamente para Inglaterra á pedir en mi nombre los atrasados tributos. Acaso el mar y los países diferentes podrán con la variedad de objetos alejar esta pasión que le ocupa, sea la que fuere, sobre la cual su imaginación sin cesar golpea. ¿Qué te parece?

Polonio.—Que así es lo mejor. Pero yo creo, no obstante, que el origen y principio de su aflicción provengan de un amor mal correspondido. Tú, Ofelia, no hay para qué nos cuentes lo que te ha dicho el príncipe, que todo lo hemos oído.

ESCENA VII
CLAUDIO, POLONIO

Polonio.—Haced lo que os parezca, señor; pero si lo juzgáis á propósito, sería bien que la reina retirada á solas con él, luego que se acabe el espectáculo le inste a que le manifieste sus penas, hablándole con entera libertad. Yo, si lo permitís, me pondré en paraje de donde pueda oir toda la conversación. Si no logra su madre descubrir este arcano, enviadle á Inglaterra, ó desterradle adonde vuestra prudencia os dicte.

Claudio.—Así se hará. La locura de los poderosos debe ser examinada con escrupulosa atención.

ESCENA VIII
Salón de palacio

El salón estará iluminado; habrá asientos que formen semicírculo para el concurso que ha de asistir al espectáculo. Ha de haber en el foro una gran puerta con pabellones y cortina, por donde saldrán á su tiempo los actores que deben representar.

HAMLET y dos cómicos

Hamlet.—Dirás este pasaje en la forma que te le he declamado yo: con soltura de lengua, no con voz desentonada, como lo hacen muchos de nuestros cómicos; más valdría entonces dar mis versos al pregonero para que los dijese. Ni manotees así acuchillando el aire; moderación en todo, puesto que aun en el torrente, la tempestad, y por mejor decir, el huracán de las pasiones, se debe conservar aquella templanza que hace suave y elegante la expresión. A mí me desazona en extremo ver á un hombre muy cubierta la cabeza con su cabellera, que á fuerza de gritos estropea los afectos que quiere exprimir, y rompe y desgarra los oídos del vulgo rudo, que sólo gusta de gesticulaciones insignificantes y de estrépito. Yo mandaría azotar á un energúmeno de tal especie; Herodes de farsa, más furioso que el mismo Herodes. Evita, evita este vicio.

Cómico 1.º—Así os lo prometo.

Hamlet.—Ni seas tampoco demasiado frío; tu misma prudencia debe guiarte. La acción debe corresponder á la palabra, y ésta á la acción, cuidando siempre de no atropellar la simplicidad de la naturaleza. No hay defecto que más se oponga al fin de la representación, que desde el principio hasta ahora ha sido y es ofrecer á la naturaleza un espejo en que vea la virtud su propia forma, el vicio su imagen, cada nación y cada siglo sus principales caracteres. Si esta pintura se exagera ó se debilita, excitará la risa de los ignorantes; pero no puede menos de disgustar á los hombres de buena razón, cuya censura debe ser para vosotros de más peso que la de toda la multitud que llena el teatro. Yo he visto representar á algunos cómicos, que otros aplaudían con entusiasmo, por no decir con escándalo, los cuales no tenían acento ni figura de cristianos, ni de gentiles, ni de hombres; que al verlos hincharse y bramar no los juzgué de la especie humana, sino unos simulacros rudos de hombres, hechos por algún mal aprendiz. Tan inicuamente imitaban la naturaleza.

Cómico 1.º—Yo creo que en nuestra compañía se ha corregido bastante ese defecto.

Hamlet.—Corregidle del todo, y cuidad también que los que hacen de payos no añadan nada á lo que está escrito en su papel; porque algunos de ellos, para hacer reir á los oyentes más adustos, empiezan á dar risotadas, cuando el interés del drama debería ocupar toda la atención. Esto es indigno, y manifiesta en los necios que lo practican el ridículo empeño de lucirlo. Id á prepararos.

ESCENA IX
HAMLET, POLONIO, RICARDO, GUILLERMO

Hamlet.—Y bien, Polonio, ¿gustará al rey de oir esta pieza?

Polonio.—Sí, señor, al instante, y la reina también.

Hamlet.—Ve á decir á los cómicos que se despachen. ¿Queréis ir vosotros á darles prisa?

Ricardo.—Con mucho gusto.

ESCENA X
HAMLET, HORACIO

Hamlet.—¿Quién es?... ¡Ah! Horacio.

Horacio.—Veisme aquí, señor, á vuestras órdenes.

Hamlet.—Tú, Horacio, eres un hombre cuyo trato me ha agradado siempre.

Horacio.—¡Oh! señor...

Hamlet.—No creas que pretendo adularte; ¿ni qué utilidades puedo yo esperar de ti, que exceptuando tus buenas prendas, no tienes otras rentas para alimentarte y vestirte? ¿Habrá quien adule al pobre? No... Los que tienen almibarada la lengua, váyanse á lamer con ella la grandeza estúpida, y doblen los goznes de sus rodillas donde la lisonja encuentre galardón. ¿Me has entendido? Desde que mi alma se halló capaz de conocer á los hombres y pudo elegirlos, tú fuiste el escogido y marcado para ella; porque siempre, ó desgraciado ó feliz, has recibido con igual semblante los premios y los reveses de la fortuna. Dichosos aquéllos cuyo temperamento y juicio se combinan con tal acuerdo, que no son entre los dedos de la fortuna una flauta dispuesta á sonar según ella guste. Dame un hombre que no sea esclavo de sus pasiones, y yo le colocaré en el centro de mi corazón: sí, en el corazón de mi corazón, como lo hago contigo. Pero yo me dilato demasiado en esto. Esta noche se representa un drama delante del rey; una de sus escenas contiene circunstancias muy parecidas á las de la muerte de mi padre, de que ya te hablé. Te encargo que cuando este paso se represente observes á mi tío con la más viva atención del alma; si al ver uno de aquellos lances su oculto delito no se descubre por sí solo, sin duda el que hemos visto es un espíritu infernal, y son todas mis ideas más negras que los yunques de Vulcano. Examínale cuidadosamente: yo también fijaré mi vista en su rostro, y después uniremos nuestras observaciones para juzgar lo que su exterior nos anuncie.

Horacio.—Está bien, señor; y si durante el espectáculo logra hurtar á nuestra indagación el menor arcano, yo pago el hurto.

Hamlet.—Ya vienen á la función; vuélvome á hacer el loco, y tú busca asiento.