ESCENA XI

CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, HORACIO, POLONIO, OFELIA, RICARDO, GUILLERMO y acompañamiento de damas, caballeros, pajes y guardias.

(Suena marcha dánica).

Claudio.—¿Cómo estás, mi querido Hamlet?

Hamlet.—Muy bueno, señor; me mantengo del aire como el camaleón, engordo de esperanzas. No podréis vos cebar así á vuestros capones.

Claudio.—No comprendo esa respuesta, Hamlet, ni tales razones son para mí.

Hamlet.—Ni para mí tampoco. ¿No dices tú que una vez representaste en la universidad? ¿eh?

Polonio.—Sí, señor, así es; y fuí reputado por muy buen actor.

Hamlet.—¿Y qué hiciste?

Polonio.—El papel de Julio César. Bruto me asesinaba en el Capitolio.

Hamlet.—Muy bruto fué el que cometió en el Capitolio tan capital delito. ¿Están ya prevenidos los cómicos?

Ricardo.—Sí, señor, y esperan sólo vuestras órdenes.

Gertrudis.—Ven aquí, mi querido Hamlet, ponte á mi lado.

(Gertrudis y Claudio se sientan junto á la puerta por donde han de salir los actores. Siguen por su orden las damas y caballeros. Hamlet se sienta en el suelo á los pies de Ofelia).

Hamlet.—No, señora; aquí hay un imán de más atracción para mí.

Polonio.—¡Ah! ¡ah! ¿habéis notado eso?

Hamlet.—¿Permitiréis que me ponga sobre vuestra rodilla?

Ofelia.—No, señor.

Hamlet.—Quiero decir, apoyar mi cabeza en vuestra rodilla.

Ofelia.—Sí, señor.

Hamlet.—¿Pensáis que yo quisiera cometer alguna indecencia?

Ofelia.—No, no pienso nada de eso.

Hamlet.—¡Qué dulce cosa es...!

Ofelia.—¿Qué decís, señor?

Hamlet.—Nada.

Ofelia.—Se conoce que estáis de fiesta.

Hamlet.—¿Quién yo?

Ofelia.—Sí, señor.

Hamlet.—Lo hago sólo por divertiros. Y bien mirado, ¿qué debe hacer un hombre sino vivir alegre? Ved mi madre qué contenta está, y mi padre murió ayer.

Ofelia.—¡Eh! no, señor, que ya hace dos meses.

Hamlet.—¿Tanto ha? ¡Oh! pues quiero vestirme todo de armiños, y llévese el diablo el luto. ¡Dios mío! ¿dos meses há que murió, y todavía se acuerdan de él? De esa manera ya puede esperarse que la memoria de un grande hombre le sobreviva quizás medio año; bien que es menester que haya sido fundador de iglesias, que si no, por la Virgen santa no habrá nadie que de él se acuerde, como del caballo de palo, de quien dice aquel epitafio:

Ya murió el caballito de palo,
Y ya le olvidaron así que murió.

(Suenan trompetas, y se da principio á la escena muda.—Salen el duque y la duquesa (que lo harán los cómicos primero y segundo); al encontrarse, se saludan y abrazan afectuosamente; ella se arrodilla mostrando el mayor respeto; él la levanta y reclina la cabeza sobre el pecho de su esposa. Acuéstase el duque en un lecho de flores, y ella se retira al verle dormido. Sale el cómico tercero (que hace el papel de Luciano, sobrino del duque), se acerca, le quita al duque la corona, la besa, le derrama en el oído una porción de licor que lleva en un frasco, y hecho esto se va. Vuelve la duquesa, y hallando muerto á su marido, manifiesta gran sentimiento. Sale Luciano con dos ó tres que le acompañan, y hace ademanes de dolor; manda retirar el cadáver, y quedando á solas con la duquesa, la solicita y la ofrece dádivas; ella resiste un poco y le desdeña, pero al fin admite su amor. Vanse.)

Ofelia.—¿Qué significa esto, señor?

Hamlet.—Esto es un asesinato oculto, y anuncia grandes maldades.

Ofelia.—Según parece, la escena muda contiene el argumento del drama.

ESCENA XII
Cómico cuarto y dichos

Hamlet.—Ahora lo sabremos por lo que nos diga ese actor; los cómicos no pueden callar un secreto, todo lo cuentan.

Ofelia.—¿Nos dirá éste lo que significa la escena que hemos visto?

Hamlet.—Sí, por cierto, y cualquiera otra escena que le hagáis ver. Como no os avergoncéis de representársela, él no se avergonzará de deciros lo que significa.

Ofelia.—¡Qué malo, qué malo sois! Pero dejadme atender á la pieza.

Cómico 4.º—Humildemente os pedimos
que escuchéis esta tragedia,
disimulando las faltas
que haya en nosotros y en ella.

Hamlet.—¿Es esto prólogo, ú mote de sortija?

Ofelia.—¡Qué corto ha sido!

Hamlet.—Como cariño de mujer.

ESCENA XIII
Cómico primero, cómico segundo y dichos

Cómico 1.º—Ya treinta vueltas dió de Febo el carro á las ondas saladas de Nereo y al globo de la tierra, y treinta veces con luz prestada han alumbrado el suelo doce lunas, en giros repetidos, después que el dios de amor y el himeneo nos enlazaron, para dicha nuestra, en nudo santo el corazón y el cuello.

Cómico 2.º—Y ¡oh! quiera el cielo que otros tantos giros á la luna y al sol, señor, contemos antes que el fuego; de este amor se apague. Pero es mi pena inconsolable al veros doliente, triste y tan diverso ahora de aquel que fuisteis... Tímida recelo... Mas toda mi aflicción nada os conturbe; que en pecho femenil llega al exceso el temor y el amor. Allí residen en igual proporción ambos afectos, ó no existe ninguno, ó se combinan éste y aquél con el mayor extremo. Cuán grande es el amor que á vos me inclina, las pruebas lo dirán que dadas tengo; pues tal es mi temor. Si un fino amante, sin motivo tal vez vive temiendo, la que al veros así toda es temores, muy puro amor abrigará en el pecho.

Cómico 1.º—Sí, yo debo dejarte, amada mía; inevitable es ya; cederán presto á la muerte mis fuerzas fatigadas; tú vivirás, gozando del obsequio y el amor de la tierra. Acaso entonces un digno esposo...

Cómico 2.º—No, dad al silencio esos anuncios. ¿Yo? Pues ¿no serían traición culpable en mí tales afectos? ¿Yo un nuevo esposo? No; la que se entrega al segundo señor, mató al primero.

Hamlet.—Esto es zumo de ajenjos.

Cómico 2.º—Motivos de interés tal vez inducen á renovar los nudos de himeneo, no motivos de amor; yo causaría segunda muerte á mi difunto dueño, cuando del nuevo esposo recibiera en tálamo nupcial amantes besos.

Cómico 1.º—No dudaré que el corazón te dicta lo que aseguras hoy; fácil creemos cumplir lo prometido, y fácilmente se quebranta y se olvida. Los deseos del hombre á la memoria están sumisos, que nace activa y desfallece presto. Así pende del ramo acerbo el fruto, y así maduro, sin impulso ajeno, se desprende después. Difícilmente nos acordamos de llevar á efecto promesas hechas á nosotros mismos, que al cesar la pasión cesa el empeño. Cuando de la aflicción y la alegría se moderan los ímpetus violentos, con ellos se disipan las ideas á que dieron lugar, y el más ligero acaso los placeres en afanes muda tal vez, y en risa los lamentos. Amor, como la suerte, es inconstante: que en este mundo al fin nada hay eterno, y aun se ignora si él manda á la fortuna, ó si ésta del amor cede al imperio. Si el poderoso del lugar sublime se precipita, le abandonan luego cuantos gozaron su favor; si el pobre sube á prosperidad, los que le fueron más enemigos su amistad procuran (y el amor sigue á la fortuna en esto) que nunca al venturoso amigos faltan, ni al pobre desengaños y desprecios. Por diferente senda se encaminan los destinos del hombre y sus afectos, y sólo en él la voluntad es libre, mas no la ejecución; y así el suceso nuestros designios todos desvanece. Tú me prometes no rendir á nuevo yugo tu libertad... Esas ideas ¡ay! morirán cuando me vieres muerto.

Cómico 2.º—Luces me niegue el sol, frutos la tierra, sin descanso y placer viva muriendo, desesperada y en prisión obscura, su mesa envidie al eremita austero; cuantas penas el ánimo entristecen, todas turben el fin de mis deseos y los destruyan, ni quietud encuentre en parte alguna con afán eterno; si ya difunto mi primer esposo, segundas bodas pérfida celebro.

Hamlet.—Si ella no cumpliese lo que promete...

Cómico 1.º—Mucho juraste... Aquí gozar quisiera solitaria quietud; rendido siento al cansancio mi espíritu. Permite que alguna parte le conceda al sueño de las molestas horas.

(Se acuesta en un lecho de flores)

Cómico 2.º—El te halague con tranquilo descanso, y nunca el cielo en unión tan feliz pesares mezcle. (Vase).

Hamlet.—Y bien, señora, ¿qué tal os va pareciendo la pieza?

Gertrudis.—Me parece que esa mujer promete demasiado.

Hamlet.—Sí, pero lo cumplirá.

Claudio.—¿Te has enterado bien del asunto? ¿Tiene algo que sea de mal ejemplo?

Hamlet.—No, señor, no. Si todo ello es mera ficción; un veneno... fingido; pero mal ejemplo, ¡qué! no, señor.

Claudio.—¿Cómo se intitula este drama?

Hamlet.—La Ratonera. Cierto que sí... es un título metafórico. En esta pieza se trata de un homicidio cometido en Viena... el duque se llama Gonzago, y su mujer Baptista... Ya, ya veréis presto... ¡Oh! ¡es un enredo maldito! ¿Y qué importa? A V. M. y á mí, que no tenemos culpado el ánimo, no nos puede incomodar; al rocín que esté lleno de mataduras le hará dar coces; pero á bien que nosotros no tenemos desollado el lomo.

ESCENA XIV
Cómico tercero y dichos

Hamlet.—Este que sale ahora se llama Luciano, sobrino del duque.

Ofelia.—Vos suplís perfectamente la falta del coro.

Hamlet.—Y aun pudiera servir de intérprete entre vos y vuestro amante, si viese puestos en acción entrambos títeres.

Ofelia.—¡Vaya, que tenéis una lengua que corta!

Hamlet.—Con un buen suspiro que deis, se le quita el filo.

Ofelia.—Eso es; siempre de mal en peor.

Hamlet.—Así hacéis vosotras en la elección de marido: de mal en peor... Empieza, asesino... Déjate de poner ese gesto de condenado, y empieza. Vamos... el cuervo graznador está ya gritando venganza.

Cómico 3.º—Negros designios, brazo ya dispuesto á ejecutarlos, tósigo oportuno, sitio remoto, favorable el tiempo, y nadie que lo observe. Tú, extraído de la profunda noche en el silencio, atroz veneno de mortales hierbas (invocada Prosérpina) compuesto; infectadas tres veces, y otras tantas exprimidas después, sirve á mi intento; pues á tu actividad mágica, horrible, la robustez vital cede tan presto.

(Acércase adonde está durmiendo el cómico primero; destapa un frasquillo, y le echa una porción de licor en el oído).

Hamlet.—¿Veis? Ahora le envenena en el jardín para usurparle el cetro. El duque se llama Gonzago... Es historia cierta, y corre escrita en muy buen italiano. Presto veréis cómo la mujer de Gonzago se enamora del matador.

(Levántase Claudio lleno de indignación. Gertrudis, los caballeros, damas y acompañamiento hacen lo mismo, y se van según lo indica el diálogo).

Ofelia.—El rey se levanta.

Hamlet.—Qué, ¿le atemoriza un fuego aparente?

Gertrudis.—¿Qué tenéis, señor?

Polonio.—No paséis adelante, dejadlo.

Claudio.—Traed luces. Vamos de aquí.

Todos.—Luces, luces.

ESCENA XV
HAMLET, HORACIO, cómico primero, cómico tercero

(Hamlet canta estos versos en voz baja, y representa los que siguen después. Los cómicos primero y tercero estarán retirados á un extremo del teatro, esperando sus órdenes).

Hamlet.—El ciervo herido llora,
y el corzo no tocado
de flecha voladora,
se huelga por el prado;
duerme aquel, y á deshora
veis éste desvelado;
que tanto el mundo va desordenado.

Y dígame, señor mío: si en adelante la fortuna me tratase mal, con esta gracia que tengo para la música y un bosque de plumas en la cabeza, y un par de lazos provenzales en mis zapatos rayados, ¿no podría hacerme lugar entre un coro de comediantes?

Horacio.—Mediano papel.

Hamlet.—¿Mediano? excelente.
Tú sabes, Damón querido,
que esta nación ha perdido
al mismo Jove y violento
tirano le ha sucedido
en el trono mal habido,
un... ¿quién diré yo? un... un sapo.

Horacio.—Bien pudierais haber conservado el consonante.

Hamlet.—¡Oh! mi buen Horacio; cuanto aquel espíritu dijo es demasiado cierto. ¿Lo has visto ahora?

Horacio.—Sí, señor, bien lo he visto.

Hamlet.—¿Cuando se trató del veneno?

Horacio.—Bien, bien le observé entonces.

Hamlet.—¡Ah! quisiera algo de música (A los cómicos:) traedme unas flautas... Si el rey no gusta de la comedia, será sin duda porque... porque no le gusta. Vaya un poco de música.

ESCENA XVI
HAMLET, HORACIO, RICARDO, GUILLERMO

Guillermo.—Señor, ¿permitiréis que os diga una palabra?

Hamlet.—Y una historia entera.

Guillermo.—El rey...

Hamlet.—Muy bien: ¿qué le sucede?

Guillermo.—Se ha retirado á su cuarto con mucha destemplanza.

Hamlet.—¿De vino, eh?

Guillermo.—No, señor, de cólera.

Hamlet.—Pero ¿no sería más acertado írselo á contar al médico? ¿No veis que si yo me meto en hacerle purgar ese humor bilioso, puede ser que se le aumente?

Guillermo.—¡Oh! señor, dad algún sentido á lo que habláis, sin desentenderos con tales extravagancias de lo que os vengo á decir.

Hamlet.—Estamos de acuerdo. Prosigue pues.

Guillermo.—La reina vuestra madre, llena de la mayor aflicción, me envía á buscaros.

Hamlet.—Seáis muy bien venido.

Guillermo.—Esos cumplimientos no tienen nada de sinceridad. Si queréis darme una respuesta sensata, desempeñaré el cargo de la reina; si no, con pediros perdón y retirarme se acabó todo.

Hamlet.—Pues, señor, no puedo.

Guillermo.—¿Cómo?

Hamlet.—Me pides una respuesta, y mi razón está un poco achacosa: no obstante, responderé del modo que pueda á cuanto me mandes, ó por mejor decir, á lo que mi madre me manda. Con que nada hay que añadir en esto. Vamos al caso. Tú has dicho que mi madre...

Ricardo.—Señor, lo que dice es que vuestra conducta la ha llenado de sorpresa y admiración.

Hamlet.—¡Oh maravilloso hijo, que así ha podido aturdir á su madre! Pero díme, ¿esa admiración no ha traído otra consecuencia? ¿No hay algo más?

Ricardo.—Sólo que desea hablaros en su gabinete antes que os vayáis a recoger.

Hamlet.—La obedeceré, si diez veces fuera mi madre. ¿Tienes algún otro negocio que tratar conmigo?

Ricardo.—Señor, yo me acuerdo de que en otro tiempo me estimabais mucho.

Hamlet.—Y ahora también. Te lo juro por estas manos rateras.

Ricardo.—Pero ¿cuál puede ser el motivo de vuestra indisposición? Eso, por cierto, es cerrar vos mismo las puertas á vuestra libertad, no queriendo comunicar con vuestros amigos los pesares que sentís.

Hamlet.—Estoy muy atrasado.

Ricardo.—¿Cómo es posible, cuando tenéis el voto del rey mismo para sucederle en el trono de Dinamarca?

Hamlet.—Sí, pero mientras nace la hierba... Ya es un poco antiguo el tal refrán. ¡Ah! ya están aquí las flautas.

ESCENA XVII
Cómico tercero y dichos

Hamlet.—Dejadme ver una.... ¿A qué tengo de ir ahí? (Guillermo y Ricardo se acercan á Hamlet con ademán obsequioso, siguiéndole adonde quiera que se vuelve, hasta que viendo su enfado se apartan) Parece que me quieres hacer caer en alguna trampa, según me cercas por todos lados.

Guillermo.—Ya veo, señor, que si el deseo de cumplir con mi obligación me da osadía, acaso el amor que os tengo me hace grosero también é importuno.

Hamlet.—No entiendo bien eso. ¿Quieres tocar esta flauta?

Guillermo.—Yo no puedo, señor.

Hamlet.—Vamos.

Guillermo.—De veras que no puedo.

Hamlet.—Yo te lo suplico.

Guillermo.—Pero si no sé palabra de eso...

Hamlet.—Más fácil es que tenderse á la larga. Mira, pon el pulgar y los demás dedos según convenga sobre estos agujeros, sopla con la boca, y verás qué lindo sonido resulta. ¿Ves? Estos son los puntos.

Guillermo.—Bien, pero si no sé hacer uso de ellos para que produzcan armonía. Como ignoro el arte...

Hamlet.—Pues mira tú en qué opinión tan baja me tienes. Tú me quieres tocar, presumes conocer mis registros, pretendes extraer lo más íntimo de mis secretos, quieres hacer que suene desde el más grave al más agudo de mis tonos; y ve aquí este pequeño órgano, capaz de excelentes voces y de armonía, que tú no puedes hacer sonar. ¿Y juzgas que se me tañe á mí con más facilidad que á una flauta? No, dame el nombre del instrumento que quieras: por más que le manejes y te fatigues, jamás conseguirás hacerle producir el menor sonido.

ESCENA XVIII
POLONIO y otros

Hamlet.—¡Oh! Dios te bendiga.

Polonio.—Señor, la reina quisiera hablaros al instante.

Hamlet.—¿No ves allí aquella nube que parece un camello?

Polonio.—Cierto, así en el tamaño parece un camello.

Hamlet.—Pues ahora me parece una comadreja.

Polonio.—No hay duda, tiene figura de comadreja.

Hamlet.—O como una ballena.

Polonio.—Es verdad, sí, como una ballena.

Hamlet.—Pues al instante iré á ver á mi madre. Tanto harán éstos, que me volverán loco de veras. Iré, iré al instante.

Polonio.—Así se lo diré.

Hamlet.—Fácilmente se dice: al instante viene... Dejadme solo, amigos.

ESCENA XIX
HAMLET

Este es el espacio de la noche apto á los maleficios. Esta es la hora en que los cementerios se abren, y el infierno respira contagios al mundo. Ahora podría yo beber caliente sangre; ahora podría ejecutar tales acciones, que el día se estremeciese al verlas. Pero vamos á ver á mi madre. ¡Oh corazón! no desconozcas la naturaleza, ni permitas que en este firme pecho se albergue la fiereza de Nerón. Déjame ser cruel, pero no parricida. El puñal que ha de herirla esté en mis palabras, no en mi mano; disimulen el corazón y la lengua; sean las que fueren las execraciones que contra ella pronuncie, nunca, nunca mi alma solicitará que se cumplan.

ESCENA XX
Gabinete
CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO

Claudio.—No, no le quiero aquí, ni conviene á nuestra seguridad dejar libre el campo á su locura. Preveníos, pues, y haré que inmediatamente se os despache para que él os acompañe á Inglaterra. El interés de mi corona no permite ya exponerme á un riesgo tan inmediato, que crece por instantes en los accesos de su demencia.

Guillermo.—Al momento dispondremos nuestra marcha. El más santo y religioso temor es aquél que procura la existencia de tantos individuos, cuya vida pende de V. M.

Ricardo.—Si es obligación en un particular defender su vida de toda ofensa, por medio de la fuerza y el arte, ¿cuánto más lo será conservar aquélla en quien estriba la felicidad pública? Cuando llega á faltar el monarca, no muere él solo, sino que á manera de un torrente precipitado arrebata consigo cuanto le rodea, como una gran rueda colocada en la cima del más alto monte, á cuyos enormes rayos están asidas innumerables piezas menores, que si llega á caer, no hay ninguna de ellas, por más pequeña que sea, que no padezca igualmente en el total destrozo. Nunca el soberano exhala un suspiro, sin excitar en su nación general lamento.

Claudio.—Yo os ruego que os prevengáis sin dilación para el viaje. Quiero encadenar este temor, que ahora camina demasiado libre.

Los dos.—Vamos á obedeceros con la mayor prontitud.

ESCENA XXI
CLAUDIO, POLONIO

Polonio.—Señor, ya se ha encaminado al cuarto de su madre. Voy á ocultarme detrás de los tapices para ver el suceso. Es seguro que ella le reprenderá fuertemente; y como vos mismo habéis observado muy bien, conviene que asista á oir la conversación alguien más que su madre, que naturalmente le ha de ser parcial, como á todas sucede. Quedaos adiós; yo volveré á veros antes que os recojáis, para deciros lo que haya pasado.

Claudio.—Gracias, querido Polonio.

ESCENA XXII
CLAUDIO

¡Oh, mi culpa es atroz! Su hedor sube al cielo, llevando consigo la maldición más terrible; la muerte de un hermano. No puedo recogerme á orar, por más que eficazmente lo procuro; que es más fuerte que mi voluntad el delito que la destruye. Como el hombre á quien dos obligaciones llaman, me detengo á considerar por cuál empezaré primero, y no cumplo ninguna... Pero si este brazo execrable estuviese aún más teñido en la sangre fraterna, ¿faltará en los cielos piadosos suficiente lluvia para volverle cándido como la nieve misma? ¿De qué sirve la misericordia, si se niega a ver el rostro del pecado? ¿Qué hay en la oración sino aquella duplicada fuerza, capaz de sostenernos al ir á caer, ó de adquirirnos el perdón habiendo caído? Sí, alzaré mis ojos al cielo, y quedará borrada mi culpa... Pero ¿qué género de oración habré de usar? Olvida, Señor, olvida el horrible homicidio que cometí... ¡Ah! que será imposible, mientras vivo poseyendo los objetos que me determinaron á la maldad: mi ambición, mi corona, mi esposa... ¿Podrá merecerse el perdón cuando la ofensa existe? En este mundo estragado sucede con frecuencia que la mano delincuente, derramando el oro, aleja la justicia y corrompe con dádivas la integridad de las leyes; no así en el cielo, que allí no hay engaños, allí comparecen las acciones humanas como ellas son, y nos vemos compelidos á manifestar nuestras faltas todas sin excusa, sin rebozo alguno... En fin, ¿qué debo hacer?... Probemos lo que puede el arrepentimiento... ¿y qué no podrá?... Pero ¿qué ha de poder con quien no puede arrepentirse? ¡Oh situación infeliz! ¡Oh conciencia, ennegrecida con sombras de muerte! ¡Oh alma mía aprisionada! que cuanto más te esfuerzas para ser libre, más quedas oprimida. ¡Angeles, asistidme! Probad en mí vuestro poder. Dóblense mis rodillas tenaces; y tú, corazón mío de aceradas fibras, hazte blando como los nervios del niño que acaba de nacer. Todo, todo puede enmendarse.

(Se arrodilla y apoya los brazos y la cabeza en un sillón).

ESCENA XXIII
CLAUDIO, HAMLET

Hamlet.—Esta es la ocasión propicia. Ahora está rezando, ahora le mato... (Saca la espada, da algunos pasos en ademán de herirle; se detiene, y se retira otra vez hacia la puerta). Y así se irá al cielo... ¿Y es esta mi venganza? No, reflexionemos. Un malvado asesina á mi padre, y yo, su hijo único, aseguro al malhechor la gloria; ¿no es esto, en vez de castigo, premio y recompensa? El sorprendió á mi padre acabados los desórdenes del banquete, cubierto de más culpas que mayo tiene flores... ¿Quién sabe, sino Dios, la estrecha cuenta que hubo de dar? Pero, según nuestra razón concibe, terrible ha sido su sentencia. ¿Y quedaré vengado dándole á éste la muerte, precisamente cuando purifica su alma, cuando se dispone para la partida? No, espada mía, vuelve á tu lugar, y espera ocasión de ejecutar más tremendo golpe. Cuando esté ocupado en el juego, cuando blasfeme colérico, ó duerma con la embriaguez, ó se abandone á los placeres incestuosos del lecho, ó cometa acciones contrarias á su salvación, hiérele entonces; caiga precipitado al profundo, y su alma quede negra y maldita, como el infierno que ha de recibirle. (Envaina la espada). Mi madre me espera. Malvado, esta medicina, que te dilata la dolencia, no evitará tu muerte.

ESCENA XXIV
CLAUDIO

Mis palabras suben al cielo, mis afectos quedan en la tierra. (Se levanta, con agitación). Palabras sin afectos nunca llegan á los oídos de Dios.

ESCENA XXV
Cuarto de la reina
GERTRUDIS, POLONIO, HAMLET

Polonio.—Va á venir al momento. Mostradle entereza; decidle que sus locuras han sido demasiado atrevidas é intolerables, que vuestra bondad le ha protegido, mediando entre él y la justa indignación que excitó. Yo entre tanto retirado aquí, guardaré silencio. Habladle con libertad, yo os lo suplico.

Hamlet (gritando desde adentro).—¡Madre! ¡madre!

Gertrudis.—Así te lo prometo; nada temo. Ya le siento llegar. Retírate.

(Polonio se oculta detrás de unos tapices).

ESCENA XXVI
GERTRUDIS, HAMLET, POLONIO

Hamlet.—¿Qué me mandáis, señora?

Gertrudis.—Hamlet, muy ofendido tienes á tu padre.

Hamlet.—Madre, muy ofendido tenéis al mío.

Gertrudis.—Ven, ven aquí; tú me respondes con lengua demasiado libre.

Hamlet.—Voy, voy allá... y vos me preguntáis con lengua bien perversa.

Gertrudis.—¿Qué es esto, Hamlet?

Hamlet.—¿Y qué es eso, madre?

Gertrudis.—¿Te olvidas de quien soy?

Hamlet.—No, por la cruz bendita que no me olvido. Sois la reina, casada con el hermano de vuestro primer esposo, y... ¡ojalá no fuera así!... ¡Eh! sois mi madre.

Gertrudis.—Bien está. Yo te pondré delante de quien te haga hablar con más acuerdo.

Hamlet.—Venid (Hamlet, asiendo de un brazo á Gertrudis, la hace sentar), sentaos, y no saldréis de aquí, no os moveréis, sin que os ponga un espejo delante, en que veáis lo más oculto de vuestra conciencia.

Gertrudis.—¿Qué intentas hacer? ¿Quieres matarme?... ¿Quién me socorre? ¡Cielos!

(Al ver Gertrudis la extraordinaria agitación que Hamlet manifiesta en su semblante y acciones, teme que va á matarla, y grita despavorida pidiendo socorro. Polonio quiere salir de donde está oculto, y después se detiene. Hamlet advierte que los tapices se mueven, sospecha que Claudio está escondido detrás de ellos, saca la espada, da dos ó tres estocadas sobre el bulto que halla, y prosigue hablando con su madre.)

Polonio.—Socorro pide... ¡oh!...

Hamlet.—¿Qué es esto?... Un ratón... Murió... Un ducado á que ya está muerto.

Polonio.—¡Ay de mí!

Gertrudis.—¿Qué has hecho?

Hamlet.—Nada... ¿Qué sé yo?... ¿Si sería el rey?

Gertrudis.—¡Qué acción tan precipitada y sangrienta!

Hamlet.—Es verdad, madre mía, acción sangrienta, y cuasi tan horrible como la de matar á un rey, y casarse después con su hermano.

Gertrudis.—¿Matar á un rey?

Hamlet.—Sí, señora, eso he dicho. (Alza el tapiz, y aparece Polonio muerto en el suelo). Y tú, miserable, temerario, entrometido, loco... Adiós. Yo te tomé por otra persona de más consideración. Mira el premio que has adquirido; ve ahí el riesgo que tiene la demasiada curiosidad... (Volviendo á hablar con Gertrudis, á quien hace sentar de nuevo). No, no os torzáis las manos... Sentaos aquí, y dejad que yo os tuerza el corazón. Así he de hacerlo, si no le tenéis formado de impenetrable pasta, si las costumbres malditas no le han convertido en un muro de bronce opuesto á toda sensibilidad.

Gertrudis.—¿Qué hice yo, Hamlet, para que con tal aspereza me insultes?

Hamlet.—Una acción que mancha la tez purpúrea de la modestia, y da nombre de hipocresía á la virtud; arrebata las flores de la frente hermosa de un inocente amor, colocando un vejigatorio en ella; que hace más pérfidos los votos conyugales que las promesas del tahur; una acción que destruye la buena fe, alma de los contratos, y convierte la inefable religión en una complicación frívola de palabras; una acción, en fin, capaz de inflamar en ira la faz del cielo, y trastornar con desorden horrible esta sólida y artificiosa máquina del mundo, como si se aproximara su fin temido.

Gertrudis.—¡Ay de mí! ¿Y qué acción es esa, que así exclamas al anunciarla con espantosa voz de trueno?

Hamlet.—Veis aquí presentes en esta y esta pintura (señalando á dos retratos que habrá en la pared, uno del rey Hamlet, y otro de Claudio) los retratos de dos hermanos. ¡Ved cuánta gracia residía en aquel semblante! Los cabellos del sol, la frente como la del mismo Júpiter, su vista imperiosa y amenazadora como la de Marte, su gentileza semejante á la del mensajero Mercurio cuando aparece sobre una montaña cuya cima llega á los cielos. ¡Hermosa combinación de formas, donde cada uno de los dioses imprimió su carácter, para que el mundo admirase tantas perfecciones en un hombre solo. Este fué vuestro esposo. Ved ahora el que sigue. Este es vuestro esposo, que como la espiga con tizón destruye la santidad de su hermano. ¿Lo veis bien?... Ni podéis llamarlo amor, porque en vuestra edad los hervores de la sangre están ya tibios y obedientes á la prudencia; ¿y qué prudencia descendería desde aquél a éste? Sentidos tenéis, que a no ser así, no tuvierais afectos; pero esos sentidos deben de padecer letargo profundo. La demencia misma no podría incurrir en tanto error; ni el frenesí tiraniza con tal exceso las sensaciones, que no quede suficiente juicio para saber elegir entre dos objetos cuya diferencia es tan visible... ¿Qué espíritu infernal os pudo engañar y cegar así? Los ojos sin el tacto, el tacto sin la vista, los oídos, el olfato solo, una débil porción de cualquier sentido hubiera bastado á impedir tal estupidez... ¡Oh modestia! ¿y no te sonrojas? ¡Rebelde infierno! si así pudiste inflamar las médulas de una matrona, permite, permite que la virtud en la edad juvenil sea dócil como la cera, y se liquide en sus propios fuegos; ni se invoque al pudor para resistir su violencia, puesto que el hielo mismo con tal actividad se enciende, y es ya el entendimiento el que prostituye el corazón.

Gertrudis.—¡Oh Hamlet! no digas más... Tus razones me hacen dirigir la vista á mi conciencia, y advierto allí las más negras y groseras manchas, que acaso nunca podrán borrarse.

Hamlet.—¡Y permanecer así entre el pestilente sudor en un lecho incestuoso, envilecida en corrupción, prodigando caricias de amor en aquella sentina impura!

Gertrudis.—No más, no más, que esas palabras como agudos puñales hieren mis oídos... No más, querido Hamlet.

Hamlet.—Un asesino... un malvado... vil... inferior mil veces á vuestro difunto esposo... escarnio de los reyes, ratero del imperio y el mando, que robó la preciosa corona, y se la guardó en el bolsillo.

Gertrudis.—No más...

ESCENA XXVII
GERTRUDIS, HAMLET, la sombra del rey Hamlet

Hamlet.—Un rey de botarga... ¡Oh espíritus celestes! defendedme, cubridme con vuestras alas... ¿Qué quieres, venerada sombra?

Gertrudis.—¡Ay! que está fuera de sí.

Hamlet.—¿Vienes acaso á culpar la negligencia de tu hijo, que debilitado por la compasión y la tardanza, olvida la importante ejecución de tu precepto terrible?... Habla.

La sombra.—No lo olvides. Vengo á inflamar de nuevo tu ardor casi extinguido. Pero ¿ves? Mira cómo has llenado de asombro á tu madre. Ponte entre ella y su alma agitada, y hallarás que la imaginación obra con mayor violencia en los cuerpos más débiles. Háblala, Hamlet.

Hamlet.—¿En qué pensáis, señora?

Gertrudis.—¡Ay! ¿y en qué piensas tú, que así diriges la vista donde no hay nada, razonando con el aire incorpóreo?... Toda tu alma se ha pasado á tus ojos, que se mueven horribles; y tus cabellos, que pendían, adquiriendo vida y movimiento, se erizan y levantan como los soldados á quienes improviso rebato despierta. ¡Hijo de mi alma! ¡Oh! derrama sobre el ardiente fuego de tu agitación la paciencia fría... ¿A quién estás mirando?

Hamlet.—A él, á él... ¿Le veis qué pálida luz despide? Su aspecto y su dolor bastarían á conmover las piedras... ¡Ay! no me mires así; no sea que ese lastimoso semblante destruya mis designios crueles, no sea que al ejecutarlos equivoque los medios, y en vez de sangre se derramen lágrimas.

Gertrudis.—¿A quién dices eso?

Hamlet.—¿No veis nada allí?

Gertrudis.—Nada, y veo todo lo que hay.

Hamlet.—¿Ni oísteis nada tampoco?

Gertrudis.—Nada más que lo que nosotros hablamos.

Hamlet.—Mirad, allí... ¿Le veis?... Ahora se va... Mi padre... con el traje mismo que se vestía... ¿Veis por dónde va?... Ahora llega al pórtico.

ESCENA XXVIII
GERTRUDIS, HAMLET

Gertrudis.—Todo es efecto de la fantasía. El desorden que padece tu espíritu produce esas ilusiones vanas.

Hamlet.—¿Desorden? Mi pulso, como el vuestro late con regular intervalo, y anuncia igual salud en sus compases... Nada de lo que he dicho es locura. Haced la prueba, y veréis si os repito cuantas ideas y palabras acabo de proferir, y un loco no puede hacerlo. ¡Ah, madre mía! en merced os pido que no apliquéis al alma esa unción halagüeña, creyendo que es mi locura la que habla, y no vuestro delito. Con tal medicina lograréis sólo irritar la parte ulcerada, aumentando la ponzoña pestífera que interiormente la corrompe... Confesad al cielo vuestra culpa, llorad lo pasado, precaved lo futuro, y no extendáis el beneficio sobre las malas hierbas para que prosperen lozanas. Perdonad este desahogo á mi virtud, ya que en esta delincuente edad la virtud misma tiene que pedir perdón al vicio, y aun para hacerle bien le halaga y le ruega.

Gertrudis.—¡Ay, Hamlet! tú despedazas mi corazón.

Hamlet.—¿Sí? Pues apartad de vos aquella porción más dañada, y vivid con la que resta más inocente. Buenas noches... Pero no volváis al lecho de mi tío. Si carecéis de virtud, aparentadla al menos. La costumbre, aquel monstruo que destruye las inclinaciones y afectos del alma, si en lo demás es un demonio, tal vez es un ángel cuando sabe dar á las buenas acciones una cierta facilidad con que insensiblemente las hace parecer innatas. Conteneos por esta noche; este esfuerzo os hará más fácil la abstinencia próxima, y la que siga después la hallaréis más fácil todavía. La costumbre es capaz de borrar la impresión misma de la naturaleza, reprimir las malas inclinaciones y alejarlas de nosotros con maravilloso poder. Buenas noches; y cuando aspiréis de veras á la bendición del cielo, entonces yo os pediré vuestra bendición... La desgracia de este hombre (hace ademán de cargar con el cuerpo de Polonio; pero dejándole en el suelo otra vez vuelve á hablar á Gertrudis) me aflige en extremo; pero Dios lo ha querido así: á él le ha castigado por mi mano, y á mí también precisándome á ser el instrumento de su enojo. Yo le conduciré adonde convenga, y sabré justificar la muerte que le dí. Basta. Buenas noches. Porque soy piadoso, debo ser cruel; ve aquí el primer daño cometido; pero aun es mayor el que después ha de ejecutarse... ¡Ah! escuchad otra cosa.

Gertrudis.—¿Cuál es? ¿Qué debo hacer?

Hamlet.—No hacer nada de cuanto os he dicho, nada. Permitid que el rey hinchado con el vino, os conduzca otra vez al lecho, y allí os acaricie, apretando lascivo vuestras mejillas, y os tiente el pecho con sus malditas manos, y os bese con negra boca. Agradecida, entonces, declaradle cuanto hay en el caso: decidle que mi locura no es verdadera, que todo es artificio... Sí, decídselo; porque ¿cómo sería posible callárselo? Id, y á pesar de la razón y del sigilo, abrid la jaula sobre el techo de la casa y haced que los pájaros se vuelen; y semejante al mono (tan amigo de hacer experiencias), meted la cabeza en la trampa, á riesgo de perecer en ella misma.

Gertrudis.—No, no lo temas; que si las palabras se forman del aliento, y éste anuncia vida, no hay vida ni aliento en mí para repetir lo que me has dicho.

Hamlet.—¿Sabéis que debo ir á Inglaterra?

Gertrudis.—¡Ah! ya lo había olvidado. Sí, es cosa resuelta.

Hamlet.—He sabido que hay ciertas cartas selladas, y que mis dos condiscípulos (de quienes yo me fiaré como de una víbora ponzoñosa) van encargados de llevar el mensaje, facilitarme la marcha y conducirme al precipicio. Pero yo los dejaré hacer; que es mucho gusto ver volar al minador con su propio hornillo, y mal irán las cosas o yo excavaré una vara no más, debajo de sus minas, y los haré saltar hasta la luna. ¡Oh, es mucho gusto cuando un pícaro tropieza con quien se las entiende!..... Este hombre me hace ahora su ganapán... (Quiere llevar á cuestas el cadáver, y no pudiendo hacerlo cómodamente, le ase de un pie, y se le lleva arrastrando) le llevaré arrastrando á la pieza inmediata. Madre, buenas noches... Por cierto que el señor consejero (que fué en vida un hablador impertinente) es ahora bien reposado, bien serio y taciturno. Vamos, amigo, que es menester sacaros de aquí y acabar con ello. Buenas noches, madre.

ACTO IV

ESCENA PRIMERA
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

Claudio.—Esos suspiros, esos profundos sollozos alguna causa tienen; dime cuál es, conviene que la sepa yo... ¿En dónde está tu hijo?

Gertrudis.—Dejadnos solos un instante. (Vanse Ricardo y Guillermo). ¡Ah, señor, lo que he visto esta noche!

Claudio.—¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?

Gertrudis.—Furioso está como el mar y el viento cuando disputan entre sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le agita, oyó algún ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón, un ratón; y en su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba oculto.

Claudio.—¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza á todos: á mí, á ti misma, á todos en fin. ¡Oh!... ¿y cómo disculparemos una acción tan sangrienta? Nos la imputarán, sin duda, á nosotros, porque nuestra autoridad debería haber reprimido á ese joven loco, poniéndole en paraje donde á nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien así como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le devore la sustancia vital. ¿Y dónde ha ido?

Gertrudis.—A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su locura llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su pureza, aunque mezclado tal vez con metales viles.

Claudio.—Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes haré que se embarque y se vaya; en tanto será necesario emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia para ocultar ó disculpar un hecho tan indigno.

ESCENA II
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO

Claudio.—¡Oh Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna gente que os ayude... Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto á Polonio, y le ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id á buscarle; habladle con dulzura; y haced llevar el cadáver á la capilla. No os detengáis. (Vanse Ricardo y Guillermo). Vamos, que pienso llamar á nuestros más prudentes amigos para darles cuenta de esta imprevista desgracia, y de lo que resuelvo hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión del orbe, y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón á su blanco), errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y herirá sólo al viento insensible. ¡Oh!... Vamos de aquí... mi alma está llena de agitación y de terror.

ESCENA III
Cuarto de Hamlet
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO

Hamlet.—Colocado ya en lugar seguro... Pero...

Ricardo (desde adentro).—¡Hamlet! ¡señor!

Hamlet.—¿Qué ruido es este? ¿Quién llama á Hamlet?... ¡Oh! ya están aquí. (Salen Ricardo y Guillermo).

Ricardo.—Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?

Hamlet.—Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.

Ricardo.—Decidnos dónde está, para que le hagamos llevar á la capilla.

Hamlet.—¡Ah!... no lo creáis, no.

Ricardo.—¿Qué es lo que no debemos creer?

Hamlet.—Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele el mío... Y además, ¿qué ha de responder el hijo de un rey a las instancias de un entrometido palaciego?

Ricardo.—¿Entrometido me llamáis?

Hamlet.—Sí, señor, entrometido; que como una esponja chupa del favor del rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes á lo último de su carrera es cuando sirven mejor al príncipe; porque éste, semejante al mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los conserva, y el primero que entró es el último que se traga. Cuando el rey necesite lo que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge, te exprime, y quedas enjuto otra vez.

Ricardo.—No comprendo lo que decís.

Hamlet.—Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los oídos tontos.

Ricardo.—Señor, lo que importa es que nos digáis en dónde está el cuerpo, y os vengáis con nosotros á ver al rey.

Hamlet.—El cuerpo está con el rey; pero el rey no está con el cuerpo. El rey viene á ser una cosa, como...

Guillermo.—¿Qué cosa, señor?

Hamlet.—Una cosa que no vale nada... Pero guarda, Pablo... Vamos á verle.

ESCENA IV
Salón de palacio
CLAUDIO

Le he enviado á llamar, y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad á este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad, que esa repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, ó son incurables, ó se alivian con desesperados remedios.

ESCENA V
CLAUDIO, RICARDO

Claudio.—¿Qué hay, qué ha sucedido?

Ricardo.—No hemos podido lograr que nos diga adonde ha llevado el cadáver.

Claudio.—Pero él ¿en dónde está?

Ricardo.—Afuera quedó con gente que le guarda, esperando vuestras órdenes.

Claudio.—Traedle á mi presencia.

Ricardo.—Guillermo: que venga el príncipe.

ESCENA VI
CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, criados

Claudio.—Y bien, Hamlet, ¿en dónde está Polonio?

Hamlet.—Ha ido á cenar.

Claudio.—¿A cenar? ¿Adonde?

Hamlet.—No adonde coma, sino adonde es comido, entre una numerosa congregación de gusanos. El gusano es el monarca supremo de todos los comedores. Nosotros engordamos á los demás animales para engordarnos, y engordamos para el gusanillo que nos come después. El rey gordo y el mendigo flaco son dos platos diferentes, pero se sirven á una misma mesa. En esto para todo.

Claudio.—¡Ah!

Hamlet.—Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que ha comido á un rey, y comerse después el pez que se alimentó de aquel gusano.

Claudio.—¿Y qué quieres decir con eso?

Hamlet.—Nada más que manifestar cómo un rey puede pasar progresivamente á las tripas de un mendigo.

Claudio.—¿En dónde está Polonio?

Hamlet.—En el cielo. Enviad á alguno que lo vea, y si vuestro comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle á buscar á otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.

Claudio.—Id á buscarle.

(Vanse los criados).

Hamlet.—No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.

Claudio.—Este suceso, Hamlet, exige que atiendas á tu propia seguridad, la cual me interesa tanto como lo demuestra el sentimiento que me causa la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí con acelerada diligencia. Prepárate pues. La nave está ya prevenida, el viento es favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto para tu viaje á Inglaterra.

Hamlet.—¿A Inglaterra?

Claudio.—Sí, Hamlet.

Hamlet.—Muy bien.

Claudio.—Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el fin á que se encaminan mis deseos.

Hamlet.—Yo veo un ángel que los ve... Pero vamos á Inglaterra. ¡Adiós, mi querida madre!

Claudio.—¿Y tu padre que te ama, Hamlet?

Hamlet.—Mi madre... Padre y madre son marido y mujer; marido y mujer son una carne misma, con que... mi madre... ¡Eh! Vamos á Inglaterra.

ESCENA VII
CLAUDIO, RICARDO, GUILLERMO

Claudio.—Seguidle inmediatamente; instad con viveza su embarco, no se dilate un punto. Quiero verle fuera de aquí esta noche. Partid. Cuanto es necesario á esta comisión, está sellado y pronto. Id, no os detengáis. (Vanse Ricardo y Guillermo.) Y tú, Inglaterra, si en algo estimas mi amistad (de cuya importancia mi gran poder te avisa), pues aun miras sangrientas las heridas que recibiste del acero dinamarqués, y en dócil temor me pagas tributos, no dilates tibia la ejecución de mi suprema voluntad, que por cartas escritas á este fin te pide con la mayor instancia la pronta muerte de Hamlet. Su vida es para mí una fiebre ardiente, y tú sola puedes aliviarme. Hazlo así, Inglaterra, y hasta que sepa que descargaste el golpe, por más feliz que mi suerte sea, no se restablecerán en mi corazón la tranquilidad ni la alegría.

ESCENA VIII
Campo solitario en las fronteras de Dinamarca
FORTIMBRAS, un capitán, soldados

Fortimbrás.—Id, capitán, saludad en mi nombre al monarca danés; decidle que en virtud de su licencia, Fortimbrás pide el paso libre por su reino, según se le ha prometido. Ya sabéis el sitio de nuestra reunión. Si algo quiere S. M. comunicarme, hacedle saber que estoy pronto á ir en persona á darle pruebas de mi respeto.

Capitán.—Así lo haré, señor.

Fortimbrás.—Y vosotros caminad con paso vagaroso.

ESCENA IX
Un capitán, HAMLET, RICARDO, GUILLERMO, soldados

Hamlet.—Caballero, ¿de dónde son estas tropas?

Capitán.—De Noruega, señor.

Hamlet.—Y decidme, ¿adónde se encaminan?

Capitán.—Contra una parte de Polonia.

Hamlet.—¿Quién las acaudilla?

Capitán.—Fortimbrás, sobrino del anciano rey de Noruega.

Hamlet.—¿Se dirigen contra toda Polonia, ó sólo á alguna parte de sus fronteras?

Capitán.—Para deciros sin rodeos la verdad, vamos á adquirir una porción de tierra, de la cual (exceptuando el honor) ninguna otra utilidad puede esperarse. Si me la diesen arrendada en cinco ducados, no la tomaría, ni pienso que produzca mayor interés al de Noruega ni al polaco, aunque á pública subasta la vendan.

Hamlet.—¿Sin duda el polaco no tratará de resistir?

Capitán.—Antes bien ha puesto ya en ella tropas que la guarden.

Hamlet.—De ese modo el sacrificio de dos mil hombres y veinte mil ducados no decidirán la posesión de un objeto tan frívolo. Esa es una apostema del cuerpo político, nacida de la paz y excesiva abundancia que revienta en lo interior, sin que exteriormente se vea la razón por que el hombre perece. Os doy muchas gracias de vuestra cortesía.

Capitán.—Dios os guarde.

(Vanse el capitán y los soldados).

Ricardo.—¿Queréis proseguir el camino?

Hamlet.—Presto os alcanzaré. Id adelante un poco.

ESCENA X
HAMLET

Cuantos accidentes ocurren, todos me acusan, excitando á la venganza mi adormecido aliento. ¿Qué es el hombre que funda su mayor felicidad, y emplea todo su tiempo sólo en dormir y alimentarse? Es un bruto y no más. No: aquel que nos formó dotados de tan extenso conocimiento, que con él podemos ver lo pasado y lo futuro, no nos dió ciertamente esta facultad, esta razón divina, para que estuviera nosotros sin uso y torpe. Sea, pues, brutal negligencia, sea tímido escrúpulo que no se atreve á penetrar los casos venideros (proceder en que hay más parte de cobardía que de prudencia), yo no sé para qué existo, diciendo siempre: razón, voluntad, fuerza y medios para ejecutarla. Por todas partes hallo ejemplos grandes que me estimulan. Prueba es bastante ese fuerte y numeroso ejército conducido por un príncipe joven y delicado, cuyo espíritu impelido de ambición generosa desprecia la incertidumbre de los sucesos, y expone su existencia frágil y mortal á los golpes de la fortuna, á la muerte, á los peligros más terribles, y todo por un objeto de tan leve interés. El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando ocurre un gran motivo, sino en saber hallar una razón plausible de contienda, aunque sea pequeña la causa, cuando se trata de adquirir honor. ¿Cómo, pues, permanezco yo en ocio indigno, muerto mi padre alevosamente, mi madre envilecida... estímulos capaces de excitar mi razón y mi ardimiento, que yacen dormidos? Mientras para vergüenza mía veo la destrucción inmediata de veinte mil hombres, que por un capricho, por una estéril gloria van al sepulcro como á sus lechos, combatiendo por una causa que la multitud es incapaz de comprender, por un terreno que aun no es suficiente sepultura á tantos cadáveres... ¡Oh! de hoy más, ó no existirá en mi fantasía idea ninguna, ó cuantas forme serán sangrientas.

ESCENA XI
Galería de palacio
GERTRUDIS, HORACIO

Gertrudis.—No, no quiero hablarla.

Horacio.—Ella insta por veros. Está loca, es verdad; pero eso mismo debe excitar vuestra compasión.

Gertrudis.—¿Y qué pretende? ¿Qué dice?

Horacio.—Habla mucho de su padre: dice que continuamente oye que el mundo está lleno de maldad; solloza, se lastima el pecho, y airada trastorna con el pie cuanto tal pasar encuentra. Profiere razones equívocas en que apenas se halla sentido; pero la misma extravagancia de ellas mueve á los que las oyen á retenerlas, examinando el fin con que las dice, y dando á sus palabras una combinación arbitraria, según la idea de cada uno. Al observar sus miradas, sus movimientos de cabeza, su gesticulación expresiva, llegan á creer que puede haber en ella algún asomo de razón; pero nada hay de cierto sino que se halla en el estado más infeliz.

Gertrudis.—Será bien hablarla, antes que mi repulsa esparza conjeturas fatales en aquellos ánimos que todo lo interpretan siniestramente. Hazla venir. (Vase Horacio). El más frívolo acaso parece á mi dañada conciencia presagio de algún grave desastre. Propia es de la culpa esta desconfianza. Tan lleno está siempre de recelos el delincuente, que el temor de ser descubierto hace tal vez que él mismo se descubra.

ESCENA XII
GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

Ofelia.—¿En dónde está la hermosa reina de Dinamarca?

Gertrudis.—¿Cómo va, Ofelia?

Ofelia.—(Estos versos, y todos los que siguen en el presente acto, los canta Ofelia).

¿Cómo va al amante
que fiel te sirva,
de otro cualquiera
distinguiría?
Por las veneras
de su esclavina,
bordón, sombrero
con plumas rizas,
y su calzado
que adornan cintas.

Gertrudis.—¡Oh querida mía! ¿y á qué propósito viene esa canción?

Ofelia.—¿Eso decís?... Atended a ésta:

Muerto es ya, señora,
muerto, y no está aquí.
Una tosca piedra
á sus plantas vi,
y al césped del prado
su frente cubrir.

¡Ah! ¡ah! ¡ah! (Dando risotadas).

Gertrudis.—Sí; pero, Ofelia...

Ofelia.—Oíd, oíd.

Blancos pañales le vestían...

ESCENA XIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, OFELIA, HORACIO

Gertrudis.—¡Desgraciada! ¿Veis esto, señor?

Ofelia.—Blancos pañales le vestían
como la nieve del monte,
y al sepulcro le conducen
cubierto de bellas flores,
que en tierno llanto de amor
se humedecieron entonces.

Claudio.—¿Cómo estás, graciosa niña?

Ofelia.—Buena: Dios os lo pague... Dicen que la lechuza fué antes una doncella, hija de un panadero... ¡Ah!... Sabemos lo que somos ahora. Pero no lo que podemos ser... Dios vendrá á visitarnos.

Claudio.—Alusión á su padre.

Ofelia.—Pero no, no hablemos más en esto; y si os preguntan lo que significa, decid:

De san Valentino
la fiesta es mañana:
yo, niña amorosa,
al toque del alba
iré á que me veas
desde tu ventana,
para que la suerte
dichosa me caiga.
Despierta el mancebo,
se viste de gala.

Y él responde entonces:

Por el sol te juro
que no lo olvidara,
si tú no te hubieras
venido á mi cama.

Claudio.—¡Graciosa Ofelia!

Ofelia.—Sí, voy á acabar: sin jurarlo, os prometo que la voy á concluir.

¡Ay, mísera! ¡Cielos!
¡Torpeza, villana!
¿Qué galán desprecia
ventura tan alta?
Pues todos son falsos,
le dice indignada:
antes que en tus brazos
me mirase incauta,
de hacerme tu esposa
me diste palabra.
Y abriendo las puertas
entró la muchacha,
que viniendo virgen
volvió desflorada.

Claudio.—¿Cuánto ha que está así?

Ofelia.—Yo espero que todo irá bien... Debemos tener paciencia... (Se entristece y llora). Pero yo no puedo menos de llorar considerando que le han dejado sobre la tierra fría... Mi hermano lo sabrá... preciso... Y yo os doy las gracias por vuestros buenos consejos... (Con mucha viveza y alegría). Vamos, la carroza. Buenas noches, señoras, buenas noches. Amiguitas, buenas noches, buenas noches, buenas noches.

Claudio (á Horacio).—Acompáñala á su cuarto, y haz que la asista suficiente guardia. Yo te lo ruego.

ESCENA XIV
CLAUDIO, GERTRUDIS

Claudio.—¡Oh! todo es efecto de un profundo dolor; todo nace de la muerte de su padre; y ahora observo, Gertrudis, que cuando los males vienen, no vienen esparcidos como espías, sino reunidos en escuadrones. Su padre muerto, tu hijo ausente habiendo dado él mismo justo motivo á su destierro), el pueblo alterado en tumulto con dañadas ideas y murmuraciones sobre la muerte del buen Polonio, cuyo entierro oculto ha sido no leve imprudencia de nuestra parte; la desdichada Ofelia fuera de sí, turbada su razón, sin la cual somos vanos simulacros, ó comparables sólo á los brutos, y por último (y esto no es menos esencial que todo lo restante), su hermano, que ha venido secretamente de Francia, y en medio de tan extraños casos, se oculta entre sombras misteriosas, sin que falten lenguas maldicientes que envenenen sus oídos, hablándole de la muerte de su padre. Ni en tales discursos, á falta de noticias seguras, dejaremos de ser citados continuamente de boca en boca. Todos estos afanes juntos, mi querida Gertrudis, como una máquina destructora que se dispara, me dan muchas muertes á un tiempo.

(Suena á lo lejos un rumor confuso, que se irá aumentando durante la escena siguiente).

Gertrudis.—¡Ay Dios! ¿Qué estruendo es éste?

ESCENA XV
CLAUDIO, GERTRUDIS, un caballero

Claudio.—¿En dónde está mi guardia?... Acudid... defended las puertas... ¿Qué es esto?

Caballero.—Huíd, señor. El Océano, sobrepujando sus términos, no traga las llanuras con ímpetu más espantoso, que el que manifiesta el joven Laertes ciego de furor, venciendo la resistencia que le oponen vuestros soldados. El vulgo le apellida señor; y como si ahora comenzase á existir el mundo, la antigüedad y la costumbre (apoyo y seguridad de todo buen gobierno) se olvidan y se desconocen. Gritan por todas partes: «Nosotros elegimos por rey a Laertes.» Los sombreros arrojados al aire, las manos y las lenguas le aplauden, llegando á las nubes la voz general que repite: «Laertes será nuestro rey. ¡Viva Laertes!»

Gertrudis.—¡Con qué alegría sigue, ladrando, esa traílla pérfida el rastro mal seguro en que va á perderse!

Claudio.—Ya han roto las puertas.

ESCENA XVI
LAERTES, CLAUDIO, GERTRUDIS, soldados y pueblo

Laertes.—¿En dónde está el rey? (Volviéndose hacia la puerta por donde ha salido, detiene á los conjurados que le acompañan, y hace que se retiren). Vosotros quedaos todos afuera.

Voces.—No, entremos.

Laertes.—Yo os pido que me dejéis.

Voces.—Bien, bien está.

Laertes.—Gracias, señores. Guardad las puertas... y tú, indigno príncipe, dame á mi padre.

Gertrudis.—Menos, menos ardor, querido Laertes.

Laertes.—Si hubiese en mí una gota de sangre con menos ardor, me declararía por hijo espurio, infamaría de cornudo á mi padre, é imprimiría sobre la frente limpia y casta de mi madre honestísima la nota infame de prostituta.

Claudio.—Pero, Laertes, ¿cuál es el motivo de tan atrevida rebelión?... Déjale, Gertrudis, no le contengas... no temas nada contra mí. Existe una fuerza divina que defiende á los reyes; la traición no puede como quisiera penetrar hasta ellos, y ve malogrados en la ejecución todos sus designios... Dime, Laertes, ¿por qué estás tan airado?... Déjale, Gertrudis... Habla tú.

Laertes.—¿En dónde está mi padre?

Claudio.—Murió.

Gertrudis.—Pero no le ha muerto el rey.

Claudio.—Déjale preguntar cuanto quiera.

Laertes.—¿Y cómo ha sido su muerte?... ¡Eh!... No, á mí no se me engaña. Váyase al infierno la fidelidad, llévese el más atezado demonio los juramentos de vasallaje, sepúltense la conciencia, la esperanza de salvación en el abismo más profundo... La condenación eterna no me horroriza; suceda lo que quiera, ni éste ni el otro mundo me importan nada... Sólo aspiro, y éste es el punto en que insisto, sólo aspiro á dar completa venganza á mi difunto padre.

Claudio.—¿Y quién te lo puede estorbar?

Laertes.—Mi voluntad sola, y no todo el universo; y en cuanto á los medios de que he de valerme, no sabré economizarlos de suerte que un pequeño esfuerzo produzca efectos grandes.

Claudio.—Buen Laertes, si deseas saber la verdad acerca de la muerte de tu amado padre, ¿está escrito acaso en tu venganza que hayas de atropellar sin distinción amigos y enemigos, culpados é inocentes?

Laertes.—No, sólo á mis enemigos.

Claudio.—¿Querrás, sin duda, conocerlos?

Laertes.—¡Oh! á mis buenos amigos yo los recibiré con abiertos brazos, y semejante al pelícano amoroso los alimentaré, si necesario fuese, con mi sangre misma.

Claudio.—Ahora hablaste como buen hijo y como caballero. Laertes, ni tengo culpa en la muerte de tu padre, ni alguno ha sentido como yo su desgracia. Esta verdad deberá ser tan clara á tu razón, como á tus ojos la luz del día.

Voces.—Dejadla entrar.

(Ruido y voces dentro).

Laertes.—¿Qué novedad... qué ruido es éste?