ESCENA XVII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES, OFELIA, acompañamiento. Ofelia sale vestida de blanco, el cabello suelto, y una guirnalda en la cabeza, hecha de paja y flores silvestres, trayendo, en el faldellín muchas flores y hierbas.
Laertes.—¡Oh, calor activo, abrasa mi cerebro! ¡Lágrimas en extremo cáusticas, consumid la potencia y la sensibilidad de mis ojos! Por los cielos te juro que esa demencia tuya será pagada por mí con tal exceso, que el peso del castigo tuerza el fiel y baje la balanza... ¡Oh, rosa de mayo! ¡amable niña! ¡mi querida Ofelia! ¡mi dulce hermana!... ¡Oh cielos! ¿y es posible que el entendimiento de una tierna joven sea tan frágil como la vida del hombre decrépito?... Pero la naturaleza es muy fina en amor y cuando éste llega al exceso, el alma se desprende tal vez de alguna preciosa parte de sí misma, para ofrecérsela en don al objeto amado.
Ofelia.—Lleváronle en su ataúd
con el rostro descubierto.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Y sobre su sepultura
muchas lágrimas llovieron.
Ay no ni, ay ay ay no ni.
Adiós, querido mío. Adiós.
Laertes.—Si gozando de tu razón me incitaras á la venganza, no pudieras conmoverme tanto.
Ofelia.—Debéis cantar aquello de:
Abajito está:
llámele, señor, que abajito está.
¡Ay, qué á propósito viene el estribillo!... El pícaro del mayordomo fué el que robó á la señorita.
Laertes.—Esas palabras vanas producen mayor efecto en mí, que el más concertado discurso.
Ofelia.—Aquí traigo romero, que es bueno para la memoria. (A Laertes). Tomad, amigo, para que os acordéis... Y aquí hay trinitarias, que son para los pensamientos.
Laertes.—Aun en medio de su delirio quiere aludir á los pensamientos que la agitan y á sus memorias tristes.
Ofelia (á Gertrudis).—Aquí hay hinojo para vos, y palomillas y ruda... para vos también, y esto poquito es para mí... Nosotros podemos llamarla hierba santa del domingo... vos la usaréis con la distinción que os parezca... (A Claudio). Esta es una margarita... Bien os quisiera dar algunas violetas; pero todas se marchitaron cuando murió mi padre. Dicen que tuvo un buen fin.
Un solitario
de plumas vario
me da placer.
Laertes.—Ideas funestas, aflicción, pasiones terribles, los horrores del infierno mismo, todo en su boca es gracioso y suave.
Ofelia.—Nos deja, se va,
y no ha de volver.
No, que ya murió,
no vendrá otra vez...
Su barba era nieve,
su pelo también.
Se fué ¡dolorosa
partida! se fué.
En vano exhalamos
suspiros por él.
Los cielos piadosos
descanso le den.
A él y á todas las almas cristianas. Dios lo quiera... ¡Eh! señores, adiós.
ESCENA XVIII
CLAUDIO, GERTRUDIS, LAERTES
Laertes.—¡Veis esto, Dios mío!
Claudio.—Yo debo tomar parte en tu aflicción, Laertes: no me niegues este derecho. Oyeme aparte. Elige entre los más prudentes de tus amigos aquéllos que te parezca. Oigannos á entrambos, y juzguen. Si por mí propio ó por mano ajena resultó culpado, mi reino, mi corona, mi vida, cuanto puedo llamar mío, todo te lo daré para satisfacerte. Si no hay culpa en mí, deberé contar otra vez con tu obediencia, y unidos ambos, buscaremos los medios de aliviar tu dolor.
Laertes.—Hágase lo que decís... Su arrebatada muerte, su obscuro funeral, sin trofeos, armas, ni escudos sobre el cadáver, ni debidos honores, ni decorosa pompa; todo, todo está clamando del cielo á la tierra por un examen el más riguroso.
Claudio.—Tú le obtendrás, y la segur terrible de la justicia caerá sobre el que fuere delincuente. Ven conmigo.
ESCENA XIX
Sala en casa de Horacio
HORACIO, un criado
Horacio.—¿Quiénes son los que me quieren hablar?
Criado.—Unos marineros que, según dicen, os traen cartas.
Horacio.—Hazlos entrar. (Vase el criado). Yo no sé de qué parte del mundo pueda nadie escribirme, si ya no es Hamlet mi señor.
ESCENA XX
HORACIO, dos marineros
Marinero 1.º—Dios os guarde.
Horacio.—Y á vosotros también.
Marinero 1.º—Así lo hará, si es su voluntad. Estas cartas del embajador que se embarcó para Inglaterra vienen dirigidas á vos, si os llamáis Horacio como nos han dicho.
Horacio. (Lee la carta.)—«Horacio: luego que hayas leído esta, dirigirás esos hombres al rey, para el cual les he dado una carta. Apenas llevábamos dos días de navegación, cuando empezó á darnos caza un pirata muy bien armado. Viendo que nuestro navío era poco velero, nos vimos precisados á apelar al valor. Llegamos al abordaje: yo salté el primero en la embarcación enemiga, que al mismo tiempo logró desaferrarse de la nuestra, y por consiguiente me hallé solo y prisionero. Ellos se han portado conmigo como ladrones compasivos; pero ya sabían lo que se hacían, y se lo he pagado muy bien. Haz que el rey reciba las cartas que le envío, y tú ven á verme con tanta diligencia como si huyeras de la muerte. Tengo unas cuantas palabras que decirte al oído, que te dejarán atónito, bien que todas ellas no serán suficientes á expresar la importancia del caso. Esos buenos hombres te conducirán hasta aquí. Guillermo y Ricardo siguieron su camino á Inglaterra. Mucho tengo que decirte de ellos. Adiós. Tuyo siempre.—Hamlet.»
Vamos. Yo os introduciré para que presentéis esas cartas. Conviene hacerlo pronto, á fin de que me llevéis después adonde queda el que os las entregó.
ESCENA XXI
Gabinete del rey
CLAUDIO, LAERTES
Claudio.—Sin duda tu rectitud aprobará ya mi descargo, y me darás lugar en el corazón como á tu amigo, después que has oído con pruebas evidentes que el matador de tu noble padre conspiraba contra mi vida.
Laertes.—Claramente se manifiesta... Pero decidme: ¿por qué no procedéis contra excesos tan graves y culpables, cuando vuestra prudencia, vuestra grandeza, vuestra propia seguridad, todas las consideraciones juntas deberían excitaros tan particularmente á reprimirlos?
Claudio.—Por dos razones, que aunque tal vez las juzgarás débiles, para mí han sido muy poderosas. Una es que la reina su madre vive pendiente casi de sus miradas, y al mismo tiempo (sea desgracia ó felicidad mía) tan estrechamente unió el amor mi vida y mi alma á la de mi esposa, que así como los astros no se mueven sino dentro de su propia esfera, así en mí no hay movimiento alguno que no dependa de su voluntad. La otra razón por que no puedo proceder contra el agresor públicamente, es el grande cariño que le tiene el pueblo; el cual, como la fuente cuyas aguas mudan los troncos en piedras, bañando en su afecto las faltas del príncipe, convierte en gracias todos sus yerros. Mis flechas no pueden con tal violencia dispararse, que resistan á huracán tan fuerte; y sin tocar el punto á que las dirija, se volverán otra vez al arco.
Laertes.—Sí, y en tanto yo he perdido á un ilustre padre, y hallo á una hermana en la más deplorable situación... Mi hermana, cuyo mérito (si alcanza el elogio á lo que ya no existe) se levantó sobre lo más sublime de su siglo, por las raras prendas que en ella se admiraron juntas... Pero llegará, llegará el tiempo de mi venganza.
Claudio.—Ese cuidado no debe interrumpirte el sueño, ni has de presumir que yo esté formado de materia tan insensible y dura, que me deje remesar la barba y lo tome á fiesta... Presto te informaré de lo demás. Basta decirte que amé á tu padre, que nosotros nos amamos también, y que espero darte á conocer la... Pero... ¿Qué noticias traes?
ESCENA XXII
CLAUDIO, LAERTES, un guardia
Guardia.—Señor, veis aquí las cartas del príncipe: ésta, para V. M., y ésta, para la reina.
(Da unas cartas á Claudio).
Claudio.—¡De Hamlet! ¿Quién las ha traído!
Guardia.—Dicen que unos marineros; yo no los he visto. Horacio, que las recibió del que las trajo, es el que me las ha entregado á mí.
Claudio.—Oirás lo que dicen, Laertes. Déjanos solos.
ESCENA XXIII
CLAUDIO, LAERTES
Claudio. (Lee una carta.)—«Alto y poderoso señor: os hago saber cómo he llegado desnudo á vuestro reino. Mañana os pediré permiso de ver vuestra presencia real; y entonces, mediante vuestro perdón, os diré la causa de mi extraña y repentina vuelta.—Hamlet.»
¿Qué quiere decir esto? ¿Se habrán vuelto los otros también, ó hay alguna equivocación, ó acaso todo es falso?
Claudio (examinando con atención la carta).—Sí, es de Hamlet... Desnudo... y en una enmienda que hay aquí, dice: solo... ¿Qué puede ser esto?
Laertes.—Yo nada alcanzo... Pero dejadle venir, que ya siento encenderse en nuevas iras mi corazón... Sí, yo viviré, y le diré en su cara: tú lo hiciste, y fué de esta manera.
Claudio.—Si el caso es cierto... ¡Eh! ¡Cómo es posible!... ¿Y qué otra cosa puede ser?... ¿Quieres dirigirte por mí, Laertes?
Laertes.—Sí, señor, como no procuréis inclinarme á la paz.
Claudio.—A tu propia paz, no á otra ninguna. Si él vuelve ahora disgustado de este viaje y rehusa comenzarle de nuevo, yo le ocuparé en una empresa que medito, en la cual perecerá sin duda. Esta muerte no excitará el aura más leve de acusación; su madre misma absolverá el hecho juzgándole casual.
Laertes.—Seguiré en todo vuestras ideas, y mucho más si disponéis que yo sea el instrumento que le ejecute.
Claudio.—Todo sucede bien... Desde que te fuiste se ha hablado mucho de ti delante de Hamlet, por una habilidad en que dicen que sobresales. Las demás que tienes no movieron tanto su envidia como ésta sola, que en mi opinión ocupa el último lugar.
Laertes.—¿Y qué habilidad es, señor?
Claudio.—No es más que un lazo en el sombrero de la juventud, pero que le es muy necesario; puesto que así son propios de la juventud los adornos ligeros y alegres, como de la edad madura las ropas y pieles que se viste por abrigo y decencia... Dos meses ha que estuvo aquí un caballero de Normandía... Yo conozco á los franceses muy bien, he militado contra ellos, y son, por cierto, buenos jinetes; pero el galán de quien hablo era un prodigio en esto. Parecía haber nacido sobre la silla, y hacía ejecutar al caballo tan admirables movimientos como si él y su valiente bruto animaran un cuerpo solo; y tanto excedió á mis ideas, que todas las formas y actitudes que yo pude imaginar no llegaron á lo que él hizo.
Laertes.—¿Decís que era normando?
Claudio.—Sí, normando.
Laertes.—Ese es Lamond, sin duda.
Claudio.—El mismo.
Laertes.—Le conozco bien, y es la joya más preciosa de su nación.
Claudio.—Pues éste, hablando de ti públicamente, te llenaba de elogios por tu inteligencia y ejercicio en la esgrima, y la bondad de tu espada en la defensa y el ataque; tanto, que dijo alguna vez que sería un espectáculo admirable verte lidiar con otro de igual mérito, si pudiera hallarse; puesto que, según aseguraba él mismo, los más diestros de su nación carecían de agilidad para las estocadas y los quites cuando tú esgrimías con ellos. Este informe irritó la envidia de Hamlet, y en nada pensó desde entonces sino en solicitar con instancia tu pronto regreso para batallar contigo. Fuera de esto...
Laertes.—¿Y qué hay además de eso, señor?
Claudio.—Laertes, ¿amaste á tu padre, ó eres como las figuras de un lienzo, que tal vez aparentan tristeza en el semblante cuando les falta un corazón?
Laertes.—¿Por qué lo preguntáis?
Claudio.—No porque piense que no amabas á tu padre, sino porque sé que el amor está sujeto al tiempo, y que el tiempo extingue su ardor y sus centellas, según me lo hace ver la experiencia de los sucesos. Existe en medio de la llama de amor una mecha ó pábilo que la destruye al fin; nada permanece en un mismo grado de bondad constantemente, pues la salud misma degenerando en plétora perece por su propio exceso. Cuanto nos proponemos hacer debería ejecutarse en el instante mismo en que lo deseamos, porque la voluntad se altera fácilmente, se debilita y se entorpece, según las lenguas, las manos y los accidentes que se atraviesan; y entonces aquel estéril deseo es semejante á un suspiro que exhalando pródigo el aliento, causa daño en vez de dar alivio... Pero toquemos en lo vivo de la herida. Hamlet vuelve... ¿Qué acción emprenderías tú para manifestar más con las obras que con las palabras que eres digno hijo de tu padre?
Laertes.—¿Qué haré? Le cortaré la cabeza en el templo mismo.
Claudio.—Cierto que no debería un homicida hallar asilo en parte alguna, ni reconocer límites una justa venganza; pero, buen Laertes, haz lo que te diré: Permanece oculto en tu cuarto; cuando llegue Hamlet, sabrá que tú has venido; yo le haré acompañar por algunos que alabando tu destreza den un nuevo lustre á los elogios que hizo de ti el francés. Por último, llegaréis á veros; se harán apuestas en favor de uno y otro... él, que es descuidado, generoso, incapaz de toda malicia, no reconocerá los floretes; de suerte que te será muy fácil, con poca sutileza que uses, elegir una espada sin botón, y en cualquiera de las jugadas tomar satisfacción de la muerte de tu padre.
Laertes.—Así lo haré, y á ese fin quiero envenenar la espada con cierto ungüento que compré de un charlatán, de cualidad tan mortífera, que mojando un cuchillo en él, adondequiera que haga sangre introduce la muerte, sin que haya emplasto eficaz que pueda evitarla, por más que se componga de cuantos simples medicinales crecen debajo de la luna. Yo bañaré la punta de mi espada con este veneno, para que apenas le toque muera.
Claudio.—Reflexionemos más sobre esto... Examinemos qué ocasión, qué medios serán más oportunos á nuestro engaño; porque si tal vez se malogra, y equivocada la ejecución se descubren los fines, valiera más no haberlo emprendido. Conviene, pues, que este proyecto vaya sostenido con otro segundo, capaz de asegurar el golpe, cuando por el primero no se consiga. Espera... Déjame ver si... Haremos una apuesta solemne sobre vuestra habilidad y... Sí, ya hallé el medio. Cuando con la agitación os sintáis acalorados y sedientos (puesto que al fin deberá ser mayor la violencia del combate), él pedirá de beber, y yo le tendré prevenida expresamente una copa, que al gustarla sólo, aunque haya podido librarse de tu espada ungida, veremos cumplido nuestro deseo. Pero... calla... ¿Qué ruido se escucha?
ESCENA XXIV
GERTRUDIS, CLAUDIO, LAERTES
Claudio.—¿Qué ocurre de nuevo, amada reina?
Gertrudis.—Una desgracia va siempre pisando las ropas de otra; tan inmediatas caminan. Laertes, tu hermana acaba de ahogarse.
Laertes.—¡Ahogada!... ¿En dónde?... ¡Cielos!
Gertrudis.—Donde hallaréis un sauce que crece á las orillas de ese arroyo, repitiendo en las ondas cristalinas la imagen de sus hojas pálidas. Allí se encaminó ridículamente coronada de ranúnculos, ortigas, margaritas y luengas flores purpúreas, que entre los sencillos labradores se reconocen bajo una denominación grosera, y las modestas doncellas llaman dedos de muerto. Llegada que fué, se quitó la guirnalda, y queriendo subir á suspenderla de los pendientes ramos, se troncha un vástago envidioso, y caen al torrente fatal ella y todos sus adornos rústicos. Las ropas huecas y extendidas la llevaron un rato sobre las aguas, semejante á una sirena, y en tanto iba cantando pedazos de tonadas antiguas, como ignorante de su desgracia, ó como criada y nacida en aquel elemento. Pero no era posible que así durase por mucho espacio... Las vestiduras, pesadas ya con el agua que absorbían, la arrebataron á la infeliz, interrumpiendo su canto dulcísimo la muerte, llena de angustias.
Laertes.—Qué, ¿en fin se ahogó? ¡Mísero!
Gertrudis.—Sí, se ahogó, se ahogó.
Laertes.—¡Desdichada Ofelia! demasiada agua tienes ya; por eso quisiera reprimir la de mis ojos.... Bien que á pesar de todos nuestros esfuerzos, imperiosa la naturaleza sigue su costumbre, por más que el valor se avergüence... Pero luego que este llanto se vierta, nada quedará en mí de femenil ni de cobarde... Adiós, señores... Mis palabras de fuego arderían en llamas, si no las apagasen estas lágrimas imprudentes.
Claudio.—Sigámosle, Gertrudis, que después de haberme costado tanto aplacar su cólera, temo ahora que esta desgracia no la irrite otra vez. Conviene seguirle.
ACTO V
ESCENA PRIMERA
Cementerio contiguo á una iglesia
Sepultureros primero y segundo
Sepulturero 1.º—¿Y es la que ha de sepultarse en tierra sagrada, la que deliberadamente ha conspirado contra su propia salvación?
Sepulturero 2.º—Dígote que sí: con que haz presto el hoyo. El juez ha reconocido ya el cadáver, y ha dispuesto que se la entierre en sagrado.
Sepulturero 1.º—Yo no entiendo cómo va eso... Aun si se hubiera ahogado haciendo esfuerzos para librarse, anda con Dios.
Sepulturero 2.º—Así han juzgado que fué.
Sepulturero 1.º—No, no, eso fué se offendendo; ni puede haber sido de otra manera, porque... ve aquí el punto de la dificultad: Si yo me ahogo voluntariamente, esto arguye por de contado una acción, y toda acción consta de tres partes, que son: hacer, obrar y ejecutar; de donde se infiere, amigo Rasura, que ella se ahogó voluntariamente.
Sepulturero 2.º—¡Qué!... Pero óigame ahora el tío Socaba.
Sepulturero 1.º—No, deja, yo te diré. Mira, aquí está el agua. Bien. Aquí está el hombre. Muy bien... Pues, señor, si este hombre va y se mete dentro del agua, se ahoga á sí mismo; porque por fas ó por nefas, ello es que él va... Pero atiende á lo que digo. Si el agua viene hacia él y le sorprende y le ahoga, entonces no se ahoga él á sí propio... Compadre Rasura, el que no desea su muerte no se acorta la vida.
Sepulturero 2.º—Y qué, ¿hay leyes para eso?
Sepulturero 1.º—Ya se ve que las hay, y por ella se guía el juez que examina estos casos.
Sepulturero 2.º—¿Quieres que te diga la verdad? Pues mira, si la muerta no fuese una señora, yo te aseguro que no la enterrarían en sagrado.
Sepulturero 1.º—En efecto, dices bien; y es mucha lástima que los grandes personajes hayan de tener en este mundo especial privilegio, entre todos los demás cristianos, para ahogarse y ahorcarse cuando quieren, sin que nadie les diga nada... Vamos allá con el azadón... (Pónense los dos á abrir una sepultura en medio del teatro, sacando la tierra con espuertas, y entre ella calaveras y huesos). Ello es que no hay caballeros de nobleza más antigua que los jardineros, sepultureros y cavadores, que son los que ejercen la profesión de Adán.
Sepulturero 2.º—Pues qué, ¿Adán fue caballero?
Sepulturero 1.º—¡Toma! como que fué el primero que llevó armas... Pero voy á hacerte una pregunta, y si no me respondes á cuento, has de confesar que eres un...
Sepulturero 2.º—Adelante.
Sepulturero 1.º—¿Cuál es el que construye edificios más fuertes que los que hacen los albañiles y los carpinteros de casas y navíos?
Sepulturero 2.º—El que hace la horca, porque aquella fábrica sobrevive á mil inquilinos.
Sepulturero 1.º—Agudo eres, por vida mía. Buen edificio es la horca; pero ¿cómo es bueno? Es bueno para los que hacen mal: ahora bien, tú haces mal en decir que la horca es fábrica más fuerte que una iglesia; con que la horca podría ser buena para ti... Volvamos á la pregunta.
Sepulturero 2.º—¿Cuál es el que hace habitaciones más durables que las que hacen los albañiles, los carpinteros de casas y de navíos?
Sepulturero 1.º—Sí, dímelo, y sales del apuro.
Sepulturero 2.º—Ya se ve que te lo digo.
Sepulturero 2.º—Pues no puedo decirlo.
Sepulturero 1.º—Vaya, no te rompas la cabeza sobre ello... Tú eres un burro lerdo que no saldrá de su paso por más que le apaleen. Cuando te hagan esta pregunta, has de responder: «El sepulturero.» ¿No ves que las casas que él hace duran hasta el día del juicio?... Anda, ve ahí á casa de Juanillo, y tráeme una copa de aguardiente.
ESCENA II
HAMLET, HORACIO, sepulturero primero
Sepulturero 1.º—Yo amé en mis primeros años,
(Cantando).
dulce cosa lo juzgué;
pero casarme, eso no,
que no me estuviera bien.
Hamlet.—¡Qué poco siente ese hombre lo que hace, que abre una sepultura y canta!
Horacio.—La costumbre le ha hecho ya familiar esa ocupación.
Hamlet.—Así es la verdad. La mano que menos trabaja tiene más delicado el tacto.
Sepulturero 1.º—La edad callada en la huesa
(Cantando).
me hundió con mano crüel,
y toda se destruyó
la existencia que gocé.
Hamlet.—Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella podría también cantar...¡ Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún estadista, que acaso pretendió engañar al cielo mismo. ¿No te parece?
Horacio.—Bien puede ser.
Hamlet.—O la de algún cortesano que diría: «Felicísimos días, señor excelentísimo; ¿cómo va de salud, mi venerado señor?» Esta puede ser la del caballero Fulano, que hacía grandes elogios del potro del caballero Zutano para pedírsele prestado después. ¿No puede ser así?
Horacio.—Sí, señor.
Hamlet.—¡Oh! sí por cierto; y ahora está en poder del señor gusano, estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes revoluciones se hacen aquí, si hubiera entre nosotros medios para observarlas... Pero ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos á la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente se divierta en sus garitos con ellos? ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo.
Sepulturero 1.º—Una piqueta (Cantando).
con una azada,
un lienzo donde
revuelto vaya,
y un hoyo en tierra
que le preparan:
para tal huésped
esto le basta.
Hamlet.—Y ésa otra, ¿por qué no podría ser la calavera de un letrado?... ¿A dónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios, sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón grosero le golpee contra la pared con el azadón lleno de barro!... ¡Y no dirá palabra acerca de un hecho tan criminal!... Este sería quizás, mientras vivió, un gran comprador de tierras, con sus obligaciones, reconocimientos, transacciones, seguridades mutuas, pagos, recibos... Ve aquí el arriendo de sus arriendos, y el cobro de sus cobranzas: todo ha venido á parar en una calavera llena de lodo. Los títulos de los bienes que poseyó cabrían difícilmente en su ataúd, y no obstante eso, todas las fianzas y seguridades recíprocas de sus adquisiciones no le han podido asegurar otra posesión que la de un espacio pequeño capaz de cubrirse con un par de sus escrituras... ¡Oh! y á su opulento sucesor tampoco le quedará más.
Horacio.—Verdad es, señor.
Hamlet.—¿No se hace el pergamino de piel de carnero?
Horacio.—Sí, señor, y de piel de ternera también.
Hamlet.—Pues dígote, que son más irracionales que las terneras y carneros los que fundan su felicidad en la posesión de tales pergaminos... Voy á tramar conversación con este hombre. (Al sepulturero). ¿De quién es esa sepultura, buena pieza?
Sepulturero 1.º—Mía, señor.
Y un hoya en tierra (Cantando).
que le preparan:
para tal huésped
eso le basta.
Hamlet.—Sí; yo creo que es tuya porque estás ahora dentro de ella... Pero la sepultura es para los muertos, no para los vivos: conque has mentido.
Sepulturero 1.º—Ve ahí un mentís demasiado vivo; pero yo os le volveré.
Hamlet.—¿Para qué muerto cavas esta sepultura?
Sepulturero 1.º—No es hombre, señor.
Hamlet.—Pues bien, ¿para qué mujer?
Sepulturero 1.º—Tampoco es eso.
Hamlet.—Pues ¿qué es lo que ha de enterrarse ahí?
Sepulturero 1.º—Un cadáver que fué mujer; pero ya murió... Dios la perdone.
Hamlet.—¡Qué taimado es! Hablémosle clara y sencillamente, porque sino, es capaz de confundirnos á equívocos. De tres años á esta parte he observado cuánto se va sutilizando la edad en que vivimos... Por vida mía, Horacio, que ya el villano sigue tan de cerca al caballero, que muy pronto le desollará el talón... ¿Cuánto tiempo há que eres sepulturero?
Sepulturero 1.º—Toda mi vida, se puede decir. Yo comencé el oficio el día que nuestro último rey Hamlet venció á Fortimbrás.
Hamlet.—¿Y cuánto tiempo habrá?
Sepulturero 1.º—¡Toma! ¿No lo sabéis? Eso sucedió el mismo día en que nació el joven Hamlet, el que está loco y se ha ido á Inglaterra.
Hamlet.—¡Oiga! ¿Y por qué se ha ido a Inglaterra?
Sepulturero 1.º—Porque... porgue está loco, y allí cobrará su juicio; y si no lo cobra, á bien que poco importa.
Hamlet.—¿Por qué?
Sepulturero 1.º—Porque allí todos son tan locos como él, y no será reparado.
Hamlet.—¿Y cómo ha sido volverse loco?
Sepulturero 1.º—De un modo muy extraño, según dicen.
Hamlet.—¿De qué modo?
Sepulturero 1.º—Habiendo perdido el entendimiento.
Hamlet.—Pero, ¿qué motivo dió lugar á eso?
Sepulturero 1.º—¿Qué lugar? Aquí en Dinamarca, donde soy enterrador, y lo he sido de chico y de grande por espacio de treinta años.
Hamlet.—¿Cuánto tiempo podrá estar enterrado un hombre sin corromperse?
Sepulturero 1.º—De suerte que si él no corrompía ya en vida (como nos sucede todos los días con muchos cuerpos galicados, que no hay por dónde asirlos), podrá durar cosa de ocho ó nueve años. Un curtidor durará nueve años seguramente.
Hamlet.—Pues ¿qué tiene él más que otro cualquiera?
Sepulturero 1.º—Lo que tiene es un pellejo tan curtido ya por mor de su ejercicio, que puede resistir mucho tiempo al agua; y el agua, señor mío, es la cosa que más pronto destruye á cualquier hideputa de muerto. Ve aquí una calavera que ha estado debajo de tierra veintitrés años.
Hamlet.—¿De quién es?
Sepulturero 1.º—¡Mayor hideputa, loco!..... ¿De quién os parece que será?
Hamlet.—Yo ¿cómo he de saberlo?
Sepulturero 1.º—¡Mala peste en él y en sus travesuras!... Una vez me echó un frasco de vino del Rhin por los cabezones... Pues, señor, esta calavera es la calavera de Yorick, el bufón del rey.
(El sepulturero le da una calavera á Hamlet).
Hamlet.—¿Esta?
Sepulturero 1.º—La misma.
Hamlet.—¡Ay, pobre Yorick...! Yo le conocí, Horacio... Era un hombre sumamente gracioso, de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista me llena de horror, y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron aquellos labios donde yo dí besos sin número... ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aun puedes reirte de tu propia deformidad... Ve al tocador de una de nuestras damas, y dile, para excitar su risa, que por más que se ponga una pulgada de afeite en el rostro, al fin habrá de experimentar esta misma transformación... (Tira la calavera al montón de tierra inmediato á la sepultura). Díme una cosa, Horacio.
Horacio.—¿Cuál es, señor?
Hamlet.—¿Crees tú que Alejandro metido debajo de tierra tendría esa forma?
Horacio.—Cierto que sí.
Hamlet.—¿Y exhalaría este mismo hedor?... ¡Uh!
Horacio.—Sin diferencia alguna.
(El sepulturero primero, acabada la excavación, sale de la sepultura y se pasea hacia el fondo del teatro. Viene después el sepulturero segundo, que trae el aguardiente; beben y hablan entre sí, permaneciendo retirados hasta la escena siguiente, como lo indica el diálogo.)
Hamlet.—¡En qué abatimiento hemos de parar, Horacio!... Y ¿por qué no podría la imaginación seguir las ilustres cenizas de Alejandro hasta encontrarlas tapando la boca de algún barril?
Horacio.—A fe, que sería excesiva curiosidad ir á examinarlo.
Hamlet.—No, no por cierto. No hay sino irle siguiendo hasta conducirle allí con probabilidad y sin violencia alguna. Como si dijéramos: Alejandro murió, Alejandro fué sepultado, Alejandro se redujo á polvo, el polvo es tierra, de la tierra hacemos barro... Y ¿por qué con este barro, en que él está ya convertido, no habrán podido tapar un barril de cerveza? El emperador César, muerto y hecho tierra, puede tapar un agujero para estorbar que pase el aire... ¡Oh! Y aquella tierra que tuvo atemorizado el orbe, servirá tal vez de reparar las hendiduras de un tabique contra las intemperies del invierno... Pero callemos... hagámonos á un lado, que... Sí... aquí viene el rey, la reina, los grandes... ¿A quién acompañan? ¡Qué ceremonial tan incompleto es éste!... Todo ello me anuncia que el difunto que conducen dió fin á su vida con desesperada mano... Sin duda era persona de calidad. Ocultémonos un poco, y observa.