ESCENA III

CLAUDIO, GERTRUDIS, HAMLET, LAERTES, HORACIO, un cura, dos sepultureros, acompañamiento de damas, caballeros y criados.

(Conducen entre cuatro hombres el cadáver de Ofelia, vestida con túnica blanca y coronada de flores. Detrás sigue el preste y todos los que hacen el duelo, atravesando el teatro á paso lento, hasta llegar á donde está la sepultura. Suena el clamor de las campanas. Hamlet y Horacio se retiran á un extremo del teatro.)

Laertes.—¿Qué otra ceremonia falta?

Hamlet.—Mira, aquél es Laertes, joven muy ilustre.

Laertes.—¿Qué ceremonia falta?

El cura.—Ya se han celebrado sus exequias con toda la decencia posible. Su muerte da lugar á muchas dudas, y á no haberse interpuesto la suprema autoridad que modifica las leyes, hubiera sido colocada en lugar profano; allí estuviera hasta que sonase la trompeta final, y en vez de oraciones piadosas, hubieran caído sobre su cadáver guijarros, piedras y cascote. No obstante esto, se le han concedido las vestiduras y adornos virginales, el clamor de las campanas y la sepultura.

Laertes.—¿Con que no se debe hacer más?

El cura.—No más. Profanaríamos los honores sagrados de los difuntos, cantando un requiem para implorar el descanso de su alma, como se hace por aquéllos que parten de esta vida con más cristiana disposición.

Laertes.—Dadle tierra, pues. (Ponen el cadáver de Ofelia en la sepultura). Sus hermosos é intactos miembros acaso producirán violetas suaves. Y á ti, clérigo zafio, te anuncio que mi hermana será un ángel del Señor, mientras tú estarás bramando en los abismos.

Hamlet.—¡Qué!... ¡La hermosa Ofelia!

Gertrudis.—Dulces dones á mi dulce amiga. (Esparce flores sobre el cadáver). Adiós... Yo deseaba que hubieras sido la esposa de mi Hamlet, graciosa doncella, y esperé cubrir de flores tu lecho nupcial... pero no tu sepulcro.

Laertes.—¡Oh! ¡una y mil veces sea maldito aquél cuya acción inhumana te privó á ti del más sublime entendimiento!... No... esperad un instante; no echéis la tierra todavía... no... hasta que otra vez la estreche en mis brazos... (Métese en la sepultura). Echadla ahora sobre la muerta y el vivo, hasta que de este llano hagáis un monte que descuelle sobre el antiguo Pelión, ó sobre la azul extremidad del Olimpo que toca los cielos.

Hamlet.—¿Quién es el que da á sus penas idioma tan enfático, el que así invoca en su aflicción á las estrellas errantes, haciéndolas detenerse admiradas á oirle?... Yo soy Hamlet, príncipe de Dinamarca.

(Atravesando por en medio de todos, va hacia la sepultura, entra en ella, y luchan él y Laertes, y se dan puñadas. Algunos de los circunstantes van allá, los sacan del hoyo y los separan.)

Laertes.—El demonio lleve tu alma.

Hamlet.—No es justo lo que pides... Quita esos dedos de mi cuello; porque aunque no soy precipitado ni colérico, algún riesgo hay en ofenderme, y si eres prudente debes evitarle... Quita de ahí esa mano.

Claudio.—Separadlos.

Gertrudis.—¡Hamlet! ¡Hamlet!

Todos.—¡Señores!

Horacio.—Moderaos, señor.

Hamlet.—No; por causa tan justa lidiaré con él hasta que cierre mis párpados la muerte.

Gertrudis.—¿Qué causa puede haber, hijo mío?

Hamlet.—Yo he querido á Ofelia, y cuatro mil hermanos juntos no podrán con todo su amor exceder al mío... ¿Qué quieres hacer por ella? Dí.

Claudio.—Laertes, mira que está loco.

Gertrudis.—Por Dios, Laertes, déjale.

Hamlet.—Dime lo que intentas hacer. (Los sepultureros llenan la sepultura de tierra y la apisonan). ¿Quieres llorar, combatir, negarte al sustento, hacerte pedazos, beber todo el Esil, devorar un caimán? Yo lo haré también... ¿Vienes aquí á lamentar su muerte, á insultarme precipitándote en su sepulcro, á ser enterrado vivo con ella? Pues bien, eso quiero yo; y si hablas de montes, descarguen sobre nosotros yugadas de tierra innumerables, hasta que estos campos tuesten su frente en la tórrida zona, y el alto Osa parezca en su comparación un terrón pequeño... Si me hablas con soberbia, yo usaré un lenguaje tan altanero como el tuyo.

Gertrudis.—Todos son efectos de su frenesí, cuya violencia podrá agitarle por algún tiempo; pero después, semejante á la mansa paloma cuando siente animadas las mellizas crías, le veréis sin movimiento y mudo.

Hamlet.—Oyeme: ¿cuál es la razón de obrar así conmigo?... Siempre te he querido bien... Pero... nada importa. Aunque el mismo Hércules con todo su poder quisiera estorbarlo, el gato mayará y el perro quedará vencedor. (Vase Hamlet y Horacio le sigue).

Claudio.—Horacio, ve, no le abandones... Laertes, nuestra plática de la noche anterior fortificará tu paciencia mientras dispongo lo que importa en la ocasión presente... Amada Gertrudis, será bien que alguno se encargue de la guarda de tu hijo... Esta sepultura se adornará con un monumento durable... Espero que gozaremos brevemente horas más tranquilas; pero entre tanto conviene sufrir.