CAPÍTULO II.
Después de haber arreglado los asuntos de Lámpsaco, navega Lisandro hacia Bizancio y Calcedonia; recíbenle los habitantes y dejan en libertad, bajo la fe de los tratados, a las guarniciones atenienses. Entonces huyen al Ponto los que habían entregado a Alcibíades la ciudad de Bizancio, y más tarde se refugian en Atenas, donde se hacen ciudadanos. Lisandro manda a Atenas a todas las guarniciones y a cuantos atenienses encuentra, dándoles salvoconducto solo para dicha ciudad, con la certidumbre de que cuanto mayor sea el número de los que se reúnan allí o en el Pireo, tanto más pronto se hará sentir la falta de víveres. Deja como gobernador lacedemonio en Bizancio y Calcedonia a Estenelao, y él regresa a Lámpsaco[77], donde hace reparar las averías de las naves.
Llega a Atenas durante la noche, la Páralos; espárcese la noticia de la catástrofe, y los lamentos pasan del Pireo y de los grandes muros a la ciudad, al transmitirse de boca en boca la noticia; nadie duerme durante aquella noche, y los llantos son continuos, no solo por los que habían perecido, sino sobre todo porque comienzan a temer tendrán pronto que sufrir el mismo tratamiento que habían antes aplicado a los melios, colonia espartana que habían tomado a la fuerza, a los histieos, escioneos, toroneos, eginetas y a muchos otros griegos[78]. Al día siguiente se reúne la asamblea y en ella se dispone se obstruyan todos los puertos, excepto uno solo, se reparen los muros, se establezcan guardias y, por fin, se tomen todas las medidas necesarias para poner a la ciudad en estado de sostener un sitio. Tal era su situación.
Lisandro, partiendo del Helesponto con doscientas naves, llega a Lesbos, donde arregla el gobierno de las otras ciudades y de Mitilene, y envía diez trirremes, bajo el mando de Eteónico, a las plazas de Tracia para someter aquel país a los lacedemonios. Después del combate naval, Grecia entera abandona a los atenienses, a excepción de los habitantes de Samos, los cuales, degollando a los notables, conservan la posesión de su ciudad. Lisandro hace saber después de esto a Agis y a Esparta que se pone en camino con doscientas naves.
Levántanse en masa los lacedemonios y los demás peloponesios, a excepción de los argivos, por orden de Pausanias, uno de los dos reyes de Esparta. Reunidas las tropas, pónese a su frente Pausanias y acampa junto a Atenas, en el gimnasio de la Academia. Al llegar Lisandro a Egina, devuelve la ciudad a los eginetas, de los cuales había reunido gran número, y lo propio hace con los melios y restantes pueblos que habían sido desposeídos de sus poblaciones; después de lo cual, una vez devastada Salamina, fondea con ciento cincuenta naves junto al Pireo e impide la entrada a los buques que quieran dirigirse a este puerto.
Sitiados por tierra y por mar los atenienses, sin saber qué resolver, careciendo de naves, de aliados y de víveres, imaginan, como único porvenir posible, el sufrir cuanto ellos habían realizado con las pequeñas ciudades aliadas de Esparta, no por venganza, sino únicamente por represalias. Por esto, rehabilitando a los que habían sido depuestos de sus honores, sufren valerosamente el sitio, y a pesar de los muchos que perecen de hambre, nadie se atreve a proponer la capitulación. Sin embargo, comenzando ya a faltar el trigo, mandan diputados a Agis proponiéndole una alianza, con la sola condición de conservar los muros y el Pireo; pero aquel les dice que se dirijan a Esparta, por carecer él de poderes bastantes. Traen los diputados esta respuesta a los atenienses, y estos les envían a Lacedemonia; pero una vez llegados a Selasia, junto a las fronteras de Laconia, y al saber los éforos que lo que tienen orden de proponerles es lo mismo que habían indicado a Agis, ordénanles se retiren y que vuelvan, si desean la paz, después de una deliberación más prudente.
De regreso en Atenas, anuncian los diputados al pueblo el resultado de su misión, y sobrecoge a todos la desesperación más profunda: cada cual se figura ya ser vendido como esclavo, y cree que hasta que se envíen nuevos diputados habrá tiempo bastante para que perezcan de hambre muchos ciudadanos; además no había nadie que se atreviera a proponer la demolición de los muros, puesto que por haber dicho Arquéstrato en el senado, que lo mejor que podía hacerse era ajustar la paz bajo las condiciones propuestas por los lacedemonios, que era la demolición de la grande muralla en una extensión de diez estadios en cada uno de sus recintos, fue preso, y había sido decretado además que no fuese permitido abrir discusión sobre este punto. Así las cosas, Terámenes dice en la asamblea que si quieren enviarle a Lisandro, averiguará de los lacedemonios si la condición de los muros es para esclavizar la ciudad o solo como garantía. Es enviado y aguarda junto a Lisandro más de tres meses, espiando el momento en que por la falta de víveres deberán aceptar los atenienses cuanto se les proponga. Por fin llega al cuarto mes, y anuncia en la asamblea que Lisandro le ha detenido todo este tiempo y que después quería mandarle a Lacedemonia, pues no era dueño de hacer por sí lo que le pedían, por ser atribución de los éforos. Entonces se le manda en comisión a Lacedemonia con otros nueve más, con amplios poderes; por su parte Lisandro envía, entre otros lacedemonios, a Aristóteles, expatriado de Atenas, para anunciar a los éforos que había contestado a Terámenes que ellos eran los únicos que podían tratar de la paz y de la guerra. Al llegar Terámenes y los demás enviados a Selasia, son interrogados respecto al objeto de su venida, y al decir que tienen amplios poderes para tratar de la paz, los éforos mandan llamarles. Convócase una reunión cuando llegan, y en ella los corintios y principalmente los tebanos y otros muchos griegos manifiestan no debe tratarse con Atenas, sino arrasarla; pero los lacedemonios declaran que no reducirán a la esclavitud a una ciudad helénica que ha prestado los mayores servicios a los griegos en sus grandes calamidades; por lo cual se ajusta la paz bajo condición de demoler los grandes muros y las fortificaciones del Pireo, de entregar todas sus naves a excepción de doce, de admitir de nuevo a los desterrados y de reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean de Esparta, siguiéndola así por mar como por tierra a donde quiera. Llevan a Atenas estas condiciones Terámenes y sus colegas, y al entrar en la ciudad son rodeados por una inmensa multitud que temía verles volver sin haber alcanzado nada, pues no había ya medio para sostenerse más tiempo a causa del gran número de los que perecían de hambre. Al día siguiente hacen conocer los diputados las condiciones bajo las cuales otorgan la paz los lacedemonios, y habla Terámenes declarando que es preciso someterse a todo y arrasar los muros. Algunos ciudadanos se levantan para oponerse, pero habiéndose declarado una fuerte mayoría en favor de aquella proposición, se acuerda aceptar la paz. Aborda entonces Lisandro al Pireo, entran los desterrados, son derruidos los muros con gran ardor al son de las flautas, y se considera este día como el primero de la libertad para Grecia.
Así termina este año, a mitad del cual Dionisio de Siracusa, hijo de Hermócrates, se hace tirano, después de haber vencido los siracusanos a los cartagineses, que tomaron más tarde, sin embargo, Agrigento por hambre, una vez abandonada por los sicilianos.