CAPÍTULO PRIMERO.
Los soldados de Eteónico que estaban en Quíos se alimentaron durante todo aquel verano[70] con los frutos propios de la estación y con lo que produjeron los campos, que hicieron cultivar por mercenarios; pero cuando llegó el invierno y no tuvieron víveres y se hallaron desnudos y sin calzado, se conjuraron y resolvieron apoderarse por sorpresa de la ciudad de Quíos, conviniendo en que todos los que se asocien a este proyecto, lleven como bastón una caña para darse a conocer mutuamente. Instruido Eteónico de la conjuración, no sabe qué partido tomar, a causa del gran número de los portacañas: si se opone abiertamente, parecerá temer hagan uso de las armas, y una vez dueños de la ciudad y convertidos en enemigos, lo perdía todo al ser vencido, y por otra parte, el condenar a muerte a tan gran número de aliados sería una iniquidad, y con ella correría evidentemente el riesgo de atraerse la enemistad de los demás griegos, y de perder su prestigio sobre los soldados. Tomando, pues, consigo quince hombres armados de puñales, recorre la ciudad, y encontrando a un individuo que enfermo de la vista salía de casa del médico llevando una caña, le mata. Prodúcese con esto gran tumulto; todos preguntan por qué ha sido muerto este hombre, y Eteónico hace pregonar entonces que no ha sido por otra cosa más que por llevar en la mano una caña. Así que se hizo este pregón, arrojan las cañas cuantos las traían, y todo el que lo ha oído teme que le hayan visto con ella en la mano. Reúne en seguida Eteónico a los habitantes de Quíos, y les invita a que le proporcionen dinero para que recibiendo los soldados su paga, no intenten contra ellos ninguna novedad. Entréganle el dinero pedido, y da la señal para embarcarse. Recorre entonces todas las naves, una por una, y prodiga las exhortaciones y los halagos como si nada supiese de lo ocurrido, dando luego a cada cual la paga de un mes.
Después de estos sucesos los habitantes de Quíos y los demás aliados[71] se reúnen en Éfeso y decretan se envíen diputados a Lacedemonia pidiendo regrese Lisandro para ponerse al frente de la flota, puesto que había sabido congraciarse los aliados en su anterior jefatura, sobre todo después de haber vencido en el combate naval de Notio. Salen los diputados, y con ellos algunos mensajeros encargados por Ciro para presentar la misma súplica. Los lacedemonios mandan como segundo jefe a Lisandro, pero como general de la flota a Áraco, pues sus leyes se oponen a que una misma persona desempeñe dos veces aquel cargo; confíanse, sin embargo, las naves a Lisandro al terminar el vigesimoquinto año de la guerra.
Durante este mismo año Ciro hizo perecer a Autobesaces y a Mitreo, hijos ambos de la hermana de Darío e hija de Artajerjes, padre de aquel[72]; porque hallándose un día a su paso no habían ocultado sus manos en las mangas del traje, lo cual no se hace más que para el rey, pues siendo la manga más larga que la mano, cuando esta está oculta por aquella, nada malo puede intentarse. Hierámenes y su mujer dicen a Darío que es indigno permita tanta osadía en Ciro, y fingiendo hallarse enfermo le manda llamar.
Al año siguiente[73], siendo éforo Arquitas y Alexio arconte en Atenas, llega Lisandro a Éfeso y hace venir de Quíos a Eteónico con sus naves; y reuniendo las demás que se hallaban estacionadas en distintos parajes, las hace recomponer y manda construir otras en Antandro. Después se dirige a Ciro pidiéndole dinero, quien le contesta ha gastado ya más de las cantidades que ha recibido del rey; y después de mostrarle lo que ha dado a cada uno de los jefes de la armada, le entrega lo que pide. Establece con este dinero Lisandro comandantes en las naves, y paga el sueldo que se debe a los marineros. Por su parte los generales atenienses equipan en Samos su flota.
Ciro envía un mensajero a Lisandro, pues le ha llegado un correo anunciándole que su padre está enfermo en Tamneria de Media, junto a los cadusios[74], contra los cuales dirigía una expedición, y le manda llamar. Al llegar Lisandro, le prohibe librar combate a los atenienses sin tener mayor número de naves, pues tanto el rey como él mismo poseen bastante dinero para armar en regla una flota con este objeto. Muéstrale al mismo tiempo los tributos pagados por las ciudades que le pertenecen, le da el dinero restante, y después de recordarle su particular afecto hacia los lacedemonios y hacia él mismo, marcha a reunirse con su padre.
Gracias al dinero que le ha dado Ciro al partir para donde se halla enfermo su padre, paga Lisandro al ejército y se hace a la vela en dirección al golfo Cerámico de Caria; ataca a Cedreas, ciudad aliada de los atenienses, tómala por asalto al siguiente día y reduce a la esclavitud a sus habitantes, que en gran parte eran bárbaros, dirigiéndose después a Rodas. Los atenienses, al partir de Samos, saquean el territorio del rey y se dirigen hacia Quíos y Éfeso, preparándose al combate: a los generales con mando añaden Menandro, Tideo y Cefisódoto. Mientras tanto dirígese Lisandro desde Rodas al Helesponto, costeando Jonia, así para asegurar libre paso a las naves, como para reducir a su deber a las ciudades que se habían emancipado. Los atenienses, dejando Quíos, se dirigen a la alta mar, pues las costas de Asia les eran enemigas. Lisandro, partiendo de Abido, se apodera de Lámpsaco, aliada de los atenienses, y al ir costeando se le juntan los habitantes de Abido bajo el mando del lacedemonio Tórax; sitian la ciudad, se apoderan de ella por asalto, y los soldados saquean todas las riquezas, de que está bien provista, así de vino y trigo como de toda otra clase de provisiones. Lisandro deja en libertad a todos los ciudadanos de ella.
Los atenienses, que seguían su pista, fondean en Eleunte del Quersoneso con ciento ochenta naves; mientras están comiendo reciben la nueva de cuanto ha sucedido en Lámpsaco y se dirigen inmediatamente a Sesto, de donde, después de aprovisionarse, se hacen a la vela de dirección a Egospótamos, frente a frente de Lámpsaco, cuyo lugar dista del Helesponto unos quince estadios, y cenan allí.
A la mañana siguiente y al clarear el alba, da Lisandro la señal para que se embarquen las tropas, que acababan de almorzar, disponiéndolo todo para el combate; hace colocar unas bandas a modo de barreras a los lados de las naves, y prohibe que nadie abandone su puesto en el buque. Al salir el sol van a colocarse los atenienses en orden de batalla delante del puerto, enfrente del enemigo; pero no moviéndose Lisandro y comenzando a hacerse tarde, se retiran de nuevo a Egospótamos. Ordena Lisandro sigan a los atenienses las naves más veleras, y vuelvan así que hayan observado lo que hacen los atenienses al desembarcar; mientras están ausentes esas naves, no permite que nadie abandone su puesto, y lo mismo hace durante cuatro días seguidos, en los cuales los atenienses vienen a presentarle combate.
Al ver Alcibíades desde sus muros[75] a los atenienses anclados junto a la playa, lejos de toda ciudad y teniendo que hacer venir por mar los víveres desde Sesto, distante quince estadios de su estación naval, mientras que el enemigo está en el puerto y junto a una ciudad en la cual se encuentra todo lo necesario, díceles no han fondeado en puerto a propósito, y les exhorta a que se sitúen delante de Sesto, en las cercanías de un puerto y de una ciudad. «Allí —les dice— podréis librar combate cuando queráis.» Los generales, principalmente Tideo y Menandro, le envían noramala, pues no es él el general, sino los que han sido elegidos para este cargo, y él se retira. Al quinto día de presentar batalla los atenienses, da Lisandro a sus subordinados instrucciones para que cuando vean en tierra y dispersos en busca de víveres y provisiones a los atenienses y divertidos en mofarse de él, regresen inmediatamente y eleven desde lejos un escudo en los mástiles. Hácenlo así, y Lisandro manda dar la señal de partir, llevando consigo a Tórax y su infantería.
Al ver Conón que se acerca el enemigo, hace dar la señal para que todo el mundo se embarque apresuradamente; pero los soldados se hallaban completamente diseminados, y en algunos buques solo dos filas de remeros estaban ocupadas, en otros una, y algunos se hallaban completamente vacíos; únicamente la nave de Conón, con otras siete que estaban junto a ella y la Páralos[76], consiguen la altura; todas las restantes son tomadas junto a la costa por Lisandro, quien se apodera además de la mayor parte de los soldados atenienses, consiguiendo solo unos pocos huir a las aldeas próximas. Conón, que había podido escapar con las nueve naves, viendo perdida la causa de Atenas, se detiene en el promontorio Abárnide de Lámpsaco, donde se apodera de las grandes velas de las naves de Lisandro, y con ocho naves se dirige a Evágoras de Chipre, mientras que la Páralos toma la dirección de Atenas para llevar la nueva de cuanto acaba de suceder.
Lisandro conduce a Lámpsaco las naves, los prisioneros y todo lo restante de que se ha apoderado, así como algunos de los generales, entre otros Filocles y Adimanto. En este mismo día manda a Lacedemonia para que dé la nueva de su victoria, al pirata milesio Teopompo, quien emplea solo tres días en la travesía. Después de esto, reuniendo Lisandro a los aliados, les pide consejo respecto al destino que se ha de dar a los presos; numerosas acusaciones se levantan contra los atenienses y contra los crímenes que han cometido o querían cometer, sobre todo el de cortar la mano derecha a los prisioneros si hubiesen vencido en el último combate, así como el de haber arrojado al mar a todos los tripulantes de dos trirremes, una de Corinto y otra de Andros, de que se habían apoderado; barbarie cometida por el general ateniense Filocles. Enuméranse además muchas otras quejas, y después se decide matar a todos los prisioneros atenienses, excepto Adimanto, por haber sido el único que se opuso al decreto de las manos cortadas, lo cual hizo que más tarde le acusasen en su patria de haber entregado las naves. Lisandro, después de haber pedido a Filocles qué castigo merecía el que había violado por primera vez las leves equitativas de Grecia, arrojando al mar a los de Andros y Corinto, le hace decapitar.