El Rey Don Sebastiano.—III

(ANONYMO)

Discurriendo en la batalla
El Rey Sebastiano bravo,
Bañado en sangre enemiga
Toda la espada y el brazo,
Herida su real persona,
Pero no de herir cansado;
Que en tal valeroso pecho
No pudo caber cansacio,
A todas partes acude,
Do el peligro está mas claro,
Poniendo en orden su gente
Y temor en el contrario,
Entre los alarbes fieros,
Haciendo en ellos estrago
Con la prisa y peso de armas
Sale cansado el caballo.
A remediar su peligro
Venir vió un valiente hidalgo;{[209]}
Las armas traia sangrientas,
Por muchas partes pasado,
En un caballo lijero
Contra moros peleando,
Y sacando de flaqueza
La voz, dice suspirando:
—D'este caballo te sirve,
Inclito Rey Sebastiano
Y salvarás en salvarte
Lo que queda de tu campo:
Mira el destrozo sangriento,
De tu pueblo lusitano,
Cuya lastimosa sangre
Hace lastimoso lago;
Sin orden tu infanteria,
Rompidos los de a caballo,
Senal de triste suceso
Favorable en el contrario.
Que te apartes d'esa furia
Te suplican tus vasallos
Llenos de sangre los pechos,
Puestas las vidas al caso:
Pon los ojos en tu fé,
Y recibe mi caballo;
Prefierase el bien comun
A la vida de un hidalgo:
No abaldones mi deseo,
Huye las manos del daño.—
De cuyos ruegos movido,
Respondió el Rey acetando:
«A tel estrecho he venido,
Que tengo de ser forzado
A receber con tu muerte
La vida que yá desamo;
Pero poca es la ventaja
Que me llevaras, hidalgo,{[210]}
Que aqui do quiere fortuna,
No está mal morir temprano.»
Decende, le dice el Rey;
Pero no puede el vasallo,
Que mil honrosas heridas
Le traian en tal estado:
Ayudale a decender
El Rey con sus proprios brazos,
Echandoselos al cuello,
Y subiendo en el caballo.
«Adiós, dice, caballero:
Que a buscar venganza parto
En los fieros enemigos
Y a morir con mis vasallos.»

Romancero generale, fl. 73 v.

FIM{[211]}