GERINELDO

I

Levantóse Gerineldo

Que al rey dejara dormido:

Fuese para la infanta

Donde estaba en el castillo.

—Abráisme, digo, señora,

Abráisme, cuerpo garrido.

—¿Quién sois vos, el caballero,

Que llamais á mi postigo?

—Gerineldo soy, señora,

Vuestro tan querido amigo.—

Tomárala por la mano

En un lecho la ha metido,

Y besando y abrazando

Gerineldo se ha dormido.

Recordado habia el rey

De un sueño despavorido;

Tres veces lo habia llamado,

Ninguna le ha respondido.

—Gerineldo, Gerineldo,

Mi camarero polido,

Si mi andas en traicion,

Trátasme como á enemigo.

O dormias con la infanta,

O me has vendido el castillo.—

Tomó la espada en la mano

En gran saña va encendido:

Fuérase para la cama

Donde á Gerineldo vido.

El quisieralo matar;

Mas crióle de chiquito.

Sacara luego la espada,

Entre entrambos la ha metido,

Porque desque recordase

Viese cómo era sentido.

Recordado habia la infanta,

Y la espada ha conocido.

—Recordados, Gerineldo,

Que ya érades sentido,

Que la espada de mi padre

Yo me la he bien conocido[144].

II

—Gerineldo, Gerineldo,

El mi page mas querido,

Quisiera hablarte esta noche

En este jardim sombrio.

—Como soy vuestro criado,

Señora, os burlais conmigo.

—No me burlo, Gerineldo,

Que de verdad te lo digo.

—¿A qué hora, mi señora,

Comprir heis lo prometido?

—Entre las doce y la una,

Que el rey estará dormido.—

Tres vueltas da á su palacio

Y otras tantas al castillo;

El calzado se quitó

Y del buen rey no es sentido:

Y viendo que todos duermen

Do posa la infanta ha ido.

La infanta que oyera pasos

Desta manera le dijo:

—¿Quién a mi estancia se atreve?

Quién á tanto se ha atrevido?

—No vos turbeis, mi señora,

Yo soy vuestro dulce amigo,

Que acudo a vuestro mandado

Humilde y favorecido.—

Enilda le ase la mano

Sin mas celar su cariño;

Cuidando que era su esposo

En el lecho se han metido,

Y se hacen dulces halagos

Como mujer y marido.

Tantas caricias se hacen,

Y con tanto fuego vivo,

Que al cansacio se rindieron

Y al fin quedaron dormidos.

El alba salia apénas

A dar luz a campo amigo,

Quando el rey quiere vestirse,

Mas no encuentra sus vestidos:

—Que llamen á Gerineldo

El mi buen page querido.—

Unos dicen:—No está en casa.—

Otros dicen:—No lo he visto.—

Salta el buen rey de su lecho

Y vistióse de proviso,

Receloso de algun mal

Que puede haberle venido,

Al cuarto de Enilda entrara,

Y en su lecho halla dormidos

Á su hija y á su paje

En estrecho abrazo unidos.

Pasmado quedó y parado

El buen rey muy pensativo:

Pensándose qué hará

Contra los dos atrevidos.

—¿Mataré yo á Gerineldo,

Al que cual hijo he querido?

¡Si yo mataré la infanta

Mi reino tengo perdido!—

En tal estrecho el buen rey,

Para que fuese testigo,

Puso la espada por medio

Entre los dos atrevidos.

Hecho esto, se retira

Del jardin á un bosquecillo.

Enilda al despertarse,

Notando que estaba el filo

De la espada entre los dos,

Dijo asustada á su amigo:

—Levántate, Gerineldo,

Levántate, dueño mio,

Que del rey la fiera espada

Entre los dos ha dormido.—

—¿Adónde iré, mi señora?

¿Adónde me iré, Dios mio?

¿Quién me librará de muerte,

De muerte que he merecido?

No te asustes, Gerineldo,

Que siempre estaré contigo:

Márchate por los jardines

Que luego al punto te sigo.—

Luego obedece á la infanta,

Haciendo cuanto le ha dicho:

Pero el rey, que está en acecho,

Se la hace encontradizo:

—¿Donde vas, buen Gerineldo?

¿Como estás tan sin sentido?

—Paseaba estos jardines

Para ver se han florecido,

Y vi que una fresca rosa

El calor ha deslucido.—

—Miéntes, miéntes, Gerineldo,

Que con Enilda has dormido.—

Estando en esto el Sultan,

Un gran pliego ha recebido:

Abrelo luego, y al punto

Todo el color ha perdido.

—Que prendan á Gerineldo:

Que no salga del castillo.—

En esto la hermosa Enilda

Cuidosa llega á aquel sitio.

De lo que pasa informada,

Y conociendo el peligro,

Sin esperar á que torne

El buen rey enfurecido,

Salta las tapias lijera

En pos de su amor querido.

Huyendo se va á Tartaria

Con su amante y fiel amigo,

Que en un brioso caballo

La atendia en el egido.

Alli, ántes de casarse,

Recibe Enilda el bautismo,

Y las joias que lleva

En dos cajas de oro fino

Una vida regalada

A su amante han prometido[145].