María. ¡Pero si del corretaje te llevo yo cuenta aparte! (Saca otro papel.) Toma: treinta reales. (Se los da.)[65]

Menga. (Coge su dinero. Saca del bolsón billetes y plata.) Cuentas claras: cuarenta y cinco dieces, más seis cincos... Ahí tiene... Ahora déme (Sacando cuenta mental, ayudada de los dedos.) veinte piezas, y otras veinte, y cinco más.[70]

Cirila. Cuarenta y cinco. Toma. (Se las va contando.)

Menga. Las aldeanas no quién otra cosa. Yo les digo que to l' señorío de Madril lo gasta, la Reina mesmamente en sus camisolines... y que lo train de unas[75] fráicas nuevas de las Alemañas, o del quinto infierno.

María. No te quejarás, Menga: bien te doy a ganar.

Menga. No hay queja, muesama. Pero vea: siete bocas tengo que tapar: mi madre, mi güela de padre, mi güelo de madre, y cuatro sobrinos mocosos, tamaños[80] así.

María. Pero tú ganas mucho. Eres gran comercianta.

Cirila. Pues no llevas aquí poco material. (Mirando el contenido del cesto.)

María. ¿Qué vendes, a más de la puntilla?[85]

Menga. (Mostrando sus mercancías.) Poca cosa: vendo cangrejos, peines, cuerdas de guitarra, aleluyas para los chicos, y velas para los difuntos.