Menga. (Acercándose con Cirila y admirando aquellos primores.) Miá, miá, lo que trujo pa las señoras de acá... ¡Hale con ellas, muesama, y engáñelas y sáqueles la[110] enjundia, que son bien ricachonas!

Vicenta. Ha tenido el talento de adivinar los adelantos de esta villa...

Menga. ¡Qué no discurrirá ésta, si tié los dimonios en el cuerpo![115]

Cirila. Los ángeles tiene, que no demonios, bruta.

Menga. Lo mesmo da... que hay dimonios del Cielo.

Cirila. ¡Jesús, qué blasfemia!

Menga. O angelicos de los infiernos... Dígolo porque[120] ésta paiz un dimonio, y es, como quien dice, santa... Ea, dame lo mío.

Cirila. (La va cargando de piezas.) Santa es: no lo sabes tú bien.

Menga. (Acomodando su carga en el cesto y en la[125] cabeza.) Echa más... ¡Arre ahora!

María. ¡Adiós Menga, ricachona!