Vicenta. Honradamente. Se lo digo a usted con toda esa crudeza, para, que se indigne.[175]

María. No, amiga mía: si no me indigno.

Vicenta. ¡Y se queda tan fresca!

María. Cuando me determiné a sacar a mis padres de la miseria, por los medios que usted conoce, ya conté con que me habían de tomar por loca, o por otra cosa[180] peor... y fortifiqué mi alma contra esos ataques... que no podían faltar.

Vicenta. ¿De modo que usted no teme...?

María. ¿A lo que llaman la opinión, a la falsa crítica, a la mentira maliciosa? No la temo. Todo es pura[185] espuma, y yo soy roca.

Vicenta. Dios la conserve a usted en esa fortaleza y serenidad.

María. Con ellas me va muy bien: nadie viene a turbarme...[190]

Vicenta. ¿Nadie? (Picaresca.) Eso no es verdad; que por ser usted mujer de tanto mérito, no le falta el asedio de pretendientes, alguno tan enfadoso como el pobre Corral...

María. ¡Mentecato como ése![195]